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       ¿Lunatismo? ¿Acceso de fiebre?¡Desearía creerlo así! Pero cuando me encuentro solo, después de oscurecido, en los despoblados lugares a que me conducen mis vagabundeos, y oigo procedentes del vacío infinito los ecos demoníacos de alaridos y gruñidos y un detestable crujir de huesos, me estremezco de nuevo al evocar aquella noche de espectros.

           En aquellos días tenía menos conocimientos de lo forestal, aunque la llamada de la naturaleza era tan fuerte como en el presente. Hasta aquella noche siempre había tenido cuidado de contratar un guía, aunque diversas circunstancias me obligaron repentinamente a confiar en mi propia habilidad. Me encontraba en Maine, el día del solsticio de verano, y, a pesar de la extrema necesidad que tenía de trasladarme de Mayfair a Glendale el día siguiente, no daba con persona que quisiera conducirme.

A menos que tomara la larga ruta que atraviesa Petewisset, que por cierto me retrasaría; tendría que cruzar vastas zonas de bosque; no obstante, siempre que preguntaba por un guía, fui recibido con claras muestras de rechazo y evasión.

Extranjero como era, parecía raro que todo quisque contara con prontas y fáciles excusas. Había demasiados «asuntos importantes» para pueblo tan pequeño y me constaba que los naturales mentían. El caso es que todos tenían «deberes inaplazables», o así al menos lo decían; excusas que no hacían sino asegurarme que el camino a través del bosque era la mar de cómodo, siempre que siguiera la dirección norte, y de ningún modo dificultoso para un mozarrón vigoroso. Si me ponía en camino nada más despuntar el alba, aseveraban ellos, podía llegar a Glendale aproximadamente a la puesta del sol, evitando así pasar la noche al sereno. Ni siquiera entonces sospeché nada. El proyecto parecía bueno y resolví intentarlo solo, dejando que la pereza de aquellos palurdos siguiera cosechando méritos. Probablemente me habría puesto en camino aun albergando sospechas; pues la juventud es tozuda y desde la infancia me había reído de supersticiones y cuentos de viejas.

Así, antes de que el sol se alzara, había comenzado ya mi itinerario hacia los bosques, el hato de la comida en la mano, una automática en el bolsillo y la faltriquera llena de arrugados billetes de diverso valor. Por la distancia que me habían anticipado y un conocimiento previo de mi velocidad de marcha, consideré que llegaría a Glendale poco después del crepúsculo; sin embargo, aun cuando en virtud de un error de cálculo me cogiera la noche en aquellos parajes, tenía la suficiente experiencia campestre para replegarme. Por otro lado, mi presencia en mi punto de destino no era realmente necesaria hasta el día siguiente.

El clima malogró mis planes. A medida que el sol subía en dirección a su cenit, sus rayos calcinaban más y más los pequeños brotes de hierba, no deteniéndose siquiera ante las matas más gruesas. En cuanto a mí, abrasaba mi ánimo y oxidaba mi energía a cada paso. La llegada del mediodía sorprendió mis ropas empapadas de sudor y me sentí vencido pese a todos mis tenaces propósitos. Paralelamente a estas dificultades, el sendero, a medida que se internaba en lo más profundo del bosque, se perdía bajo la lujuria vegetal y desaparecía en más de un punto. Sin duda habían pasado semanas -tal vez meses- desde que otro caminante lo hollara, y comencé a preguntarme si llegaría a tiempo a mi cita.

Al cabo, sintiendo hambre, elegí la sombra más espesa que pude encontrar y procedí a comer las viandas que me habían preparado en la posada. Constaban éstas de unos cuantos bocadillos anodinos, un pedazo de empanada rancia y una botella de vino muy flojo; no precisamente un festín suntuoso, pero si suficiente para mi estado de extremo cansancio.

Hacía demasiado calor para que el tabaco constituyera un placer, de manera que no encendí la pipa. En vez de ello, procedí a tenderme en el suelo, bajo la sombra de los árboles, con el propósito de reposar unos minutos antes de emprender de nuevo el último tramo de mi viaje. Creo que fue una estupidez beber aquel vino; pues, aunque era muy flojo, sirvió para rematar la obra que el caluroso día había comenzado. Mi propósito había sido descansar unos momentos, pero entre cabeceos y bostezos, la modorra ganó puntos y quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando abrí los ojos era ya el crepúsculo. Un vientecillo culebreó sobre mis mejillas y acabó de reanimarme; y al mirar al cielo vi con temor que negros cúmulos de nubes estaban congregándose y formando una sólida muralla de oscuridad que profetizaba violenta tormenta. Supe entonces que no llegaría a Glendale hasta la mañana siguiente, pero la perspectiva de una noche en el bosque se me hizo muy repugnante bajo las condiciones antedichas. Decidí entonces avanzar un poco más con la esperanza de encontrar un refugio antes de que se desatara la tempestad.

La oscuridad cubría el bosque como un espeso manto. Las nubes bajas se hacían más y más amenazadoras y el viento aumentaba hasta ribetear el huracán. Un relámpago " distante iluminó el cielo y fue seguido de un ominoso trueno que pareció ocultar malignos propósitos. Entonces sentí sobre mi mano una gota de lluvia; y aunque todavía caminaba automáticamente, me resigné ante lo inevitable. Un momento más y vi una luz; luz de una ventana a través de los árboles y las tinieblas. Deseoso solamente de refugio, me precipité hacia ella: ¡ojalá hubiera dado media vuelta y escapado!

Había una especie de claro imperfecto y allí, con la fachada hacia el claro y la parte trasera hacia el bosque primitivo, se levantaba un edificio. Había esperado una choza o cabaña de pastores, pero me detuve sorprendido cuando me vi ante una pequeña casa pulcra y exquisita y de dos pisos; por su arquitectura, tendría una antigüedad de unos setenta años, pero su conservación y ocasionales reparaciones le prestaban un aire decididamente civilizado. Había luz en una de las ventanas de la planta baja y hacia ella corrí espoleado por el impacto de otra gota' de lluvia, lanzándome a través del claro, subiendo presurosamente los escalones de entrada y llamando a la puerta.

Al instante, mi llamada fue respondida por una profunda y agradable voz que se limitó a decir:

-¡Entre!

Empujando la puerta cerrada sin llave, penetré en un oscuro recibidor iluminado por la claridad filtrada a través de una puerta abierta a. mano derecha, que daba acceso a una habitación llena de libros y que contaba con la ventana que yo había visto iluminada desde el exterior. Al cerrar la puerta a mis espaldas me vi asaltado por un olor particular que dominaba la casa; evanescente, elusivo, apenas definible, un olor que de algún modo sugería una presencia animal. Mi huésped, presumí, debía de ser cazador o trampero, o de cualquier manera relacionado con alguna tarea que justificase el tufo.

El hombre que había hablado estaba sentado en un sillón junto a una mesa de mármol ubicada en el centro y tocado con una bata de estar en casa, de color gris. Era un individuo delgado. La luz procedente de una gran lámpara pronunciaba sus facciones y mientras me miraba con curiosidad me dediqué a estudiarlo con ánimo de no perder ningún detalle. Era sorprendentemente guapo, de cara magra y recién afeitada, cabellos brillantes, blondos v perfectamente peinados, cejas regulares que se encontraban en ángulo sesgado sobre la nariz, orejas perfectamente delineadas y situadas más bien bajas y rezagadas en el conjunto de la cabeza y ojos grises y enormemente expresivos, casi luminosos de tanta animación. Cuando sonrió dándome la bienvenida, mostró una dentadura magnífica de blancas piezas y cuando me invitó a sentarme con un gesto de su mano aprecié la finura y delgadez de ésta, así como de sus dedos largos, cuyas uñas parecían haber sido tratadas con exquisitez. No pude menos de lamentarme que un hombre de personalidad tan seductora hubiera escogido vivir como un recluso.

-Lamento importunarle -aventuré-, pero partí con la esperanza de llegar por la mañana a Glendale y la inminencia de una tormenta me obligó a buscar refugio.

Como corroborando mis palabras, un vívido relámpago estalló en el exterior y el primer nuncio de una lluvia torrencial se dejó sentir contra la ventana.

Mi huésped pareció hacer caso omiso de los elementos y me dirigió otra sonrisa cuando me respondió. Su voz era suave y bien modulada y sus ojos contenían una calma casi hipnótica.

-Sea bienvenido a la pobre hospitalidad que puedo ofrecerle, ya que me temo que no podrá ser mucha. Soy cojo de una pierna, de modo que tendrá que hacer usted la mayor parte de las cosas durante su espera. Si tiene hambre, encontrará abundancia en la cocina: abundancia de comida, ya que no de ceremonia. -Me pareció detectar z un furtivo rasgo de acento extranjero en su tono, aunque su habla era fluida y perfecta.

Tras levantarse y alcanzar con ello una altura impresionante, se dirigió a la puerta con pasos largos y renqueantes y advertí que sus velludos brazos colgaban de una manera curiosa que contrastaba con la delicadeza de las manos.

-Venga -invitó-. Coja la lámpara. Puedo permanecer en la cocina lo mismo que aquí.

Lo seguí hasta el recibidor y la estancia que se abría al otro lado, cogió leña del montón apilado en una esquina y se dirigió a la chimenea. Un momento después, una vez encendido el fuego, le pregunté si debía preparar comida para ambos; cortésmente, declinó la oferta.

-Hace demasiado calor para comer -me dijo-. Además, tomé un bocado antes de que llegara usted.

Después de lavar los platos utilizados para la comida, permanecí un rato sentado y fumando una pipa. Mi huésped me preguntó unas cuantas cosas sobre los pueblos vecinos, pero quedó en silencio cuando le expliqué que era forastero. Mientras lo veía allí, silencioso, no pude menos de percibir una cierta cualidad de extrañeza que emanaba de él; algo sutil, perteneciente a lo ajeno, que difícilmente podría explicar. Por otro lado, tenía la certeza de que me toleraba como víctima de la imprevista tormenta y no por razones que se contuvieran en un genuino sentido de la hospitalidad.

En cuanto a la tormenta, parecía haber pasado su punto culminante. El exterior se despejaba por momentos, la luna se perfilaba tras las nubes y la lluvia había menguado hasta no ser más que un simple calabobos. Pensé que reanudar mi viaje no era -una mala idea. Y así se lo dije a mi huésped.

-Lo mejor será que espere a mañana -observó-. Va a pie y le quedan tres horas largas hasta Glendale. En el piso de arriba hay dos dormitorios disponibles: me sentiré muy honrado si acepta ocupar uno de ellos.

Había sinceridad en la oferta, una sinceridad que despejó cualquier duda que yo hubiera podido albergar respecto de su hospitalidad, de manera que medité y concluí considerando que su silencio debía ser el resultado de la prolongada separación a que se sometía respecto de sus semejantes. Tras haber fumado tres pipas en silencio, llegó el momento en que tuve que reprimir un bostezo.

-Ha sido un día agotador para mí -dije- y creo que lo mejor será que me vaya a la cama. Me gustaría levantarme nada más salir el sol y continuar mi camino.

Mi huésped me señaló la puerta con un gesto. Más allá de la puerta vi el recibidor y la escalera.

-Llévese la lámpara -dijo-. No tengo otra, pero no me importa permanecer en la oscuridad. Cuando estoy solo me paso la mitad del tiempo a oscuras. No es fácil encontrar combustible y suelo ir muy de tarde en tarde al pueblo. Su habitación es la que está a mano derecha, al final de la escalera.

Cogiendo la lámpara y volviéndome en el recibidor para darle las buenas noches, pude ver que sus ojos brillaban de manera casi fosforescente en medio de la sombría habitación que acababa de dejar; y medio me asaltó durante un segundo el lejano recuerdo de la selva y el círculo de ojos que suele brillar un poco más allá del radio del campamento. Subí los peldaños.

Cuando alcancé el segundo rellano pude oír el renqueo de mi huésped que cruzaba el recibidor y se dirigía a la habitación que se abría frente a la cocina, y percibí que pese a la oscuridad se desplazaba con seguridad inequívoca. Ciertamente, poca necesidad de lámpara tenía. La tormenta había cesado y cuando entré en la habitación que se me había asignado me encontré con los brillantes rayos de una luna llena que se derramaba sobre la cama a través de una ventana sin cortinas encarada al sur. Al apagar la lámpara de un soplido y dejar por ende la casa a oscuras, descontando la luz de la luna, el punzante olor a keroseno inundó mi olfato, sin apagar del todo aquel otro olor casi animal que había advertido en el momento de mi llegada. Me acerqué a la ventana Y 1a abrí, respirando el aire fresco de la noche.

Estaba ya desvistiéndome cuando me detuve al instante, acordándome del dinero que llevaba encima. Sin duda, reflexioné, haría bien guardándolo; pues yo había leído sucesos relativos a hombres que, so pretexto de la hospitalidad, no vacilan en robar, ni siquiera en matar, al extranjero que les pide asilo. Así, arreglando las ropas de la cama de manera que pareciese que cubrían un cuerpo, me senté en la única silla de la habitación y, oculto en un rincón oscuro, llené y encendí la pipa y me dispuse a descansar o vigilar, según lo pidiese la ocasión.

No haría mucho rato que llevaba allí sentado cuando mis sensibles oídos captaron el sonido de unos pasos que subían las escaleras. Todas las viejas historias dé posaderos ladrones me asaltaron al pronto cuando el momento siguiente reveló que los pasos eran fuertes, pesados, y descuidados, dados sin la menor cautela; ya que el paso de mi huésped, según lo había escuchado anteriormente, era un renqueo suave. Sacudí las cenizas de la pipa, me guardé ésta en el bolsillo y, a continuación, tras empuñar y sacar la automática, me levanté de la silla, crucé la habitación y, con los nervios en tensión, me coloqué tras la puerta en un lugar desde el que no pudiera ser visto.

La puerta se abrió y a la luz de la luna vi a un hombre que jamás había visto anteriormente, Alto, de anchas espaldas, el rostro medio oculto por una espesa barba cuadrada y el cuello hundido en un alto y negro alzacuello de un modelo pasado de moda en América hacía tiempo, se trataba indudablemente de un extraño. Cómo podía haber entrado en la casa sin que yo lo advirtiese estaba más allá de mis facultades, pues no podía admitir ni por un instante que había estado oculto en cualquiera de las dos estancias o el recibidor de la planta baja. Mientras lo observaba atentamente a la luz de la luna, se me figuró que mi vista atravesaba su robusto cuerpo; aunque posiblemente se tratara de una ilusión provocada por la sorpresa.

Notando el desarreglo de la cama, pero sin caer en la trampa de creer que estaba ocupada, el extraño murmuró algo para sí en idioma extranjero y procedió a apartar las frazadas. Arrojando sus vestidos sobre la silla que yo había estado ocupando, se metió en la cama, acomodó las sábanas sobre él y al cabo de unos momentos su respiración semejó la de un hombre dormido.

          Mi primer impulso fue buscar a mi huésped y pedirle una explicación, pero al instante consideré que lo mejor era percatarme de que el incidente no constituía en conjunto un efecto secundario del vino ingerido en el bosque. Me sentía todavía débil y con cierto desmayo y a pesar de la cena reciente tenía tanta hambre como si no hubiera comido nada desde el mediodía.

Me deslicé hasta la corma y puse una mano en el hombro del hombre que dormía. Enseguida, tras lanzar un grito asustado, retrocedí con el corazón zumbando y. los ojos saliéndoseme de las órbitas. Pues mis dedos habían atravesado la forma dormida y cogido sólo la sábana de abajo.

Un análisis completo de mis agitadas sensaciones sería inútil. El hombre era intangible y no obstante podía verlo allí, oír su respiración y contemplar su silueta echada de lado bajo las sábanas. En aquel momento, cuando ya estaba a punto de admitir mi locura o mi estado hipnótico, oí otros pasos en la escalera; suaves, amortiguados, como los de un perro, pasos renqueantes, ascendiendo, ascendiendo, ascendiendo... Y de nuevo percibí aquel picante olor animal, esta vez con doble fuerza. Intrigado y moviéndome como en un sueño, volví a ocultarme tras la puerta abierta, tembloroso hasta los tuétanos, pero resignado ya a vérmelas con cualquier hecho con o sin nombre.

Entonces, en aquel claro de luna espectral penetró la fantasmal silueta de un inmenso lobo gris. Cojo, al parecer, pues una de sus patas quedaba en el aire, como si hubiera sido herida por alguna bala perdida. La bestia giró la cabeza hacia mí y al hacerlo se me cayó la pistola de la mano y chocó ruidosamente contra el suelo. La creciente sucesión de horrores paralizó en seguida mi voluntad y mi conciencia, pues los ojos que en aquel momento me miraban embutidos en aquella cabeza infernal eran los ojos grises y fosforescentes de mi huésped en el momento de mirarme desde la oscuridad de la cocina

Ignoro en puridad si la bestia me vio. Su mirada se desvió hacia la cama y se quedó glotonamente fija en la espectral silueta dormida que allí había. Entonces, echando la cabeza hacia atrás, su garganta demoníaca emitió el ululato más aturdidor que jamás he oído; denso, nauseabundo, lobuno aullido que paralizó mi corazón. La silueta de la cama se removió, abrió los ojos y se encogió al ver lo que tenía ante sí. El animal se acercó lentamente y entonces -mientras la etérea figura profería un alarido de angustia y terror inequívocamente humanos qué ningún fantasma de leyenda podría falsificar- se lanzó de un salto contra la garganta de su víctima, relampagueando a la luz de la luna aquella blanca y firme dentadura en el momento de cerrarse sobre la yugular del fantasma que gritaba. Los gritos cesaron y se desvanecieron en medio de un gorgoteo de sangre y los asustados ojos humanos se tornaron vidriosos.

Aquellos gritos me habían devuelto a la realidad y al cabo de un segundo empuñaba de nuevo mi automática y vaciaba su contenido en la monstruosidad lupina que tenía delante. Sin embargo, oí inequivocadamente los impactos de los proyectiles estériles que se estrellaban contra la pared opuesta.

Mis nervios estallaron. Cegado por el miedo, el mismo miedo me lanzó hacia la puerta y me obligó a volver la cabeza en el instante mismo de emprender la fuga: atónito, vi que el lobo había hundido los dientes en el cuerpo de su víctima. Tuvo lugar en aquel momento la culminación de las impresiones sensitivas y la devastadora formulación de un pensamiento, surgida de aquélla. Se trataba del mismo cuerpo que yo había atravesado con la mano momentos antes... y sin embargo, mientras corría escaleras abajo, pude oír el crujido de los huesos.

Cómo di con el sendero que llevaba a Glendale y cómo me las arreglé para seguirlo es algo que no sabré jamás. Sólo sé que la salida del sol me sorprendió en la colina que se eleva en el límite del bosque y alberga en su falda las desparramadas casas que componen el pueblo, quedando a lo lejos, centelleando en la distancia, la azul amenaza del Cataqua. Sin sombrero, sin abrigo, pálido y tan empapado de. sudor- como si la tormenta de la noche anterior me hubiera cogido de lleno, no me atreví a entrar en el pueblo hasta no haber recuperado un tanto la compostura. Reanudé el camino colina abajo y me interné por las estrechas calles salpicadas aquí y allá de trechos de acera empedrada y pórticos coloniales, hasta que di con la mansión Lafayette, cuyo propietario me vio de lejos.

-¿Dónde vas tan temprano, muchacho? ¿Y ese aspecto? ¿Estás hecho un asco.

-He caminado a través del bosque que nos separa -de Mayfair.

-¿Que has atravesado... el Bosque del Diablo... esta noche... y... solo?

El anciano me contempló con una curiosa mirada, mitad horror mitad incredulidad.

-Claro. No habría llegado a tiempo si hubiera venido por Potowisset y no podía llegar más tarde del mediodía de hoy.

-Y la noche pasada hubo luna llena... ¡Dios mío!

-Me miró con curiosidad-. ¿Viste algún rastro de Vasili Oukraninov o del Conde?

-Oiga, ¿tengo pinta de tonto? ¿A qué juega, a burlarse de mí?

Pero su tono era tan grave como el de un sacerdote cuando replicó:

-Debes de ser nuevo en estos lugares, hijito. Si no lo fueras, sabrías lo que hay que saber respecto del Bosque del Diablo, la luna llena, Vasili y lo demás.

Me sentí un tanto aturdido, y no obstante sabía que no debía parecer muy serio después de las primeras observaciones.

-Vamos, sé que está rabiando por contármelo. Soy como un burro: todo orejas.

Entonces me contó la leyenda de forma escueta, despojándola de vitalidad y convicción y extirpándole colorido, detalles y atmósfera. Pero no necesitaba yo la vitalidad ni la convicción que cualquier poeta habría suministrado. Recuérdese lo que había presenciado y recuérdese que jamás había oído hablar de la historia hasta después de haber atravesado la experiencia y huido aterrorizado de aquel crujir de huesos.

-Hubo un tiempo en que se instalaron algunos rusos entre este lugar y Mayfair: emigraron después de un jaleo que organizaron los nihilistas. Vasili Oukraninov era uno de ellos, un tío alto, guapo, pelo amarillo y maneras refinadas. Se decía, sin embargo, que era un esclavo del demonio: un hombre lobo y comedor de hombres.

“Se construyó una casa en el bosque más o menos a un tercio de la distancia que nos separa de Mayfair y vivía allí solo. De vez en cuando llegaba un viajero que contaba la extraña historia de un lobo con ojos humanos que había estado a punto de darle caza, un lobo con los ojos como Oukraninov. Una noche, uno de los viajeros acertó a disparar contra el lobo y la siguiente ocasión que el ruso vino a Glendale caminaba cojeando. Aquello acabó por encajar. No se trata de meras sospechas, sino de hechos contundentes.

“Entonces envió gente a Mayfair en busca del Conde (su nombre era Feodar Tchemevsky y había comprado a Fowler la casa de techo holandés que está en State Street) para que acudiera a verle. Todos pusieron al Conde sobre aviso, pues se trataba de un hombre educado y buen vecino, pero dijo que él sabia cuidarse. Era noche de luna llena. El tío era valiente y la única precaución que tomó fue decir a un grupo de hombres que si al cabo de un tiempo prudencial no estaba de regreso fueran a buscarle a la casa de Vasili. Así lo hicieron... y tú, hijito, ¿me dices que has atravesado el bosque?”

-Le repito que si -dije haciendo lo posible por no parecer un charlatán-. No soy ningún Conde y puedo dar fe de lo que digo... Pero, ¿qué pasó cuando los hombres llegaron a la casa de Oukraninov?

-Encontraron el cuerpo del Conde hecho papilla, hijito, y un tétrico lobo gris inclinado sobre él con las fauces ensangrentadas. Ya puedes imaginarte quién era el lobo. Y la gente suele decir que cada luna llena... pero, hijito, ¿no viste ni oíste nada?

-Ni papa, abuelo. Y dígame: ¿qué fue del lobo... o Vasili Oukraninov?

-Vaya, hijo, pues lo mataron: lo llenaron bien lleno de plomo y lo enterraron en la casa y luego quemaron el lugar. ¿Sabes?, esto fue hace sesenta años, yo aún era un crío, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

Me alejé con un encogimiento de hombros. Era todo demasiado absurdo y artificial a la luz del día. Pero a veces, cuando estoy solo después de oscurecido en lugares despoblados y oigo los demoníacos ecos de aquellos alaridos y gruñidos y aquel crujir de huesos, me estremezco de nuevo al evocar aquella noche espectral.


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