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EL MONJE MILAGROSO
Adolfo González

El general Luigi Cardona, jefe del Alto Estado Mayor italiano, estaba desesperado tras la aplastante derrota infligida por los alemanes a sus ejércitos en Eslovenia, en noviembre de 1917.

Se hallaba sentado en su tienda de campaña con el revólver en la mano, y pensaba suicidarse. De repente se le apareció un monje que le amonestó diciéndole: “¡No seas tan estúpido!”, y luego desapareció.

Años después de la Primera Guerra Mundial, el general visitó la iglesia de San Giovanni Rotondo, en Foggia (Italia central). Allí vio un monje al que reconoció como el que se le había aparecido en su tienda. Al pasar a su lado, el monje dijo al general: “Escapaste por los pelos, amigo mío”.

El monje era el padre Pío, un humilde religioso campesino que, desde entonces, se hizo famoso como realizador de milagros, vidente y estigmatizado. Desde que acaeció su muerte en 1968, su causa de canonización fue motivo de controversia.

Lo que otorga singularidad a la historia del general es que, durante toda la guerra, el padre Pío no abandonó su convento en Foggia.

Nacido en 1887 en la aldea de Pietrelcina, cercana a Benevento, el padre Pío, hijo de un pobre campesino, ingresó en un monasterio capuchino a la edad de 17 años. Durante 11 años estudió calladamente y cumplió sus deberes para con sus hermanos novicios.

Pero el 20 de septiembre de 1915 comenzó a quejarse de dolores en las manos, en los pies y en el costado derecho. Los médicos no pudieron encontrar ninguna explicación. El 20 de septiembre de 1918, mientras oraba en el altar de la iglesia de Foggia, se desplomó agonizante. Los demás monjes lo encontraron inconsciente y sangrando por las manos, los pies y el costado, heridas que se correspondían con las que sufrió Cristo en la cruz. El padre Pío fue examinado por médicos de distintas especialidades, pero ninguno pudo aportar una explicación satisfactoria de sus heridas.

Tales heridas, llamadas estigmas, han aparecido, al parecer involuntariamente, en cierto número de personas durante la era cristiana, y han sido consideradas como marcas de santidad.

Las manifestaciones m s comunes son las hemorragias de manos y pies y de los costados derecho o izquierdo. Las magulladuras de los hombros corresponden al tormento de transportar la cruz, mientras que la sangre de las cejas se asemeja notablemente a la producida por la corona de espinas.

Otros estigmatizados han sentido la rozadura de las cuerdas que sujetaron a Cristo a la cruz, mientras que otros han sido marcados por los cardenales de los azotes.

Los médicos han rechazado desde hace mucho tiempo la idea de que los estigmas obedecen a cualquier causa física. Al igual que los teólogos, han observado que la mayoría de los estigmatizados son seres capaces de revivir intensamente los sufrimientos de Cristo. La explicación más frecuente es que interviene en gran medida la autosugestión.

La Iglesia católica reconoce tres causas posibles de estigma: la revelación divina, la intervención diabólica para los creyentes confusos y la sugestión consciente o inconsciente. Ninguna de ellas puede demostrarse.

Cualquiera que fuere la causa en el caso del padre Pío, durante su vida cumplió sus deberes religiosos y se hizo famoso en todo el mundo católico como docto y benévolo confesor.

Jamás trató de aprovecharse del extraño fenómeno de su estigma, e hizo cuanto pudo para evitar la publicidad o notoriedad pública, hasta el punto de cubrirse las manos en público. Sin embargo, de todo el mundo llegaron donativos para él y para su convento. En 1956 se inauguró en Foggia un hospital que costó más de 2 millones de euros, totalmente sufragados por las donaciones de sus devotos.

Pietrelcina, pueblo natal del padre Pío, comenzó también a prosperar ante la creciente llegada de peregrinos a su lugar de nacimiento.

Por dos veces fue suspendido de sus deberes por el Vaticano, a causa sobre todo del dinero que le enviaban. Finalmente, el padre fue dispensado del voto de pobreza y su fama de vidente continuó propagándose intensamente por todas partes.

El 20 de enero de 1936, el padre Pío se aproximó a tres hombres que visitaban el convento y les dijo: “Rezad conmigo por un alma que pronto aparecer ante el tribunal de Dios”. Obedecieron, y el padre les confió después que habían estado rezando por el rey Jorge V de Inglaterra, fallecido mientras oraban.

En la década de los años 20, monseñor Damiani, de Salto (Uruguay), conoció al padre Pío y quedó tan impresionado que afirmó que desearía morir en presencia suya.

El padre Pío le respondió: “Morirás en tu país natal, pero no temas”. Consolado, Damiani regresó a Uruguay.

Años más tarde, en 1942, el arzobispo de Montevideo fue despertado a altas horas de la noche por un monje capuchino que le instó a acudir a la cabecera de Damiani.

Cuando llegó allí, Damiani había muerto, pero junto al lecho apareció un trozo de papel en el que estaba escrito: “Vino el padre Pío”. Hasta 1949 no conoció el arzobispo al padre Pío. Entonces reconoció en él al capuchino que le había instado a acudir a la cabecera de Damiani.

Cuando murió el padre Pío, el 28 de septiembre de 1968, sus devotos solicitaron que se incoara el proceso de su canonización.


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