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MACHU PICCHU: LA FORTALEZA PÉRDIDA DE LOS INCAS
Manu Torres


Durante más de 300 años se propagaron relatos referentes a una ciudad inca perdida que floreció en las alturas de los Andes peruanos. Pero nadie daba crédito a tales historias en las que se repetía, como lugar común, que los supervivientes del imperio inca huyeron a las majestuosas cumbres en 1530, para escapar de los conquistadores españoles.

Allá arriba, en una plataforma que cabalgaba entre dos picachos, se decía que los incas construyeron su último refugio: una ciudad fortaleza inaccesible.

Los exploradores buscaron en vano esta fortaleza. Recorrieron las selvas y montes cercanos a la montaña Machu Picchu, pero no hallaron el menor de los indicios. Decepcionados, abandonaron la búsqueda, convencidos de que la ciudad no existía.

Sin embargo, Hiram Bingham, joven profesor de historia de América Latina en la Universidad de Yale, decidió demostrar que todos estaban equivocados. Había organizado varias expediciones, pero, como sus predecesores, sus penosas caminatas por las montañas no le llevaron a ninguna parte.

En julio de 1911 organizó una nueva expedición. Acompañado por dos amigos y algunos indios se dirigió a lomos de mulas al cañón Urubamba.

Una mañana lluviosa, Bingham y los suyos se hallaban sumidos en el mayor desánimo, pues pensaban que sus esfuerzos habían fracasado, cuando apareció un plantador natural de aquella región. Les refirió la historia de una antigua ciudad en ruinas que se decía estaba en la cumbre de la montaña existente al otro lado del río.

Sólo Bingham, siempre optimista, se inclinó a tomarle en serio. Sus compañeros se negaron a seguirle, y el joven arqueólogo se puso en camino en unión del plantador.

Ambos hombres con sus mulas cruzaron el río y ascendieron por una pendiente de más de 600 metros. Nada descubrían que indicara la presencia de una ciudad en ruinas. Luego hallaron dos indios que les dieron agua y les dijeron que pronto encontrarían unas viejas casas y unas murallas.

Bingham no se hacía muchas ilusiones, pero su incertidumbre no le duró mucho tiempo. Al ascender el último repecho descubrió ante sí la ciudad perdida, mucho más bella e impresionante de lo que jamás había imaginado.

Habían cien terrazas escalonadas perfectamente construidas, cada una de un centenar de metros de longitud y cubiertas de tierra laboriosamente transportada desde los valles. Era como un enorme jardín colgante en la montaña, como una Babilonia del Nuevo Mundo. La ciudad, formada por un complejo de blancos edificios de granito, podía albergar a 2.000 personas y era inexpugnable contra los ataques procedentes del valle. Los incas habían buscado la seguridad lejos de los conquistadores españoles y la habían creado allí, con su propio esfuerzo.

La ciudad era además una obra maestra de construcción. Hace siglos, los incas habían transportado los enormes bloques de granito por las fragosidades de la montaña sin ayuda de ruedas. No había dos bloques iguales. Cada uno estaba cortado de forma irregular, y todos se ajustaban perfectamente como un inmenso rompecabezas.

El destino de los moradores de esta ciudad sigue siendo un misterio. No se han encontrado escritos que lo expliquen.

Es sumamente extraño que, en sus últimos días, Machu Picchu parece haber sido una ciudad de mujeres. Una expedición posterior, dirigida también por Bingham, descubrió unos enterramientos con 174 esqueletos, de los que 150 eran femeninos. Bingham aventuró la siguiente hipótesis: en la época más floreciente del imperio incaico existían unas escuelas especiales donde las muchachas más agraciadas se educaban en las costumbres de la nobleza y en los rituales religiosos.

Según Bingham, al avanzar los españoles estas jóvenes elegidas fueron llevadas a la nueva ciudad, donde prosiguieron adorando al Sol, a la Luna y a las estrellas, y orando para que los invasores fueran expulsados de su tierra.

Se cree que la ciudad continuó su existencia durante 40 años. Al cabo del tiempo, las mujeres envejecieron y murieron. Los hombres que las cuidaban se dispersaron, y paulatinamente la selva volvió a extenderse ladera arriba de Machu Picchu, sin que nadie viviera para referir la historia.


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