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EL MAL DE OJO
Ángel Bustamante


Los egipcios pintaban ojos
para proteger a los muertos

La gente que emplea la expresión «si las miradas mataran» revive inadvertidamente la creencia en otro tiempo casi universal de que el ojo humano tenía poder para dañar o vengarse de un enemigo. Se piensa que el temor al mal de ojo surgió del terror del hombre primitivo a ser observado por animales salvajes, tribus hostiles, espíritus malignos o dioses recelosos del éxito humano.

Antes del desarrollo de la ciencia médica, la enfermedad y la muerte se atribuían con frecuencia a las miradas malignas. Los niños pequeños y los animales eran particularmente vulnerables por su débil energía mental. Se hacía responsable al mal de ojo de la impotencia masculina y de la frigidez femenina, así como de la pérdida de las cosechas.

Hombres y mujeres con algún defecto físico y que, consiguientemente, pudieran envidiar a sus vecinos eran sospechosos de causar mal de ojo. Por ello, jorobados y enanos inspiraban desconfianza; pero también los bizcos, los ojizainos y los cejijuntos.

En África, la tribu congoleña de Lugbara cree que el hombre con mal de ojo puede reconocerse por su estrabismo y su mal carácter. Se le ha de tratar con mesura y ofrecerle cerveza y tabaco.

En los siglos XVI y XVII, cuando se decía que las brujas destruían a sus víctimas con el poder de su mal de ojo, cientos de mujeres subieron al cadalso por el solo hecho de que muchos o muchas, indefensos, murieron después de recibir la mirada airada de una fémina.

Los jueces tenían tal horror a ser embrujados cuando dictaban sentencia que muchas veces se obligaba al acusado a entrar de espaldas en la sala del tribunal. Los métodos de protección contra el mal de ojo adquirieron una compleja variedad de formas.

En el Cercano Oriente y en Turquía se escribían frases del Corán en las paredes exteriores de las casas, con el fin de establecer una barrera sagrada contra la influencia perniciosa del ojo. El símbolo del ojo, que incluso hoy se ve pintado en la proa de los barcos de pesca en algunos puertos del Mediterráneo, también se suponía que anulaba los efectos del mal de ojo con suma eficacia.

En Portugal las gentes se protegían con ramos de salvia, y en el sudeste de Europa se recurría al ajo, sobre todo por parte de los eslavos y los griegos.

Los beduinos del norte de Arabia llevan dos canicas a todas partes. Una, es negra, les ampara durante la noche; otra, blanca, durante el día.

El color rojo, protector En el siglo XVIII se creía en toda Europa que el color rojo, símbolo de la sangre y de la salud, preservaba a cuantos con él se vestían.

En Italia las novias se cubrían la cabeza con grandes velos rojos. En Rumania los bueyes llevaban trapos rojos atados a los cuernos. Los labradores escoceses ataban con hilo rojo a los rabos de sus reses cintas rojas o cruces de madera de fresno sagrado.

En los días de las ejecuciones públicas, el espectador que se creía embrujado compraba al verdugo una soga usada y la quemaba hasta reducirla a cenizas. Después las mezclaba con agua fría y las tragaba para verse libre del mal de ojo. Los persuadidos de que sus desgracias se debían al mal de ojo procuraban zafarse de la maldición arrojando agua sobre las huellas de los pies del posible autor de sus males.

Ojo pintado en una barca de pesca
para protegerla

En la actualidad persisten temores parecidos, ya que en las Naciones Unidas hay delegados que apartan el rostro cuando su vista tropieza con algún elemento decorativo que recuerde ojos.

La angustia de muchos ha propalado la especie de que los pavos reales, que un día habitaban el césped de los jardines de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, fueron retirados para evitar el mal de ojo.

Pero la realidad es más prosaica. Los pavos reales eran importados y no se adaptaron al clima neoyorquino. Murieron y nunca fueron sustituidos: esto ha sido todo.

El refrán español de que «por la boca muere el pez» nos advierte que las palabras pueden granjearnos nuestra ruina ante los demás, quizás incluso más que los hechos. Los códigos castigan los hechos y las palabras, pero no las miradas, aunque éstas sean asesinas. Pera si por las palabras podemos caer, con la mirada nos procuramos el recelo o bien la adhesión de los demás. Ello es tan cierto en el campo de la política, como en el de las relaciones públicas o en las lides del amor. El optimista y el animoso miran bien, pues al fin y a la postre «todo es según el color del cristal con que se mira».


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