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La
historia que pasamos a referir a continuación, debemos tomarla con ciertas reservas.
Si hemos decidido incluirla en esta sección, ha sido simplemente por su interés
como documento escrito. No podemos asegurar que forme parte de una historia
real aunque todo parece indicar que su veracidad entra dentro de lo probable.
J. M. Meillac, fue la persona encargada de darla a conocer. Su trabajo fue
publicado en la revista “Mundo Desconocido” (núm. 40, Pág. 57)
dirigida por el llorado Andreas Faber Kaiser.
Una
leyenda de la India, cuenta que una zona determinada del país, oculto entre
el espeso follaje y los gruesos árboles de sus bosques, se encuentra un
lugar llamado el valle del infierno. Su existencia, mencionada en casi todos
los textos sagrados, nunca fue probada, hasta que en el año 1895, ocurrió un
incidente que pareció abrir una puerta a la realidad.
Sucedió cuando un hombre, de aspecto
británico, apareció en una pequeña aldea hindú, arrastrando los pies y sin
apenas fuerzas con las que caminar. Tenía las ropas ajadas y su cuerpo y
cara semejaba la de un muerto salido de su tumba. Al llegar al centro mismo
de la aldea, el hombre se desplomó a tierra como quien ha agotado todas sus
energías. Varios hombres se le acercaron y al tocarlo, lanzó al aire un
grito de terror que parecía surgido del mismo más allá. Los aldeanos se
sorprendieron al ver que en la cara del hombre se veían gusanos y larvas,
pero pese a todo decidieron ayudarlo, al comprobar que en sus entre tornados
ojos todavía se veía un hálito de vida.
El
desconocido quedó al cuidado de un anciano que ejercía de médico y
hechicero, pero poco era lo que podía hacer por un hombre que parecía haber
sufrido lo indecible. El jefe de la aldea, que no deseaba tener problemas
con las autoridades británicas, avisó entonces a los colonialistas, que al
enterarse, se lo llevaron de inmediato a un hospital.
En el sanatorio, las preguntas de médicos y personal de asistencia, era
siempre la misma ¿Quién era? ¿De qué había sido víctima? ¿Qué era lo
que había visto? Esta última pregunta obedecía a que el enfermo se erguía
en su cama, en muchas ocasiones, diciendo en su delirio siempre las mismas
palabras: “... noche..., sombras..., mucho fuego, fuego por todas
partes...”.
Fue interrogado muchas veces y en una momento de lucidez, llegó a dar un
nombre que, con toda probabilidad, debía
ser el suyo. Este nombre era, Graham Pickfort. La policía comenzó entonces
una investigación y descubrió que el tal Pickfort era un aventurero, de
los tantos que existían en aquellos años, que había partido con un grupo
de amigos ocasionales para buscar un valle en medio de la selva que se decía
contenía un templo milenario lleno de oro y piedras preciosas. Todos los
miembros de la partida murieron, excepto el hombre agonizante que se
encontraba en el hospital.
Pese a los cuidados que se le daban, Pickfort empeoraba día a día. En
ocasiones, su delirio le llevaba a forcejear violentamente con los
enfermeros indios, hasta el punto de que éstos, asustados, se negaron a
continuar velando de sus heridas. Nadie pudo jamás sacarle la ubicación
del valle maldito, pese a los esfuerzos de todos, y Pickfort murió tres días
después llevándose consigo el secreto.
Las autoridades, que era la primera vez que oían a alguien hablar del valle
maldito, desmerecieron el testimonio del enfermo, y nadie lo tomó en serio.
La historia fue cerrada de un carpetazo y nadie más volvió a acordarse de pickort y su epopeya.
Sin embargo, en 1906, una expedición (¿oficial?) inglesa, decidió entrar
de nuevo en materia y se organizó una expedición, siguiendo las pistas
dejadas por Graham, para encontrar ese misterioso valle. Algunos meses después,
los supervivientes regresaron. Esto evidenciaba una cosa: la historia era
auténtica. No obstante, nadie sabe qué fue lo que ocurrió ni lo que
vieron, pues el relato de los expedicionarios fue archivado inmediatamente y
clasificado como top secret.
Sólo algún tiempo después, lo que aquellos
hombres vieron salió a la luz, gracias a que uno de ellos contó alguna cosa
estando en una taberna:
“... El lugar era un verdadero caldero de brujos. Cuando uno de nosotros encendía una cerilla el sitio se sacudía con las explosiones. Lenguas de fuego, salidas del corazón de la tierra, cruzaban el valle en todos los sentidos. Estábamos en el imperio de la muerte. Las serpientes más venenosas de la India surgían a nuestros pies y monstruosas plantas impedían nuestro paso levantando una barrera. Y llegó un momento en el que ya no se pudo seguir avanzando. Dos de nosotros, los más audaces, pagaron con su vida el internarse en un estrecho corredor. Nosotros les vimos saltar por los aires como impelidos por una fuerza demoníaca, gesticulando desesperadamente, para caer luego inertes, al margen del mundo de los vivos...”
En 1911 un nuevo intento trató de arrojar luz sobre el asunto, pero el
resultado fue el mismo pues de los siete que componían la expedición, sólo
dos regresaron. La muerte de los cinco restantes se produjo cuando “al
aventurarse en un pasaje entre dos colinas, se pusieron de repente a girar
como marionetas, para luego caer muertos, como su un rayo le hubiese
abatido”.
Después de aquello otras expediciones intentaron alcanzar el valle maldito y
todos fracasaron como las anteriores.
Nadie hasta hoy ha sabido explicar el misterio
y aún menos averiguar dónde está ubicado semejante lugar, pues las
autoridades hindúes se niegan a desvelarlo.
Si al principio de esta historia he dicho que debíamos tomar con cierta prudencia la autenticidad del relato, es por una cuestión meramente personal. Nunca antes la había oído mencionar y aún menos al que se supone es el personaje principal, Graham Pickfort, aún a pesar de que estas historias son para mí de un interés especial. Fuera como fuere, J. M. Meillac, nos dio la oportunidad de conocerla y suponemos que sus fuentes son fiables. Démosle, pues, un pequeño espacio en los hechos forteanos.
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