|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
En la India antigua se consideraba de mal augurio el encontrarse con una
viuda, un tuerto, una serpiente o un gato; mientras que era buena señal
encontrar una vaca, un elefante, un lagarto o una joven.
Habiéndose
cruzado en su camino con una serpiente, un pastor sordo que guardaba un
rebaño de cincuenta carneros temió que le ocurrieran cosas malas durante
aquel día. Su temor no tardó en justificarse: al mediodía su mujer no le
trajo el almuerzo, como solía hacerlo. Y justa mente tenía mucha hambre.
Esperó una hora. Luego decidió volver a su casa.
¡Qué
paliza le iba a dar a su mujer, para que aprendiera a ser puntual! ¿Pero
quién iba a guardar el rebaño durante su ausencia?
En
el prado vecino, un miserable vaquero cortaba hierba para su vaca. El pastor
no confiaba mucho en esta clase de gente; pero qué podía hacer. Se
resignó a confiarle su rebaño y, acercándose a él, le dijo:
-Guárdame
el rebaño, mientras voy a casa a almorzar. Cuando vuelva, te daré una
buena recompensa.
El
pastor no sabía que el vaquero era sordo. Como él también lo era, no se
dio cuenta que la contestación del vaquero no correspondía a lo que él le
había pedido. En efecto, aquel hombre decía:
-¿Vienes
a pelear conmigo porque corto la hierba de este prado? ¿Con qué derecho?
Este prado no es tuyo ¿Crees que voy a dejar mi vaca morir de hambre para
que vivan tus carneros? No, no te daré mi hierba. Déjame en paz y vete a
pasear.
Y
con la mano le enseñaba la carretera. El pastor pensaba que su interlocutor
estaba de acuerdo, ya que le decía que se fuese. Tranquilizado por la
suerte de sus carneros, se fue corriendo a su casa. Pero al llegar allí
halló a su mujer tendida en el suelo y revolcándose de dolores. Parecía
gravemente enferma. Sin duda había comido demasiado de esos guisantes
crudos que tanto le gustaban y lo que tenía era una indigestión.
En
vez de reñirla por su retraso, el pastor tuvo que cuidar de ella; luego
preparó él mismo la comida. Cuando acabó ya era muy tarde. A toda prisa,
el pastor corrió a dar con su rebaño.
-¿Quién
sabe si este dichoso vaquero no había aprovechado su ausencia para robarle
algún animal?
Pero
tuvo la alegría de hallar a sus carneros, que pacían en el mismo sitio en
que él los había dejado. Los contó: no faltaba ninguno..
-Hice
mal en dudar de la honradez de este pobre hombre. Cumplió con lo que me
había prometido. Yo también cumpliré con lo que le he prometido. Le daré
la oveja coja que siempre está retrasando la marcha de mi rebaño. Pero
para él no tiene importancia: podrá venderla o comerla.
Puso
en su hombro la oveja, llegó cerca del vaquero y, dejándola en tierra, se
la enseñó diciendo:
-Guardaste
fielmente mi pequeño rebaño y te agradezco la pena que te has tomado. Para
recompensarte te doy esta oveja.
-¿Cómo?
¿Me acusas de haber roto la pata de tu oveja? -exclamó indignado el
vaquero. Te juro que no me he movido de este sitio desde que te fuiste. Ni
siquiera me acerqué a tu rebaño.
Mientras
hablaba, agitaba los brazos y miraba a su interlocutor, con ojos furiosos.
El pastor prosiguió:
-Es
cierto. Esta oveja es coja. Pero ¿qué te importa a ti? El animal es joven
y gordo. Cuando lo hayas matado, podrás comerlo con tu familia y tus
amigos.
-¿Persistes
en acusarme? -gritó el vaquero con una voz enrojecida por la cólera -
¿Cuántas veces tendré que repetirte que no me acerqué a tu rebaño?
¿Cómo crees que hubiese podido herir ese animal? Vete de aquí con él. Si
te quedas, acabaré pegándote.
Pero
el pastor no se iba y el vaquero levantó la mano. El otro apretó los
puños. Estaban a punto de pegarse...
Por
suerte un jinete pasó por la carretera. En la India, cuando dos hombres se
pelean, suelen pedir a un tercero, al que suponen desinteresado en el
asunto, que arbitre su querella y resuelva el caso equitativamente.
El
pastor y el vaquero corrieron hacia el jinete. Juntos cogieron la rienda de
su caballo; juntos gritaron:
-¡Párate,
por favor! Escúchanos y dinos quién de los dos tiene razón.
Pero
después de esto, los discursos de los dos hombres ya dejaron de coincidir.
Uno decía:
-Este
hombre me hizo un favor. Quiero regalarle una oveja y parece que por esto me
quiere pegar.
Mientras
tanto, el otro decía:
-Este
estúpido pastor cree que rompí yo la pata de su oveja. Pero yo puedo jurar
que no me acerqué a su rebaño.
-Sí,
sí, lo confieso; este caballo no me pertenece. Lo encontré abandonado en
la carretera. Como tenía prisa, lo monté para ganar tiempo. Reconozco que
hice mal... Si es vuestro el caballo, os lo devuelvo; pero por favor, no me
retraséis más y dejadme seguir mi camino a pie.
El
jinete era tan sordo como los otros dos hombres. Había bajado del caballo y
gesticulaba para que lo entendieran mejor. Sólo deseaba irse de allí
cuanto antes.
Pero
el pastor y el vaquero se imaginaban que estaba dando la razón al
adversario. Llenos de rabia, cada uno por turno agarraba al jinete por su
traje y enseñaba el puño, sacudiéndolo para que comprendiese mejor sus
razones. Los tres hombres gritaban y se insultaban.
Afortunadamente
un brahmán de larga barba blanca apareció de repente. La llegada del santo
varón era verdaderamente una bendición del cielo. Los tres hombres le
salieron al encuentro, lo saludaron, se disculparon por tener que detenerlo
y luego empezaron a quejarse los tres a la vez: uno hablaba de su rebaño,
el otro de una oveja coja y el tercero de un caballo robado.
-Os
entiendo -dijo el brahmán-, os entiendo.
Pero
desde su primera frase el santo varón mentía, pues él también era sordo
como una tapia...
-Comprendo
lo que ocurre -siguió diciendo el brahmán- Os envió mi mujer para que me
paréis y me convenzáis de que vuelva a casa. Pero no lo conseguiréis. No
conocéis bien a mi mujer si os atrevéis a poneros de su parte. Es una
verdadera bruja. El mismo diablo no es tan malo como ella. A sus malos
tratos no se puede contestar más que con malos tratos. De este modo, desde
que me casé he cometido un gran número de pecados por culpa suya. Para
expiar estos pecados y conseguir el perdón de los dioses, he decidido ir a
Benarés. Allí me bañaré en las aguas sagradas del Ganges y, una vez
purificado, pasaré el resto de mi vida yendo de templo en templo y pidiendo
limosnas... Es inútil que sigáis hablándome de mi mujer, pues estoy
firmemente decidido a alejarme de ella. No quiero oír una palabra más...
Pero
mientras hablaba el brahmán, el jinete pensó que el santo varón estaba
convencido de que él había cometido un robo. Como no se sentía muy
tranquilo, dejó el caballo en el mismo camino en que lo había encontrado y
se fue con pasos rápidos hacia la cita urgente que tenía.
El
pastor tampoco creyó que el árbitro le fuera favorable. De todos modos,
pensó que hacía ya mucho tiempo que su rebaño estaba solo. Se fue, pues,
a vigilarlo, maldiciendo a los individuos que son incapaces de dar la razón
a quien la tiene.
-Creo
-dijo él- que ya no hay justicia en este mundo... O quizá la
serpiente con la que me crucé esta mañana tendrá la culpa de que hoy
todo me salga mal.
El
vaquero también se fue a recoger su hierba, pues tenía que nutrir su vaca.
La oveja coja -seguía en el mismo sitio:
-A
fe mía, me la voy a llevar para castigar a este maldito pastor por la
absurda pelea que suscitó.
En
cuanto al brahmán, una vez solo, se fue hasta el pueblo vecino, en que
tenía buenos amigos. Estos últimos lo recibieron estupendamente. El santo
varón les habló largamente de su odiosa mujer. Comió muy bien y pasó una
noche tranquila en casa de ellos.
Al
día siguiente, aliviado por aquellas confidencias, por la buena noche y la
excelente comida, olvidó la cólera que lo había sublevado contra su mujer
el día antes y volvió a su casa en vez de proseguir su camino a Benarés.
Lo
que importa en todas las cosas es que acaben bien.
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total.
Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial
Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite
autorización. |