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Los vampiros no pertenecen únicamente al mundo de las leyendas folklóricas y de las películas de terror. La prensa evoca periódicamente extraños personajes, siniestros y peligrosos, pero reales, cuya única pasión consiste en consumir sangre humana. Para satisfacer este vicio, no vacilan, en su locura delirante, en torturar y matar a sus víctimas. Al joven estudiante alemán que fue detenido en Frankfurt a principios de 1979, resultó difícil acusarlo de asesinato. Pero las confesiones que hizo poco después de su detención, nos deja a todos pasmados.

Este individuo, de 22 años de edad, reconoció que se entregaba a semejantes prácticas desde hacía varios años, y siempre sobre mujeres. Pero fue necesario que su última víctima, una joven de quince años, contara a su madre la increíble aventura que acababa de vivir para que el caso saliera a la luz. La policía supo así que el maniaco había llevado a la adolescente a su casa para proponerle una extraña experiencia: ¡extraerle un poco de sangre con una jeringa para degustarla en una copita de licor! Como la muchacha se prestó de bastante mal grado a la cosa, el vampiro la trató brutalmente e intentó administrarle drogas para conseguir más fácilmente sus fines. Pero la muchacha conservó la suficiente conciencia de los sucesos como para contárselo todo a su madre, quien denunció al extraño personaje a las autoridades.

Según éstas, que siguen mostrándose aún muy discretas en lo que concierne a este asunto, el vampiro comenzó por negar los hechos. Pero unas pesquisas en su domicilio convencieron pronto a los policías de que las alegaciones de la muchacha no eran fantasías. En el apartamento del estudiante se encontraron diversas obras sobre la sangre y el vampirismo, juegos de jeringas de tamaños diferentes, frascos farmacéuticos que contenían aún restos de sangre humana, drogas suaves y cuatro cuchillos de carnicero.

Confrontados a estos descubrimientos, el joven terminó confesando su vicio. Reconoció haber llevado a su casa en varias ocasiones a muchachas para drogarlas y extraerles varios decilitros de sangre. Ahora bien, insistió en el hecho de que poseía suficientes conocimientos de anatomía para no herir a sus conquistas. Además, no abusaba jamás, y se contentaba siempre con una cantidad razonable de líquido vital, teniendo cuidado de no poner en peligro la vida de la joven. ¡Según él, varias de ellas habían experimentado “un placer muy sincero” dejándose vampirizar de esta forma y algunas incluso habían vuelto a buscarle para repetir la operación!

El estudiante confesó aún que a veces podía recurrir a otra estratagema para procurarse sangre. Pedía a sus amigas y a sus compañeras de curso que se la proporcionaran, pretextando realizar experimentos sobre grupos sanguíneos. Pero, añadió, esta forma de aprovisionamiento no le provocaba jamás un placer tan intenso como el que sentía cuando la muchacha era una conquista amorosa...

Esta declaración parece perfectamente significativa del asombroso proceso psicológico de los maníacos hemófilos. La ingestión de sangre humana procede, en efecto, de una desviación sexual, llamada del objeto por los especialistas en patología mental. Según ellos, ésta representaría, además, algo como una oscura reminiscencia de las relaciones misteriosas que el hombre ha sospechado siempre que existen entre la vida y la hemoglobina. Estos maniacos de la sangría, ritual o lujuriosa, no son necesariamente asesinos. A veces se contentan con sangre animal o, como el estudiante de Francfurt, extraen justo la cantidad de líquido vital necesaria para no indisponer a su víctima...

 No obstante, la mayoría de las veces esos modernos émulos de Nosferatu ejecutan a su presa antes de vampirizarla. También podríamos preguntarnos, a propósito del joven alemán, con qué fin tenía en su casa cuatro enormes cuchillos de carnicero, que, a decir verdad, no le son indispensables a un universitario. Y es que, efectivamente, siempre hay un trasfondo de crimen y de sadismo en la actitud de esos seres. Si no matan a sus víctimas es por que ellas consienten o, sobre todo, porque las exigencias sociales de las leyes y de los castigos penales los disuaden en un momento dado de llevar a término su increíble obsesión.

Semejante aberración no es tan rara como podría pensarse. Desde 1964, sólo en la prensa alemana, se encuentran más de veinte casos de Nosferatus del siglo XX. Y entre ellos se encuentran por lo menos diez asesinos... El Wiener Zeitung contaba, por ejemplo, que el 27 de junio de 1963, (número de enero de 1965) “Alfred Käser, un obrero de veinticinco años, asesinaba al joven Arthur König, de diez años, en su piso de Munich. Le propinó dos golpes al cuello y ocho en el flanco izquierdo. Mientras su víctima agonizaba, Käser bebió ávidamente la sangre que brotaba de las heridas del cuello...” Después confesó a la policía otros dos asesinatos de adolescentes y reconoció haberlos perpetrado con el único fin de procurarse sangre fresca “de los jóvenes barones que deseaba”.

Más cerca de nosotros, Kuno Hoffmann, por no nombrar sino al célebre necrófilo de Nüremberg, espera su proceso definitivo en una prisión de esta ciudad. Se le acusa de haber violado a número impresionante de tumbas y de haber asesinado a varias personas, entre las que se encontraba un matrimonio joven, para beber su sangre. Ahora reclama a diario un litro en su celda y exige, en un espantoso delirio, que provenga de una joven virgen. Le proporcionaba, por supuesto, sangre de buey, que él degusta con beatitud, mientras lee sus eternas obras populares de magia negra y necromancia. Se las han dejado a su disposición porque le creen más demente que criminal, y porque están persuadidos de que desde el fondo de su celda poco daño puede hacer...

Alemania no tiene el monopolio de tales individuos. En Inglaterra, los casos de John Haig y de John Reginald Christie están aún presentes en todos los espíritus. Haig buscaba la sangre por la sangre, sin ninguna otra pasión erótica. Claro que sabía ser sádico, y el espectáculo de la agonía de sus víctimas le divertía. Pero lo que sobre todo le fascinaba era ver cómo fluía su sangre. En la extraordinaria confesión que publicó el periódico France-Dimanche en su n1º 154 del 14 de agosto de 1949, reconoció que la consumía con deleite y ¡siempre con ayuda de una pajita! Soñaba perpetuamente con selvas de crucifijos de los que manaba un rocío de sangre. “Rezumaba de los troncos –escribía-. Caía de las ramas, roja. Yo tenía la impresión de debilitarme, de perder todas mis fuerzas. Vi que un hombre iba de árbol en árbol, recogiendo la sangre. Cuando la copa estuvo llena, se acercó a mí, y me dijo: ¡Beba!”. Según sus declaraciones tuvo este sueño por primera vez cuando era todavía joven y perfectamente normal.” ... y esa terrible sed, que ningún hombre conoce ya hoy, se instaló en mí para siempre...”

Christie no difería apenas de él en sus gustos profundos, de no ser que era, además, necrófilo inveterado. Otros grandes criminales, como Léger, Ménesclou, Bichel o Vacher experimentaba la misma pasión oscura de asimilar la vida de sus pobres víctimas al vaciarles de su sangre. El gran criminólogo, Cesare Lombroso aporta las siguientes palabras de Vetzeni, otro asesino de envergadura: “Tras la perpetración del acto, estaba satisfecho y me sentía bien. Jamás se me ocurrió la idea de m89rar o de tocar los genitales. Me bastaba con empuñar el cuello de las mujeres y chupar la sangre para experimentar felicidad y satisfacción...”

A veces esos extraños aficionados constituyen verdaderas sectas de bebedores de hemoglobina al estilo de los vampiros novelescos y cinematográficos que se rodean de una corte de semejantes, tan ávidos como ellos de sanguinolentas víctimas. En 1966 una pareja de vampiros causaba estragos, por ejemplo, en Djakarta, en Indonesia. Según las investigaciones, Animah y el profesor que tenía en su marido habían vaciado de su sustancia vital a una quincena de niños, cuando por fin la policía puso terminó a sus actividades. E llorado Jacques Bergier, recordaba que en las selvas de Guyana subsistían todavía sectas de bebedores de sangre. Hace algunos años se cerró un banco de sangre particularmente sospechoso en la ciudad de Puerto Príncipe. Parece ser que su principal actividad consistía en abastecer a esos temibles dementes.

En cuanto a la procedencia exacta de los stock del espantoso organismo, ésta jamás se ha conseguido determinar. Simplemente estamos convencidos de que no se trataría, la mayoría de las veces, de “donaciones voluntarias”... en los años 60 causaba estragos en Estambul un curioso personaje llamado Alexander Cepesi. Pretendía ser el descendiente del valaco Drácula, el modelo histórico del famoso conde de Bram Stoker. Por supuesto, presentaba todos los síntomas de la obsesión vampírica galopante: capa negra y sangre, caninos teatrales y otros gustos por el folklore fácil de las películas de Terence Fisher. Fundó en la ciudad un banco de hemoglobina, que funcionó durante casi dos años, y cuyas provisiones reservaba para el uso de la pequeña secta de bebedores de sangre que gravitaba a su alrededor. El establecimiento fue cerrado por las autoridades cuando se encontraron relaciones demasiado sospechosas entre ciertos secuestros misteriosos y el empleo de su tiempo de los esbirros de Cepesi. Este último, expatriado, parece haberse perdido en la naturaleza, a menos que se esconda en alguna necrópolis, desde donde prepare, como anunció, un regreso mortal...


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