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ESTAFADORES, IMPOSTORES Y VIVIDORES
Gustavo Büscher
La
búsqueda de la misteriosa «piedra filosofal» ha preocupado a millares de hombres
cultos. A muchos les ha costado bienes y hacienda e incluso vida y honor, mientras
que los truhanes, estafadores y aventureros sin escrúpulos han hecho de la alquimia
un negocio lucrativo.
Entre los posesos que la buscaban de buena fe, a quienes impelía el estimulo investigador, se hallaba Van Helmont (1573-l644). Como médico y como químico se le tenía por hombre en extremo concienzudo. La ciencia tiene que agradecerle varios descubrimientos importantes. Creyó haber asistido realmente a una transformación del oro: «Yo recibí, una vez la cuarta parte de un grano de piedra filosofal, la envolví en cera, con el fin de que el vapor del carbón no la arrojase fuera del crisol, y la mezclé con media libra de mercurio calentado, utilizando para ello un crisol corriente de tres picos. El mercurio empezó a rebullir y se transformó en una pasta espesa. Haciendo que el fuego fuese más vivo, el metal volvió a fundirse. Cuando vacié el crisol obtuve ocho onzas de oro puro. Así, pues, un grano de piedra es suficiente para transformar diecinueve mil granos de mercurio en oro.» (1 grano = 50 miligramos.)
Sin duda alguna Van Helmont fue víctima de un hábil engaño, engaño que probablemente preparó algún alquimista. Su nombre se cotizaba tan alto en sus tiempos que no era de extrañar que los alquimistas deseasen tener un intercesor convencido, que por su rango había de serles de mucha utilidad. Él mismo, a pesar de que por su formación cultural había de mostrarse escéptico, creyó en la transformación, tanto es así que a su auxiliar le puso por nombre Merkurius.
Algunos siglos más tarde ocurrió un caso parecido. El médico de cabecera del príncipe de Orange, en La Haya, el doctor Federico Schweizer, conocido por «Helvetius», nombre latinizado, era un enemigo destacado y enconado de los alquimistas, a quienes sin excepción llamaba embusteros. Súbitamente se convirtió en un defensor convencido de la teoría alquimista. ¿Qué había sucedido?
Un extranjero visitó un día al doctor Helvetius y le dejó un trocito de «piedra filosofal», indicándole que debía echarla en un crisol que contuviese plomo fundido, y el plomo se convertiría en seguida en oro puro. El extranjero dijo que pasaría al día siguiente para asistir al experimento; pero, como habían transcurrido unos días sin que hiciese acto de presencia, el doctor Helvetius, cediendo a su curiosidad, hizo la prueba de acuerdo con las indicaciones dadas.
En
efecto, después de enfriarse la masa el plomo se había convertido en oro puro,
cosa que confirmó un orfebre. Spinoza, el filósofo, amigo de Helvetius, que
se había enterado de la historia pero no creía en ella, examinó el crisol, y,
hallando en él aún huellas de oro puro, interrogó detenidamente al orfebre y
finalmente quedó también convencido de la veracidad del hecho. Como es natural
se utilizó algún hábil truco para, una vez más, hacer que un hombre destacado
de su tiempo se inclinase por la alquimia.
En realidad había algunos alquimistas que encontraron huellas de oro en sus crisoles, especialmente cuando habían trabajado con plata y arsénico. La causa obedecía a que en algunas de las materias utilizadas existían partículas de oro. La aclaración constituía siempre una decepción amarga para, los adeptos.
Larga es la lista de los impostores alquimistas. Generalmente encontraban un público muy crédulo, por lo que no les resultaba difícil agenciarse capital para sus trabajos. Indudablemente también había hombres honrados e inteligentes, como el escocés Seton, que vivió a principios del siglo XVII. Seton llevó a cabo transformaciones de metales en varios países de Europa sin que se le hubiese podido probar el menor engaño. Un día en que había realizado algunos experimentos en la corte de Sajonia, el elector Cristian II, después de permitir que Seton partiera, le mandó llamar y detener.
El príncipe quería asegurarse el concurso de aquella valiosa personalidad. Sin embargo resultó imposible arrancar el secreto al adepto. Seton no abrió la boca a pesar de que se le sometió a las más crueles torturas. Un noble español llamado Sendivogio, que acostumbraba visitar la corte, consiguió libertar a Seton y emprender con él la huida. Pero poco tiempo después Seton falleció a consecuencia de las torturas sufridas. Su libertador heredó una cantidad de «piedra filosofal», con la que realizó «transformaciones» en numerosas ciudades.
En la corte de Stuttgart operaba, al servicio del duque Federico, un alquimista huraño poco hábil. Las pruebas maravillosas realizadas por Sendivogio indujeron a algunos alquimistas fracasados a robar a su competidor el resto de su «piedra filosofal». Pero enterado de ello el duque mandó colgar al alquimista de su corte. Sendivogio siguió su camino -si bien desprovisto de la piedra que hacía, mejor dicho, que contenía oro- y se dedicó a hacer trucos. Como era muy precavido no se le pudo descubrir nunca el engaño. Falleció muchos años después como persona merecedora de toda consideración.
Un adepto más tramposo fue el caballero de industria Thurneysser, que operó a fines del siglo XVI. Thurneysser declaraba poseer un elixir que permitía convertir en oro los metales bajos sumergidos en el mismo; es más, demostraba con hechos cuanto decía. Ante los ojos de los espectadores sumergía un clavo de hierro en el líquido maravilloso; al sacarlo, la punta del clavo se había convertido en oro. Se tardó mucho en dar con el truco que Thhurneysser empleaba. En el extremo inferior del clavo había soldado una punta de oro embadurnada con un poco de pintura de color de hierro. Al sumergir el clavo en -el liquido se disolvía la pintura y el oro quedaba al descubierto.

Otros «alquimisias» utilizaban crisoles de doble fondo, palos ahuecados y llenos de oro para agitar el liquido, materias para la mezcla que contenían oro, etc. Todo estribaba en hacer algunas pruebas convincentes y el seudoalquimista no tardaba en disponer de dinero a manos llenas.
Quien se mostró muy ingenioso fue el alquimista Daniel de Siebenbürgen, cuya medicina, «Usufur», se decía era un curativo poderoso. El preparado, fuertemente cargado de oro, se vendía en 1550 en tudas las boticas de Toscana, en cuya región vivía. Daniel, por poco dinero, entregaba personalmente su preparado a los boticarios, a quienes se presentaba disfrazado. A pesar de todo le resultaba beneficioso, pues si a sus pacientes se les recetaban otras medicinas, se ingeniaba para que se les mezclase siempre Usufur. Se hizo famoso y rico.
Cuando se hallaba en la cúspide de su lama fue a visitar a su señor, el gran duque de Toscana, a quien ofreció una fórmula para obtener oro artificialmente. Entre los ingredientes se encontraba también Usufur.
El gran duque se convenció por sí mismo mediante una prueba que dio un resultado brillante. Daniel de Siebenbürgen abandonó la corte con un regalo de veinte mil ducados que el príncipe, en su alegría por el feliz resultado del experimento, ordenó entregarle. Poco después Daniel partió para Marsella. Entretanto el gran duque siguió haciendo pruebas, a cuyo fin echó mano de todo el Usufur que les quedaba a los boticarios. El resultado seguía siendo favorable. Pero una carta que Daniel envió desde aquel puerto del sur de Francia destruyó todas las ilusiones. En efecto: La carta explicaba con todo género de detalles el truco de que él se había valido.
Federico I creyó
que las teorías alquimistas podían convertirse en realidad y se dejó embaucar
por un hábil aventurero que le estafó lo que en aquel tiempo era una cuantiosísima
suma; a saber: Dieciocho mil escudos.
Ese alquimista, el italiano Domenico Emmanuele, conde de Ruggiero; conde por propia merced, desde luego, porque el hijo de un aldeano de la comarca de Nápoles, llegó a ser nombrado mariscal de campo antes que sus embustes pudiesen tener plena confirmación y terminase colgado de un dorado cadalso, vestido con su traje de oropel.
La bolsa vacía de más de un príncipe grande o pequeño, el deseo de hacerse con dinero y oro de modo rápido y sencillo, fueron las causas externas que indujeron a mucha gente inteligente a abrazar la alquimia, prometedora de muchos honores y de fortuna.
Raros fueron los hombres de rango científico o político que en la Edad Media se declararon contrarios a la alquimia, y ésos fueron los espíritus esclarecidos que iban al frente del Renacimiento. Dante coloca a los alquimistas en lo más profundo del infierno para castigo de sus embustes. Uno de ellos pone en boca de Capocchio, las siguientes palabras:
Aquí, en este lugar, ves de Capocchio el espíritu, que en sus tiempos los metales falsificaba y era de la naturaleza un buen mono imitador; eso, si te conozco bien, debes tú decir.
El mismo Dante que el papa Juan XXII hicieron hincapié en el pecado de falsificación. Su juicio de la actividad de los alquimistas no se basa en razones científicas, sino en las costumbres.
Ante el papa León X se presentó el año 1514 un alquimista llamado Augurelli, que dedicó a aquel alto príncipe de la Iglesia una poesía en la que se enaltecía el arte de la alquimia. León X pareció estar muy complacido y mandó que entregasen al adepto un regalo como prueba de su agradecimiento: una bolsa vacía donde guardar el producto de sus ganancias.
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