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SUEÑO Y REALIDAD
Gustavo Büscher
A
pesar de los numerosos relatos, nunca se ha comprobado que un sueño haya predicho
cosas que en verdad se hayan realizado más tarde sin que el interesado tuviera
una razón particular para presentirlas. Se dan puras coincidencias, que los
espíritus poco críticos toman por cosas maravillosas.
Al contrario: llega a suceder que el sueño nos hace recordar cosas olvidadas que extrae del subconsciente para hacerlas resurgir en nuestra memoria. El doctor Alfred Lehmann contaba los casos siguientes:
«P estaba empleado en una farmacia. Una noche, al acostarse, advirtió que había perdido su manojo de llaves. A pesar de una larga y minuciosa búsqueda no lo pudo encontrar. Por la noche soñó que estaba sentado en un banco, en el jardín, y que colgaba las llaves en la rama de un saúco, junto al banco. Al día siguiente recordó el sueño y en efecto, encontró las llaves en el saúco.» Habían permanecido colgadas inconscientemente en el pensamiento del farmacéutico y el sueño suscitó el recuerdo.
Citaremos otro caso: «Soñé que había perdido un objeto importante y que lo buscaba por doquier, revolviendo armarios y cajones, y al hacer esto lanzaba con impaciencia al suelo cuanto me molestaba. De improviso descubrí en el fondo de un cajón un diamante; era un diamante pequeño, pero brillaba tan intensamente que iluminaba toda la estancia. Lo miré con sorpresa. ¿Cómo podía hallarse aquella joya en el cajón? De repente mi espíritu se iluminó: "¡Es tu pequeña secretaria!" Me desperté feliz, bajo la impresión de este sueño, y me dije: "¡Es preciso que hoy mismo la pidas en matrimonio!"»
El hombre que tuvo este sueño, el 9 de noviembre de 1866, pidió en efecto la mano de su secretaria, con quien se desposó poco después, y ambos fueron muy felices. Ella se llamaba Ana Grigorievna, y él era el escritor Dosioyevski. En su sueño la amada se había convertido en diamante. Esta transformación refleja una de las particularidades del sueño: en el sueño nos volvemos poetas y convertimos en símbolos la realidad de lo que amamos.
Los sueños angustiosos eran frecuentes en el autor dramático austriaco Grillparzer: se veía en el teatro asistiendo al fracaso de una de sus obras. «¡Imposible describir el sentimiento que experimentaba al oír el primer sonido de aviso!», contaba más tarde. Y lo que le resultaba más penoso era encontrar allí a sus mejores amigos, que desde el palco asistían con sonrisa burlona a su fracaso. Grillparzer era un ser extremadamente sensible, de temperamento enfermizo e hipocondríaco, lo que explica sus angustias.
Calpurnia, la esposa de Julio César, tuvo, en la noche que precedió al asesinato del gran romano, un sueño del qué se hace mención en las crónicas de aquella época:
«Como de costumbre, (César) fue a acostarse y se durmió al lado de su esposa. De repente se abrieron todas las puertas y ventanas de la habitación, y, sobresaltado por el ruido y por la pálida claridad de la Luna que penetraba en la estancia, se incorporó. Entonces advirtió que Calpurnia, completamente dormida, musitaba palabras incoherentes y suspiraba. En efecto: soñaba que tenía entre sus brazos a su esposo asesinado y que lloraba sobre él.»
No obstante, a veces los sueños han resultado sorprendentes y difíciles de explicar.
El historiador Ranke cuenta un sueño que tuvo Carlos IX después de la matanza de San Bartolomé: «Aproximadamente ocho días después de esta carnicería, Carlos IX hizo llamar durante la noche a Enrique de Navarra, su cuñado. Este príncipe le encontró aterrado, pues un espantoso concierto de voces confusas le había desvelado. El mismo rey de Navarra creyó oír estas voces: parecían gritos, maldiciones y gemidos lejanos, como en la noche de la matanza. Se mandaron emisarios a la ciudad para informarse de algún eventual desorden; la respuesta fue que todo estaba tranquilo y que aquel disturbio era una quimera. Siempre que se acordaba de esta historia, sentía Enrique que sus pelos se erizaban de espanto.»
Lo más sorprendente del caso es la transmisión de esta visión de Carlos IX a Enrique de Navarra.
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