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VIEJAS LEYENDAS DE
MARINOS
Manu Torres
Durante
el siglo XVIII, un marinero hallado borracho en tiempo de servicio se exponía
a recibir 24 latigazos. Pero los nuevos reclutas del mar solían ser advertidos
por los viejos navegantes: «Muchacho, si te tatúas un crucifijo en la espalda
estás salvado.» Pensaban que del contramaestre para abajo nadie osaría levantar
el látigo contra el rostro de Cristo. Y aun en tal caso, el mismo látigo se
desviaría.
Pero en el rudo mundo de la mar, también abundan los consejos que rechazan los símbolos cristianos y a los clérigos, como portadores de mala suerte.
Los marinos de otras épocas, que vivían durante meses a merced de las aguas y de los vientos, adoptaban cuantas supersticiones tuvieran el menor viso de verosimilitud. Animales, aves, nombres, incluso actos aparentemente inofensivos como el silbar podían envolver funestos presagios en medio del océano.
Tales creencias son tan arraigadas que el Almirantazgo británico analiza mucho las posibles denominaciones de los barcos de su flota. Por ejemplo, los nombres de reptil están prácticamente proscritos en la actualidad, ya que en el pasado la marina ha perdido cuatro Víboras, cuatro Serpientes, una Cobra, un Caimán y un Cocodrilo, así como un par de Culebras, dos Dragones y tres Lagartos.
Los marinos conservan su propio ritual religioso. El saludo que dirige al alcázar el marinero que sube a bordo data de los tiempos en que de ese lugar colgaba un crucifijo.
Algunos pescadores se quedarán en tierra el resto del día, si se encuentran con un clérigo o una monja al dirigirse hacia el muelle. En las islas Faeroes, entre Noruega e Islandia, los cazadores de ballenas creen que su enorme presa se escapará si un barco con un sacerdote a bordo navega entre ellos y la costa.
Hasta la lectura en alta voz o la cita de frases de la Biblia en alta mar implica serias amenazas, excepto durante un funeral.
En el año 1707 un marinero, momentos antes de ser ahorcado, gritó desde el pañol de la verga las palabras del salmo 109:
«Acórtense sus días, y otro reciba su ministerio. Que sus hijos queden huérfanos y viuda su mujer. Nadie le muestre misericordia.» El hecho acaecía en el Association, buque insignia del almirante Cloudesley Shovell.
En el mismo año, el Association y otros dos barcos naufragaron cerca de las británicas islas Scilly, con una pérdida de 2.000 hombres.
Según
la leyenda, Cloudesley, responsable de la ejecución del marinero, fue llevado
inconsciente a tierra por las olas y enterrado vivo. Cierta mujer confesó en
su lecho de muerte que lo descubrió en la playa de la isla St. Mary y que lo
sepultó bajo la arena después de cortarle los dedos para apropiarse del rubí
y de los anillos con esmeraldas que llevaba.
En los días de la navegación a vela se creía que los marineros muertos se reencarnaban en los petreles y en las gaviotas. Si una de estas aves aparecía sobre el barco en alta mar, era señal de tormenta.
Pero el ave más temida era el gigantesco albatros de los mares del sur, a cuya aparición seguía inexorable la borrasca.
Si alguien abatía a este monstruo de los aires, desataba sobre sí infinidad de desgracias como narra Coleridge en su poema «Leyenda del antiguo marinero».
En 1959 el carguero Caipean Star transportó un albatros desde el Antártico, con destino a un parque zoológico alemán. El buque atracó en Liverpool con avería en las máquinas, después de una travesía colmada de infortunios. Sólo cuando el albatros murió en su jaula abandonado de todos, como causante de todos los males, se pudo reunir una nueva tripulación que se aviniera a seguir navegando con el Caípean Star.
Pronunciar el nombre de conejo o cerdo en alta mar constituye un tabú cuyo fundamento se ignora. Pero quizá lo más curioso sea la prohibición de silbar, Los diarios de a bordo de los transatlánticos modernos revelan que, incluso durante los últimos 50 años, se ha castigado a los marineros por romper este tabú.
Se pensaba que el silbar provocaba la formación de fuertes vientos, y sólo se permitía durante la calma chicha o en medio de la niebla.
Otro modo de librarse de la niebla o salir de la calma consiste en arrojar una moneda por la borda. Cuando se levanta una tormenta cerca del faro de Bishop Rock, en las islas Scilly, los mismos torreros deciden quién de ellos tiene la culpa. El designado ha de comprar la calma al mar arrojándole una moneda.
Desde hace mucho tiempo se cree en los extraños poderes de un tambor que perteneció al corsario inglés Francis Drake, Cuando agonizaba cerca de las costas del Brasil en 1596, Drake ordenó que su tambor fuera devuelto a su casa de Buckland Abbey, cerca de Plymouth, donde todavía puede contemplarse.
Drake
juró en su lecho de muerte que, si alguien hacía redoblar su tambor cuando Inglaterra
estuviera en peligro, volvería para defender a su patria. Pero la leyenda ha
variado en el transcurso de los años: ahora, el tambor redobla espontáneamente
en señal de alarma.
Se dice que el tambor acogió destempladamente la llegada de Napoleón cuando éste desembarcó como prisionero en Plymouth después de la batalla de Waterloo. Durante el siglo pasado se le ha oído tres veces: la primera en el año 1914, al comienzo de la primera guerra mundial; cuatro años después, a bordo del buque insignia Royai Oak, y finalmente durante la Segunda Guerra Mundial, en la retirada de Dunkerque.
En 1918, mientras la flota alemana entraba en Scapa Flow (Escocia) para rendirse a los ingleses, empezó a escucharse el estruendoso redoble de un tambor en el interior del Royai Oak. Por dos veces se enviaron marineros a indagar el origen del ruido. El propio almirante intervino en el registro. Pero todos los hombres estaban en sus puestos de combate, y nunca se halló el menor rastro del posible causante del estrépito.
Cuando el Royai Oak echó el ancla, el redoble victorioso del tambor se detuvo de repente, tan brusca e inexplicablemente como había comenzado. Drake descansaba de nuevo.
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