VISITA A NUESTROS PATROCINADORES


E-MAIL

HISTORIAS DEL MÁS ALLÁ

VOLVER A BITÁCORA

GALERÍA DE IMÁGENES

BUSCAR EN BITÁCORA


SUPERSTICIONES
Luis Senent



DESPRECIO A LA SUPERSTICIÓN
El día 13 de cada mes se solía reunir en Londres un Club
de Excéntricos que se divertía en desafiar toda clase de supersticiones. Se abrían paraguas en el interior de la sala, se derramaba sal, se caminaba bajo escaleras de mano y se ofrecían bebidas en vasos rotos.

El buque se llamaba Viernes, su quilla fue colocada un viernes y a su frente estaba el capitán Viernes.

El Almirantazgo británico se había propuesto terminar con una de las supersticiones más arraigadas en la Marina: que el viernes es un día de mala suerte. Quizá los planes del Almirantazgo fueran encomiables e incluso irreprochables. Pero durante su viaje inaugural, que comenzó un viernes, la nave desapareció con todos sus tripulantes. Jamás volvió a saberse nada de ella.

El Almirantazgo niega persistentemente la verdad de esta historia, pero tal actitud no modifica las cosas: durante generaciones, los marinos ingleses la han creído al pie de la letra. La superstición no cede ante la lógica. En muchos casos es reliquia de religiones primitivas, en las que el hombre adoraba a las fuerzas de la naturaleza con la esperanza de sobrevivir a las calamidades.

El hecho de tocar madera para obtener buena suerte refleja la creencia primitiva de que cualquier objeto natural (por ejemplo, un árbol) estaba habitado por un determinado dios. Antaño se atribuyeron beneficiosos efectos al fuego y al hierro que hoy se asignan al carbón y a la herradura.

Derramar la sal era signo de desventura, ya que desde la antigüedad hasta los tiempos modernos la salazón fue el único procedimiento válido para conservar las carnes.

Para las gentes primitivas era necesario que su hogar estuviera bendecido por espíritus favorables. Para los romanos el lugar más importante de la vivienda era el hogar (del latín, focus: fuego) donde ardía la lumbre y vivían los dioses lares. En la Europa occidental se creía que la chimenea era el habitáculo de pequeños gnomos y de otras hadas cuya presencia era altamente saludable. Algunos pensaban, incluso, que estos seres colaboraban en las faenas domésticas. No era prudente ofender a los gnomos.

En su afán de propiciarse a los espíritus, las amas de casa de las islas occidentales de Escocia dejaban encendido parte del fuego para que las hadas no tuvieran frío por la noche.

La superstición también dominaba las tareas de la mujer en la cocina. Ciertas amas de casa aún creen que perderán la comida si la revuelven en sentido contrario al del movimiento del Sol. Para evitar que las gallinas se ofendieran y dejaran de poner, no se arrojaban cáscaras de huevo a la lumbre. La mujer guardaba minuciosas reglas.

No hay herramienta que más implicaciones supersticiosas tenga que el cuchillo. Por ser de hierro, se veía en él protección contra todo tipo de males. Esto puede remontarse a los tiempos antiguos, cuando las gentes armadas con objetos de piedra o bronce sucumbían ante las espadas de hierro, de afilada hoja y aparentemente mágicas.

Existe la creencia de que dos cuchillos cruzados sobre una mesa indican pelea, a no ser que alguien los separe.

Las supersticiones en torno al pan son numerosas. Se temían funestas consecuencias si la masa no fermentaba, pues el demonio estaba dentro del pan que no subía.

Por esta razón se practicaba un doble corte en forma de cruz en su parte superior, con el fin de que la harina se esponjara y el diablo pudiera escapar. Era imprudente cortar el pan por cualquiera de sus extremos, pues el genio del mal discurría a sus anchas por toda la casa.

Ni la mesa está libre de supersticiones.

Si durante la noche queda cubierta por un mantel blanco, pronto será necesaria en la vivienda una mortaja.

Sobre todo, jamás debe permitirse que 13 personas se sienten a la misma mesa. Esta idea suele asociarse a la Ultima Cena, donde hubo 13 comensales, incluido Judas Iscariote que traicionó a Cristo.

Pero esta creencia es más antigua que el cristianismo. En la mitología noruega, 12 dioses celebraban un festín, cuando Loki, el Espíritu de la Discordia, apareció entre ellos y provocó una querella que acabó con la muerte de Baldur, favorito de los dioses.

Fuera de casa acechan otros peligros. Una de las supersticiones más extendidas es la de no pasar bajo una escalera de mano por si se cae una herramienta o un bote de pintura. Pero el motivo es mucho más remoto. Cualquiera que pasara bajo una escalera rompía el triángulo, antiguo símbolo cristiano de la Trinidad.

También se dice que la superstición de la escalera estuvo asociada con la horca. Un método de colgar al reo consistía en arrojarle desde una escalera para que cayera bajo ésta y quedara suspendido de la soga.

Desde tiempo inmemorial se ha considerado a las gallinas y, en general, a las aves como excelentes guías del futuro. Los romanos consultaban con frecuencia las entrañas de las mismas. Pero parece ser que la actitud del consultante tiene mucho que ver en el resultado de esta clase de consultas. En la antigua Grecia, el fiero capitán de una flota recibió de sus adivinos la advertencia de que las aves sagradas se negaban a comer, lo cual presagiaba una catástrofe. «Bueno, veamos si quieren beber», respondió sin inmutarse. Lanzó todas las aves por la borda, se enfrentó a su enemigo y ganó la batalla.

Ciertas supersticiones rebasan todas las fronteras; pero otras son propias de determinados países o razas. Baste aludir al caso del Japón, donde se estima pernicioso tomar un peine con las púas dirigidas hacia uno; que matar una araña antes de mediodía es matar un alma humana, y que la mayoría de los gatos traen mala suerte.

Además de las supersticiones nacionales existen supersticiones raciales. Por ejemplo, no debe mirarse a un niño judío mientras duerme (por el parecido con la vigilia de la muerte). Tampoco se le debe mostrar su propia imagen hasta que le haya salido el primer diente.

Los gitanos creen que es peligroso comer alimentos sobre los cuales alguien haya pasado, o beber agua de un riachuelo sobre el que haya cruzado una mujer. Todas las caravanas deben ser quemadas cuando muere su dueño.

Resulta muy fácil rechazar las supersticiones por absurdas; pero sólo quienes sean capaces de romper un espejo, sin pensarlo dos veces, tienen derecho a hacerlo.


E-MAIL

HISTORIAS DEL MÁS ALLÁ

VOLVER A BITÁCORA

GALERÍA DE IMÁGENES

BUSCAR EN BITÁCORA


Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora