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LA
EXPERIENCIA DE LA SEÑORA METHUEN
Ronald Seth
Una
tarde de primavera de 1936, la señora de Richard Methuen regresaba de almorzar
con una amiga recientemente llegada de la India. No se habían visto en varios años
y tenían tanto que conversar y contarse una a la otra que, luego de marcharse
los otros invitados, la señora Methuen se quedó un rato más.
Sólo la advertencia de su
chofer, que fue transmitida por la doncella de su amiga, recordándole que tenía
invitados para la cena, la persuadió en verdad a marcharse de la casa de su
amiga.
-Esto es para mí bastante
terrible, Ethel -se disculpó-. Venir a almorzar y quedarme hasta la hora del té,
pero ha sido tan maravilloso verte nuevamente y hemos tenido tanto para
decirnos.
-Mi querida Margaret -sonreía
su amiga-.
He deseado tanto tenerte
conmigo. Pensé que los demás no e marcharían nunca. Y de qué valen las
formalidades entre amigas. ¿Cuándo nos encontraremos nuevamente?
-Es una lástima que estemos
a veinte millas de distancia. ¿No podríais tú y John venir a pasar un fin de
semana pronto? -sugirió Mrs. Methuen-.
No se trataría de una
fiesta, sólo nosotros cuatro, y podríamos hablar hasta por los codos. Richard
está muy ansioso por ver a John nuevamente. ¡Se llevaron siempre tan bien! He
venido sin mi agenda, pero puedo telefonearte mañana para concertar algo.
-Me encantaría -convino su
amiga mientras la conducía del brazo hacia la puerta-
Ha sido muy grato verte nuevamente.
En el garaje, Evans, el
chofer de Mrs. Methuen, se hallaba inspeccionando el motor del coche. La señora,
que nada sabía sobre los misterios de la combustión interna del motor, siempre
se sentía aprensiva cuando veía la tapa del motor levantada, a pesar de que
Evans le había dicho a menudo que era conveniente levantar el capo para revisar
tales cosas como el aceite y la batería, lo que de ninguna manera significaba
un motivo de alarma. Pero esta vez, cuando Evans bajó el capo y fue a abrirle
la puerta del coche, ella notó que tenía un aspecto ligeramente preocupado.
-No hay inconvenientes,
espero, Evans -dijo.
-Nada serio, estoy seguro, señora
-contestó el chofer-. Pero cuando lleguemos a Taunton, me detendré en un
garaje y le haremos revisar la dirección. Acabo de mirarlo yo mismo y no
encuentro nada anormal, pero hacer una revisión a fondo va a ser una tarea
complicada, de modo que lo dejaré con un mecánico.
-Pero ¿podremos regresar a
casa, Evans?
-Déjelo de mi cuenta, señora
-le aseguró el chofer aunque su pensamiento consideraba con desconfianza las
posibilidades que tenían a menos que pudieran hacerlo en Taunton, distante doce
millas.
Mientras la señora Methuen
entraba al coche, un abundante chaparrón le alcanzó la cara.
-¡Oh, Dios mío! -dijo-.
Ahora ha empezado a llover. Mire aquellas nubes negras! ¿Deberemos dirigirnos
hacia ellas?.
-No se asuste, señora
-replicó Evans-. Pero es probable que tengamos una corta e intensa tormenta.
Nada para preocuparse, señora.
-Así lo espero- suspiró
Mrs. Methuen.
Aunque muy a menudo le habían
dicho que las probabilidades de que un rayo destruyera un objeto fijo eran
varios millones en una y respecto a un objeto en movimiento, mayores aún, no le
gustaba andar en coche en medio de una tormenta.
-Es todo este metal -le había
explicado a su marido-. Mi padre siempre me señalaba que el metal atrae los
rayos, y una se siente tan encerrada en un automóvil. Sé lo que dirás,
Richard, en el sentido de que una está más a salvo en un auto que en cualquier
otro lado, con excepción de los sótanos, porque gracias a las ruedas de goma y
otros accesorios para prevenir la atracción de los rayos, resultan muy
efectivos; pero nunca me has hablado de un solo caso de coche alcanzado por un
rayo y cuyos ocupantes no hayan resultado heridos.
-No lo he hecho, querida,
simplemente porque nunca me he enterado de que un coche en movimiento haya sido
destruido por un rayo. Te preocupas innecesariamente.
Se asomó a la ventana para
decir adiós a su amiga, quien le gritó:
-¿No quieres esperar hasta
que la tormenta haya pasado?
-Me encantaría -contestó-.
Pero debo regresar a casa antes de la cena. Adiós y gracias por un día tan
encantador. Te telefonearé mañana para combinar algo para el fin de semana.
Apenas Evans puso en marcha
el automóvil, el motor hizo ruidos y casi se ahoga. El chofer contuvo el
aliento y rogó que se le permitiera hacer las doce millas hasta Taunton. Su
plegaria tuvo recompensa inmediata, ya que el motor hizo el contacto, los
engranajes se deslizaron y los frenos fueron soltados para permitir que el coche
arrancara sin parecer que nada estuviera alterado en él.
Antes de alcanzar la
carretera, la lluvia ya caía torrencialmente. Apenas acababa de pasar un portón
cuando un vívido rayo de luz zigzagueó cruzando el cielo. Fue seguido de una
pausa y, luego, del tremendo estruendo de un trueno que sonó como si una montaña
hubiera estallado, provocando un río de ruidos reverberantes y atemorizadores
tras sí.
La señora Methuen se acomodó
en una esquina del cuche, esperando transformarse en una parte invisible de la
tapicería. Comenzó a temblar ligeramente. Abriendo su bolso, buscó en él las
sales aromáticas que siempre llevaba a todas partes a pesar de saberlas tan
pasadas de moda. El penetrante olor acre en su nariz, le hizo agitarse y
carraspear, pero se sintió fuerte gracias a las mismas.
La lluvia caía ahora en una
tupida cortina de agua. Una vez más brilló el relámpago, y fue seguido por el
tremendo estertor de un trueno. Los limpiaparabrisas resultaban insuficientes
para retirar el agua del parabrisas y, para mayor seguridad, cambió la marcha,
disminuyendo la velocidad de tal modo que el coche apenas se movía.
La carretera estaba ahora
bordeada por espléndidos robles cuyas hojas estaban apenas brotando y cuyas
ramas cubrían el camino.
Al verles, Mrs. Methuen se
dijo:
"Por ningún motivo
debemos detenernos aquí." Cogió el micrófono y dijo al chofer:
-No se detenga bajo los árboles,
¿quiere, Evans?
El conductor sacudió la
cabeza. No le gustaban las tormentas y no tenía el más mínimo deseo de ser
alcanzado por un rayo. Al igual que su ama suspiró con alivio cuando el camino
comenzó a abrirse en medio de campos arados. Pero la lluvia parecía caer ahora
con mayor densidad que antes y la visibilidad era aún más deficiente.
Lentamente, marcharon hacia adelante.
Comenzó entonces a escuchar
un ruido que puso en claro para él que sus plegarias no habían resultado tan
eficaces como al principio había creído. Ahora, el chisporroteo del motor se
convertía en una suerte de tos y el coche casi se detuvo. Frenéticamente, hizo
un nuevo cambio de marcha y soltó dos veces el embrague y, para su alivio, el
motor volvió a marchar.
La tormenta, sin embargo, no
mostraba signos de amainar. Es más, parecía estar ahora directamente sobre sus
cabezas, ya que la luz del relámpago no acababa apenas de desaparecer cuando el
tempestuoso rugido del trueno se abatía sobre ellos. La señora Methuen, desde
el asiento trasero, tuvo la sensación de que los dioses estaban directamente en
contra suya. Una y otra vez, calmó sus nervios mediante la aspiración de sales
aromáticas. "Si esto no se termina pronto, se dijo, quedaré reducida a
una imbécil sin sentido".
Tomó impulso y cogió
nuevamente el micrófono.
-Evans -dijo-, deténgase,
por favor, en la primera casa o cabaña que encontremos, pediré para permanecer
allí hasta que la tormenta haya amainado.
-Muy bien, señora -contestó
Evans, sabiendo cuán incómoda debería sentirse la dama andando en coche bajo
la tormenta, pero dudando acerca de la conveniencia de detenerse, ya que temía
que el motor no volviera a arrancar. Decidió que permanecería en el coche y
trataría de mantener el motor en marcha. Afortunadamente, estaba repleto de
gasolina.
Pocos minutos más tarde,
llegaron a un alto cerco a la entrada de un largo camino. A un costado había
una casilla. Evans vio la finca en el mismo momento en que la señora Methuen
golpeaba ligeramente el cristal de separación y se aproximó a la entrada, Sin
esperar a que el chofer le abriera la portezuela, la señora salió del coche y
corrió unas yardas hasta la casa. No pensó en Evans ni en las formalidades del
comportamiento social. En ese momento, una nueva lengua relampagueante cruzó el
cielo. Sin llamar, accionó el pomo de la puerta y, literalmente, se dejó caer
dentro de la pequeña sala. Una mujer anciana, ataviada con una larga falda
negra, una blusa blanca con motas negras y una cofia blanca sobre los grises
cabellos, que se hallaba encorvada sobre el fuego, miró en torno con sorpresa.
-Le ruego que me disculpe por
irrumpir en esta forma -dijo la señora Methuen, cerrando la puerta detrás de sí
y permaneciendo de pie apoyada en ella-. Me ha atrapado la tormenta y temo
viajar con tales relámpagos. ¿Podría refugiarme aquí hasta que la tormenta
haya pasado?
La mujer sonrió e hizo una
reverencia.
- ¡Vaya! Por supuesto, señora
-contestó señalando un sillón al lado del fuego-. Siéntese aquí, señora, y
caliéntese. Su abrigo y su sombrero están húmedos, permítame que se los
seque.
Es usted muy amable -sonrió
a su vez la señora Methuen y, quitándose el sombrero y el abrigo, se los
alcanzó a la anciana-. Nunca me habría imaginado que fuera posible que se
mojaran tanto en tan corto trecho.
-Realmente, llueve a cántaros
-reafirmó la mujer, acomodando el sombrero sobre una banqueta junto al fuego y
colgando el abrigo en el respaldo de una rígida silla-. ¿Puedo ofrecerle algún
refrigerio, señora?.
- ¡No, no! -exclamó rápidamente
la señora Methuen-. Es muy amable de su parte, pero justamente acabo de tomar
el té.
-Muy bien, señora. ¿Querría
excusarme un momento? Tengo mi gato en el fregadero.
-Por supuesto -dijo la señora
Methuen y, cuando la mujer salió de la habitación, estiró sus manos sobre el
fuego, pensativa-. "¿Porqué habré dicho que había tomado el té? En mi
vida nunca he dicho eso antes. Pero es que esa mujer es una figura tan pasada de
moda. Sus ropas son positivamente arcaicas. Le diré consecuentemente que mi
coche y mi cochero están esperando". La mujer entró nuevamente en el
cuarto.
-Creo no equivocarme al
pensar que esto es Burten Pynsent -le dijo la señora Methuen.
-No se equivoca, señora.
-¿A quién pertenece la casa
ahora?.
-Pertenecía a Sir William
Pynsent, como usted probablemente sabría -respondió la mujer-.
Dicen que fue un gran amante
de la comarca. De todos modos, contrató a Mr. Capability Brown para proyectar
el parque y diseñar los jardines.
Mr. Brown planeó el camino y
diseñó los portales y esta cabaña. Sir William sólo vivió en la casa unos
pocos años antes de entregar toda la propiedad a Lord Chatham, a quien admiraba
mucho. ¿Éstá usted segura de que no desea una copa de licor de hierbas, señora?.
-No, gracias -rechazó la señora
Methuen y nuevamente preguntó-. ¿Quién vive aquí ahora?.
No pudo escuchar la
respuesta, que seguramente la habría sorprendido, porque en ese momento Evans
llamó a la puerta y, mientras hablaba, la mujer cruzó el cuarto para abrir.
-La tormenta ha pasado, señora
-dijo Evans-.
Creo que deberíamos
continuar la marcha.
-Y el coche ¿está en
condiciones?.
-Por el momento lo está, señora
-dijo Evans -.
Pero no se preocupe.
Llegaremos a Taunten.
La dama se volvió para darle
las gracias a la mujer.
-Ha sido usted muy amable en
permitir que me refugiara aquí -dijo-. Gracias.
-Ha sido un honor, mi señora
-sonrió la mujer e hizo otra reverencia.
Mientras caminaba hacia el
automóvil con Evans, la señora Methuen se detuvo un momento para mirar el espléndido
camino, en cuyo lejano extremo se levantaba la graciosa casa de campo, reputada
como una de las más bellas de la comarca occidental, resplandeciendo en la
clara atmósfera posterior a la tormenta.
-¿No es perfecta, Evans?
-dijo.
-Sí, señora. Ciertamente
que lo es. ¿Quién vive allí?.
-Se lo pregunté dos veces;
pero no me lo dijo.
-No importa, quizá lo sepa
el señor.
Evans cerró la portezuela
tras ella, dio la vuelta y trepó a su asiento de conductor. Con los dedos
cruzados simbólicamente, hizo el contacto y apretó el embrague, y el coche se
puso en movimiento con la seguridad acostumbrada. Había desaparecido toda señal
de desperfectos.
Sorprendido y aliviado, Evans
se dijo: "Mantendré los dedos cruzados un rato más, no obstante".
Pero cuanto más se alejaban, más seguro estaba de que, fuera cual fuera el
problema que hubiera tenido, el mismo se había solucionado.
Un día, dos años más
tarde, la señora Methuen se hallaba leyendo los anuncios de venta de
propiedades, cuando saltó ante su vista el aviso de que Burton Pynsent estaba
en venta. Por entonces, ella y su esposo habían estado considerando la compra
de una vivienda amplia y, al leer la descripción de Burton Pynsent, incluso
exagerada por el agente de ventas, pensó que era lo que había estado buscando.
Al enseñar el anuncio a su
esposo, éste coincidió en que debían ir a verla. Así, telefonearon a los
agentes e hicieron los arreglos necesarios para encontrarse dos días más tarde
e ir juntos a Burton Pynsent.
A medida que se iban
aproximando a la casa, el agente daba instrucciones a Evans en cuanto a la
carretera que les llevaría a la entrada del camino que conducía a la casa.
-No sabía que había dos
caminos -dijo la señora Methuen al darse cuenta de que no estaban en la
carretera que habían cogido durante la tormenta.
-No los hay -contestó el
agente.
-Pero éste no es el camino
de Capability Brown, ¿no es así, Évans? -insistió.
-No, señora, ¡no lo es!
-confirmó Evans.
-He nacido y me he criado en
el pueblo vecino, señora Methuen -dijo el agente-, y tanto de adulto como de niño
he conocido Burton Pynsent.
Durante todos estos años, le
aseguro, ha habido un solo camino, y es éste.
-¡Qué extraño! -comentó
la señora, y al llegar a la finca, relató lo que había acontecido el día de
la tormenta..
-Tengo un plano de la
vivienda y del terreno aquí mismo -dijo el agente-. Trataremos de identificar dónde
se encontraban aquel día.
Luego de unos pocos minutos
de estudiar el plano, fue Evans quien señaló el sitio.
-Pero eso son canchas de
tenis -dijo el agente-. Y fueron construidas diez años atrás, por lo menos.
-¡No lo entiendo! -exclamó
la señora Me thuen como aturdida-. Entré en la finca, la mujer puso a secar mi
abrigo y mi sombrero, hablé con ella y me comentó acerca del camino de
Capability Brown. Evans la vio, también; y los portales y al camino, ¿no es así,
Evans? Los dos no podemos haber imaginado todo.
-Hay otra cosa, también, señora
-agregó el chofer-. Aquí hay un ala de la casa equivocada. Estaba aquí -y señaló
en el plano.
-No la había visto -admitió
la señora Methuen-. Pero bien pude haberla pasado por alto ya que estaba
arrobada con el hermoso sendero.
-La casa ha sido la misma
desde siempre, que yo sepa, sin ningún cambio durante cuarenta y tantos años
-aseguró el agente.
La finca resultó
efectivamente lo que habían estado buscando y el señor Methuen cerró el
negocio. Aproximadamente una semana más tarde, el agente le llamó para
discutir uno delos puntos del contrato y apenas si podía reprimir su excitación.
-He estado investigando, señora
Methuen -dijo-, y usted estaba casi en lo cierto. Capability Brown efectivamente
hizo el camino donde usted dijo que lo había visto, y había allí unos
portales y la casilla. Pero se construyó un nuevo camino hace setenta años,
los portales y la casilla fueron derruidos, y el viejo camino quedó cubierto
por la hierba. Había también otra ala de la casa pero se puso en tan mal
estado que no fue posible su reparación y fue demolida hace cuarenta años.
-Pero ¿cómo es posible que
dos personas hayan visto lo que ya no estaba allí? -preguntó la señora
Methuen-. Una persona podría haber imaginado que vio algo, pero dos, no. Y,
ciertamente, no van a ver las dos exactamente las mismas cosas donde no
estuvieron.
-Quizá, estaba allí aquella
tarde -sugirió el agente, y al ver la expresión de incomprensión de la señora
Methuen, continuó-. Hay muchas cosas que suceden en este mundo que aún no
podemos entender.
Tal como la señora Methuen
comentó tiempo después, la única conclusión que pudo sacar era la de que,
aquella tarde, había viajado en el tiempo.
Los vestidos de la mujer y su
modo de hablar podrían ser una confirmación de ello.
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