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Al
atardecer del día de Pascua del año 1722 una de las tres naves de una expedición
holandesa descubrió en la vasta extensión del Pacífico una isla desolada y
yerma de unos 86 kilómetros cuadrados. A la mañana siguiente, la tripulación
de las naves pudo contemplar una imagen extraña: Los nativos habían encendido
fuego y se arrojaban al suelo, ante el sol saliente, para rogar a sus dioses.
Los «dioses» eran
gigantescas figuras de piedra con forma humana y rasgos gigantescos que sobresalían
por centenares del suelo árido y pelado. Sus caras tenían unas orejas
curiosamente largas y sus cabezas estaban adornadas con enormes copetes de
piedra roja.
¿Quienes fueron los hombres
que habían creado estas poderosas imágenes de piedra? ¿Desde dónde habían
llegado a esta solitaria isla y en qué época? ¿Cómo fue posible transportar
estos colosos a sus lugares de emplazamiento y colocarlos allí? Si se interroga
a los nativos sobre ello se recibe una contestación insólita: «Fueron a pie»
Cuando el hombre pisó la isla por primera vez, había allí ríos, lagos de
agua dulce, palmeras y selva virgen. El hombre trajo consigo una especie del género
de las espérgulas y una caña de agua dulce, llamada totora, que necesitaba
para la construcción de sus botes y velas y para cubrir sus cabañas.
La caña es de una especie
que sólo se puede encontrar en América del Sur, igual que las que todavía
crecen en la actualidad en el lago Titicaca. Pronto cubrió con un tupido manto
de vegetación la mayor parte de los lagos formados por los cráteres de la isla
de Pascua. Después se encendieron grandes fuegos y la flora de la isla
desapareció.
Evidentemente, los primeros
pobladores, que debieron de llegar del este antes del siglo IV d. de C. al mando
del legendario rey Hotu-Matua, procedían de una zona en la que se conocía una
técnica altamente desarrollada de elaborar la piedra y en la que se poseía la
capacidad de dar forma rectangular, triangular y poligonal a grandes bloques de
piedra. Esta es una de las características del Perú antiguo.
Cuando los primeros
pobladores tomaron posesión de la isla trajeron consigo algo más: el culto al
Sol. Construyeron enormes plataformas, semejantes a altares, que estaban
dirigidas con toda exactitud hacia los solsticios de verano e invierno y hacia
los equinoccios de primavera y otoño. En el pico del volcán más alto, el Rano
Kao, construyeron un observatorio solar y un templo. En las piedras de lava del
edificio se habían esculpido símbolos del Sol. El acto de encender fuego iba
inseparablemente unido a los ritos religiosos.
De Viracocha, el dios con
rostro de jaguar de Tiahuanaco, de cuyos enormes ojos brotaban lágrimas de oro
que eran vida, según se afirma del Sol en los antiquísimos mitos de los indios
de las altiplanicie peruana; de este curioso «dios blanco» se decía que había
desaparecido un día hacia el oeste, en el mar. ¿Es idéntica esta divinidad a
Kon-tiki, Illatiki o Tiki, el dios, semidios o antepasado sagrado de los
polinesios? La adoración del Sol y los observatorios solares son características
de Tiahuanaco, el centro de la adoración solar del período preincaico.
¿Procedieron pues de
Tiahuanaco los primeros habitantes de la isla de Pascua, o sea de las costas más
cercanas a la isla? Es imaginable que pudieran realizar la travesía del Pacífico
en sus buenos botes «totora», favorecidos por los vientos y las corrientes. ¿Utilizaron
también en la isla de Pascua los ligeros botes de juncos, que «se deslizaban
como cisnes sobre el agua», para transportar los enormes bloques de roca, como
se supone que hicieron en Tiahuanaco?
Cuando James Cook visitó la
isla en 1774 describió a los nativos como personas «bajas de estatura,
delgadas, temerosas y de cara apergaminada». Encontró restos de antiguas
construcciones, de caminos antiguamente pavimentados, de antiguas instalaciones
portuarias y de numerosas aldeas con construcciones sólidas de piedra. Tuvo la
impresión de que alguna terrible catástrofe había tenido que afectar a la
isla.
Las expediciones que han sido
emprendidas recientemente, han confirmado esta impresión. En el cráter del
volcán apagado Rano Raraku se ha descubierto el taller de picapedrero en el que
se confeccionaban las gigantescas cabezas. Por los alrededores había aún 150
figuras en todas las fases de producción, desde las más pequeñas hasta
gigantes de 23 m de longitud, algunas de las cuales se encontraban todavía
sobre los cilindros de piedra en los que eran transportadas, mientras otras se
encontraban abandonadas en el camino hacia su lugar de colocación, y otras
todavía en estado bruto, unidas aún a roca volcánica de la que debían ser
sacadas más tarde en un solo bloque. Junto a las figuras se encontraban los
instrumentos utilizados por los canteros.
La cultura original de la
isla de Pascua encontró un fin repentino hacia el año 1100 d. de C. ¿Por qué?
No lo sabemos. Desaparecieron los adoradores del Sol.
Se derrumbaron sus templos y
lugares de culto. Aparecieron las gigantescas estatuas de piedra, que
probablemente servían para venerar a estos antepasados, creadas por los «orejas
largas», los habitantes de la isla, que se alargaban artificialmente los lóbulos
de las orejas por medio de grandes discos. Apareció el culto a un ave humana,
caracterizado por figuras humanas acuclilladas con cabezas de ave y picos largos
y curvados. Estas figuras se encuentran desparramadas por todo el pico de la
montaña y a menudo cubren los contornos de los símbolos del Sol, más
antiguos.
Las estatuas de los
antepasados fueron colocadas sobre terrazas funerarias especiales, los ahus. Los
altares ya no se dirigían hacia el Sol. Los gigantescos rostros de piedra ya no
miraban hacia el mar, sino hacia el interior de la isla, por encima del lugar de
culto. La cabeza plana estaba coronada por copete de piedra roja, similar a un
cilindro enorme. Se esculpían los ojos solamente cuando lo gigantes eran
colocados en los ahus. Su mirada silenciosa, pétrea y altiva se dirigía por
encima de la isla.
Y aquellos que permanecieron
en el suelo, inacabados, son ciegos. El trabajo que se estaba realizando en
ellos había terminado casi repentinamente. ¿Por qué? El desorden en el taller
de picapedreros y las estatuas inacabadas diseminadas por toda la isla dan la
impresión de que los obreros tuvieron que interrumpir su trabajo de repente.
¿Sobrevino una catástrofe
volcánica?
No se sabe, ni se puede
demostrar nada sobre este punto. ¿Son correctas las narraciones de los nativos,
según las cuales hubo una sangrienta guerra civil? ¿Es cierto que los «orejas
cortas» que llegaron de occidente hacia el año 1500 d. de C. al mundo de
Tuu-ko-ihu aceptaron al principio la cultura y la religión de los «orejas
largas», rebelándose después, hacia el año 1680, y destruyéndolos
finalmente? Únicamente sobrevivió un solo «orejas largas», Ororoina, que fue
perdonado para que no se extinguiera su raza.
Sus descendientes, de pelo rojo, piel clara y aspecto europeo, se precian de sus antepasados las estatuas con copete de piedra roja, mirada penetrante y ceñuda y labios finos. «La tradición nos informa que los primeros que llegaron a la isla tenían el pelo rojo y la piel blanca. En los dibujos de los incas del Perú existen caras de seres humanos de piel blanca, pelo rojo y orejas largas, que fueron constructores de gigantescas estatuas de piedra, y que desaparecieron hace mucho tiempo en el Pacífico navegando en sus botes de juncos a la caída del Sol» (Heyerdahl).
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