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PEGADO A TI, PERO
DE VERDAD
Pablo
Pardo, Washington
Si
los hermanos Farrelly hubieran vivido 70 años atrás, en vez de utilizar a Matt
Damon y a Grez Kinnear para rodar la película “Pegado a ti”, que ahora se proyecta
en España, habrían contratado a estas siamesas reales, cuya vida quedó arruinada
por la tragedia de estar unidas día y noche.
Es la historia de El hombre elefante. Las siamesas Violet y Daisy Hilton fueron vendidas nada más nacer a la esposa del jefe de su madre, y paseadas por ferias y vodeviles de Gran Bretaña y Estados Unidos. Hasta que los tribunales les dieron la libertad y organizaron su propio espectáculo en la América de la Gran Depresión. Incluso llegaron a Hollywood, como los hermanos Tenort de la recién estrenada película Pegado a ti, y se casaron, al más puro estilo de los famosos. Sus matrimonios fueron únicamente ardides publicitarios.
Todo arranca de la forma más macabra posible. Violel y Daisy nacieron el 5 de febrero de 1908 en la ciudad británica de Brighton. Estaban unidas por las nalgas y la cintura y, aunque cada una tenía completos sus órganos vitales, compartían la circulación sanguínea. Su madre, una camarera soltera llamada Kate Skinner, las vendió inmediatamente a la mujer de su jefe y comadrona de su parto, Maní Hilton, de quien las chiquillas tomaron el apellido.
Hilton nunca vio en las niñas algo más que una fuente de ingresos. Violet y Daisy debían dirigirse a ella como «tiíta Lou», y a sus sucesivos maridos como señor. Según la autobiografía de las siamesas, publicada en 1942, los seis maridos que tuvo Mili Hilton les pegaban con frecuencia.
Con la ayuda de su sexto esposo, Meyer Meyers, la señora Hilton matuvo a las niñas aisladas del
Mundo, salvo para sus representaciones públicas -empezaron a actuar a los tres años de edad-. Les enseñaron a bailar y a cantar, y a tocar el piano, el saxofón, el clarinete y el violín. Todo el dinero iba para la «tiíta Lou». Las siamesas eran un buen negocio. Se movían con soltura en el escenario y eran guapas. A partir de los 17 años, Violet y Daisy fueron explotadas intensamente por Mary Hilton en el circuito de vodeviles de EEUU. Sus dueños nunca les dejaron hablar con nadie. A la muerte de Hilton, su hija Edith las heredó.
CON TOD BROWNING
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Violet Hilton besando a su segundo marido,
James Moore, el día de su boda, celebrada en Dallas (EEUU) en 1936.
Unida a su espalda, su hermana Daisy |
El atractivo físico de las siamesas les abrió el camino a la libertad. En 1931, Violet y Daisy fueron llamadas a declarar en el divorcio de William Oliver, al que su mujer acusaba de haber mantenido relaciones sexuales con las siamesas. Dado el régimen de encierro en el que vivían, eso hubiera sido imposible, pero el caso obligó a Violet y Daisy a hablar con un abogado, Martin J. Arnold, que decidió liberar a las chicas. Pagó por su libertad a Edith una cifra que sigue sin ser desvelada.
Así que, a los 23 años, Violet y Daisy eran libres. Organizaron su propio espectáculo. La revista de las hermanas Hilton, y se convirtieron en dos personajes muy populares de EEUU. En 1932, el director Tod Browning las contrató para su película La parada de los monstruos (Freaks).
Los años 30 fueron una época gloriosa. Las siamesas convirtieron su problema físico en el cartel de su carrera. Daisy se tiñó el pelo de rubio “para que no me confundan con mi hermana”. Violet se hizo demócrata y Daisy republicana. Cualquier excusa era buena paira salir en los medios y obtener publicidad gratis para el espectáculo. La prensa calculaba que las siamesas ganaban 5000 dólares a la semana (alrededor de 4500 euros), una cifra enorme para la época.
Pero lo que más curiosidad levantaba taba era su vida sentimental. Aun que de cara al público Daisy y Violet tenían una relación excelente, circulaban infinitos rumores sobre una supuesta rivalidad entre ellas, de las que se decía que eran devoradoras de hombres. Que compartían parte del sistema nervioso -y, por tanto, pudieran sentir lo mismo- acentuaba todavía más el morbo.
En 1934, Violet anunció su matrimonio con Maurice L. Lambert, su abogado liberador. El sueño, no obstante, se esfumó. El 5 de julio de ese año, la Oficina de Licencias Matrimoniales de Nueva York les informó que, dadas las especiales circunstancias del caso, no podía autorizar la boda. Inasequibles al desaliento, Violet y Lambert lo intentaron en otros 20 Estados. Ni por ésas. Lambert se cansó y dejó a su novia.
Pero Violet estaba decidida a casarse costara lo que costara. Y en 1936 lo logro, aunque no puede decirse que fuera exactamente una boda. Durante la Exposición del Centeno de Texas, en la que se celebraba los 100 años de la breve independencia de ese Estado, Violet contrajo matrimonio con James Moore. Las dudas acerca de la vigencia de la boda no duraron mucho: siete semanas después, Moore pidió la anulación. Fue un final brusco, aunque tuvo también su lado bueno. Al menos durante siete semanas, la historia de la siamesa desesperada por casarse llevó a las Hilton a su nivel más alto de popularidad en EEUU.
La experiencia matrimonial de Daisy fue aún más breve. Al contrario que su hermana, consiguió el permiso del Estado de Nueva York para casarse, y en 1941 contrajo matrimonio en Buffalo con el bailarín Buddy Sawjer. La unión se terminó 10 días después.
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Las siamesas y Moore en un juzgado de
California |
UNA HAMBURGUESERÍA
Por entonces, la fama de las siamesas empezaba a desplomarse. Pero ellas tenían recursos de sobra. A finales de los años 40 abrieron una hamburguesería en Miami llamada Hermanas Milton. Cuando el negocio fue a pique, Hollywood llegó en su rescate.
En 1950 protagonizaron su segunda película, Encadenadas de por vida, la historia de dos siamesas que se enamoran del mismo hombre. Cuando una se casa con él la otra lo mata. El núcleo del filme gira en torno a cómo meter en la carcel a la asesina sin que la otra también pase por la carcel. Un fracaso. EEUU se olvidó de las Milton.
Sin embargo, las siamesas se las arreglaron para ser famosas de nuevo. Volvieron a recorrer el país y hasta participaron en la campaña electoral de 1960: Violet apoyando a Kennedy y Daisy a Nixon.
Fueron los últimos coletazos de gloria. Estaban arruinadas. En 1966 un empresario las contrató para promocionar un auto cine. Las dejó tiradas en la ciudad de Charlotte. Tres días después aparecieron muertas en la casa donde vivían. La autopsia concluyó que habían fallecido de gripe.
Fuente: El Mundo, 8 de febrero de 2004
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