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EL MAMUT QUE PASTABA RANÚNCULOS
Sergio Marine


El cuerpo de este animal apareció en el río Beresovka (Siberia) en 1902, después de un gran deshielo

Los restos excelentemente conservados de un mamut descubierto a la orilla del río Beresovka, en Siberia, mantuvo perplejos a los científicos durante muchos años. El monstruo estaba perfectamente congelado, pero lo más sorprendente era que conservaba ranúnculos en su boca.

Este hecho singular, en el que al principio no se reparó, supuso un indicio de importancia decisiva sobre un episodio turbulento de la historia geológica de la Tierra.

Los mamuts eran parientes de los elefantes, aunque se distinguían por su pelo abundante y largos colmillos. Vagaron por el mundo durante medio millón de años, y se extinguieron hace unos 20.000. En los territorios permanentemente helados del norte de Siberia, Alaska y Canadá, pueden hallarse todavía muchas de estas antiguas bestias, conservadas para siempre como piezas de enormes reses en un congelador a baja temperatura.

Pese a los miles de años transcurridos, la carne sigue siendo comestible, según manifiestan quienes la han probado. Otros animales, extinguidos hace largo tiempo, se han encontrado también en el mismo estado de congelación a bajas temperaturas: sus cadáveres yacían entre un amasijo de huesos y carne mutilada.

Los científicos explicaron sin dificultad esta antigua hecatombe. Inmensas manadas de mamuts vagaban por las tundras (grandes llanuras frías), alimentándose de hierba, juncos y otras plantas que aún hoy cubren en verano aquellas latitudes. Alguno de los animales quedaría atrapado en el hielo, o se despeñaría por la grieta de un glaciar. A continuación se congelarían y conservarían casi invariables sus esqueletos a través de las épocas.

La explicación era obvia pero, por desgracia, totalmente incorrecta.

La primera objeción fue que las osamentas no se encontraban entre los hielos. Zonas inmensas del Ártico están cubiertas de hielo; pero la mayor parte de la tundra se compone de tierra vegetal, arena, cieno de río y marga, todo esto unido por agua semihelada. Pero los mamuts congelados no fueron descubiertos en el hielo, sino en capas de cieno.

Además, durante la época que nos ocupa, no había glaciares en Siberia, excepto en las zonas superiores de las montañas donde faltaban pastos para los mamuts.

Persiste el misterio

Se propuso una nueva teoría: los mamuts cayeron a los ríos y fueron transportados corriente abajo hasta los estuarios, donde quedaron enterrados en el cieno. Pero esto tampoco era posible: los monstruos aparecían en la tundra, que jamás fue surcada por los ríos. Tampoco se habían ahogado, porque muchos animales estaban en pie.

Se consultó en los mataderos a los expertos en congelación de carnes; pero en lugar de aclararse el misterio, se pusieron de manifiesto nuevas incógnitas. Los entendidos aseguraron que no era posible congelar un animal tan grande como el mamut a las temperaturas relativamente moderadas del hielo ártico.

A la temperatura del hielo ártico, la carne se congelaría lentamente, dando lugar a que en sus células se formaran cristales que las romperían y deshidratarían. Ello haría la carne inepta para el consumo. Según los carniceros, no es posible que un proceso semejante congelara la carne de un mamut sin destruirla.

Para congelar debidamente un costado de vaca se necesitan 30 minutos y una temperatura de -40° C. Para congelar un enorme mamut vivo, protegido por gruesa piel, se requerían temperaturas extraordinariamente bajas, inferiores a -150° C. Tales temperaturas jamás se han registrado de modo natural sobre la Tierra, ni siquiera en el Ártico.

Pruebas y razonamientos rechazan también esta hipótesis. Existe una realidad palmaria: el mamut de Beresovka, en el momento de su muerte, estaba comiendo juncos, hierbas y ranúnculos.

Repentinamente congelados

Como muchos jardineros saben a su propia costa, los ranúnculos necesitan climas benignos, con sol y lluvia en la alternancia debida.

Al parecer, el mamut pacía tranquilamente hierbas y ranúnculos que crecían con profusión al sol de una templada llanura. De repente (como aseguran los entendidos en congelaciones a temperaturas sumamente bajas) sobrevino un frío tan intenso que el animal quedó congelado donde se hallaba.

Estos dos hechos resultan evidentes. Pero la ciencia tenía que explicar tan sorprendente paradoja, no sólo planteada en Beresovka, sino en muchos lugares del norte de Siberia y Alaska, donde los mamuts se congelaron en breves instantes.

No se conocía ninguna variación súbita del clima que pudiera causar la congelación repentina de tantas bestias enormes, separadas por tantos miles de kilómetros de distancia. Solamente un repentino cataclismo de proporciones hasta ahora inimaginables pudo haber sido la causa.

Los indicios nos llevan a pensar en un terremoto y una erupción volcánica de carácter más violento que todos los registrados en la historia.

La corteza terrestre, cuyo grosor está comprendido entre 30 y 100 kilómetros, flota sobre el derretido interior de nuestro planeta, y está compuesta de varias plataformas, continentales y marinas, que presionan unas contra otras. Cuando se encuentran dos plataformas se producen titánicos empujes y fricciones que pueden ocasionar erupciones volcánicas y fuertes seísmos.

Se piensa que la muerte de los mamuts fue debida a una repentina convulsión sísmica, provocada por el intenso rozamiento de dos plataformas que abrió una inmensa y profunda grieta en la corteza terrestre.

Frío inimaginable

La erupción sería tan violenta que la tierra no sólo vomitaría lava ardiente, sino también una impetuosa descarga de gases volcánicos.

Si estos gases fueron lanzados a la atmósfera hasta altitudes bastante elevadas, se enfriarían descendiendo a temperaturas asombrosamente bajas. Durante el cataclismo describirían una espiral alrededor de la Tierra, mientras descendían sobre la capa de aire cálido cercana al suelo. Atravesarían ésta, como violentas ráfagas, por las zonas menos densas y se precipitarían sobre la tierra a velocidades inconcebibles.

Los lugares batidos por los gases padecerían un frío intensísimo, capaz de producir las temperaturas de -150° C, que los expertos en congelación consideran necesarias para el caso que nos ocupa.

En Siberia, el mamut pastaría confiadamente en la tundra cuando se abatió sobre él un frío tan extremo que congeló inmediatamente sus pulmones, y convirtió literalmente su sangre en hielo. Moriría en cuestión de segundos; en pocas horas sería una sólida estatua, lista para hundirse en la tierra, y ser preservada por el polvo del tiempo en el transcurso de los años.

También pudo ocurrir que el frío estuviera acompañado de un viento tan poderoso que arrastrara en su remolino por la ladera de la montaña a cuantos animales hallara a su paso (mamuts, tigres, leones, rinocerontes lanudos, bisontes y castores). Al fin quedarían depositados para siempre, como informe masa helada, entre árboles, piedras y arena.

El cuadro es terrible. Más aún: a la humanidad no caben garantías de que el hecho no vuelva a repetirse.


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