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Son
las ocho de la noche de un invierno de hace varios años. Llegamos a la Prisión
Estatal de Nueva York sin cenar. No nos parece adecuado comer cuando estamos en
vísperas de entrevistar a uno de los hombres más siniestros en nuestros
tiempos. El verdugo oficial.
Tras de identificarnos nos
llevan por pasillos iluminados en luces frías que se extienden interminables.
En la prisión todo es monótono, triste e impersonal. Los mismos celadores
lucen como marionetas sin vida. En sus rostros no existe expresión definida. Es
como si formaran parte de este mundo indefinido que late entre la vida y la
muerte y al cual nos proyectaremos en esta entrevista. Chirrian los cerrojos y
se abren rejas. Estamos frente a frente al verdugo oficial. El hombre que
utiliza la silla eléctrica como medio de subsistencia. La oficina es pequeña y
carece de muebles. Tres sillas constituyen todo el mueblarlo y una potente lámpara
empotrada en el techo.
En las prisiones no existe
lugar para la sombra. Sin embargo estamos aquí persiguiendo una sombra; la
sombra de Elmer "Gatillo" Burke muerto por electrocutamiento en la
silla eléctrica de la prisión, exactamente un nueve de nero.
El verdugo es un hombre de
mediana estatura y sólida constitución física. Estamos seguros que sin la
capucha de cuero negro que oculta sus facciones en la calle pasaría por
cualquier ciudadano corriente que vuelve a su hogar tras de un duro día de
trabajo.
Está inmóvil y sin embargo
sus ojillos oscuros nos analizan con desconfianza.
-No quiero fotos, las fotos
delatan a la persona -nos dice.
Nos cuesta trabajo
convencerle de que, con la capucha negra, es imposible que nadie sepa su nombre.
Comenzamos con la entrevista.
El verdugo nos explica la
tragedia en que están viviendo los condenados a muerte que esperan la consumación
de su sentencia en el Pabellón de la Muerte.
-Al principio surgía una vez
a la semana o algo parecido, pero desde que se hizo oficial la sentencia de
muerte en Nueva York, el fantasma achicharrado de "Gatillo" Burke se
aparece cada vez con mayor frecuencia.
En la última semana ha sido
visto doce veces en horas de la madrugada ya cerca del amanecer -dice el
verdugo.
Antes que nada le pedimos que
nos cuente la historia de "Gatillo" Burke. Su nombre completo fue
Elmer Burke. Tuvo el triste privilegio de morir en la silla eléctrica una noche
como ésta.
Perseguido por el F.B.I.
durante dos años, finalmente fue capturado tras de asesinar a sangre fría a un
compañero de profesión. Su víctima se llamaba Edward Walsh hasta el momento
que el "Gatillo" le descerrajó un balazo del 38 en la sien derecha
durante una discusión.
Dos años después era
detenido por el F.B.I. y terminaba su carrera que en aquella época contaba con
ocho victimas reconocidas. "Gatillo" Burke se ganaba la vida como
"Mecánico". Lo cual, en los términos del hampa significa el hombre
que recibe dinero mediante contrato para asesinar a determinado personaje. Irónicamente
"Gatillo" Burke fue entrenado por el Ejército en su nefasta
especialidad. Tras dos años en el Pabellón de la Muerte en Sing Sing
finalmente fue llevado a la silla eléctrica.
Sigue el relato del verdugo y
nos parece ver la escena.
Un hombre que ríe
constantemente desde su celda. "Gatillo" Burke no le tenía miedo a la
muerte. Constantemente amenazaba a sus compañeros en el Pabellón de la Muerte
con aparecer una vez achicharrado en la silla eléctrica.
Llega la hora fatal. El
Director de la prisión se acerca por el pasillo iluminado fuertemente. La
espectral luz de las lámparas sin sombras. Junto a él camina el sacerdote y
dos ayudantes. La puerta se abre y "Gatillo" Burke recibe a sus
verdugos con una siniestra carcajada.
"Estupidos... volveré
una y otra vez para hacerles la vida imposible" -grita.
Sin embargo, no hace la menor
resistencia. Camina sonriente entre los carceleros que no le pierden pie ni
pisada.
Los condenados en las celdas
que bordean el fatídico pasillo se presignan unos y otros se hacen los
indiferentes. El aire de aquel pasillo puede cortarse con un cuchillo. La tensión
es enorme. El ruido de una tos resuena como un disparo en aquel silencio de
muerte cercana. Todos se detienen ante una maciza puerta de acero enchapado. Uno
de los custodios se inclina haciendo girar la cerradura.
"Gatillo" Burke,
condenado a muerte número 695 en la ciudad de Nueva York, se enfrenta por
primera vez con la fea y burda silla de madera basta.
Una carcajada le sacude
arrancando le escalofríos a los que le acompañan. El sacerdote entona monótonos
rezos sin que nadie le preste atención.
Una cámara completamente vacía.
La silla se encuentra en el centro de la misma. Tres filas de asientos sin
respaldar (también de madera sin pulir) enfrentan la silla.
En la pared izquierda existe
un cristal. El mismo luce como un espejo para aquellos que le miran desde la Cámara
de la Muerte. En la parte interior está la pizarra de los conmutadores. Allí
espera el verdugo contemplando todo lo que pasa en la Celda de la Muerte. Es
visto pero no puede ser visto. Este es el objetivo del cristal.
"Gatillo" Burke
continúa riendo como un demente. Y también continúa amenazando con volver una
y otra vez al Pabellón de la Muerte. Los guardias están más nerviosos que el
condenado 695. Lo colocan en la silla y rodean sus muñecas con tiras de cuero
empotradas en los brazos.
Una de sus piernas es
conectada a un electrodo especial que va a un grueso cable eléctrico. Este es
el cordón umbilical con la maquinaria eléctrica controlada por el verdugo. Le
raspan un círculo del tamaño de un dolar en el cuero cabelludo. Tras untarle
una pasta conductora de electricidad, otro electrodo se pega al cráneo desnudo.
Finalmente una capucha de
cuero negro. Ya está todo listo. La comitiva que acompaña al asesino se sienta
en aquellas feas sillas de madera. El Alcaide hace un gesto con la mano y el
verdugo responde a la orden. Miles de voltios cruzan por cable cuando el verdugo
baja el conmutador.
La descarga alcanza de lleno
a "Gatillo" Burke. Su cuerpo se proyecta hacia el aire como si
quisiera escapar de las correas. Una serie de grotescas convulsiones lo
bambolean como si fuera un muñeco de trapo.
Todos se sienten enfermos
pero nadie se atreve a vomitar.
Por tres minutos exactos la
salvaje corriente estremece sin cesar el cuerpo que se achicharra lentamente. Un
nauseante olor a carne quemada surge de la víctima. Por los huecos
correspondientes a los ojos en la capucha, escapan nubes de humo. El cerebro se
está derritiendo lentamente ya que es la parte más acuosa del organismo
humano.
Por fin cortan la corriente.
Las luces que parpadean vuelve a estabilizarse. El médico se acerca a lo que
fuera "Gatillo" Burke y ausculta su pecho con el estetoscopio.
"Este hombre está
muerto" –dice el médico.
Pero... ¿lo está realmente?
Según el verdugo que asistió
en la ejecución de "Gatillo" Burke no lo está. Por esto precisamente
estamos realizando esta entrevista.
Transcurrido una semana desde
que el cuerpo de "Gatillo" fue removido de la silla. Los guardias tenían
que cargarlo con gran cuidado para evitar que la carne negruzca y achicharrada
se desprendiera de los huesos. Un humeante montón de células destruidas por la
electricidad y la justicia. Y precisamente a la semana comenzaron a ocurrir los
incidentes que tiene aterrorizados a los guardianes y los presos del Pabellón
de la Muerte.
2:00 a.m. Martes: Loui Walter
asesino confeso de cuatro niños espera la muerte en su celda. La luz en el
pasillo no le deja dormir, o quizás los remordimientos.
De repente una carcajada
horrible corta el espacio vacío. Louis Walter siente que los cabellos se le
erizan. Es la voz inconfundible de "Gatillo" Burke.
Peter "Moneda",
asesino de un agente de tráfico también la oye. Los presos en el Pabellón de
la Muerte gritan llamando a los guardias. Estos penetran en la galería haciendo
sonar sus toletes contra las barras de hierro para que se haga silencio. Largo
tiempo se mantiene la conmoción entre los presos.
3:30 a.m. Viernes: El oficial
Walter Shield termina su turno. Bosteza estirando los brazos sobre la cabeza. A
su mente acude el recuerdo de lo sucedido unos días antes.
"¡Bah! muertos que
vuelven" piensa el escéptico oficial. Y entonces lo ve. Es
"Gatillo" Burke. Pálido, espectral y con la boca abierta en una
horrible mueca de alegría achicharrada se ve en los brazos desnudos. Flota por
el pasillo y desaparece en el preciso momento en que el oficial extrae su arma
de reglamento para dispararle.
De allí en adelante los fenómenos
sobrenaturales se suceden casi diarios. No existe un solo habitante del pabellón
de la Muerte que no haya escuchado o visto al fantasma achicharrado de
"Gatillo" Burke.
Las manos de nuestro
entrevistado están empapadas en sudor. Sus ojos brillan bajo la capucha.
-Por favor... déjenle saber
al mundo que el fantasma de "Gatillo" Burke está vivo en esta prisión.
Que ronda entre los pasillos del Pabellón de la Muerte -afirma el verdugo.
¿Fue cierto? No lo supe jamás. Nunca me dejaron volver a entrar en la prisión.
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