|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
|
|
||||
|
|
||||
PRESENTIMIENTOS, VISIONES Y VISIONARIOS
Gustavo Büscher
La
aparición de visiones en nuestros días es todavía un misterio, no sólo porque
la ciencia continúa desarmada ante estos fenómenos, sino porque el visionario
se vuelve taciturno en extremo. El vidente clásico no es el ser hipersensible
calificado generalmente de «medio». Se trata, por el contrario, de un individuo
física y mentalmente sano.
Pese a los años transcurridos desde su muerte, en asunto de sueños premonitorios John W. Dunne ostenta sin discusión la primacía. Citaremos una de sus más curiosas observaciones:
«Cazaba yo cierto día en una región agreste. No estaba muy seguro respecto a los límites de la zona para la que iba provisto de autorización escrita, y más bien presumía que me encontraba en tierras donde no me amparaba la ley. Cuando atravesaba esas tierras oí los gritos de dos individuos que de direcciones distintas me llamaban al orden. Llevaban un perro, al que debían de excitar, pues ladraba furiosamente. Me dirigí con rapidez hacia la valla más cercana, esforzándome por aparentar calma, como si nada anormal aconteciera. Entretanto los gritos y los ladridos se aproximaban. Aceleré la marcha y logré deslizarme al otro lado de la valla antes que mis perseguidores me dieran alcance. Episodio desagradable para una persona sensible, y muy a propósito para soñarlo.» Por la noche el narrador hizo memoria y recorrió su «cuaderno de sueños».
«Ojeando mis notas aquella noche no vi anotado nada parecido; iba a cerrar el cuaderno cuando de repente leí estas palabras, escritas con rasgos menos visibles a continuación del resto: "Perseguido por dos hombres acompañados de un perro." Y el aspecto más sorprendente del fenómeno es que yo había olvidado totalmente este sueño y ni siquiera me acordaba de haberlo anotado.»
El doctor Rolf Reissmiann, periodista especializado en estas cuestiones, escribió: «Una noche, bastante tarde, las mujeres de la familia, algunas vecinas y los hijos mayores se encontraban reunidos en el salón de mi tío, en la aldea de N, junto a Scbleswig, mientras los hombres habían acudido a una fiesta. De pronto, a eso de las once, pasó un coche ante la casa y se detuvo. Varios hombres descargaron un ataúd y trataron de introducirlo en el salón, a través de la puerta principal. Como el vestíbulo era muy coro y estrecho, no se pudo girar el ataúd; entonces se lo llevaron a la puerta de la cocina e intentaron meterlo en el salón por las dos puertas situadas frente a frente. Tampoco fue posible, pues las puertas eran demasiado estrechas, y fue preciso desistir. Acto seguido hicieron saltar una ventana de la antecámara, y así pudieron introducir finalmente el ataúd y pasarlo por la puerta del salón. Todos vimos perfectamente como era colocado un cuerpo en el ataúd y como lo cerraban inmediatamente. Estábamos todos pálidos todavía cuando los hombres regresaron de la fiesta nocturna. Una semana más tarde exactamente, hora por hora, minuto por minuto, se repitió la misma escena con todos los detalles y en el mismo orden, pues en este intervalo de tiempo murió mi tío de difteria. Nadie había pensado aquella noche que la visión podía referirse a mi tío, pues se encontraba en perfecto estado de salud y había asistido a la fiesta con los demás hombres de la casa. Fue preciso colocarle rápidamente en el ataúd, pues debimos esperar mucho tiempo el féretro y hacía mucho calor. Lo extraordinario del caso es que todas las personas presentes pudieron ver exactamente lo que debía pasar una semana más tarde. Es éste un caso muy impresionante, pues todos estos acontecimientos fantasmagóricos fueron no solamente vistos, sino también oídos de la misma manera por todos los asistentes.»
Es conocido el cuento persa en que un califa ve aparecer la muerte, que le cita para aquella misma noche.
Con el fin de escapar a su destino el califa parte a escondidas hacia Samarcanda. Pero se encuentra a la muerte, que le espera y le dice: «Había olvidado decirte que la cita era en Samarcanda.» Es célebre también la historia del conde ruso Stakovich, uno de los seres más desgraciados que jamás hayan vivido. En todo rostro joven y lozano veía la cabeza de un viejo y los signos de la decadencia futura. En las agraciadas jovencitas veía gruesas matronas; en las personas jóvenes y de buena salud, los indicios de grandes enfermedades. No gozó en la vida de ninguna alegría, y se vio siempre rodeado de fantasmas. Los dos seres que él amaba en secreto, así como su hermano, no envejecieron nunca, pues se ahogaron juntamente. Entonces Stakovich comprendió: nunca los había visto con rostro de viejo, y por esto habían muerto jóvenes. Como un poseso, se puso a buscar rostros que no envejecieran nunca, rostros cuya juventud era la señal más cierta de una muerte precoz. Escuchémosle:
«Cuando el tren en que me encontraba abandonó Verviers, un revisor entró en el departamento; tenía un rostro "hostil". Con profunda piedad y conmiseración comprendí que estaba condenado a una muerte próxima, pues al instante vi claramente un reguero rojo procedente de una horrible herida que apareció en su frente.
No pude apartar la vista de él, y continué observándole en todas las estaciones. Como de costumbre, dejaba partir tranquilamente el tren y marchaba a su lado hasta que pasaba a la altura de su vagón, saltando entonces con precisión sobre el estribo. En San Quintín se descuidó un poco. Con gran dificultad logró asirse al último vagón, le falló el apoyo, titubeó y cayó. Oí un grito cortado y el tren se detuvo. Otros revisores saltaron de sus vagones y corrieron hacia el lugar del suceso. Unos minutos después encontraron el cadáver de su compañero. Había dado con el rostro en tierra y se había fracturado el cráneo. Sobre su frente pude comprobar la herida roja sangrante.»
Stakovich debía se testigo de un duelo en París. Desaconsejó al francés que se batiera, pues le veía condenado a una muerte inminente. El hombre perdió el dominio de sus nervios y abandonó inmediatamente Francia; pero al franquear el canal de la Mancha se levantó una tempestad y cayó por la borda. Stakovich desaconsejó un día una ascensión a un alpinista, y el día que debía tener lugar la ascensión éste fue atacado y muerto por un toro durante un paseo por el campo.
Para terminar con estos ejemplos de la fatalidad del destino citaremos uno de los raros casos en que una visión ha permitido escapar de la muerte. Lord Dufferin, antiguo embajador de Inglaterra en París, se reponía en Irlanda. A medianoche se despierta de una pesadilla.
Se dirige a la ventana. La luna brilla. Lentamente un hombre atraviesa el jardín. Avanza, curvado por el peso de un ataúd. Cuando pasa bajo la ventana levanta la cabeza. Dufferin queda impresionado por la fealdad espantosa de su rostro. Después el hombre continúa y se pierde en la sombra. Al día siguiente Dufferin interroga a la servidumbre para saber quién ha podido pasear por el jardín con un ataúd. Nadie. Ningún ataúd ha sido encargado. ¿Será un fenómeno debido a la luna?
Varios años más tarde Dufferin se encuentra de nuevo en Paris. Al utilizar el ascensor del hotel queda sorprendido; el ascensorista es aquel hombre de rostro horroroso, y a quien nunca ha olvidado. Sale al instante del ascensor y se dirige hacia la oficina de información, para tratar de averiguar quién era aquel hombre. Antes de llegar al despacho se produce un ruido espantoso: el cable del ascensor se ha roto y la cabina queda aplastada. Entre los muertos se encuentra el ascensorista. Nadie le conocía: había sido contratado aquel mismo día para cubrir una baja.
|
|
||||
|
|
||||
|
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total.
Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial
Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite
autorización. |