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LA BÚSQUEDA DEL HOMBRE ARTIFICIAL
José Ferrer


Las masas de visitantes se aglomeraban ante una máquina de un brillante cromado, que fue la indiscutible sensación de la Exposición de Radio celebrada en Londres en 1932. ¿Se había conseguido por fin crear al «hombre artificial», una máquina con forma de hombre que pudiera pensar y actuar con autonomía, un robot?

El Berliner Illustrirte escribió con entusiasmo: «Este hombre mecánico puede hacerlo todo: ver y oír, hablar y moverse. Se levanta, va de un lado a otro y cuando retumba su voz, tintinean las ventanas de la sala de exposiciones. Todo esto es posible con ayuda de la técnica radiofónica.»

El enorme autómata de la Exposición de Radio de Londres podía hacer muchas cosas. Lo que no podía hacer era pensar. Una instalación dirigida a larga distancia le «decía» lo que tenía que hacer. Así pues, nada más que un juego.

El sueño de fabricar hombres artificiales es antiquísimo. Ya lo encontramos en la legendaria figura del Golem, del que se habla en la Cábala judía. Allí se dice que un hombre que conociera el misterioso nombre de 72 letras de Dios, tenía el poder de crear un Golem de barro y de darle una vida transitoria. Este poder se atribuyó a varios rabinos del siglo XIII y de épocas posteriores, como el rabino superior Lów, que vivió en Praga.

Gustav Meyrink parte de esta tradición en su novela El Golem. El rabino Lów creó este hombre artificial como ayudante para la sinagoga, se dice en la obra de Meyrink. Sin embargo, no fue un verdadero hombre, sino un ser vegetativo y semiconsciente «y esto solamente durante el día y gracias a la influencia de una tarjeta mágica que tenía entre los dientes y que atraía las fuerzas siderales libres del Universo. Y cuando una noche el rabino se olvidó de quitar al Golem la tarjeta de la boca, antes de rezar sus oraciones nocturnas, éste sufrió un ataque y en la oscuridad de la noche se abalanzó por las calles, destrozando todo lo que encontraba a su paso».

En la literatura técnica se encuentran numerosos ejemplos de los esfuerzos humanos realizados a través de los siglos para fabricar un ser a su imagen y semejanza, un muñeco mecánico, un autómata, un robot al que se pudiera confiar el trabajo diario (robota en checo).

Heron de Alejandría fue el primero en construir autómatas en forma de ave que giraban y se movía y que podían silbar y sorber agua. En 1738 el mecánico francés Jacques de Vaucanson presentó en París su pato artificial. Este animal no solamente comía grano, sino que también lo expulsaba en estado digerido.

Un contemporáneo de Vaucanson, el copista Wolfgang von Kempeler construyó un turco, adornado con un turbante, una larga pipa y que jugaba al ajedrez, utilizando para ello palancas, barras, engranajes y mecanismos de relojería. Todo el mundo quedó asombrado ante esta sensacional creación mecánica, ya que el turco jugaba al ajedrez mejor que cualquiera de sus contrincantes y no perdió prácticamente nunca, ni siquiera contra Napoleón, con quien jugó en 1809 en Schónbrunn.

¿Se trataba realmente de una máquina con entendimiento? Muchos contemporáneos críticos dudaron de ello. Aparecieron numerosos libros en los que se afirmaba que el turco no era más que un engaño, y que renombrados jugadores de ajedrez se habían ocultado en la infraestructura de la figura y habían dirigido el juego. Y así era, realmente. La humanidad había perdido una nueva ilusión. Las máquinas no podían pensar.

El primer robot «verdadero» apareció 1927 en Pittsburgh. Fue construido por R. J. Wensley, quien le llamó “Televox”. Después, apareció el hombre-máquina de la Exposición de Radio Londres. En 1951 se construyó en el robot «Dinamo Joe» que dominaba el difícil arte de ir en bicicleta. En 1966 apareció en los Estados la máquina muscular “Hardiman”. En 1969 también apareció un robot gigantesco, en forma de un elefante sin cabeza, que era capaz de subir escaleras. Ese mismo año, una egresa británica ofreció por primera vez un robot industrial del tamaño de un hombre llamado «Versatran». La máquina dirigida por cinta magnetofónica estaba dotada de numerosas manos destinadas a hacerse cargo de los trabajos aburridos, sucios, calurosos y ruidosos.

Las reflexiones sobre cómo se podría facilitar la actividad del cerebro humano corrieron paralelas al trabajo sobre la creación de una máquina que sustituyera al hombre por completo.

El matemático Blaise Pascal dio que hablar en el siglo XVII a causa de una máquina de invención suya que podía sumar y restar, y su contemporáneo Gottfried Wilhelm Leibniz construyó un aparato que podía incluso multiplicar.

Partiendo desde la primera máquina de calcular, el desarrollo sigue una línea recta hasta llegar a la computadora actual. El primer «cerebro electrónico» se llamó ENIAC y fue construido entre los años 1942 y 1946 como gran instrumento de cálculo para la solución de difíciles problemas de balística. De cualquier forma, esta máquina no podía «pensar», como tampoco lo pueden todas sus sucesoras, cada vez más complicadas y rápidas, de la generación de computadoras de los últimos años.

El ENIAC solamente podía imitar el pensamiento de quien la había programado. Según los más recientes conocimientos, nunca podrá existir una computadora que se pueda hacer cargo de todas las funciones del cerebro humano. La inclusión de «debilidades» humanas, así como la de la conciencia, tropieza con graves dificultades.

Por ahora, las máquinas todavía «aprenden» de los hombres. El profesor Norbert Wiener, fundador de la cibernética, creía que en la construcción de la memoria de las máquinas, es posible utilizar esos complejos de ácidos nucleicos que son los responsables de que el cerebro humano tenga memoria, pueda recordar y efectúe otras funciones similares.

Los sueños del pasado referentes a la construcción de robots, incluyendo el Golem, quedan empalidecidos ante estas tremendas perspectivas.


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