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Poco después de cenar el joven ministro se excusó y se fue a su cuarto para preparar su sermón dominical. El viejo rector, que había servido a la pequeña comunidad del sur de Inglaterra fielmente durante muchos años, recibió órdenes de su médico de descansar, y el obispo había enviado al joven ministro para que le reemplazara.

Los feligreses de la parroquia eran gente amable y la pequeña rectoría en la que se alojaba era tan pacífica y tranquila como se pudiese desear. La familia del viejo rector estaba compuesta por su esposa y cuatro hijos mayores, tres hembras y un varón.

El visitante recibió una habitación en el segundo piso, estaba amueblada como despacho. Si el ocupante se plantaba de espaldas a la chimenea, tenía enfrente librerías de dos metros de largo y uno de altura. Por debajo del estante superior había una fila de grandes troneras. La puerta que conducía al pequeño rellano estaba en el rincón de la derecha de la habitación y en el otro extremo de las estanterías había una ventana. Un escritorio se alzaba en el centro y junto a la chimenea había un sillón. No había cama en la habitación, pero mientras la familia estaba cenando, se instaló un catrecito delante de las estanterías. El pie daba hacia la puerta y la cabecera quedaba a un metro de la pared. Durante el día el catre se plegaba y se colocaba en una habitación contigua.

Era viernes, 11 de diciembre de 1921, y hacia una noche muy fría. Cuando el joven ministro entró en el cuarto, vio que el fuego estaba ardiendo muy bajo. De ordinario hubiese colocado uno de los leños de la leñera que estaba junto a la chimenea y pasado la velada en su sillón, pero esta noche se sentía en cierto modo cansado y pensó en acostarse para meditar en aquel mismo lugar.

No se molestó en encender la lámpara que se alzaba sobre las estanterías y se instaló cómodamente sobre su costado izquierdo, con el brazo izquierdo también extendido a un lado con la mano derecha descansando en la almohada cerca del hombro.

Mientras yacía así, con su mente concentrada en el sermón, experimentó una sensación curiosa en la mano derecha. Era como si otra mano se hubiese posado sobre ella, agarrándola. Al cabo de un momento le pareció imposible no verse la diestra, pero si se aseguró de que su brazo izquierdo estaba extendido aún junto a su cuerpo. Se sintió confuso.

Sin alzar la vista, comenzó a apartar lentamente la mano derecha, pero al instante notó cómo aumentaba la presión y cómo algo le devolvía la diestra a su posición inicial. Su primer pensamiento fue que uno de los hijos de la casa estaba haciéndole victima de una broma. Probablemente se habría escondido bajo el catre y había extendido una mano para coger la suya. Este pensamiento le encolerizó, porque no le gustaban las bromas y así se puso de rodillas y trató de coger el brazo del muchacho ¡Para su profunda sorpresa, se encontró dando manotadas al aire!

De pronto el fuego ardió y a la crepitante luz de los leños se horrorizó al ver una mano, cortada a la altura de la muñeca, que había cogido su diestra.

Era la mano de un niño, con dedos largos y delicados, y ligeramente descolorida en uno de sus lados.

En una especie de frenesí, gritó:

-¡Cielo Santo! ¡La mano de un muerto!

Al mismo tiempo cogió la muñeca y trató de quitársela de encima. ¡Pero la presión de aquella cosa fantasmal aumentó! Tras otro tirón logró aflojarla de su propia mano y arrojarla lejos de sí.

¡Cayó con un golpe impresionante dentro de una de las troneras o casflias!

Se desplomó de espalda en la cama desmayado. Poco a poco al recobrar el conocimiento, comprendió la cosa horrible que había experimentado y trató de convencerse de que había sido tan sólo una pesadilla.

Pero cuanto más pensaba m s misteriosa le parecía la ocurrencia. No había estado durmiendo, de eso se sentía del todo seguro. En estos momentos el fuego se había semiapagado y la habitación estaba a oscuras. Buscó cerillas para encender la lámpara cuando de pronto recordó que había arrojado aquella cosa fantasmal en la casilla en la que se guardaban los fósforos. Se estremeció ante la idea de otro contacto con aquella mano fría y se contuvo. Pero cómo permanecer acostado en la oscuridad era inimaginable, arriesgándose a otro roce con la mano del muerto, consiguió las cerillas, encendió la lámpara y saltó de la cama para registrar la habitación. Apiló los troncos y con la ayuda de los fuelles hizo que el fuego se reavivase. Sentado en el sillón trató de desechar de su mente todo lo sucedido.

Se sentía poseído de una extraña calma. El miedo desapareció, pero estaba azorado. En voz alta, se preguntó a sí mismo:

-¿Fue en verdad una mano materializada... una cosa realmente objetiva, o simplemente una alucinación?

Decidió que quizás se debía a la presión nerviosa y a que había estado trabajando demasiado. Sin embargo por mucho que intentó explicar el fenómeno de esta manera, halló imposible dormir y se alegró cuando por último llegó la mañana y la hora del desayuno.

Al entrar en el comedor las tres hijas del rector estaban presentes y vieron de inmediato que algo le pasaba. Le preguntaron si estaba enfermo. Trató de tranquilizarlas, pero al verse acuciado casi estuvo a punto de decir cu les eran las causas de la mala noche pasada. Como no eran niñas y pensó que quizás  pudiesen darle alguna luz sobre el extraño sucedido, acabó por relatar su experiencia con la mano del muerto. La hija segunda, Mary, se volvió a sus hermanas y dijo:

-Ahora, ¿qué tenéis que decir? Nadie me creyó cuando se me envió al despacho aquel día.

Y entonces oyó una extraña historia, el pobre ministro. La familia llevaba en el rectorado doce años, pero un día, poco después de que se hubiesen instalado allí, el rector envió a Mary para que le trajese algo del despacho. La niña volvió corriendo y gritando, dijo que había una mano moviéndose por la mesa escritorio... la mano de un muerto... que estaba cortada por la muñeca. Era la mano de un niño, con dedos largos y delicados y bastante descolorida.

Creyeron que los nervios de la chica le habían traicionado y la enviaron fuera para cambiar de aires. El mismo día, 11 de diciembre del siguiente año, algunos vecinos estaban invitados a tomar el té en la rectoría. Cuando entró Mary con una bandeja cantaba y reía. De pronto dejó caer la bandeja y se desmayó.

Cuando pudo hablar insistió en que había visto la mano del muerto otra vez, revoloteando por encima de la mesa y moviéndose entre el servicio del té.

Durante cinco años la mano del muerto apareció en la noche del 11 de diciembre, pero sólo a Mary. Luego cesó en sus visitas y no había estado allí hasta que el joven ministro la encontró la noche anterior. Era un 11 de diciembre también.

Vieron cómo venía la esposa del doctor y Mary alzó la cabeza y susurró:

-¡Silencio! ¡No le diga nada! Mi padre no se ha atrevido a mencionar la mano del muerto.

Entonces el joven ministro estuvo seguro de no haber sufrido una alucinación.

La siguiente noche pasada en el despacho no fue de pacífico reposo para el ministro, pero tampoco vio la mano temida. Predicó su sermón dominical sin apenas saber lo que decía y se alegró cuando pasó el día y pudo retirarse a su cuarto y dedicarse a la meditación para tratar de explicar de manera satisfactoria tan extraña experiencia.

Se reclinó en su sillón junto a un fuego animoso y la lámpara ardía a plena potencia. Durante un momento sus pensamientos se volvieron hacia el servicio matutino de la iglesia. Empezó a contar con los dedos los que asistieron en respuesta a una solicitud suya reciente.

-Estaba el viejo Mathew -dijo en voz alta-, John Hawkins, que suman dos y...

Se interrumpió de pronto.

¡Allí, revoloteando sobre las estanterías, moviéndose despacio en una y otra dirección, estaba la mano del muerto!

Agarrándose al brazo del sillón, clavó los ojos en aquella cosa fantasmal. ¡Andaba buscando algo... buscándole a él!

-Gracias a Dios que no estoy allí- jadeó, al tiempo que su corazón latía con furia.

Trató de moverse pero estaba como atado a la silla. Sólo pudo continuar mirando con fijeza a la mano. Mientras la vigilaba, giró lentamente sobre sí misma y sus delicados dedos le apuntaron a él. Supo que le habían descubierto. De manera firme y silenciosa aquel objeto resbaló por el aire, deslizándose lentamente en su dirección.

Entonces se movió. De un salto llegó hasta la puerta y salió al rellano. Aquí medio volvió la cabeza y vio a la mano del muerto precisamente tras él, siguiéndole, apuntándole con sus dedos fríos. Le tocó ¡Notó cómo aquellos horribles y entumecidos dedos le arañaban las mejillas!

Jamás supo cómo llegó a la planta baja, pero cuando entró en el comedor estaban presentes algunos miembros de la familia y al instante supieron lo que había pasado. Cuando vino el médico le recetó un descanso. .

-Mézclese con la gente -le advirtió-, vaya a cualquier parte que le ayude a olvidar tan terrible experiencia. Debe quitarse eso de la cabeza.

Al día siguiente el joven ministro se fue a Londres. Pero recordando que su viejo amigo, Williams T. Stead, se interesaba por los hechos sobrenaturales, fue a visitarle. Cuando Stead conoció la historia dijo:

-Fuiste un cobarde. Debiste seguir a la mano. Indudablemente trataba de llevarte a alguna parte.

Mientras estaba en Londres, se enteró de la muerte del viejo rector. Más tarde, el joven ministro fue enviado a una parroquia que quedaba a unos sesenta kilómetros de la rectoría en donde tuviera tan inusitada experiencia.

Los meses siguientes pasaron con rapidez. Mientras estaba muy atareado en su trabajo y sus estudios, pensaba raras veces en la mano del muerto. Una noche de invierno, aunque se fue temprano a la cama y habíase dormido como un tronco, se despertó de pronto. No había nadie en la habitación. Consultó su reloj y averiguó que era casi medianoche. Luego se acordó de algo que estaba decidido a olvidar: Era el 11 de diciembre. Trató de apartar de su cerebro todos los pensamientos que se referían a la mano del muerto, y se estremeció al recordar tan horrible experiencia de un año antes. Encendió la lámpara y bajó a la planta principal en busca del libro. Le era imposible dormir.

En la mesa de la habitación inferior había varios paquetes de libros que acababa de recibir como respuesta a una súplica de donativos compuestos de libros y juegos para los pobres y en fermos. Repasando el tomo encuadernado de todo un año de la revista "Loneman's Magazine" se llevó el volumen a su habitación y se instaló cómodamente en la cama. Abrió el número de enero y empezó a leer la primera historia.

El pueblo que era escenario del relato le pareció familiar. Unas páginas más y comprendió que era la aldea en donde había visto la mano del muerto. Luego leyó:

"Tras la muerte de su esposa, el carpintero vivió solo con su hijita en aquella casa a medio terminar. Un día estaba cortando leña. La niña jugaba cerca, recogiendo las cortezas que se desprendían, cuando horrorizado, se le escapó un golpe y le cortó la mano por encima de la muñeca.

"En el pánico que siguió nadie se acordó de la manita, tan interesados como estaban por la vida de la criatura. A medianoche el desconsolado padre salió y la encontró... la manecita de la niña segada del cuerpo, que yacía allí a la luz de la luna sobre el suelo húmedo. Después dicen que se volvió loco. La niña no

pudo jamás jugar con otras criaturas ni hablar con los vecinos... en una nublada noche de diciembre, tres años después, el carpintero y su hija desaparecieron. Encontraron su cuerpo en el río pero no hallaron jamás rastro de la niñita.

"... Durante muchos años se relataron abundantes historias sobre gente que había visto una mano muerta flotando por la habitación del segundo piso, que ahora se utiliza como despacho de la rectoría. En el momento de la tragedia aquella habitación no estaba terminada aún, sólo existía la pared de detrás de las estanterías, que queda enfrente de la chimenea y que acababa de ser enlucida. Antes de que la casa fuese reparada por el rector la registraron completamente pero no se halló ninguna pista que resolviese el misterio"

Durante algunos días después de leer la historia el joven ministro fue incapaz de librarse de una cierta sensación de presentimiento desesperado. Aunque meditó muchas horas sobre el misterio de la mano del muerto, no habló de ello a nadie.

Un día de sol a la primavera siguiente, fue hasta el pueblo en donde había visto la mano del muerto. La casa del carpintero estaba vacía y cerrada, a excepción de unos cuantos muebles que la familia del viejo rector no se llevó consigo al mudarse. El actual rector era un joven que no tenía familia y se alojaba en casa de uno de sus feligreses, y con el pretexto de echar un vistazo al edificio, en el interés de un amigo, posible inquilino, le dieron las llaves y entró por la puerta principal. El lúgubre aspecto de la casa y el olor a rancio que despedían todas las habitaciones vacías le impresionó. Durante un momento no pudo decidirse a subir las escaleras hasta el despachito del piso superior, así que entró a la sala de estar, cruzó el comedor y la cocina y se encontró en un pasillo pequeño y oscuro. Encendiendo una cerilla vio una puerta semiabierta que conducía a la bodega y, sin pensarlo dos veces, descendió los crujientes y viejos escalones. Una luz fantasmal tras unas ventanas, cerca del techo de la habitación, no revelaba m s que un banco de carpintero y una caja de herramientas.

Por último subió al despacho. La habitación estaba vacía y llena de polvo, excepto que quedaban las estanterías, con una fila de casillas en lo alto, en la pared opuesta a la chimenea. Lo que le llamó la atención era el estado de la pared detrás de las estanterías. El yeso estaba rajado de arriba abajo y grandes pedazos habían caído al suelo, dejando desconchados que descubrían las planchas desnudas. Las otras paredes se encontraban intactas.

-El mismo hecho de que el enyesado se efectuara años antes que el del resto de la casa -dijo en voz alta-, indica que la historia ha debido de ser verdad.

La pared le fascinaba y se plantó estudiándola durante algunos minutos. Las estanterías estaban incrustadas en ella y por encima quedaba un espacio de varios palmos... allí  donde el yeso se había desmoronado y caído. Puso el pie en la segunda estantería, subió y miró al espacio que quedaba entre los estantes, es decir entre la pared interna del tabique y la exterior o pared medianera.

En la bodega buscó herramientas, las mismas que usara el carpintero. Se hacía tarde y en la habitación reinaban el silencio y la oscuridad.

En el viejo estudio, media hora más tarde, sacó algo de entre las paredes y lo depositó con temura en el suelo. Era blanco, muy blanco. Un último rayo casi horizontal de sol reveló que el yeso formaba una especie de coraza que encerraba el cuerpo de una criatura.


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