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LOS VERDADEROS TESOROS DEL
MAR
José Ferrer
Un
pescador creyó haber obtenido un buen botín. Llevó a tierra una estatua de
bronce, de gran majestuosidad y cubierta de algas. De una nave romana sumergida
se obtuvo una cabeza de león de cobre, mosaicos y columnas de mármol agrietadas.
Finalmente, se izó la embarcación entera.
Antiguamente, la casualidad nos deparó descubrimientos de esta clase. Pero, durante los últimos decenios, los científicos comenzaron a desarrollar la arqueología submarina con métodos sistemáticos y toda una amplia gama de medios técnicos, convirtiéndola en una ciencia reciente que promete nuevos y sorprendentes resultados. Algunos ejemplos del fiordo Roskilde se sacaron cinco naves vikingas que se habían hundido allí hacía 900 años para construir una barrera contra enemigos desconocidos.
Se pusieron al descubierto los restos de antiguas aglomeraciones de palafitos.
Se descubrió una ciudad: Port Royal, una ciudadela pirata situada en Jamaica e importante lugar de intercambio para el comercio con las Indias Occidentales, que se hundió en el mar en sus dos terceras partes a causa de un terremoto que la sacudió el 7 de junio de 1692.
Pero el mar también ofrece tesoros de otra clase. ¿Jugarán éstos algún día un papel en nuestra alimentación, en la obtención de energía y de materias primas? ¿Jugarán acaso un papel cuya magnitud no podemos sospechar aún?
Las siete décimas partes de nuestra Tierra están cubiertas por las aguas de los océanos. Hasta ahora solamente se ha podido investigar el cinco por ciento del suelo marino. El agua y el suelo de los mares ocultan incontables riquezas. No solamente consisten en petróleo, gas natural y productos sulfurosos, sino también en oro, diamantes, zinc, manganeso, níquel, cobalto y cobre. Esto ocurre sobre todo en las costas de Alaska, de África Sudoccidental, de Indonesia y de Malasia, así como en las profundidades del Océano Pacífico. El haber descubierto su existencia se debe a un instrumento que, con ayuda de ondas sonoras, explora el suelo marino en busca de filones.
Mediante la comparación de las medidas obtenidas con especimenes medidos en tierra, se puede identificar cada uno de los minerales.
Para poder llegar a los yacimientos marinos situados a grandes profundidades, se desarrolló una nueva cámara de inmersión, que puede descender a profundidades de hasta 500 m. Este «ascensor submarino» tiene forma de esfera y soporta una presión exterior o interior de 50 kilopondios por centímetro cuadrado. Su diámetro es de casi dos metros. En el fondo de la cámara se encuentra una abertura de cierre hidráulico por la que pueden descender los submarinistas.
Una sonda de neutrones, propuesta por tres japoneses, podía ser todavía más apropiada para la búsqueda de vetas minerales. Trabaja según el mismo principio de las ondas lunares de la serie Surveyor. En ella se encuentra una fuente de neutrones que provoca una radiación gamma en los objetos enfocados, produciéndose un espectro que es característico de cada uno de los elementos del objeto. Con un instrumento de esta clase se pueden determinar los componentes químicos del fondo marino a la profundidad que se desee.
Los conocimientos a los que ha llegado la oceanografía con vistas al aprovechamiento de los mares son tan fenomenales que nos bastarán un par de líneas para verlo:
Mediante un adecuado aprovechamiento, los mares de la Tierra podrían alimentar a 300 mil millones de personas.
El agua del mar podría ser desalinizada con ayuda de la energía nuclear, asegurándose así el abastecimiento de agua dulce durante un tiempo imposible de prever. Las reservas de los océanos en cuanto a materias químicas son prácticamente inagotables.
De los prados submarinos se podrían cosechar cuatro veces más plantas verdes que de todos los prados de la tierra firme. Además, se ha de tener en cuenta que las algas frescas contienen casi todas las vitaminas, lo que no se puede afirmar en la misma medida de las plantas terrestres. Mediante una planificación previsora, el mar podría ofrecernos el doble de pescado por hectárea, que el mejor prado en carne.
La obtención de elementos procedentes del agua del mar podría ser más provechosa que la explotación de las minas; por otra parte, los océanos podrían convertirse en las más grandes minas que haya explotado jamás la humanidad. Las reservas de energía que ocultan los océanos son inagotables e increíblemente baratas. Sólo la «Corriente del Golfo» transporta más de cuatro billones de calorías anuales por cada centímetro cúbico de la costa occidental europea. Se trata de posibilidades y perspectivas que, consideradas más detalladamente, podrían maravillarnos. Desgraciadamente, la explotación de estas incalculables riquezas es aún demasiado cara. Por ello, todavía no hemos ido más allá de un modesto comienzo.
De todos modos, más de cien instalaciones repartidas por todo el mundo transforman ya el agua del mar en agua dulce a un ritmo de 190 millones de litros diarios. En Freeport (América) se extraen diariamente más de 200 toneladas de magnesio de unos 200 millones de litros de agua del mar. Una planta industrial de Noruega produce anualmente 35000 toneladas de magnesio.
Las perforaciones de las grandes compañías petrolíferas americanas, llevadas a cabo en el Golfo de México, permitieron descubrir que en sus profundidades existe un yacimiento que quizá represente más de una cuarta parte de las reservas petrolíferas de los Estados Unidos. Allá abajo esperan diez mil millones de barriles de petróleo (unos 1400 millones de toneladas), además de un billón ochocientos cuarenta mil millones de metros cúbicos de gas. Y estas cifras solamente son el resultado de perforaciones de sondeo que hasta ahora se han concentrado sobre una estrecha franja del Golfo.
¿Llegará el día en que se descubran los últimos
enigmas del mar y nuevos tesoros? Los especialistas son optimistas.
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