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Los turistas que van a Egipto y pasean, montados en camellos, por las doradas arenas de los desiertos, no están obligados, naturalmente, a sentir la atracción del misterio que parece estar todavía aposentado en las milenarias piedras y pedruscos de aquellas tierras. Si se detienen en el lugar donde está la famosa Esfinge, la contemplan, sí, con alguna curiosidad, propia de viajeros a la busca de impresiones nuevas, y hasta harán algunas preguntas, tontas a veces, al guía, pero nada más.

Un periodista y explorador que había estado varias veces en el Sahara, me contaba aquí en Barcelona, el año pasado, sobre las penalidades y los rigores del clima de allá: en algunos parajes el termómetro descendía a 0° por las noches, para alcanzar los 60 grados sobre cero a eso del mediodía. Información ciertamente interesante, pero yo esperaba informaciones de otra clase que, a pesar de mis preguntas, no pude conseguir de él.

Clima y alimentación, acaso un poquito de historia también, y otras cosas por el estilo. Las la información que suele darse, igualmente, a los modernos turistas con cámara y transistor, ocupados luego, a su regreso; con ordenar y clasificar pequeñas fotos en las que han quedado fijadas las frías imágenes. Pero la cámara no ha captado su misterio.

            ¿Y cómo podría ser de otro modo?

            El misterio se siente, se descubre, se descubre, se ve, sólo si se está dispuesto a verlo.

            Y en Egipto existen todavía preciosos vestigios de pequeños y grandes misterios.

El primer gran enigma con que nos encontramos allí, es incuestionable la Esfinge. ¿Cuándo, cómo, y con qué objeto fue ésta construida?

Según el articulista Hermann Medinger, la Esfinge egipcia fue erigida unos 11.000 años antes de Jesucristo, cuando el punto equinoccial de la primavera pasó del signo de Virgo al signo del León. Y señala que esa Esfinge tiene cuerpo de león y cabeza de mujer.

Resulta difícil creer que eso sea mera casualidad. El paso del signo de virgo al signo de Leo debió, sin duda, ser un importante acontecimiento que habría de abrir nuevas rutas para la humanidad.

Si en esa época, diez u once mil años antes de Jesucristo, se alzaba en la tierra de Egipto el pétreo enigma de la Esfinge, otros enigmas en piedra y en oro surgían también allá en América, en la entonces floreciente ciudad de Tiahuanaco,

Significa todo ello una evolución que puede ser muy lenta, si asignamos a cada signo o era cósmica la duración de 2.160 años. Y acaso los «dioses», los extraterrestres, previendo eso, los altibajos a que estaban fatalmente sujetos los hombres por la rotación zodiacal, les sugirieran la construcción de monolitos y otros monumentos de piedra u oro como obras recordativas, para que no se perdiera todo.

Sí, todos esos maravillosos vestigios que empiezan ya a estudiar seriamente los sabios y los arqueólogos, pueden no ser simplemente indicios de un anhelo de poder y de riquezas. Es muy posible que hubiera ahí algo más que eso; que aquellos antiguos artistas construyeran v edificaran también con miras al futuro.

La estructura, los ángulos y orientación de las pirámides de Egipto, evidencian un conocimiento de las matemáticas y la astronomía como apenas cabe imaginar en los hombres de aquella lejana época.

¿Quién enseñó a los egipcios?

Esa pregunta, que se hace también Alan Landsburg en su libro « In Search of Ancient Mysteries», sigue siendo un inquietador interrogante.

Y el citado autor, dice al respecto:

... -«La recién unificada nación (egipcia) pasó de un salto de la cultura de la Edad de Piedra a una original y brillante civilización.

»Mientras leía su historia, me parecía que esa civilización no se desarrolló, que era sólo un simple acaecimiento. Herramientas, técnicas, arquitectura, ingeniería, medicina, ciencia, y grandes ciudades bien organizadas, todo eso se materializó en el espacio de un siglo o dos -casi como si esas cosas hubieran sido importadas de otra parte.

»Fui a Sqqara porque yo me preguntaba si los primitivos egipcios habían recibido una «infusión de civilización» de uno o más astronautas antiguos. Pronto me apercibí de que la primera persona real en la historia conocida (de ese país) fue el maestro de los que edificaron Saqqara.»

Un gran hombre llamado Imhotep, que era un artista y un científico, y al que «la posteridad hizo igual a un dios». Y el autor citado se pregunta aquí si no podría él haber venido del espacio exterior.

Porque, cosa extraña, se nos dice que todos los arqueólogos que trabajaban cerca de Saqqara buscaron en vano su tumba, y que nunca se halló ni siquiera mención de su muerte. Lo que hace pensar al autor de quien hemos citado lo que antecede, que Imhotep podría haber sido uno de esos hombres-dioses como Viracocha, Quetzacoaltl, Kukulcán, etc., que simplemente «Se fueron», pero que no habían muerto y sido puestos en una tumba.

La base para la creencia en antiguos instructores de la humanidad que vinieron del espacio y retornaron a él, sin duda para volver a su punto de origen, la encuentran algunos en los antiguos libros sagrados de la India y hasta en oscuros pasajes de la Biblia, donde se hace mención de extrañas cosas que parecen ser artefactos, figuras de animales con ruedas, etc., como en la misteriosa visión de Ezequiel, y que han sido interpretadas como vehículos o naves de alguna clase.

Pero, y, por si esto fuera poco, ahí está lo verdaderamente asombroso, lo que hace pensar en algo extraordinario, en planes y proyectos no formados en los cerebros de los humanos y, por decirlo así, «fuera de programa»: el salto formidable a una cultura de un orden superior, así, como por arte de magia, de naciones que, prácticamente, se hallaban en la oscura Edad de Piedra. ¿Quién puede explicarlo?

Natura non facit saltus.

Si la Naturaleza no da saltos, tenemos, pues, que buscar la causa en los dominios de lo «sobrenatural», entendiendo por esto sólo lo que para nosotros los humanos está fuera de lo normal.

¿Serán acaso los extraterrestres, los que por esa especie de «infusión de civilización» hayan hecho el milagro?


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