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De los extremofilos a los extraterrestres
El 5 de febrero de 1999 se
anunció públicamente la creación del Centro
de Astrobiología (CAB), asociado a la NASA
y al INTA, con sede en Torrejón
de Ardoz (Madrid). Este nuevo instituto científico, que está dirigido por
el Dr. Juan Pérez Mercader,
cuenta con ocho laboratorios en los que participan
80 eminentes especialistas de distintas disciplinas
-como la física, la química, la geología y la biología- que
trabajan conjuntamente en proyectos tales como la búsqueda de vida
extraterrestre, la aparición de la vida en la Tierra, el origen del
Universo, el análisis del ADN, etc. El CAB se puso en marcha en septiembre
de 2000 . Gracias a los esfuerzos del astrofísico Juan Pérez Mercader,
artífice de esta gran iniciativa, España se convierte así en un país
pionero en la exploración astrobiológica. Todo un logro para nuestra
Ciencia...
Una de las prioridades del Centro de Astrobiología es estudiar
profundamente el fenómeno de la vida y
la posibilidad de que se haya desarrollado, al igual que en la
Tierra, en otros puntos del Universo. Una posibilidad muy alta, según me
confesó el propio Dr. Mercader en una interesante entrevista: “Los
procesos que dan lugar a la vida son extraordinariamente sencillos, por lo
tanto, la mayoría de los físicos y biólogos pensamos que la vida es un
fenómeno que tiene que ocurrir en muchos sitios del Universo. Es la
consecuencia ineludible de las propias leyes de la naturaleza. La vida es
algo mucho más común de lo que hasta ahora pensábamos...”
No es fácil definir qué es la vida. Tampoco se sabe muy bien cómo
ha surgido –cómo se da ese paso de la materia inanimada a la materia
animada-. Incluso sigue siendo una incógnita cómo pudo originarse sobre la
faz de la Tierra (¿caldo primigenio? ¿panspermia espontánea? ¿panspermia
dirigida?...) Lo que sí se sabe es que la vida es un proceso relativamente
fácil y que no necesita demasiado tiempo para evolucionar
(los primeros compuestos orgánicos surgieron tan solo 300 millones
de años después de que la Tierra se solidificara, hace unos 3.800 millones
de años). También sabemos que en un sistema vivo están presentes
funciones como el metabolismo, la reproducción, la selección y la
evolución. Y otra particularidad importante de la vida es que puede
desarrollarse en cualquier medio, por muy extremas que sean las condiciones.
A este respecto, el químico y exobiólogo François
Raulin afirma que “no
hay ni un solo lugar en la superficie de nuestro planeta en el que la vida
no haya logrado implantarse, desarrollarse y adaptarse”.
De hecho, en los tiempos primigenios de la vida, la atmósfera
terrestre carecía de oxígeno (recordemos que éste proviene de la
fotosíntesis biológica). Por tanto, las primeras bacterias realizaron sus
procesos vitales sin necesidad de aire (organismos anaeróbicos) y además
en un ambiente infernal, entre erupciones volcánicas y caidas de
meteoritos.
Hemos dicho que la vida es un proceso razonablemente sencillo. Todo
apunta además a que la vida es una consecuencia inevitable cuando las
condiciones físico-químicas son las adecuadas (fruto de la necesidad y no
del azar). Aún así, ningún
científico -por el momento- ha sido capaz de reproducir en laboratorio una
célula viva. Sin embargo, en 1953, el bioquímico Stanley L. Miller, de la Universidad de Chicago, logró al menos
sintetizar algunos de los constituyentes fundamentales de la vida. En un
recipiente esférico de cristal mezcló vapor de agua, metano, amoníaco e
hidrógeno, reproduciendo así la denominada “sopa
primordial”. Sometiendo esta mezcla gaseosa a contínuas descargas
eléctricas, simulando así las frecuentes tormentas de aquella atmósfera
terrestre primitiva, consiguió tras una semana de experimentación que de
dicha mezcla surgieran aminoácidos, concretamente alanina y glicina. Este
experimento –que resucitó en cierto modo la trasnochada teoría de la “generación espontánea”- sirvió como modelo para futuras
investigaciones sobre la química
prebiótica y demostró que un simple sistema químico, sometido a una
fuente energética, puede desencadenar compuestos prebiológicos en un breve
período de tiempo. En la actualidad, ya se han podido sintetizar 17 de los
20 aminoácidos de las proteinas, además de ácido acético, azucares,
hidrocarburos, bases nitrogenadas (púricas y pirimídicas) y otros
componentes básicos de la vida. “Ya
sólo queda llevar a cabo la unificación de esos ladrillos (los monómeros
biológicos) entre sí para obtener la síntesis prebiótica de las
macromoléculas biológicas”, sostiene el ya mencionado François
Raulin en su obra “La Aparición de
la Vida”.
Como aclara Ramón Capote, geólogo y miembro del CAB, “la vida no es algo frágil, que
requiera unas condiciones excesivamente delicadas, sino que es resistente y
puede darse en condiciones muy extremas”. Efectivamente. Se han
podido detectar un sinfín de microorganismos que viven en medios realmente
hostiles y, aparentemente, estériles. Son los llamados “extremófilos”.
Resulta increible que puedan desarrollarse en entornos que alcanzan
temperaturas superiores a los 100º (“hipertermófilos”),
junto a fumarolas submarinas y géiseres (algunas “arqueobacterias”
sobreviven en chimeneas volcánicas con temperaturas de nada menos que
¡250º!). Otros, los “psicrofilos”,
evolucionan en medios extremadamente fríos, como en los hielos del océano
Antártico, con temperaturas de -20º. Están también los “acidófilos”
que viven en ambientes ácidos –por ejemplo, en fuentes hidrotermales y en
depósitos mineros-, los “alcalófilos”,
en ambientes alcalinos -como el que se da en suelos con
carbonatos y en lagos cársticos- y los “halófilos”,
en ambientes muy salinos -en lagos salobres y salinas de evaporación-.
Hay también microorganismos sometidos a presiones extremas –de
hasta miles de atmósferas-, que se adaptan a medios radiactivos e incluso
que alcanzan periodos de letargo de 20 a 30 millones de años...
Las investigaciones que se están llevando a cabo actualmente sobre
los “extremófilos” están
arrojando nuevas luces sobre el origen de la vida en la Tierra y sobre el
desarrollo y evolución de los sistemas vivos primitivos en un ambiente tan
infernal como el que existió hace más de 3.000 millones de años.
Precisamente, a mediados del pasado año, un equipo de científicos
norteamericanos descubrió diversas colonias de microorganismos vivos bajo
el desierto helado de McMurdo, en la Antártida. Eran, en su mayoría,
bacterias fotosintéticas del género “Phormidium”,
cuyos procesos vitales son semejantes a los que sirvieron para enriquecer de
oxígeno la primitiva atmósfera terrestre.
Un lugar inhóspito para la vida es, sin duda, el Río
Tinto, en la provincia de Huelva. Su elevada acidez
-un pH de 2.2- y su alto contenido en hierro, además de su
contaminación, le hacen aparentemente inviable para mantener en su seno un
sistema biológico. Sin embargo, alberga una colonia formada por 1300
especies distintas de microorganismos que se alimentan de sulfuros
polimetálicos. La importancia de este hallazgo -realizado por el
catedrático de Microbiología Ricardo Amils-
es tal que la NASA, a través de su Instituto de Astrobiología, ha iniciado
un proyecto para analizar exhaustivamente este insólito ecosistema, único
en el mundo. De hecho, el propio director de la Agencia Espacial
Norteamericana, Daniel Goldin, viajó hasta la Cuenca Minera de Riotinto, en
compañía del Dr. Pérez Mercader, para recoger muestras del terreno que
serán analizadas en los laboratorios de la NASA. En estos momentos, se
está construyendo un pequeño robot cuya misión será estudiar
directamente esas formas de vida bacteriana que subsisten en el Tinto. Lo
más destacable de este experimento es que permitirá, además de esclarecer
algunos puntos sobre los inicios de la vida en la Tierra, desvelar algunas
claves sobre la vida en otros planetas, y más concretamente en nuestro
vecino planeta rojo. El Dr. Mercader, que estará al frente de esta
investigación, asegura que “el Río Tinto es un modelo
extraordinariamente interesante y muy accesible para estudiar la vida en
Marte desde la Tierra”. Y es que Marte
presenta condiciones para la vida muy parecidas a las del Río Tinto. Desde
hace mucho, se viene especulando con la posibilidad de que Marte contenga
bajo su superficie ciertas formas primitivas de vida. De ser así, es
probable que esos microorganismos marcianos sean muy similares a los existentes en el Río Tinto. Si se confirma, sería un
hallazgo verdaderamente extraordinario...
El estudio de los “extremófilos” ha hecho aumentar considerablemente el
convencimiento de los científicos hacia la posibilidad de vida
extraterrestre, puesto que, como hemos visto antes, las condiciones extremas
no suponen un obstáculo para la actividad biológica. De hecho, los
exobiólogos sostienen que el planeta
Marte y las lunas Europa y Titán -que orbitan en
torno a Júpiter y Saturno respectivamente-, son candidatos potenciales para
albergar microorganismos en su interior. Hay que tener también en cuenta
que el agua, elemento esencial para la vida, se halla presente –en estado
líquido o helado- en muchos puntos del Universo, desde planetas y
satélites, hasta núcleos cometarios y cúmulos estelares. “Hay
toda una serie de argumentos -afirma convencido el astrónomo
alemán
Hans Elsässer- que hacen presumir que las condiciones en virtud de las cuales se
inició la vida en la Tierra, para evolucionar hasta formas biológicas
altamente organizadas, existen también en otros lugares del Cosmos”.
Ha de existir, sin duda, infinidad de lugares en el espacio en los
que la vida ha hecho acto de presencia. Nuestra galaxia contiene
aproximadamente 250 mil millones de estrellas, y se calcula que el Universo
puede tener alrededor de 50.000 millones de galaxias. ¿Cuántos planetas
habitables y habitados habrá, por tanto, en este infinito Universo?... “Nuestra
lógica científica –argumenta el biólogo Joachim Illies- nos
obliga a admitir que no estamos solos en el Cosmos. Considerar que la Tierra
y sus habitantes son algo único entre los miles de millones de galaxias
existentes nos parece hoy casi una osadía”... El hecho de que dos
terceras partes de las moléculas detectadas en el Cosmos sean orgánicas y
que, desde 1995, se hayan podido localizar 20 planetas extrasolares, algunos
con características parecidas a las que tiene nuestro planeta –como el
detectado a principios de este año a unos 30.000 años-luz de nosotros-, ha
incrementado el optimismo de muchos bioastrónomos hasta el punto de
considerar muy cercano el día en que logremos alcanzar el viejo sueño de
descubrir vida extraterrestre. Al menos, con nuestros actuales medios
tecnológicos ya puede conseguirse dicho objetivo. Es por ello por lo que la
NASA ha puesto en marcha para los próximos años diversas misiones
englobadas bajo el denominado “Proyecto Origins”, que contará con buscadores de planetas,
interferómetros espaciales, telescopios de infrarrojos, sondas
exploratorias, etc.
Pero ¿siempre hemos de pensar en planetas con características
semejantes al nuestro cuando hablamos de vida extraterrestre?
¿Necesariamente la vida en otros planetas ha de estar basada en la química
del carbono y depender de los ácidos nucleicos y de las proteinas como
ocurre en la Tierra?... La biología extraterrestre puede no estar
sustentada obligatoriamente en los mismos principios restrictivos que rigen
la vida terrestre. Algunos científicos han especulado, aunque con ciertas
reservas, con la posibilidad de que la vida pueda generarse también a
partir de diferentes reacciones químicas con otros elementos, como el
silicio o el fósforo por ejemplo. E incluso que el amoníaco o el metano
puedan sustituir al agua como componente líquido de los seres vivos. “Si existe una vida en cualquier
otro lugar del Universo basada en procesos químicos alternativos, entonces
podría florecer en los ambientes más extraños y sería dificil considerar
que haya planetas donde no floreciera alguna forma de vida”,
asegura el físico Paul Davies.
Si la vida ha surgido en infinidad de planetas, no es extraño que
también haya podido evolucionar hacia la inteligencia (quizás sea ese el
fin último que persigue la selección natural, si bien la inteligencia se
ha podido manifestar de muchas otras formas en otros planetas). ¿Es
factible, por tanto, que existan civilizaciones
extraterrestres tecnológicamente avanzadas? Así lo creen hoy día
numerosos astrónomos y exobiólogos que dedican tiempo y esfuerzo tratando
de detectar posibles señales de radio extraterrestres a través del
célebre
Proyecto SETI (Search
for Extraterrestrial Intelligence). No olvidemos que, debido a las
enormes distancias que nos separan de otros mundos –medidas en centenares
y miles de años-luz-, esta técnica resulta mucho más barata, sencilla y
probablemente fructífera para lograr un eventual contacto con
extraterrestres que realizar viajes interestelares.
El astrónomo estadounidense Frank
Drake, pionero en este tipo de investigaciones, considera que sólo en
nuestra galaxia, la Vía Láctea, puede haber entre 10.000 y 100.000
civilizaciones tecnológicas. Además, el Dr. Drake cree que con los
sofisticados medios con que cuenta la moderna Radioastronomía, es posible
que establezcamos contacto con alguna de esas culturas extraterrestres en
los próximos diez años. Su optimismo es compartido por muchos de sus
colegas, sobre todo tras ponerse en marcha los proyectos “PHOENIX”
-del programa SETI- y “SERENDIP”
-de la Universidad de Berkeley-, que tienen la capacidad de analizar ¡250
millones de canales de frecuencias cósmicas cada dos segundos!... Más
recientemente, desde el pasado mes de abril, el Proyecto SETI está llevando
a cabo una ambiciosa iniciativa en la que participan miles de internautas de
todo el mundo con el propósito de procesar y analizar la mayor cantidad
posible de señales cósmicas -recogidas
por el potente Radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) y distribuidas a
través de Internet por el servidor SETI@home-
en el menor tiempo posible. En solo un mes, 400.000 ordenadores personales
ya se han unido para colaborar en la búsqueda de civilizaciones
extraterrestres en nuestra galaxia. ¿Obtendremos pronto alguna
respuesta?...
Queremos finalizar recordando al astrónomo Carl Sagan, uno de los principales impulsores del Proyecto SETI, quien señaló en su día que “los resultados de las investigaciones encaminadas a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, tanto si son positivos como negativos, tendrán profundas implicaciones en nuestros conocimientos sobre el universo y sobre nosotros mismos”...
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