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     Rompía el día cuando entré por la puerta de la funeraria de Joseph-William-Taylor, en donde trabajaba como embalsamador. El tiempo era frío, más frío que de ordinario para ser una mañana de primeros de noviembre. Una hora antes me había visto bruscamente despertado por el sonido de una campana. Pero cuando logré hallar el despertador, en la mesita de noche, descubrí que el ruido provenía del teléfono. Me llamaban de la funeraria. Tenía que ir al Western Pacific Depot a recoger a un tal Stanley Jordan. Llegaría a las siete quince en un tren de mercancías. 

     No perdí tiempo y cuando abrí la puerta del garaje para llevar el coche hasta la parte delantera de la casa, el sol lanzaba sus primeros rayos dorados sobre los altos picachos de las lejanas montañas. Tenía que reunirme con ese tipo Stanley Jordan y no me gustaba que nadie esperase. Llegué a la estación a tiempo y Jordan lo hizo también, a su hora... pero muerto. 

     Era un joven de veintisiete años, casado, dos hijos, una casa bonita, un perrito y una tortuguita, llamada Bixby. Había muerto al recibir una sacudida de un transformador de alto voltaje y su partida del mundo causó bastante impacto. Efectuaba trabajo "clasificado" para el Departamento de Guerra y se le conocía intemacionalmente como uno de los diez científicos mayores en su campo. El palio de la muerte se posó lúgubre sobre el pequeño laboratorio aquel día y parecía destinado a cubrir el lugar para siempre. 

     El tren 440 llegó con dos horas de retraso, pero Jordan encajó impasible la demora. Era famoso por su amabilidad. Cubrimos los cinco kilómetros hasta la funeraria en un largo ruche negro, denominado habitualmente el ataúd. Aquella noche Jordan tuvo visitantes... su esposa e hijos. 

    Les acompañé a donde descansaba después de su largo viaje, me quedé unos minutos y les dejé allí. Más tarde, mientras estaba sentado en mi despacho, pude oír cómo se desarrollaba una conversación de tema espiritista. Escuché, pero me fue imposible entender una sola palabra. De una cosa estaba seguro, la señora Jordan no hablaba así con sus niños. Me extrañó. Al cabo de una hora, la señora Jordan y los niños entraron en la oficina y dijeron que se iban. Cuando oí la puerta y les di las buenas noches, me di cuenta de que la viuda y los niños estaban tranquilos y serenos. Tuve la impresión de que la mujer se sentía consolada y gozaba de paz en lo concerniente a la separación de su esposo. 

     A las diez empecé a cenar, contento porque terminase la jornada nada. Volví a la cámara mortuoria, coloqué una silla apoyada contra la pared y miré a la forma inmóvil que era Jordan. Lancé un suave suspiro de alivio y me volví hacia la puerta. Cuando levantaba la mano para alcanzar el interruptor de la luz oí un sonido que me asombró. Era el sonido inconfundible de una voz apagada ¡Volví a oírlo y me quedé petrificado! Se me hizo difícil la respiración y el corazón me latía desaforadamente. Estaba seguro de que alguien o algo se movía en la habitación a mi espalda. Me volví y miré de reojo al ataúd. La mano de Stanley Jordan se movía a lo largo del borde del féretro. 

     Dada la sorpresa inicial, me acerqué a él a toda prisa, como si me lanzase al agua para sacar a alguna persona que se ahogaba.. Creo que fue un movimiento automático. Era incapaz de pensar ¿Acaso esta forma tranquila y durmiente se había convertido de pronto en un monstruo a punto de levantarse de su ataúd? Me incliné sobre él, sin saber si debía de agarrarle por la garganta, coger cualquier objeto y reducirlo al silencio de nuevo, o intentar lo imposible para hacerle revivir. Rápidamente le quité las caperuzas que mantenían cerrados sus párpados. 

     Cuando la luz le dio en las pupilas, los globos oculares rodaron hacia arriba. Con mi cortaúñas corté la tira que se había utilizado para suturarle la boca. Una oleada de náuseas amenazó dominarme. Para entonces ya estaba acostumbrándose a la luz e incluso aunque todavía no era capaz de hablarme, sus ojos me dijeron que se sentía agradecido. Transcurrieron unos cuantos minutos. Se frotó la barbilla, se tentó la frente, y se pasó los dedos por el pelo. Por último, habló.

 -Mi esposa va a volver y, si no le importa, me gustaría recibirla en el vestíbulo. ¿Le parece bien?

 Le aseguré, dudoso, que me parecía bien. Bajó del ataúd y se desplomó en el suelo.

 -Me parece que no estoy tan fuerte como me imaginaba -sonrió- En realidad me encuentro muy bien embalsamado.

     Fui a los sótanos en busca de una silla de ruedas y al poco le empujaba por el pasillo hacia el vestíbulo. Se quejó de que sentía frío en las piernas. Recordé que tenía una manta en el armario y se la traje, envolviéndole los miembros inferiores con varios pliegues. 

     Muy pronto oí voces fuera que resultaron ser de la señora Jordan y de los niños que venían hacia la puerta. Tras una cálida exhibición de afecto, tomaron unas sillas y se sentaron a su lado y hablaron. Conversaron de muchas cosas, presentes y futuras. Por último ella le besó dándole las buenas noches y le quitó a los niños de sus brazos.

 -Cuidad a mamá mucho y sed buenos chicos. Os veré pronto.

      Les dio unas palmaditas en la cabeza y ellos se volvieron para marcharse. Cuando la puerta se cerró y las tres figuras se perdieron en la oscuridad de la noche, Jordan estaba listo para volver a su cuarto. De regreso lo hicimos en silencio. En la cámara mortuoria Jordan me aseguró que podía entrar solo en el ataúd y sin decir más plegó aseadamente la manta y la dejó sobre el respaldo del diván. Luego trepó en el ataúd y lentamente depositó su cuerpo en la blandura del acolchado como si se estuviese metiendo en una bañera de agua caliente. Arregló sus ropas, plegó sus manos sobre el abdomen y se recostó.

 -¿Qué tal está en esa postura? Estaba bien. 

     Se mostró muy agradecido por mi ayuda y por el tiempo que le había concedido pero no hizo ningún esfuerzo por explicar de ninguna manera sus acciones de la noche.

-Ahora, consulte su reloj y deme sólo dos minutos. Le repito mis gracias por todo. 

     Después de que el segundero de mi reloj hubo dado dos infinitas vueltas, volví a mirar a Jordan. Tenía los ojos cerrados; parecía cerúleo y pacífico. Le toqué la cara, ¡Estaba fría! Salí silencioso y de puntillas de la habitación, apagué las luces y cerré la puerta. Todo estaba oscuro. También estaba oscuro cuando desperté a la mañana siguiente. Tenía miedo. Permanecí acostado reviviendo de nuevo todo el drama, tratando de convencerme de que era absurdo. Cuando llegué al trabajo aquella mañana, mi jefe me recibió en la puerta.

 -Buenos días, Myron -me saludó- Primero tiene que hacer usted un trabajito. Se lo enseñaré.

      Recorrimos el pasillo y entramos por el umbral de la puerta del cuarto asignado a Stanley Jordan. Me acerqué al ataúd y le miré. Contuve el aliento bruscamente. Yacía allí con la boca abierta. El jefe dijo: -No sé lo que pasó, ¿pero querría usted arreglar eso? 

     Aun respirando con dificultad, me volví para marcharme. Mis ojos escrutaron la habitación. Noté como un reguero de sangre caliente en mi boca al cerrarse los dientes sobre la lengua. Quise gritar pero tenía las mandíbulas fuertemente cerradas. Allí, en el respaldo del diván, plegada con tanto aseo como lo estuviera la noche antes, estaba la manta de viaje que había permanecido muchos años guardada sin que la utilizara nadie, en el fondo de un oscuro armario de la casa.


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