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LOS TERRIBLES VOLCANES
José Ferrer


 


Magma liquido en el cráter del Etna, Sicilia. Este cráter era considerado en la antiguedad como la puerta de entrada al infierno

Haroun Tazieff decía que «un volcán es como un gigantesco animal enfermo, cuyos síntomas se expresan simplemente en forma de fiebre, tos y vómitos. Al mismo tiempo, el volcán es un demente, pero no se le puede colocar una camisa de fuerza. Lo único que podemos hacer es auscultar su rápido corazón y quizá predecir cómo se comportará durante las próximas horas. Con ello, ganamos tiempo para alejar de él a los hombres».

Tazieff, vulcanólogo belga nacido en Varsovia, que en su juventud soñó con ser investigador polar, dedicó su vida a descender lo más profundamente posible dentro de la cueva incandescente, después de una erupción volcánica, para tratar de llegar al misterio de éstas en medio de los gases venenosos y las rocas hirvientes, el siseo y el bramido de las llamas, las abrasadoras vaharadas de aire y el desprendimiento de residuos.

Las investigaciones sobre la velocidad de expansión de las ondas sísmicas han revelado que la Tierra tiene una estructura en forma de capas concéntricas. Su densidad aumenta desde 2'7 en la superficie hasta ll'5 en el punto central de la Tierra. Según la teoría más extendida, a la corteza terrestre le sigue una capa de unos 1200 kilómetros (magma) y otra magnética de metal que llega hasta los 2900 kilómetros de profundidad y que posee un creciente contenido de hierro y compuestos de metales pesados, llegándose finalmente a un núcleo de níquel y hierro. Otras teorías suponen la existencia de un núcleo de hidrógeno. Entre la corteza terrestre, sobre la que vivimos, y el núcleo terrestre existen muchos miles de kilómetros cúbicos de magma, que en parte es gaseoso y en parte líquido; se trata de la masa de silicatos fundidos del interior de la Tierra, incandescente y llena de gases, que cuando es expulsada por los volcanes se la conoce como lava.

El magma tiene temperaturas de 1000 y más grados. Si en la corteza terrestre se forma una grieta o fisura, explota el contenido hirviente de su interior, que es expulsado hacia el aire: ha nacido entonces un volcán. Si la lava se extiende por el valle, lo cubre todo de muerte y desolación. Si los materiales expulsados son densos y viscosos, se endurecen al contacto con el aire, obstruyendo la chimenea y las grietas de la tierra. Los gases calientes, que entonces ya no pueden escapar, intensifican cada vez más su presión, hasta que finalmente el volcán se rompe con una enorme detonación, y la masa expulsada desola grandes zonas. En la erupción del Mont Pelée, por ejemplo, ocurrida en el año 1902 en la isla antillana de la Martinica, una nube incandescente brotó de los flancos de la montaña, se dirigió hacia el mar a una velocidad de 140 m/seg. e hizo desaparecer en pocos momentos la ciudad de St. Pierre con sus 30000 habitantes, que se encontraba a 8 km de distancia.

Los volcanes franjean determinadas zonas débiles de la corteza terrestre a lo largo de cientos y a veces de miles de kilómetros. A los 600 volcanes activos que se alinean en largas cadenas en diversas zonas, se han de añadir un buen número de aquellos que están apagados o que, por lo menos, se considera que lo están.

La erupción del Vesubio en el año 79 d. de C, demostró lo peligroso que puede ser confiarse a esta clase de ilusiones. En una erupción, completamente inesperada, el volcán, que se creía apagado, sepultó las ciudades de Herculano y Pompeya bajo las masas de polvo y rocas expulsadas. Plinio informa que la oscuridad en Misenum, al lado opuesto del Golfo de Nápoles, fue tan completa «como si se hubiera apagado la luz en un recinto cerrado».

En la Biblia se ha escrito que «una espesa tiniebla se abatió sobre Egipto», y que era tan grande que «durante tres días nadie veía a los demás en el lugar en que estaba». Se han expresado diversos juicios sobre este informe. Se pensó en tormentas de arena, en un eclipse de Sol, en formaciones de nieblas. Pero tanto lo uno como lo otro parecía imposible, hasta que la expedición alemana Thera demostró, gracias a las excavaciones realizadas en 1899 en el grupo volcánico de las Santorin, en el Egeo, que allí había tenido lugar la más formidable catástrofe volcánica que haya conocido el hombre. Las excavaciones fueron continuadas en 1967 por arqueólogos americanos y griegos, poniéndose al descubierto la primera ciudad minoica que se encontraba en un estado de perfecta conservación. Los cálculos efectuados con ayuda del método del radiocarbono aportaron fechas situadas en el siglo xv a, de C. o sea precisamente en la época en que aparecieron «las tinieblas sobre Egipto», durante las que «nadie veía a los demás durante tres días».

¿Qué fuerza tuvo la erupción de Santorin? Como comparación se utilizaron los informes sobre la catástrofe del Cracatoa, ocurrida en 1883. En el Cracatoa, un volcán-isla situado entre Sumatra y Java, aparecieron grietas en su base.

El agua fría del mar penetró por ellas y se mezcló con la lava caliente. La enorme presión de gas y vapor que se produjo consecuentemente en su interior, hizo volar por los aires el pico de esta montaña de 445 m de altura, elevó una nube de polvo caliente en el cielo hasta una altura de 50 km y arrojó gruesas rocas a una distancia de hasta 80 km.

Una vez desaparecida la energía encerrada, la envoltura exterior del volcán se derrumbó sobre el cráter, de 180 m de profundidad por debajo del nivel del agua, ocasionando ondas de marea que destruyeron 295 aldeas, ahogaron a 36000 personas e impulsaron un barco a 3 km hacia el interior de tierra.

La explosión hizo retemblar las casas a una distancia de 775 km y se pudo escuchar a una distancia de más de 3000 kilómetros.

Se supone que en la erupción de Santorin ocurrió algo similar, sólo que la explosión tuvo que haber sido mucho más fuerte. Según Galanopoulos la onda de presión que apareció como consecuencia de ello correspondió a la energía que se libera en la explosión simultánea de varios cientos de bombas de hidrógeno. Los restos del volcán de Santorin fueron cubiertos por una gruesa capa de ceniza incandescente de 30 m de espesor. El viento extendió parte de las cenizas de Santorin sobre una zona de 200.000 km2, sobre todo hacia el sureste, donde todavía se encuentra en la actualidad sobre el fondo marino con un espesor de varios centímetros hasta muchos metros. La montaña, completamente hueca, se precipitó sobre su cráter a muchos metros de profundidad bajo el nivel del mar, ocasionando ondas de marea que, en el punto de partida, debieron de alcanzar los 1500 m de altura. Varios muros de agua de 30 m de altura se abalanzaron sobre las costas de Creta a la velocidad de 300 km/h; tres horas más tarde pasaron por encima del delta del Nilo y aún tuvieron la fuerza necesaria para inundar el antiguo puerto de Úgarit, en Siria, a 1000 km de distancia.

En la actualidad se puede prever en muchos casos una próxima erupción volcánica, aunque bajo ciertas condiciones. Por ahora no son posibles las profecías a largo plazo; no se sabe lo suficiente sobre el mecanismo volcánico. Probablemente, las erupciones volcánicas son causadas por las descargas de presión, los descensos de temperatura y la cristalización ocurrida en el mismo magma. Las fuerzas tectónicas y volcánicas profundas también pueden jugar un papel. El interior de la Tierra conserva sus secretos.


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