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A principios del siglo XIX, antes de la revuelta de los Cipayos, William Sleeman,
oficial británico destinado en la India, recibió la visita de varios indígenas
denunciando la misteriosa desaparición de familiares y amigos. En el lado
inglés, también las caravanas de los colonos, transportando sus cosechas, se
esfumaban sin dejar rastro con los porteadores incluidos. Por aquel entonces, la
India estaba gobernada por la Compañía de las Indias Orientales y sus
responsables eran todos ellos originarios de Gran Bretaña, sin que por ello
mantuvieran mucha relación con los órganos del gobierno inglés. La Compañía se
beneficiaba de las fabulosas ganancias de la India y sus fines eran meramente
comerciales y financieros. El General Mayor sir William Sleeman era un oficial
de la Compañía del Este de la India cuando estas desapariciones comenzaron a
alarmar al pueblo indio y a los recién instaurados ingleses. Decidido a
descubrir el motivo de semejantes desvanecimientos, comenzó una investigación
que le llevó al desenmascaramiento de la secta más destructiva y misteriosa que
jamás haya pisado la tierra.
Los Thugs,
eran una extraña comunidad de musulmanes que veneraban (contradictoriamente) a
la divinidad hindú de la muerte y la destrucción, Kali. Según ellos, esta diosa
les había encomendado la misión de eliminar a los demonios que amenazaban la
tierra. Sin que hoy lleguemos a saber muy bien cómo, los Thugs confundieron a
los viajeros con los demonios y desde entonces comenzó una ola de asesinatos que
duró desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX. Todos los años,
durante las peregrinaciones, miles de personas eran asesinadas en el tránsito
por los caminos de la India creyéndose, en la mayoría de las ocasiones, que
estas desapariciones eran debidas al ataque de tigres o bandidos, la mordedura
de alguna cobra o incluso el cólera. La India era muy grande y peligrosa en
aquellos años y nadie se preocupaba demasiado en investigar estos hechos, además
de que muchas desapariciones no llegaban a conocerse hasta pasados varios años;
tal era la discreción con la actuaban los Thugs.
Los Thugs recibían también el sobrenombre de Phansigars (lazo en indio) porque
asesinaban a sus víctimas mediante el estrangulamiento. Para ello utilizaban un
pañuelo o turbante llamado rumal que casi siempre llevaban atado a la cintura.
Los Thugs usaban este sistema para sus crímenes porque Kali, creían, no deseaba
derramamiento de sangre. Su procedimiento para matar consistía en lo siguiente:
uno o varios miembros de la banda (los sotas o engañadores) trababan amistad con
los peregrinos o el jefe de una caravana y les acompañaban en su procesión; si
consideraban que eran víctimas propicias, iban dejando pequeñas indicaciones en
el camino para que el resto de los compinches supieran la ruta seguida. Una vez
escogido el momento adecuado, la partida de sectarios asaltaba la caravana y con
su rumal asfixiaban a los confiados viajantes. Tras el asesinato, los cuerpos
eran desfigurados y abiertos en canal (en honor a Kali y para que los cadáveres
no fueran identificados) y seguidamente enterrados en fosas o pozos con la ayuda
de sus piquetas sagradas. El asunto, no obstante, no quedaba ahí: después de
esta sangrienta matanza, daban comienzo a un ritual, llamado Tuponee, en el que
todos los integrantes de la partida danzaban sobre las tumbas de los muertos en
homenaje a su inspiradora. Sobre el suelo, y después de levantar una tienda,
extendían un manto en el que sentaban el jefe y los estranguladores más
veteranos, y cerca de ellos hacían lo propio, formando círculo, los menos
experimentados o de categoría inferior. A continuación, el cabecilla depositaba
sobre el manto la piqueta sagrada, un cuenco de plata como ofrecimiento a Kali y
una suerte de azúcar sacro, llamado goor, que era vertido en un agujero
practicado en la tierra, al tiempo que todos recitaban unas oraciones a la
divinidad. Seguidamente, se derramaba agua sagrada sobre la piqueta y el hoyo
que contenía el goor, mientras los demás no dejaban de recitar sus plegarias. El
jefe repartía entonces el goor a aquellos que habían realizado el mejor trabajo
y si este don divino recaía sobre un recién iniciado, significaba que debía ser
el próximo en encontrar a la
víctima para su estrangulamiento.
El oficial
William Sleeman fue el único hombre que consiguió descubrir y desarticular a
esta banda de estranguladores Thugs. El gobierno británico concedió el perdón a
aquellos Thugs que les sirvieron de informadores y otros muchos fueron
desterrados o encarcelados una vez sometidos a juicio. De los 3689 arrestados en
1840, sólo 466 fueron ahorcados. Más de un millón de personas murieron a manos
de la secta, sólo en el siglo XIX. Se dice que uno sólo de los Thugs llegó a
asesinar hasta a 700 personas con la sola ayuda de su rumal. Con el mejoramiento
de las comunicaciones en la India, esta secta llegó a desaparecer casi en su
totalidad, aunque todavía los había que rendían culto a la diosa Kali. Sleeman
fundó escuelas de artesanía en las cuales los Thugs y su descendencia
aprendieron artes y oficios, convirtiéndose incluso en grandes tejedores de
alfombras. La reina Victoria, puesta en conocimiento de estas habilidades,
encargó una de estas alfombras que aún hoy puede verse en la sala de Waterloo en
el castillo de Winsord.
Con el tiempo, la literatura y más
tarde el cine se ocupó de mitificar a esta secta. El excelente relato de John
Masters, llevado posteriormente a la gran pantalla, primero por la productora
Hamer y después por Ismail Merchant, sin olvidar la segunda entrega de Indiana
Jones, confirió a esta sociedad criminal un carácter de leyenda que nos ha
llevado a no olvidar lo que de otro modo ya hubiésemos relegado al ostracismo.
Sin embargo, lejos de los que muchos creen, los Thugs no han desaparecido del
todo: a mediados de los años 90, en un periódico de tirada regional, encontré
una pequeña nota de prensa cuyo titular era “sacrifican a un hombre a la diosa
Kali en la India” y cuyo texto era el que sigue: “Un hombre de 40 años fue
sacrificado a la diosa hindú de la muerte y la destrucción en el estado
nororiental indio de Bihar la pasada semana, informó ayer la agencia estatal PTI.
El sacrificio tuvo lugar en la población de Sirsi, a 60 kilómetros de Patna, la
capital de Bihar, cuando Satyanarayan Singh se dirigía al mercado y fue abordado
por un grupo de individuos que le dispararon a bocajarro. Posteriormente
decapitaron a la víctima, se llevaron su cabeza y se la ofrecieron a la diosa
Kali, la diosa Hindú de la muerte y la destrucción”.
William Sleeman dijo a sus compañeros tras el desmembramiento de la secta: “Si no hemos hecho nada más por la India, al menos hicimos este buen trabajo”. Quizá así fue, pero lo que es cierto es que a pesar de todos sus esfuerzos, la secta sigue palpitando todavía y la diosa Kali continúa reclamando para sí la vida de los inocentes.
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