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LA REALIDAD QUE SE HIZO REALIDAD
Juan Doval


Un palacio flotante zarpó del puerto de Southampton en 1898 en su viaje inaugural. Era el trasatlántico mayor y más grandioso construido jamás, y sus ricos pasajeros gozaban de su lujosa comodidad mientras viajaban rumbo a América. Pero el barco no llegaría jamás a su destino: un iceberg rasgó su casco y el buque se hundió con una considerable pérdida de vidas.

Aquel trasatlántico sólo existía sobre el papel, y era fruto de la imaginación de un novelista llamado Morgan Robertson. El nombre que dio a su imaginario barco era Titán, y el título del libro Futilidad.

Pero tanto la ficción como la futilidad habían de convertirse en terrible realidad. Catorce años más tarde, un lujoso trasatlántico, esta vez auténtico, partía en el mismo viaje inaugural. Iba también repleto de acaudalados pasajeros. También chocó contra un iceberg y se hundió, y, al igual que en la novela de Robertson, la pérdida de vidas fue terrible, por no disponer de suficientes lanchas de salvamento. Fue la noche del 10 de abril de 1912. El buque era el Titanic.

Premonición de un pasajero El Titán de la novela de Robertson fue casi un duplicado del Titanic real en muchos más aspectos que en el de la semejanza de sus nombres. Eran, aproximadamente, del mismo tamaño, desarrollaban la misma velocidad y tenían la misma capacidad de pasaje: unas 3.000 personas. Ambos eran «insumergibles», y ambos se hundieron exactamente en el mismo punto del Atlántico Norte.

Pero las extrañas coincidencias no terminan ahí. El famoso periodista W. T. Stead publicó en 1892 un cuento que resultó ser una premonición del desastre del Titanic.

Stead, que era espiritista, fue también una de las 1.513 personas que perecieron en el naufragio del Titanic.

Ni la novela de horror de Robertson ni el profético cuento de Stead sirvieron de advertencia al capitán del Titanic en 1912.

Pero muy pocos saben que el recuerdo de esa espantosa tragedia salvó veintitrés años después a otro buque en circunstancias análogas.

Un joven marino llamado William Reeves se hallaba de guardia en la proa de un carguero que navegaba rumbo a Canadá, en 1935. Era en el mes de abril, el mes de los desastres de los icebergs, tanto en la realidad como en la novela, y el joven Reeves había cavilado mucho sobre ello. Su guardia terminaba a medianoche. Sabía que ésa era la hora en que el Titanic había chocado contra el iceberg. Como en aquella ocasión, el mar permanecía en calma.

Estos pensamientos fueron adquiriendo forma y convirtiéndose en presagios en la imaginación del marino que cumplía su solitaria guardia.

Sus ojos, cansados e inyectados en sangre, se esforzaban tratando de distinguir cualquier signo de peligro. Pero nada se distinguía, excepto las impenetrables e interminables tinieblas. Estaba tentado de dar la alarma, aun temiendo el ridículo y a la vez le espantaba no hacerlo.

De repente recordó la fecha exacta del hundimiento del Titanic: 10 dé abril de 1912. La coincidencia era terrible: era el día de su nacimiento. La creciente sensación de predestinado convirtióse en una sobrecogedora seguridad. Gritó la alarma y el timonel ordenó marcha atrás a las máquinas. El barco se agitó y se detuvo, justamente a pocos metros de un enorme iceberg que se elevaba en la oscuridad de la noche.

Icebergs aún más mortíferos se apiñaron en torno al barco, y fueron precisos nueve días para que los rompehielos de Terranova le abriesen camino.

¿El nombre del pequeño barco que estuvo tan cerca de compartir el sino del Titanic?: El Titanian.


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