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NEMESIS
Ina Trimmer


Extraño domicilio para un inglés, este lejano puesto avanzado al borde de la selva. Un sinuoso sendero que partía de la carretera principal llevaba a través de la lobreguez de una plantación de caucho hasta un amplio claro a unos cinco kilómetros de distancia. En el centro se alzaba la casa. Su tejado bermellón contrastaba asombrosamente con la lujuriosa marea de verde en movimiento que fluía como un mar infinito en tomo a esta solitaria habitación humana. En el supremo aislamiento, como una cicatriz que destacara en el seno de la naturaleza, esta construcción de cemento y madera nada tenía en común con cuanto le rodeaba.

Por entre los restos de una abortada tentativa de formar un jardín floral hacían su aparición algunas medrosas hortensias en flor, pero las plantas silvestres crecían tumultuosas hasta en el fino tejado, formando en su floración continua regueros de púrpura brillante.

Ralph Radcliffe subió por el sendero de piedras mientras el sol calcinante parecía estar como incrustado en un firmamento feroz más allá del borde lejano de los árboles. Por la puerta principal de la casa salió una manada de perros.

Acarició a cada uno de ellos, luego se limpió los pies en el felpudo gris de caucho y entró en una gran habitación octogonal de construcción apropiada al clima tropical, con amplias y bajas ventanas que dieran paso a las corrientes de aire y refrigeraran una atmósfera ardiente. Era tan triste como un establo: unas pocas pieles de leopardo con las cabezas levantadas reposaban en el suelo de cemento. No había cortinas en las puertas y tres maltrechos divanes se erguían en fila uno tras de otro junto a una silla baja, de respaldo alto. Varias estanterías contenían objetos metálicos de artesanía india, pulidos y brillantes como el oro. Había poco más en aquella estancia tan carente de estilo propio y de comodidades. Radcliffe colgó su sombrero en un asta de ciervo, una de las muchas que sobresalían de las paredes, luego agitó una campanilla de metal que estaba en una de las mesitas de té, junto a las hamacas. Respondió un sirviente tamil que entró en el cuarto sin hacer ruido, vestido de blanco, con un blanco "thalappa" liado en torno a la cabeza.

-jSeeeeño!

-Tráeme el té, Pitchun, y unos cuantos bocadillos de tomate.

¿Hay cartas? ¿Ha venido el "tappal cooly"?

-jSí, seeeñorl Las cartas están en la mesa del amo.

Se retiró y Radcliffe, sentándose tras su escritorio, comenzó a abrir las cartas con una especie de cuchillo indígena hecho de concha de tortuga. Las repasó, deteniéndose excepcionalmente en una, procedente de Inglaterra y que leyó con cuidado.

-Mamá está empeñada en casarme- dijo en voz alta. Luego se detuvo bruscamente-. Esta vida solitaria se apodera de mí, y hasta hablo solo. Ya vuelvo a empezar con mis conversaciones.

Creo que llegó el momento de que vuelva a casa.

Pitchun trajo la bandeja con el té y la puso en la mesa, junto a uno de los divanes.

-Té, seeeñor.

-Gracias. Dile a Mariai que venga.

-Sí, seeeñor.

Radcliffe se instaló en el diván, recostándose un poco, luego se incorporó y removió el té de la taza pensativo, con los ojos fijos en el jardín exterior, sin que en realidad lo viera. Miró en redondo cuando un tintineo de brazaletes anunció a una recién llegada.

-Entra, Mariai. Siéntate aquí y háblame -señaló a la silla de alto respaldo que tenía a su lado.

La joven que había entrado siguió en pie. Debía de tener cerca de treinta años, pero ya las redondeces de su figura, hablaban de una existencia fácil, nada corriente entre las de su clase.

Sin embargo, el rostro estrecho y moreno dravidiano aún retenía la estupenda belleza de sus líneas, los rasgos todavía fuertes sobre la firme estructura ósea. En las aletas de la nariz llevaba dos alfileres de oro de los que pendían dos sartas también áureas. Un grueso brazalete del mismo metal le rodeaba la garganta. Las pulseras también de oro tintineaban en ambos brazos, cubriéndola casi desde el codo a la muñeca, y parecían ser el producto de una tosca artesanía. Anillos áureos pendían sueltos sobre el empeine del pie, y los dedos estaban atestados de anillos y los lóbulos de las orejas deformados con el peso de una gran masa de pendientes. Evidentemente llevaba sobre su persona varios miles de rupias en joyería, como correspondía a alguien de importancia.

Un "sari" de algodón azul, con sus amplios pliegues cruzados sobre el desarrollado pecho, daban a su aspecto una apariencia de mayor altura.

-Siéntate, Mariai -ella obedeció de mala gana, haciéndolo en el borde de la silla baja.

Se produjo un silencio durante un rato entre esta extraña pareja. El continuó agitando el té, mientras que ella, sus ojos negros como frases ardientes, bajo el pelo liso y negro como el plumaje de un cuervo, brillante de aceite, ceñido por una gran cinta y lo peinaba en moño por detrás, mantenía una mirada sin parpadear sobre él, como un hipnotizador que estuviera actuando.

Por fin habló la mujer.

-¿Es verdad? -preguntó en tamil-. ¿Te marcharás pronto?

Eso es lo que se dice en las Lines.

-Sí -respondió lacónico, también en perfecto tamil.

-¿Entonces por qué no me lo mencionaste antes?

-No quería decírtelo hasta estar seguro. En realidad, me enteré esta noche en una de las cartas que recibí.

-Lo ocultaste -dijo ella-. Me lo ocultaste.

-Mariai, no digas eso. No es verdad.

Sus brazaletes tintinearon al hacer un gesto de negativa. De nuevo reinó el silencio en la habitación, los ojos de la mujer fijos en él, los de él mirando a través de la ventana abierta.

La oscuridad había envuelto la casa, con la rápida caída de la noche tropical, un millón de insectos chirriaba en el exterior.

La noche parecía latir en una incesante cacofonía de grillos y cigarras, una inarmónica babel de sonidos. Entró un criado con una lámpara de Aladino y la colocó en la mesita más próxima, pero la mayor parte de la habitación permaneció en sombras.

Algún día, quizás, me bendecirás.

-¿Bendecirte? -gritó ella-. Te maldigo. Algún día te arrepentirás.

Se levantó y salió como un huracán, una figura majestuosa como encarnación de la diosa venganza y escapada de algún templo oriental.

El se sentó cansino y apoyó la cabeza contra el respaldo del diván.

-¡Gracias a Dios que se acabó la escena! -¿Pero cuántas más le quedaban por soportar? Odiaba las escenas.

Como la ardilla que sus criados habían capturado y aprisionado en una jaula giratoria, sus pensamientos dieron vueltas y vueltas en un girar sin fin. Luego vinieron las excusas, las autoexplicaciones.

"No regresaría a esta hacienda y pediría el traslado. Se casaría en Inglaterra. Su madre decía que ya era tiempo de hacerlo. ¿Pero cómo se podía encontrar a la mujer adecuada en el breve espacio de los seis meses de permiso? ¿Cómo podría traer a una mujercita inglesa a este infierno verde?" Estos pensamientos circularon sin cesar por su cerebro, prisioneros de su jaula giratoria, hasta que por último se retiró para pasar una noche de calor e insomnio en su habitación protegida de los mosquitos. Un mes más tarde partió hacia Inglaterra.

 

-No va a llover más, nunca más, no va a llover más -esta melodía estúpida se repetía una y otra vez, tocada por una orquesta de singular aspecto.

El ritmo de la batería carecía de medida en su pesado atronar, mientras que un quejumbroso violín, una flauta y dos concertinas desgarraban lo que mal podría llamarse música.

Poco a poco la procesión avanzó a lo largo del camino de la hacienda, con la banda en un maltrecho carromato que iba a la vanguardia de una multitud de danzarines, algunos disfrazados de mujeres, las caras blanqueadas con harina, llenos de cuentas de vidrio y vestidos con ropas multicolores. Llevaban en la mano cortos bastones que golpeaban felices uno contra otro, marcando el compás. Por último venía Ralph Radcliffe, sentado en su propio vehículo, con una joven inglesita a su lado. Ambos lucían gruesas guirnaldas de flores amarillas alrededor de sus gargantas.

-Odio todo esto, el "tamashas" -dijo cuando un jefe tamil Kangany se adelantó llevando un pulverizador de latón y les roció de agua de rosas.

-¿Por qué? -preguntó la muchacha-. ¿No te parece que es una delicadeza el que nos hagan objeto de esta cálida bienvenida?

-¡Cálida bienvenida! Hace un calor infernal esta tarde. Parece como si ya no hubiese de llover más! ¡Pero ojalá lo hiciera!

Radcliffe hizo algo inesperado -o quizás lo que esperaba su madre- se había casado mientras estaba de permiso. Como un torbellino el noviazgo hizo que olvidase sus temores a "todos los dioses del escaparate" y a una mala elección. Se olvidó de "este maldito y solitario agujero" y trajo a su novia hasta el mismísimo lugar que odiaba y que deseaba abandonar. Pero incluso mientras desembarcaba pidió un traslado y recibió la promesa de que se lo concederían en breve. Así que tuvo que regresar al viejo puesto, con la mente tranquila y el corazón rebosante de felicidad.

Los presentimientos, sin embargo, lo torturaban al pasar los días y no recibió noticias de los agentes sobre su tan esperado traslado. Tampoco vio ni una sola vez a Mariai en todo aquel tiempo. Pero había una furtiva figura vestida de blanco que acechaba tras los árboles del caucho cuando salían a pasear. Una vez su esposa lo advirtió.

-Hay alguien tras ese árbol; mirándonos, creo. ¿Quién podría ser?

-¡Oh!, algún trabajador curioso -contestó. Pero sabía que no era verdad.

Los días pasaron rápidamente para Diane Radcliffe, quien llegó incluso a encontrar bonitas las flores silvestres, guapos los niños "coolie" y agradable su tarea de ama de casa, porque jamás había gozado el lujo de tener tantos sirvientes... un cocinero y su esposa; el primer ordenanza y su ayudante, algo así como el botones; un jardinero, un chofer.

Su única distracción era el paseo por la tarde bajo los árboles del caucho, seguido tan a menudo como pudiera imaginarse por la furtiva figura de blanco, ahora visible, después escondida por una gran masa de arboleda.

-Esa persona me intriga -dijo Diane-. ¿Qué es, hombre o mujer?

Ralph se encogió de hombros.

-¡Quién sabe! ¡Ojalá pudiésemos marchamos de aquí! El traslado que se me ha prometido no viene con toda la rapidez que ansío. A propósito, habrá tenis en el club durante el fin de semana y una partida de cricket. Se me ha pedido que juegue. ¿Iremos?

Queda a unos cincuenta kilómetros de distancia, pero...

-Oh, Ralph, eso será estupendo. Vayamos.

-Entonces partiremos el miércoles.

-¡Estupendo! Se fueron animados y regresaron cansados pero satisfechos con la visita a un mundo lejano muy diferente de su existencia habitualmente tan apartada.

-Debo levantarme temprano mañana -dijo Ralph adormilado, mientras arreglaba su almohada para estar más cómodo.

Con la taza de té junto a la cabecera de la cama, se levantó... o mejor trató de levantarse.

-¡Dianel ¡ven pronto! Ocurre algo malo. No puedo... no puedo... no puedo sostenerme.

Había agonía en su voz, una urgencia terrible, mientras volvía a caer en la cama y su esposa acudía instantáneamente a su lado.

-¡Tonterías, Ralph! Estoy segura de que o es nada grave.

Inténtalo otra vez, te ayudaré.

Lo intentó, sólo para desplomarse con un gemido.

-¿Qué puede ser? ¿Verdad que ayer no te encontrabas mal? -preguntó ella, con un profundo terror que agobiaba su corazón mientras le miraba en su desamparo, recostado como estaba en la almohada.

-Jamás me había encontrado mejor hasta hace un momento -susurró-. Manda a por el médico de la hacienda. Cualquier "coolie" conoce el camino. Vive cerca.

El doctor llegó a los pocos minutos. Y también vinieron más médicos, incluso de Badulla, a setenta y cinco kilómetros de distancia y hasta otros procedentes de Colombo, la metrópolis. Fueron convocados especialistas, pero nada pudo aliviar al enfermo.

Una ambulancia le llevó a una clínica sólo para europeos. Alló yació durante un mes. Pero sin resultado. La vida jamás volvió a los miembros en los que antes rebosara.

-¿Hay alguna esperanza? ¿Volverá a pasear, a camina siquiera? -en la voz de Diane latía la angustia.

La respuesta no comprometía a nadie.

-Mientras haya vida, hay esperanza. Llévele a Inglaterra y vea allí lo que pueden hacer por él -y en una camilla regresó a su propia hacienda.

En el puesto, la vida continuó como siempre. Un nuevo superintendente sustituyó a Ralph Radcliffe, un animoso y joven plantador con ojos azules que se hizo amigo de todos los vecinos.

Un día fue a caballo a hacer una visita al Rata Mahatmeya, el jefecillo cingalés de la zona y fue muy bien recibido.

-Entre, entre, ¡muchacho! jHeen Bandal ¡"The Watura"! Trae el té rápidamente. ¡Siéntese, hombre, siéntese! jNol Vamos a mi despacho. Allí hablaremos sin que nos molesten.

Encendieron unos cigarrillos y se instalaron para pasar una larga velada.

-A propósito, ¿qué le parece ésto?- Del bolsillo el nuevo superintendente sacó lo que parecía ser un manojo de hojas secas y se lo mostró a Rata Mahatmeya.

-¿Se ha fijado en el rollito de metal que lo sujeta?

El cabecilla lo contempló con horror.

-¡Dios mío, hombre! Aparte eso. No lo toque.

El superintendente hizo ademán de colocarlo en la mesa que tenían entre sí.

-¡Ahí no! Que no toque mi mesa.

-¿Pero qué es?

-Es un hechizo, un talismán fatídico. Déjeme ver. Levántelo.

El viejo jefezuelo lo miró con atención.

-Es un amuleto Rodiya. ¿De dónde lo sacó?

-Del interior de un colchón.

-¿De qué colchón? ¿A quién pertenecía?

-A Radcliffel

-¡Buen Diosl ¿Cómo lo consiguió?

-Cuando lo sustituí, ocupé la habitación de huéspedes y decidí que me rehiciesen el colchón que había empleado tanto tiempo Radcliffe. Pedí a los agentes que enviasen a un empleado de Colombo y comenzó el trabajo hace pocos días. Ayer vino corriendo mi criado, con los ojos desorbitados, gritando: "jDorai!

¡Dorai! ¡Ven prontol" Pensé que sería alguna serpiente y cogí mi bastón para matarla, pero en su lugar me encontré con este estúpido manojo de hojas.

-No es un estúpido manojo -repuso solemnemente el Rata Alahatmeya-. Líbrese de él lo antes que pueda. ¡Aguarde! Abra ese rollito de papel. Bien, colóquelo aquí. Con cuidado. Que no caiga nada.

Animoso el inglés abrió, a indicaciones del jefecillo, una diminuta placa de cobre que parecía sujetar al amuleto mientras que su huésped lo contemplaba con atención. Entre los pliegues arrugados se veía un mechoncito de cabello. Unas fibras de oro destacaban encima de todo.

-¡Cabello humano! -exclamó el inglés con asombro.

-¿De quién puede ser?

-¿No se lo imagina?

Su compañero sacudió la cabeza.

-¡Fíjese bien! Este pedacito de tela; un trozo de camisa, meimagino. Y eso son cenizas, cenizas humanas -dijo.

-¿Pero qué significa todo esto? -preguntó el inglés-. Hay algo grabado en la planchita de cobre, parece escritura humana.

-Es un amuleto y también una maldición hecha por alguien.

El pelo le pertenece a él, también las otras cosas... objetos ínfimos de su propiedad.

-¿Quién fue la víctima?

-Estaba dentro del colchón de Radcliffe. Ahí está la respuesta. "Que los miembros del hombre que yace sobre esto se queden para siempre tan secos como estas hojas secas". He ahí lo que estaba escrito en la plancha de cobre.

-¡Buen Dios! -exclamó el inglés con un susurro.

-¡Sí! Que el buen Dios tenga piedad de ese pobre hombre.

Ahora siga mis instrucciones con cuidado. En cuanto pueda, si es posible esta noche, queme todo esto hasta que sólo queden cenizas y el metal quede completamente calcinado. Muélalo hasta convertirlo en polvo, pero con cuidado de que no se le esparza. Incluso una ceniza pequeña es muy potente. Usted puede que no lo crea, pero yo lo sé. Luego lo reúne todo y lo arroja a una corriente de agua. Fíjese bien, a un pozo no... sino a una corriente de agua y tan cerca del centro como pueda, para que nada sea arrastrado hasta la orilla. Arrójelo en los límites de su hacienda. ¿Lo comprende?

El Rata Mahatmeya miró inquisitivo a su compañero.

-jSí! Comprendo -la expresión alegre había desaparecido del inglés. Encendió un cigarrillo con manos ligeramente temblorosas. El miedo del jefe indígena había despertado un eco en calidad de respuesta en su interior, aun cuando seguía lleno de dudas acerca de la credulidad en lo tocante a supersticiones.

-¿Pero por qué alguien lanzaría esta maldición contra el joven Radcliffe?

El jefe se encogió de hombros.

-¿Quién sabe? Sabemos demasiado bien lo que le ha pasado al pobre Radcliffe, pero no quién es el responsable de sus desdichas.


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