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 “... Hoy, la Tierra es un basural enorme poblado por mendigos en busca de un recodo de aire fresco... Y en los albores del nuevo milenio los desesperados de la tierra han hecho suya la mano de Dios y la han tomado a su manera: absurda, ilógica, apremiante, teñida del color de los sueños infantiles... Porque no han podido aprender a soñar de otra manera. No tienen tiempo, ni escuela, ni ganas. Su esperanzas son ilusiones precarias, burdas y pueriles. Son ilusiones de niños, quieren el cielo aquí y ahora, sin dilación, sin espera... A ellos, que entrarán en el reino de los cielos y que viven entre tanto el infierno de todos los días, va mi mirada, mi abrazo, mi cámara. A ellos, después de tantos días frustrados, vidas carentes de final, les toca un final feliz.”

         Con estas mismas palabras, con la que Arturo Ripstein y la guionista Alicia Garciadiego presentaron su película, podríamos definir brevemente la esencia intrínseca de “El Evangelio de las Maravillas”. Una obra que, pese a lo extraño de su tratamiento y lo cotidiano de su contenido, no deja a nadie indiferente ni irreflexivo, y que demuestra, una vez más, el talento de un cineasta que conoce perfectamente su oficio.

         Desde luego, no resulta tarea fácil hablar de este último trabajo del aclamado director mexicano. Su película, cuajada de sincretismos religiosos y paranoias propias de este fin de siglo, abotarga los sentidos y nos insufla una sobredosis de patetismo milenarista en su vertiente más lúgubre. No es de extrañar, por tanto, mas teniendo en cuenta la estrecha amistad que el director mantuvo con el gran cineasta Luis Buñuel, que al contemplar “El Evangelio de las Maravillas”, nos venga a la memoria inmediatamente, y casi sin darnos cuenta, la atrevida y censurada “Viridiana” con la que Buñuel nos deleitó allá por el año 1961. Se podría afirmar, casi sin temor a equivocarse, que nos encontramos ante su versión mexicana. Ciertamente, no se está afirmando que se trate de un claco exacto de Viridiana (que no lo es), pero sí que se le parece en sus partes esenciales. Desheredados, profetas de una vida mejor, recargamiento visual y una pizca del surrealismo, que tanto gustaban al amigo y maestro de Ripstein, son los ingredientes principales de la película, y los puntos de conexión con la anterior. Ripstein, no obstante, ofrece su propio punto de vista y su propia cosmogonía que la convierte en un producto exclusivo y original, y que renueva además, con toda actualidad, el problema de la marginalidad.

         Yo supongo que si Buñuel viviera todavía, se sentiría satisfecho del último trabajo cinematográfico de su antiguo ayudante de dirección (El Ángel Exterminador. 1962); y no sólo satisfecho sino también orgulloso. Nos encontramos en los tiempos de los ordenadores, de la tecnología desmedida, del consumo desaforado y por ende, de la despersonalización, la falta de comunicación y el desprecio por lo que no sea comercial y rápida degustación. No creo que se deba tener nada en contra de lo meramente comercial –películas como “Terminator”, “Titanic” o “Pretty Woman”, deben existir o de lo contrario el séptimo arte sería incompleto-, pero es de lamentar que esta sociedad en la que nos hemos embarcado recientemente, no tenga ya, hoy, la más mínima consideración hacia las producciones no tan estrictamente visuales o millonarias como es el caso de “El Evangelio de las Maravillas”. Resulta toda una valerosa hazaña por parte de Arturo Ripstein, atreverse a realizar películas como las suyas en los tiempos que corren. Este tipo de cine –el cine de arte y ensayo, como se le llamaba cuando la tecnología no había anulado todavía el placer por la conversación, o el disfrute por el cine en mayúsculas-, ha quedado confinado a las pequeñas salas de proyección y a los ghettos que todavía se resisten a perder el gusto por lo bueno. Ese saborcillo antiguo que tiene “El Evangelio de las Maravillas” y ese método de transmitir sentimientos e ideas personales, siempre tendrán sus fieles seguidores, por mucho que la voracidad y ferocidad del cine comercial acapare la atención de la mayoría y distraiga, con sus golpes de efecto, la mirada de la gente. Buñuel se sentiría ciertamente orgulloso por saber que todavía hay cineastas que dedican su arte a ese cine minoritario y arriesgado.

         Con “El Evangelio de las Maravillas” nos situamos en un México despreciado y “sumido en el abismo de una crisis”, como diría su director, en el que todo es tristeza y reciclamiento. Creemos que son los años setenta aunque pudiera tratarse de los tiempos actuales o de otra época anterior. En ese México “cansado y exasperado”, una pequeña comunidad religiosa ubicada en algún lugar incierto, dedica todo su tiempo a la contemplación y a la oración en espera de que el fin del mundo se presente. Sus puertas están abiertas a todo aquel que se les desee unir y se les ofrece, a cambio, la salvación divina para cuando llegue ese momento. La visión del recinto nos indica pobreza e improvisación y nos prepara para conocer el continente de la película. Ya en las proximidades a la entrada, podemos ver, pintado a mano y sin ningún cuidado, un enorme cartelón de madera que anuncia que nos encontramos en la Nueva Jerusalén; toda una pretensión teniendo en cuenta que no se trata precisamente, en su sentido teológico, de un emporio escatológico. Para formar parte de la comunidad, los nuevos integrantes deben despojarse de todas sus pertenencias para que las distracciones procedentes del exterior no turbe su nueva vida dedicada a Dios y a la oración –Cabe decir, por otra parte, que tanto los que van llegando como los que ya están dentro, pertenecen al estrato más bajo y desfavorecido de la sociedad, siendo sus propiedades, bagatelas menudas e insignificantes que cualquiera de nosotros regalaríamos con gusto-.

         En toda comunidad que se precie, deben existir líderes encargados de administrar los bienes y de ayudar a dirigir y encauzar la moral y costumbres de los acólitos. En el caso que nos ocupa, los responsables son, Mamá Dorita (Katy Jurado) y Papá Basilio (Francisco Rabal), quienes aleccionan de manera singular a sus protegidos. Papá Basilio –que para más señas diremos que es un cura español exiliado, aficionado al vino-, enseña la doctrina católica proyectando insistentemente películas religiosas de los años treinta y cincuenta, teniendo una obsesión particular por “Los Diez Mandamientos”, de Charlton Heston, que la toma como el sustento capital de sus propios conocimientos y como una seria referencia para todos. Para inspirar esa su faceta religioso-cinematográfica, no duda en vestir a sus fieles como si fueran personajes bíblicos del Hollywood de los cincuenta –con turbantes, sandalias y barbas postizas incluidas-, o decorar la “capilla” –y pongo capilla entre comillas porque más que saberse se intuye- con toda suerte de lucecitas navideñas y objetos que brillan como si realmente se tratara de los fabulosos escenarios del cine norteamericano de aquellos años. Mamá Dorita, no obstante, es distinta a su marido aunque no por ello es menos excéntrica. Ella ejerce como profetisa del grupo y es la encargada de dirigir las oraciones. Padece una grave enfermedad terminal que la lleva a menudo a quedarse postrada en cama y a tomar morfina ocasionalmente. La situación de la comunidad le preocupa porque el final de los tiempos no ha llegado todavía y sabe que sus discípulos quedarán sin su soporte emocional y espiritual cuando ella muera.

         En el ínterin, arriba a la comunidad una nueva remesa de esos desheredados que pasarán a engrosar el sacro recinto. Una prostituta llamada Nélida (Carolina Papaleo) es una de las recién llegadas. Acaba de presenciar el suicidio de un cliente en su propia cama y, asqueada ya de su triste existencia, marcha de allí en busca de una vida mejor. La acompaña una madura y hermosa adolescente llamada Tomassa (Edwarda Gurrola) que insiste en seguirla allá a donde vaya. La niña, que es huérfana y no ha conocido mas que la vida callejera, es una enamorada de las muñecas y se entristece enormemente cuando la obligan a desprenderse de la que lleva consigo, como también lamenta el tener que abandonar su videojuego de bolsillo.

         Los días transcurren y las dos muchachas se van aclimatando a su nueva vida –aunque también descubren que ésta no es tan reconfortante como creían-. Conocen a todos los demás miembros de la comuna llegados aquí por las mismas razones que ellas, algunos de los cuales han llegado a creerse verdaderamente que se encuentran en la Nueva Jerusalén, como es el caso de Micaela (Patricia Reyes).

         Entre tanto, mamá Dorita se muere y ve en la niña Tomassa signos de ser la nueva profetisa que necesita –lo descubre cuando observa que en uno de sus brazos ha aparecido un pez, símbolo de la cristiandad, cuando en realidad no es más que un moratón-. A su muerte divinizan a Tomassa y la convierten en la sustituta de mamá Dorita. A partir de entonces empiezan a cambiar las cosas en el lugar. Tomassa recupera su videojuego y obliga a sus correligionarios a gastar los escasos recursos económicos que se tienen en comprar muñecas y un videojuego de mayor potencia.

         Con éste último, es con el que Tomassa cree recibir mensajes de Dios, que le da unas órdenes en extremo curiosas. El altar, antes ocupado por vírgenes e imágenes narcisistas de Mamá Dorita y Papá Basilio, es llenado ahora con las muñecas y los juguetes de Tomassa. La niña empieza a imponer reglas por completo diferentes a las establecidas y, siguiendo siempre las instrucciones de “Dios”, decide mantener relaciones sexuales con cada uno de los hombres del grupo para que todos puedan ser redimidos y logren la salvación divina. Para ello también ha decidido que nadie más entre a formar parte de la secta.

         A la sazón, fuera del valladar de la Nueva Jerusalén, existe un grupo de militares encargados de controlar que ningún recién llegado sea acogido en contra de su voluntad dentro del recinto; entre ellos encontramos a Fidel (Rodrigo Ostap) que trabaja como soldado para su propio padre, que es el sargento de la unidad. Fidel es un homosexual afeminado que odia la vida marcial que le ha tocado vivir. Cansado de la tiranía de su padre, que le obliga a comportarse como un verdadero hombre, decide huir e infiltrarse en las filas del grupo disfrazándose de mujer y haciéndose pasar, subrepticiamente, por una de ellas. Más tarde es descubierto por Tomassa y Nélida, que prometen guardar el secreto ante los demás.

         Con el tiempo, Tomassa ya ha copulado con todos los hombres de la secta aunque curiosamente su estado de virginidad y su pureza se mantiene como el primer día; solo cuando Fidel es obligado a aparearse con ella es cuando pierde su estado virginal y el ciclo se completa. Pero también empiezan a desencadenarse las desgracias internas –que no desvelaremos por respeto a aquellos que no han podido disfrutar todavía de la película- y por ende, al empobrecimiento moral de la comunidad, que sumergirá a ésta en la más triste de las situaciones.

         Decir que “El Evangelio de las Maravillas” de Arturo Ripstein está inspirado en un hecho real, podría resultarnos chocante a aquellos que hemos visto el largometraje; no obstante, parece que Ripstein copió la historia de la realidad y no de un producto exclusivo de su imaginación. El relato es descabellado, barroco y demasiado buñuelesco para ser creído por los que no son conocedores de esos submundos existentes en México. Sin embargo, la comprometida visión que el director nos ofrece con el film, está entresacada de un suceso ocurrido allí en los años setenta. La misma situación se produjo, los mismos personajes aparecieron en escena e incluso el mismo epíteto bíblico fue adaptada por ellos para dar nombre a su singular colectivo.“Este pequeño pueblo –nos dicen la guionista Alicia Garcíadiego y el propio Ripstein-, permite analizar, con precisión de bisturí, los mecanismos de los sueños. Era la utopía perfecta para diseccionar con el bisturí de la cámara”; y es que la realidad es en ocasiones tan surrealista y extraña como el propio cine.

          Ripstein ha querido destacar con su última película, el precario estado en el que tienen que vivir esas “hordas de desesperados esperanzados”, como él mismo llama, que viven en el México marginado de nuestros tiempos, aunque bien es cierto que podría tratarse de cualquier otro lugar del mundo y cualquier otra época conocida, pues, por desgracia, estas situaciones de la condición humana se reproducen en todas partes para mayor vergüenza de las sociedades occidentales y de aquellos que manejan el destino de sus compatriotas. “El Evangelio de las Maravillas” pretende ser un fiel retrato de todas esas gentes que les ha tocado en suerte una existencia insuficiente y miserable; un retrato de lo que ocurre a resultas de ese empobrecimiento, donde prima la incultura, la ignorancia y la esperanza en una vida que les saque de su poco privilegiada posición. Los personajes de la película esperan encontrar en La Nueva Jerusalén un lugar donde poder refugiarse y mantener una dignidad que no encontraron en el exterior; un lugar donde Dios les escucha y les promete que su suerte cambiará cuando llegue el fin del mundo. No es de extrañar, por tanto, que lo esperen con tanta impaciencia y devoción. Por una vez en toda su existencia  se sienten atendidos y elegidos y no como unos parásitos apestados, repudiados por todo el mundo y por ellos mismos. Pero sus ansias por que la providencia celestial les ampare y proteja de lo que les ha deparado el fin del milenio, les hace ver cosas donde no las hay. Lo que ellos creen que son signos inequívocos de la palabra de Dios, no ex otra cosa que los devaneos mentales de una enferma –Mamá Dorita-, sometida a los efectos de la morfina y a la aceptación intrínseca de su insignificancia social, unida a su deseo de un reconocimiento divino; o es el énfasis de una niña –Tomassa- elevada y entronizada al grado de profetisa que, confundida, empieza a creer realmente en su cargo y en que el mismo Dios habla a través de ella. Los videojuegos, las muñecas, las películas religiosas..., todo sirve para apreciar la obra y deseo del supremo hacedor.

         Son las sectas, destructivas o no, el escenario adecuado para recibir a estos hombres y mujeres apartados de la sociedad dominante y bien situada. Quieren un hueco limpio para ellos en esta Tierra y para ello no les importa tener que escuchar sermones desfasados, ilógicos y poco nutridos, o tener que seguir una doctrina totalmente absurda y sincrética que no tiene ningún soporte real. Su empobrecimiento mental les ayuda a en volverse en esta sinrazón y tomarse en serio lo que en verdad no es nada. Comenta Ripstein a este respecto: “Y el libro dice: “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos” y con tal esperanza los pobres de la Tierra se reproducen a un ritmo acelerado, tumultuario, feroz. Parece que le han tomado a Dios la palabra, pero –parece también- que Dios les ha dado la palabra en vano... Se les ha acabado el tiempo y la paciencia. Tienen razón. Por ello se construye un cielo a su medida, la medida de lo humano, del Sísifo cotidiano, el Prometeo desempleado y cansado viajando en metro a casa”.

         Pese a todo Ripstein no se olvida del sentido del humor. Recuerdo que en la sala de proyecciones donde la ni, la gente rompió a reír a mandíbula batiente, en más de una ocasión. Ver a Micaela, la ayudante de Mamá Dorita y papá Basilio, con dos alas en la espalda o a la guardia personal cutremente disfrazados como si fueran romanos de tiempos crísticos, movían totalmente a la hilaridad; incluso era gracioso verlos empuñando lanzas de plástico o con las ropas decoradas con el papel que sirve para envolver los quesitos. Y es que en atrezzo nos encontramos con un nivel tan pobre como los propios personajes.

         Es curioso señalar cómo el director mexicano ha recargado su Nueva Jerusalén con toda clase de trastos que nada tienen que ver ni con lo teológico ni con el sentido de pulcritud y personalidad que debe tener cualquier comunidad que se precie. Podríamos decir que es el reflejo del hombre en crisis que convive con todo aquello que otros desechan y es que es la quintaesencia y el receptáculo de su propia naturaleza; un mundo atiborrado y lleno de la basura de los ricos.

         En “El Evangelio de las Maravillas” la interpretación de los actores es realmente auténtica. El papel que desempeña cada uno de ellos es lo que podría esperarse de un trabajo de Ripstein. Carolina Papaleo –Nélida en la película-, representa con acierto el rol de la prostituta desesperada que busca escapar de su destino. Eduardo Gurrola –la adolescente Tomassa- hace creíble su personaje y llega a despertar en el espectador la conmiseración y la tristeza. Hablar a estas alturas de esos dos monstruos de la interpretación que son Paco Rabal –papá Basilio- y Katy Jurado –Mamá Dorita- es ya una nadería. Como de costumbre, la ejecución que hacen de su trabajo es tan pulido y natural que no nos hacen pensar, ni remotamente, en la posibilidad de que se hayan dejado llevar por la comodidad del reconocimiento y la vejez, actuando de cualquier forma en los últimos trabajos de su carrera. No debemos olvidarnos tampoco de la excelente labor de los demás actores, aunque es de destacar especialmente la buena actuación de Rodrigo Ostap –Fidel-, que realiza su papel de homosexual a la perfección.

         Si algo gusta especialmente de la película, es el sistema que Ripstein ha utilizado para rodarla. LA historia está dividida en varios actos largos a los que denomina “Misterios” que explican, en cierto modo, cuál va a ser el contenido del fragmento en cuestión. Esta división nos trae a la memoria, y es de suponer que esa ha sido su intención, la fórmula de los antiguos literatos, o más acertadamente en este caso, los textos bíblicos que conocemos. En estos actos o jornadas –como se diría en el antiguo teatro-, Ripstein va haciendo un recorrido por la escena sin usar en ningún momento plano alguno; la acción se desarrolla íntegramente en un bloque sin cortes y el uso de la panorámica es lo único que le suministra movimiento. Lo interesante de todo esto, es cómo el director mexicano se las ingenia para que el espectador no pierda jamás el interés por lo que ve, pase a carecer de esos elementos indispensables en cualquier película, que son los planos; y es que éste sistema nos muestra, de forma efectiva, la continuidad de unas vidas tal y como son, sin las complejidades y aditamentos que nos ofrece el cine comúnmente; vidas llanas y simples, contadas del modo más literal posible, como es la propia existencia es estos fieles y adeptos de la Nueva Jerusalén.

         Ver “El Evangelio de las Maravillas” supone todo un placer para los amantes del cine de Arturo Ripstein y para los cinéfilos en general. Su trabajo ha sido arriesgado pues trata un tema que a pocos resulta grato visualizar y mucho menos sentir y padecer, pero tal y como dicen las escrituras “El que maltrata al pobre injuria a su hacedor; el que tiene piedad del pobre le honra”. Ripstein ha cumplido a este respecto su cometido y, cual su fuera un sacerdote de la “Nueva Jerusalén”, ha sabido exorcizar con maestría ese tácito tabú que a todos nos hace volver la mirada hacia otra parte y olvidarnos de esa gente que anhela encontrar su lugar en el mundo. La película nos hace entender, sin dramatismos exagerados o efectivistas, el complejo universo en el que les ha trocado existir y nos muestra la difícil estrategia que deben tomar para no acabar engullidos en la vorágine de sus propias limitaciones. El Apocalipsis, la religión, los ritos y los tambores embriagantes, son la única esperanza que les queda, porque ellos saben perfectamente que jamás alcanzarán otra cosa. Sólo Dios y la creencia en las palabras de un sacerdote que ha tocado fondo, devuelven su ilusión y confianza en que pronto llegará un mundo donde ellos serán, los protagonistas y donde nadie les niegue lo que, por derecho, les corresponde. “Por ellos, desde mi cámara y en el cine –dice Ripstein-, esta vez heredarán la tierra, tendrán su Nueva Jerusalén y ese fin del mundo tan añorado y esperado”. Y yo me atrevería a añadir que con “El Evangelio de las Maravillas” ha conseguido plasmar verdaderamente sus palabras.


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