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EL SECRETO DEL SEÑOR LOOSELY
Ángel Saiz


Durante casi cien años, el secreto de lo que el enterrador William Robert Loosely vio en un bosque de Inglaterra, permaneció guardado bajo llave en el cajón de su escritorio. Pero cuando al limpiar el desván su tataranieta descubrió su informe, los expertos se vieron forzados a admitir la sorprendente conclusión de que un platillo volante podía haber visitado Buckinghamshire, una noche de otoño de 1871.

Loosely era un miembro muy respetado de la comunidad de High Wycombe, actualmente una próspera ciudad, pero en aquéllos días un pequeño pueblo. El enterrador se despertó, acalorado y molesto, a las 3,15 horas de la madrugada del 4 de octubre, y decidió salir a caminar por el jardín para refrescarse. Lo que sucedió a continuación estaba referido con todo detalle en el manuscrito que guardó bajo llave.

Una luz que parecía una estrella atravesó el cielo, «más brillante que la luna llena». Después, llegó un estampido seco como de un trueno, «cosa rara, pues el cielo estaba claro». El objeto descendió, se detuvo y luego continuó su descenso, moviéndose de un lado al otro. Pareció aterrizar en unos bosques cercanos.

A la mañana siguiente, Loosely fue andando al sitio del aterrizaje, y tras una larga búsqueda, golpeó algo metálico al introducir su bastón en una pila de hojas. Escarbando con sus manos, dejó al descubierto un extraño recipiente metálico de cuarenta y cinco centímetros de altura y cubierto con extrañas protuberancias.

«Casi inmediatamente el objeto se movió un poquito», observó Loosely.

«Con el sonido de una cerradura bien aceitada se abrió lo que parecía un ojo, cubierto por una lente de cristal y de unos dos y medio centímetros de anchura aproximadamente. Segundos más tarde, se abrió otro ojo, y lanzó un rayo deslumbrante de luz púrpura.» «Luego, apareció un tercer ojo, del cual salió una barra delgada, apenas más gruesa que un lápiz.» Loosely decidió irse, pero al alejarse, el objeto comenzó a seguirlo, dejando tras de sí una huella de tres pequeños surcos. El enterrador llegó a un claro y observó que toda la superficie estaba surcada con rastros similares.

La caja metálica se detuvo brevemente y un gancho salió como un rayo de ella y se internó en la maleza. La luz púrpura se reflejó sobre el cuerpo de lo que parecía una rata muerta. Luego, la barra roció el cuerpo con un líquido y la rata fue empujada hacia un panel que se abrió en el costado del objeto.

Loosely dejó caer su bastón al apretar el paso para huir el objeto también lo recogió. Luego, siguió a Loosely hasta otro claro y comenzó a acorralarlo «como a una oveja descarriada», hacia otra caja metálica más grande.

El enterrador estaba al borde de la histeria. Levantó los ojos y vio en el cielo un extraño globo como una luna, que parecía estar haciendo señales con luces. Pero antes que pudiera descifrar el mensaje, el globo se desvaneció y Loosely y escapó hacia casa.

Esa noche, mientras estaba en la cama sin poder dormir. Loosely vio por la ventana una luz que caía en el claro que había visitado durante el día. Después, ésta volvió a elevarse y desapareció entre las nubes.

Desconcertado con respecto al significado de todo esto, el confundido ciudadano apuntó en un papel su experiencia y guardó el manuscrito en su escritorio.

Cuando fue descubierto, casi un siglo más tarde, el experto en cienciaficción David Langford estudió el documento y posteriormente escribió un libro sobre él, en el que manifestaba: «El manuscrito ha resistido todas las pruebas de autenticidad. Desde luego, no se trata de una invención, porque la muerte del hombre, ocurrida en 1893, excluye absolutamente la posibilidad de que pudiera describir los conceptos científicos patentes en su historia.»


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