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EXPERIENCIAS-1
Orión
Después de haber pasado
un montón de experiencias en mi vida, unas agradables y otras no
tanto y desde hace once años, comencé‚ a interesarme por
el esoterismo, que para mí no es otra cosa que una forma equilibrada
de despestar la conciencia, pensando que posiblemente encontraría
una respuesta a mis constantes preguntas:
¿Por qué he nacido? ¿Qué hago en este mundo? ¿Cuál es mi misión?
Nunca me había sentido satisfecho con mi forma de vida. Los años transcurrían con rapidez y yo seguía sintiendo esa sensación de vacío, de perdida de tiempo, de no sentirme útil y pensaba constantemente:
“Se acaba el tiempo y sigo sin encontrarle sentido a mi vida”, realmente llegaba a sentirme angustiado. No me sentía feliz. No tenía paz.
¿Se podría experimentar realmente la felicidad viviendo en un mundo lleno de odios, guerras, pobreza, miseria, enfermedad, dolor, marginación y egoísmo?
Había buscado, creo que como casi todo ser humano, encontrar una respuesta entre algunos movimientos religiosos: católicos, hinduistas, gnósticos, mahometanos, etc... pero no lo logré. Debo advertir que soy muy respetuoso con aquellos que profesan alguna religión, pues todos hemos empezado por ahí y realmente se aprenden prácticas enseñanzas de los grandes maestros líderes de cada una de las religiones y eso puede ser un buen comienzo, algo así como un disquete de arranque para entrar sin dificultad en el camino de la evolución espiritual.
Vi con disgusto que todas las religiones se disputaban el monopolio de la única verdad, de Dios. Como dice Shirley Maclaine en uno de sus libros y por cierto muy acertadamente: “La mayoría de las guerras en nuestro planeta se han hecho por la interpretación de Dios; árabes contra judíos, hindúes contra musulmanes, protestantes contra católicos, ateos comunistas contra cristianos capitalistas. Estamos en una era de ignorancia espiritual que causa una forma especialmente destructiva de fundamentalismo, creyendo cada facción, intolerantemente, que su Dios es el único porque no pueden aceptar el Dios de nadie más, y mucho menos el Dios que está dentro de nosotros”.
Gracias a las enseñanzas religiosas que había recibido, las palabras de esos grandes maestros, la lectura de libros sobre esoterismo y principalmente la comunicación con personas con las mismas inquietudes que yo, empecé a sentir que todo estaba cambiando y que comenzaba a hallar las repuestas a todas mis preguntas.
Aprendí a observar todos los acontecimientos que me sucedían cada día, estudiándolos minuciosamente e intentando descifrar cual era el mensaje que me dejaban, cual era la lección, tanto si eran buenos como desagradables y realmente comprendía que ese era el mejor sistema para ir ascendiendo poco a poco por el camino del progreso hacia la evolución del espíritu.
¿A qué me condujo ese trabajo? Aprendí a encontrar el centro, a ser tolerante con los extremos; más equilibrado; más generoso; a perdonar; a amar al prójimo y sobre todo a reconocer que dentro de mí estaba la verdad; que cada elemento de la creación es una pieza fundamental en el universo, lo animado y lo inanimado.
Perdonar, por ejemplo, no era dar un abrazo o un beso, que a veces es una forma falsa de perdonar, sino arrancar de mi interior esa sensación de odio o rencor que me producía malestar, dolor psíquico y tensión y que al final llegaba en ocasiones a provocarme una gran sequedad de boca y que a veces era el preámbulo de un dolor físico.
Viviendo día a día el aquí y ahora, descubrí que dentro de mí había una fuente de energía que podía manifestarse y materializarse como materializa un pintor su energía creando un cuadro, un escultor una figura, un arquitecto una gran obra arquitectónica, un compositor una obra musical, etc., pero también había otra forma de manifestaciones de esa energía que era mas sutil y a veces intangible: La atención a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los marginados, a los animales, a las plantas.
También se manifestaban los árboles dando frutos; las plantas flores; el sol luz y calor; las nubes agua... ¨ ¿y qué estaba dando yo? Todo el universo estaba sincronizado como una gran maquinaria para que todo funcionase a la perfección. Y yo, era un engranaje de ese conjunto ¿Cuál era mi función?
Concienciarse de todo esto y ponerse uno en marcha era para mí realizar el trabajo que realmente daba la felicidad. Eso era amar a Dios. Esa era la verdadera sabiduría. Felicidad y sabiduría que es el único patrimonio que nadie nos podrá arrebatar y que seguirá con nosotros, con eso que realmente somos, energía inmortal, cuando abandonemos el cuerpo físico y todas las cosas materiales que La Naturaleza nos ha prestado temporalmente para que las disfrutemos y las compartamos con los demás.
Después de 6 años de experiencia como voluntario atendiendo a enfermos terminales de cáncer y de S.I.D.A a los que reconozco como mis mejores maestros, puedo decir que he descubierto que soy capaz de amar sin más, porque sí. ¿Era esta una de mis misiones en esta vida? Indudablemente que sí y muchas más que voy descubriendo y reconociendo cada día de mi existencia.
Al principio, cuando visitaba
a los enfermos pensaba que trataba de demostrarme a mí mismo lo
bueno que yo era, pero al fin descubrí que lo que realmente me estaba
dando satisfacción y me hacía sentir realizado no era mi
humilde colaboración, sino ver la alegría que sentían
los enfermos al ser visitados y atendidos en sus necesidades; no era otra
cosa que un intercambio de amor puro que salía desde el corazón
y no de la mente. Ellos, esos buenos maestros son los que me han enseñado
tantas cosas positivas como son entre otras: la entereza, la fortaleza
y el valor.
Las repuestas han sido contestadas
en su mayoría, ahora hay que tratar de cumplir lo mejor posible
las misiones que me sean encomendadas.
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