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RELIQUIAS, ENTRE LO INSÓLITO Y LO MACABRO
Elena Rodrigo

Cuenta
la leyenda que San Cristóbal era un santo gigante, así que durante siglos la
Iglesia veneró unos enormes dientes como reliquia de este mártir. Con el
avance de la ciencia, se demostró que los dientes de San Cristóbal eran de
dinosaurio.
Algo
parecido puede ocurrirle un día a los cientos –quizá miles- de objetos que
se guardan en la Catedral y en la iglesia del Patriarca de Valencia (España) venerados como auténticos
desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX.
El
Arzobispo sólo podría responder hoy de la veracidad de unos pocos, como el
brazo de San Vicente, el Santo Cáliz o los cuerpos momificados del Patriarca y
otros obispos. Según el delegado diocesano de arte sacro, Jaime Sancho, el
resto de las reliquias de la Catedral “son más que dudosas”. A pesar de
ello, continúa custodiándose celosamente todo tipo de huesos, ropas, escritos,
espinas, sangre y otros supuestos restos de santos y mártires que, según
apuntan otras fuentes eclesiales, “no se muestran nunca al público para no
escandalizar a los que no creen en ello”
Los
dos célebres relicarios de Valencia, el de la Catedral y el del Hábeas Christi
del Patriarca, resultan ser bien distintos. Mientras la Seu alberga reliquias
que se remontan a los tiempos de los cruzados y de Jaume I, legendarias pero de
dudosa veracidad, en el Corpus Christi todos los restos llevan el sello que
prueba su origen –la llamada auténtica-, impuesta tras el Concilio de Trento
en respuesta a Lutero y los protestantes, quienes destruyeron gran cantidad de
reliquias por considerarlas un engaño para los fieles.
Desde
la guerra civil, el acceso a los relicarios de ambos templos es muy restringido,
a pesar de lo cual la Iglesia valenciana los conserva intactos. Según Jaime
Sancho, “las reliquias han dejado de ser objetos de culto, en parte por la
falta de confianza en su autenticidad, pero la iglesia las guarda como un
recuerdo de la fe de los cristianos de otras épocas”.
Santo Grial
La
Catedral tiene un auténtico almacén de reliquias depositadas por reyes,
reinas, papas, príncipes y prelados para dar renombre al templo. Sin embargo,
no queda nada de su antiguo esplendor, pues todo el oro, plata y piedras
preciosas fueron expoliados por los franceses en 1812. El relicario sufrió además
continuos robos, y se decidió castigarlos con la excomunión.
Las
más prestigiosas están expuestas en las capillas, como el Santo Cáliz, el único
en el mundo que sigue manteniendo ser el Santo Grial y cuyo origen está
atestiguado desde el siglo X. “No hay pruebas negativas contra él, pero
tampoco positivas, así que nadie puede asegurar a rajatabla, pero tampoco
negar, que no se no se trate del Santo Grial”, dice Jaime Sancho.
El brazo de San Vicente Mártir es el resto más célebre. Llegó hace unos
treinta años a la Seu, regalado por una familia de Padua. Según estudios
forenses, pertenece a un hombre joven, presenta quemaduras en la piel y se
remonta al siglo IV. Estas reliquias y la espina de la corona de Cristo donada
por San Luis tras conquistarse Valencia –que se expone en Semana Santa- son
las únicas que salen a la luz pública en diversas festividades.
Calixto III
Entre
los menos valiosos que se custodian en la Seu están los objetos más insólitos
y macabros, guardado en los estantes de cuatro armarios, a los que sólo tiene
acceso el canónigo más anciano del templo, que en la actualidad es Joaquín
Mestre.
Según
se recoge en el libro de Sanchis y Sivera, hay trozos de la columna donde Cristo
fue azotado, del sepulcro y del pesebre donde nació; el “verdadero” velo de
la Virgen; las piedras “con las que el mismo San Esteban fue apedreado”; las
flechas que mataron a San Sebastián; camisas de los Santos Inocentes; la
esponja “con la que Santa Práxedes recogía la sangre de los mártires”;
piedras del monte Sinaí, y hasta un fragmento del pañal del Niño Jesús.
Los
huesos de mártires y santos se cuentan por cientos, pertenecientes a brazos,
manos, piernas, cabezas, mandíbulas, costillas y vértebras momificadas, además
de sangre y cenizas. En un cofre se guarda el cuerpo incorrupto de un Santo
Inocente “de los que mandó degollar el rey Herodes” y hay también
reliquias incógnitas (huesecitos de varios santos), regaladas por el papa
Calixto III.
El
relicario del Corpus Christi cuenta con restos “atestiguados” de santos
romanos, raros y sin devoción, que San Juan de Ribera trajo a Valencia cuando
se excavaron las catacumbas romanas, “como el cuerpo de San Mauro, que en todo
el mundo sólo tiene culto en Valencia” señala Jaime Sancho.
La
más famosa reliquia es el propio cuerpo momificado del Patriarca, cubierto por
un cuadro que sólo se levanta el 14 de enero, fiesta del santo. Las reliquias
de este templo sólo pueden visitarse por petición expresa, “y siempre se
encienden dos velas al abrir los armarios con los cofres, en sentido de
respeto”.
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Artículo
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