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¿QUÉ FUE DE LA TEORÍA DEL COLAPSO?
Valencia, 15 de octubre de 2006
Francisco Máñez


A mitad de los años noventa, cuando era todavía un creyente total, había terminado de desarrollar la teoría del colapso, con la que pretendía explicar el origen de los fenómenos paranormales. La teoría se fundamentaba en que la mente puede modificar la realidad, comparando su actuación con un modelo basado en la mecánica de las ondas. Su éxito entre los parapsicólogos fue considerable, pues unificaba la variada gama de fenómenos supuestamente paranormales en uno sólo y permitía realizar predicciones de cómo podríamos investigarlo. No obstante, no la admitieron tan bien los espiritistas que veían en ella un peligro a sus creencias, pues el colapso no hablaba de fantasmas ni espíritus errantes, sino de la mente de los seres vivos.

En 1996 presenté la teoría durante un congreso internacional celebrado en Buenos Aires, Argentina. No había utilizado nuevos términos que resultaran confusos, eligiendo nombres asociados a la física con intención de que sonaran más familiares. Así la palabra “colapso” provenía del “colapso de la función ondulatoria” u “observador interno” de las referencias que hacían los físicos a la parte interior del observador que produce el colapso de una partícula. No es de extrañar que los primeros en comprender la idea fueran los físicos y psicólogos que participaban en el congreso.

Al año siguiente publiqué Cuando la razón duerme, el libro en donde explicaba la teoría. Curiosamente su publicación me transformó en un escéptico. Si mi conferencia me había permitido entablar discusiones con varios investigadores de otros países, el libro causó un revuelo que me llevó a tener que defender la teoría ante las ideas clásicas.

Hace casi una década los parapsicólogos centraban sus esfuerzos en demostrar la existencia de la telepatía y la psicokinesis, la teoría del colapso no negaba la existencia de los fenómenos, pero les atribuía un origen diferente. No existía ni transmisión de pensamiento ni influencias energéticas de la mente en la materia. El intercambio de e-mails y las conversaciones en chats fueron increíbles.

Durante la discusión varios de ellos se vieron obligados a descartar, poco a poco, investigaciones dadas antes por seguras, pues los resultados me daban la razón; al mismo tiempo, estaban en lo cierto y no resultaban fiables. Por mi parte descarté las que yo mismo había realizado porque las encontré faltas del debido rigor. Resumiendo, al final quedaron tan pocos fenómenos sobre los que discutir que la mayoría nos volvimos escépticos.

Además, ninguno de nosotros había conseguido dar con un auténtico poltergeist o un caso de fantasmas. Todo eran fraudes, confusiones y ganas de notoriedad. Mucha literatura y ningún hecho real. Precisamente la teoría del colapso la había basado en toda esa literatura, y cuando se descartó perdió su principal base: La existencia de fenómenos paranormales.

En conclusión llegamos a un entendimiento cordial. Resultaba muy difícil negar definitivamente la influencia de la mente en su entorno, pero eso no era un fenómeno paranormal. De esta cuestión se habían preocupado filósofos, físicos y psicólogos desde hacía muchos años. Aunque me había basado en la parapsicología, existían temas en el colapso que no hablaban de cuestiones paranormales y que la teoría también conseguía explicar, así que quedó pendiente esta parte para una segunda discusión que jamás realizamos.

En Cuando la razón duerme comparé la teoría del colapso con los mapas realizados por los primeros exploradores del Nuevo Mundo. En ellos figuraban tierras imposibles, monstruos y seres mitológicos que se descubrieron como inexistentes cuando se realizaron exploraciones exactas. Al colapso le ocurrió lo mismo y los fenómenos paranormales fueron sus propios monstruos.

En un punto aparte, un trozo de la discusión se centró en la filosofía, en especial de la antigua India. El colapso permitía comprender sus puntos más básicos, como qué es Brahma o qué son los dharmas, permitiéndonos vislumbrar que no se trata de un conocimiento secreto al que se llega por medios sobrehumanos, sino un esfuerzo intelectual humano. Esta parte me creó la enemistad de los esoteristas que usaban la filosofía hindú para dar rienda suelta a las afirmaciones más faltas de sustancia que uno se pueda imaginar. Con mi desanimo fue otro de los temas que se quedó por desarrollar.

Como nadie es profeta en su tierra la teoría del colapso tuvo más éxito en otros países que en España, y por ello prácticamente nadie la recuerda. En Cáceres Juan Carlos Hernández Carriga, que había realizado multitud de pruebas Zenner e investigado a la supuesta dotada Mónica Nieto, se interesó por ella y pudimos discutir sobre el colapso en uno de mis viajes a aquella hermosa ciudad. El catalán José María Casas Huguet vino varias veces a casa y pasamos inolvidables horas de discusión, en ocasiones airada, pero con la más correcta educación (como debe ser) defendiendo cada uno su postura, pues José María era un parapsicólogo clásico de telepatía y psicokinesis.

No voy a nombrar a todas aquellas personas que me ayudaron, pero sería imperdonable dejar de hablar de Joaquín Abenza Moreno que me ayudó en todo lo posible. De hecho, que esté escribiendo ahora sobre el colapso se debe a que el otro día me lo recordó durante mi intervención en su programa El último peldaño.

La preparación técnica, científica y, no lo olvidemos, parapsicológica de Joaquín le hizo ver desde el principio el potencial de la teoría. Incluso cuando notó mi creciente escepticismo hacia lo paranormal me insistió en que siguiera por esa línea, que dejara a un lado esos falsos fenómenos y continuara desarrollando el colapso. Por desgracia mi desencanto era tal que no le hice caso. Sin embargo, su perseverancia consiguió que, pese a apartarme de todo lo que sonara a paranormal, en mi fuero interno siguiera pensando en la teoría.

Mi desilusión no se debió únicamente al descubrimiento de que no existían esos fenómenos, al buscar la opinión de otros supuestos parapsicólogos topé con algo que no esperaba. En realidad nadie investigaba en este país, todos se dedicaban a divulgar buscando la fama. Muchos de ellos ni creían en los fenómenos paranormales, simplemente era un modo de ganarse la vida, para lo que no dudaban en mentir sobre sus experiencias o su propia vida, presentando currículums falsos y estudios que jamás habían realizado.

El caso que más me desmoralizó fue el de Germán de Argumosa, autoproclamado filósofo y profesor. Desde crío había escuchado su característica voz radiofónica y leído todo lo que podía sobre él. Era para mí en no va más de la parapsicología, hasta que a finales de los ochenta viaje hasta la otra parte de la península para conocerlo. En este primer encuentro me decepcionó comprobar que sólo hablaba de sí mismo, de espíritus y poco más.

Cuando me encontraba elaborando la teoría tuve la oportunidad de volver a verlo en Valencia. Durante la comida surgió la cuestión de los paradigmas científicos. Resultaba imposible no hablar de Thomas S. Khun y Karl Popper, dos de los pensadores que mejor habían abordado el tema. Por decirlo muy, pero muy, suavemente, me quedé helado. Bajo su estudiada retórica, el profesor Germán de Argumosa, escondía que no sabía nada de nada, aunque presumía de ser todo un experto en esta línea de pensamiento. Sólo se había quedado en que encontrar un mirlo blanco desmontaba el axioma de que todos los mirlos son negros.

Mi cara de desconcierto y vergüenza ajena debió llamar la atención de la acompañante de Argumosa. La mujer entablo conversación conmigo. Cuando le expliqué que yo no era filósofo pero me interesaba mucho el tema, me reveló que Argumosa tampoco era filósofo, jamás se había licenciado, y lo de usar el término “profesor” era simplemente una forma de guardarle respeto, pues sólo había dado algunas clases de parapsicología. Por suerte ella sí estaba licenciada en filosofía y también le interesaba la cuestión de los paradigmas científicos, así que pudimos mantener una charla interesante.

Al final de la corrida, Germán de Argumosa era sólo un personaje encantado por aparecer en los medios de comunicación, que se había especializado en dar conferencias, charlas y salir en la radio. Sabiendo el atractivo que los espíritus tienen para el público, simplemente se centraba en contar historia sobre ellos, sabiendo a ciencia cierta que eso le conseguía la máxima audiencia. Argumosa fue un gran divulgador, pero no un investigador, como recordarán los más veteranos que bromeábamos sobre que siempre contaba lo mismo y siempre mostraba las mismas psicofonías.

Años después, cuando pusimos en duda la existencia de los fenómenos paranormales durante las discusiones que acompañaron a la publicación de mi libro, como era de esperar, aparecieron en la controversia los parapsicólogos que los habían estudiado. Cuando los más creyentes hablaron de los investigadores internacionales me preguntaron por el filósofo español, el profesor Germán de Argumosa ¿Cómo les explicaba quién era en realidad este hombre?

Sin fenómenos y sin investigadores poco me quedaba ya de creyente. Me retiré dedicándome a otros temas que me interesaban, especialmente el de los OVNIS humanos, sobre el cual había publicado también un libro, El informe Northrop, que me traería nuevas discusiones, pero en esta ocasión no precisamente cordiales, pues los ufólogos clásicos no quieren saber qué son los OVNIS, sino demostrar, sea como sea, su origen extraterrestre.

Hoy el colapso (y de no ser mi teoría es algo tan similar que es idéntica) es usado por un grupo sectario para afirmar que se trata de una teoría extraterrestre. Los espiritistas, que ven fantasmas por todos lados, siguen hablando de ella como de un galimatías imposible de entender. No obstante, parece ser que llama la atención de una nueva generación que no conoció todo aquello, y los veteranos me preguntan sobre qué fue de mi teoría.

Quizá algún día vuelva sobre la teoría del colapso o quizá no, para intentar saber si la mente influye en su entorno o no influye, pero debo reconocer que me permitió obtener la respuesta a mi interés por el origen de los fenómenos paranormales: Simplemente resulta que no existen.

Para llegar a esta conclusión me leí docenas y docenas de libros (y más docenas), realicé todo tipo de pruebas e investigaciones, hablé con los parapsicólogos más destacados de la época y me enfrenté contra los escépticos... y al final estos tenían razón.


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