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LA
MALDICION DEL FARAON TUT |
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-¿Hemos matado a alguien?
La pregunta vino del cuerpo desmadejado que yacía bajo el coche volcado en la cuneta.
A unos treinta metros de distancia contestó una voz:
-No, creo que no, mi señor. Pero usted, ¿se encuentra bien?
La figura polvorienta, manchada de barro de Edward Trottman, el chofer del herido, marchó hacia donde sonaba la voz. Trazó un gesto de desesperación cuando vio el apuro de su señor, Lord Carnarvon, que estaba apresado por el vehículo y yacía en el barro.
-Creo que tengo algún hueso roto. No trates de moverme. Mira de conseguir ayuda.
Trottman detuvo a un campesino alemán que circulaba montado a caballo y le pidió que fuese a buscar al médico tan rápidamente como pudiera. El hombre asintió y se alejó al trote y Trottman se sentó junto a su amo a esperar.
-¿Cómo sucedió? -preguntó Lord Carnarvon-. No puedo recordarlo.
-Nos desviamos para no atropellar a una carreta de bueyes que estaba en la carretera, mi señor.
En aquel año de 1902, el quinto Conde de Carnarvon estaba en viaje por toda Alemania. La carretera era recta y estaba vacía. Recta y desierta hasta que el coche coronó una pendiente y al descender casi fue a chocar de frente con dos carretas de bueyes que bloqueaban el camino. No hubo más remedio que salirse de la calzada y entrar en campo abierto. El coche volcó en la cuneta, despidiendo a Trottman y atrapando a Lord Carnarvon bajo el retorcido chasis.
Los días que siguieron fueron una consecuencia dolorosa del accidente. A Lord Carnarvon apenas le quedaba un hueso sano. Tenía rotas todas las costillas y había sufrido graves lesiones en los pulmones. La recuperación del noble exigía una excepcional pericia médica, una paciencia sin fin y casi un año de convalecencia.
-Le aconsejo que no pase mucho tiempo en Inglaterra -le recomendó el doctor Hugo Bauer-. Sus pulmones ya no pueden soportar la niebla v el frío. Si quiere permanecer bien y disfrutar de una larga vida, necesita un clima seco y cálido. Y Lord Carnarvon tuvo mucho tiempo para pensar y leer. Más tiempo, según parecía del que había disfrutado en sus treinta y siete años de vida. Pudo haberse ido a residir a la Riviera Francesa y disfrutar del espléndido clima de la costa mediterránea, pero las salas de juego y la compañía de jubilados no estaban hechas para él.
Lo que leía le ayudó a tomar una decisión. Exploraría Egipto, la tierra misteriosa de los faraones, el país de la pasada riqueza y esplendor. Aprendería las antiguas sabidurías, las costumbres provocativas, los mitos místicos de las gentes que desarrollaron una cultura fascinante millares de años antes de Cristo. Recorrería la tierra del escarabajo, de la serpiente, y el gato sagrado, instalando allí su casa.
Tan pronto como Carnarvon se hubo recuperado por completo, partió con Trottman hacia las arenosas inmensidades del Valle de los Reyes, con un objetivo en su mente... convertirse en arqueólogo.
En una carta a sus amigos de Inglaterra, escribió más tarde:
"Puedo decir que en ese período no sabía nada sobre excavaciones. Así que con la idea de distraerme y a la vez tenerme ocupado, se me permitió instalarme en lo alto de Jeque Abdil Guma. Apenas llevaba allí veinticuatro horas cuando de pronto tropecé con lo que parecía ser la entrada de una tumba no explorada. Esto provocó una gran excitación en el Departamento de Antigüedades, que pronto aumentó cuando el foso pareció estar casi a punto para la exploración".
Durante las semanas siguientes, envueltos en nubes de polvo, Trottrnan y Carnarvon emplearon sus picos y palas, Trabajaron a solas en el calor ardiente del desierto, hurgando en la fina arena para ampliar lo más rápidamente posible la "excavación", en un trabajo ímprobo.
Pero los vientos murmuraban historias de fantasmas de aquellas pirámides que se alzaban como muda evidencia de una época pasada de gran cultura, increíble inteligencia, y artesanía. La esfinge de nariz rota extendía sus largas zarpas rocosas por la arena del desierto y sonreía como si estuviese guardando un gran secreto.
Carnarvon estaba seguro de que los tesoros egipcios yacían en tumbas bajo tierra, porque las pirámides hacía muchísimo tiempo que habían sido saqueadas. Napoleón Bonaparte acabó la tarea llevándose las mayores losas de mármol de los bruscos y puntiagudos lados de las mismas. Pero el frágil Carnarvon estaba embebido en sus infinitos sueños e ilusiones. No había freno posible para sus frenéticos esfuerzos.
Al oscurecer de un día al término de la sexta semana, el pico de Carnarvon topó con algo duro.
-Edward -llamó-, ven aquí rápidamente. Me parece que he hallado algo.
Los dos hombres emprendieron el trabajo con las palas y por último descubrieron un pequeño sarcófago barrocamente decorado.
Se limpiaron de la cara del sudor y el polvo y se inclinaron para levantar la pesada tapa de piedra. ¿Encontrarían dentro el cuerpo de un infante?
Carnarvon con cuidado abrió la tapa y después hizo lo propio con la segunda tapa interior. Emitió un silbido que era la mitad gruñido y la mitad emoción, porque el contenido no contenía ninguna nobleza enjoyada... sino sólo la momia de un gato. El animal sagrado que con toda seguridad debía de pertenecer a una antigua casa real.
-Este gran fracaso, sin embargo -dijo después-, en vez de desanimarme, tuvo el efecto de hacerme más perspicaz que antes.
Nuestro primer hallazgo, el gato momificado, está expuesto en la actualidad en el Museo de El Cairo.
Algún tiempo tuvo que pasar antes de que Carnarvon decidiese que necesitaba la ayuda de un experto y como resultado, Howard Carter, eminente arqueólogo, se unió a la caza del tesoro, comenzando así una profunda y cálida amistad que iba a durar hasta la muerte de Carnarvon.
Durante dieciséis años los dos hombres trabajaran juntos en pos de lo que parecía una meta invisible. Su éxito final fue descubrir las riquezas y valores del antiguo Egipto a un mundo moderno y transportar a los eternos viajeros en sillas de manos a través del tiempo y el espacio a la tierra del Nilo.
En 1907 Carter y Carnarvon efectuaron su primer hallazgo importante en Deir-el-Bahri. "Nunca olvidaré cuando lo vi por primera vez", escribió Carnarvon en su diario. "Había algo extraordinariamente moderno en ello... como si el pasado fuese hoy o nosotros hubiésemos retrocedido a un día ya fenecido. En la tumba había varios ataúdes. Se les veía intactos y olvidados por más de dos mil años".
Este descubrimiento fue mucho más el principio que el fin. Todos los que conocían algo de la historia de Egipto se daban cuenta de la fascinación que los egiptólogos compartían por la tumba intacta de Tutank-Amen. Sus riquezas arqueológicas eran como un clarinazo y la leyenda exageraba sus tesoros inapreciables. Carter y Carnarvon habían quedado contaminados del deseo febril de hallar el lugar del último descanso de Tutank-Amen, sucesor del noble Akhnaton.
Pero la Primera Guerra Mundial cortó en seco todas las exploraciones y no fue hasta 1919 que Lord Carnarvon pudo reunirse con Carter en El Cairo una vez más, y viajar con gran expectación hasta el Valle del Nilo en busca del olvidado emplazamiento histórico.
Los jeroglíficos en las fachadas de los templos y en las viejas crónicas describían la historia de la vida de Tutank-Amen. Su corta duración se extendió a mitades del siglo XIV antes de Cristo y el joven rey en realidad reinó tan sólo durante seis años, desde la edad de doce hasta su muerte a los dieciocho. Pero los historiadores se apresuraban a añadir que, aunque no se lo consideraba como uno de los faraones más importantes de Egipto, su tumba se llenó de objetos de un valor inapreciable. Se decía al transcurrir los siglos que el hermoso joven poseía poderes sobrenaturales y que quizás los coléricos dioses de la venganza se habían hecho cargo de su vida antes de que alcanzase la madurez.
Durante seis temporadas los arqueólogos trabajaron infructuosamente. En ocasiones llegaron a sentirse tentados de abandonar su empresa, pero en todas ellas descubrieron que una vez comenzada su tarea tenía algo que les obligaba a proseguirla hasta su feliz conclusión.
Finalmente Carnarvon regresó a Inglaterra para visitar a su esposa. Un mes más tarde Carter tuvo el golpe de suerte.
Fue en la mañana del 4 de noviembre de 1922, mientras Carter se acercaba a las obras. Una nube de polvo y de arena se alzaba en el aire convirtiendo al sol en un manchón pálido y verdoso y creando un anillo de luz en torno al disco solar más brillante que el globo del día mismo. El campamento estaba completamente en silencio.
En su carta algo urgente a Carnarvon, Carter le contó los detalles:
"Había un silencio desusado a causa de la detención del trabajo y me di cuenta de que algo fuera de lo corriente había ocurrido. Se me dijo que un escalón cortado en la roca acababa de ser descubierto bajo la primera excavación.
"Trabajamos durante tres días y descubrimos dieciséis escalones más, pero no fue hasta que llegamos al umbral sellado cuando me aseguré de que, por fin, nuestros sueños, los suyos y los míos, acababan de cobrar realidad.
"¡Herbert, hemos encontrado la tumba del rey Tut! ¡Te ruego que vengas a toda prisa por el medio más rápido, para que así, juntos, podamos abrir la puerta sellada!
"Hemos encontrado una inscripción en la entrada. Enviamos una copia a los técnicos del museo de El Cairo para que la descifren. Para cuando llegue aquí ya conocerá el mensaje.
"En el intervalo, la excavación quedará cubierta temporalmente para proteger nuestra tesoro de ojos inquisitivos o de los ladrones aunque sospecho que esa precaución no es necesaria. Nuestros trabajadores nativos egipcios, al descubrir lo tumba, abandonaron el campo como ratas de un navío que se hunde. Son supersticiosos y no quieren correr el riesgo de desafiar la leyenda de que hay una maldición en la tumba.
"Suyo sinceramente, con excitación y deseos de verle pronto, Howard Carter
Lord Carnarvon gozó de la alegría del triunfo. Los periódicos llevaban relatos del descubrimiento y los divulgaron por todo el mundo. Una serie de piezas de joyería de inspiración egipcia apareció en el mercado; las librerías se vieron asaltadas en busca de libros sobre Egipto y el público especuló sobre la cuantía de los tesoros que encontrarían detrás de la pesada bolsa de piedra que protegía el sepulcro.
Sin perder tiempo, Lord Carnarvon tomó pasaje en el primer navío que salía de Inglaterra para Luxor. Apenas se había instalado en una hamaca de la cubierta, envuelto en gruesas mantas de lana y encendido uno de sus infinitos cigarrillos cuando el camarero le entregó una extensa carta de seis páginas que llevaba matasellos inglés.
Al abrir el sobre, el arqueólogo de cincuenta y cinco años leyó el mensaje que contenía, obra de puño y letra de Cheiro, un palmista de nombre internacional. Nacido Conde Louis Hamon, había tenido una esmerada educación y había viajado y disfrutado de excelente reputación entre los creyentes que no querían admitir abiertamente que creían en tan absurda ciencia...
"No desprecie la maldición de la tumba de Tutank-Amen", decía la carta. "Su señoría, se lo ruego, debe tener cuidado. No entre a la tumba si quiere conservar la vida".
El resto del mensaje contenía un relato singular e increíble de una experiencia reciente que había sufrido el palmista. Explicaba que, cuando joven, treinta años antes, había curado de malaria a un viejo jeque de Luxor. El agradecido reyezuelo le regaló la contraída mano de una momia que, según dijo, perteneció siglos antes a una princesa del antiguo Egipto, para ser exactos, la cuñada del Rey Tutank-Amen.
Tutank-Amen era sucesor de Akhnaton, el rey "herético" que desterró a los dioses antiguos de Egipto para adorar al Sol y que fue también el responsable del traslado del centro religioso desde Tebas a Tell-el-Amama. La cuñada se rebeló contra su padre y fue violada y asesinada. Con el fin de condenarla eternamente, según las antiguas creencias egipcias, los sacerdotes herejes le cortaron la mano derecha y la enterraron en un lugar desconocido del Valle de los Reyes. Impusieron una solemne maldición sobre la mano mutilada diciendo que abarcaría a todos los países del mundo, y asegurando que aquel miembro podría recorrer el planeta, pero nunca volvería a unirse al cuerpo de la princesa.
El resto de la carta hizo que Lord Carnarvon se incorporase en su hamaca. Un año o dos antes, proseguía la carta, se había advertido que la mano se tornaba blanda y maleable. Al principio él y su esposa lo atribuyeron al cambio en las condiciones climatológicas de Irlanda, pero esta explicación científica de tal evolución se trocó en horror cuando descubrieron que la mano aparecía ensangrentada. .
Llevaron la mano a un químico que la trató con capas espesas de diversos ingredientes y firmó un certificado confirmando la veracidad de los hechos asombrosos concernientes al caso.
En octubre de 1922, el conde Hamon y su esposa se trasladaron a Inglaterra. La mano continuó manando sangre. En la Noche Halloween, el 31 de octubre, cuando se supone que los fantasmas caminan y los espíritus son libres para vagar una vez más por la tierra, Cheiro y su esposa decidieron quemar la mano. Con reverencia, la condesa recitó una de las plegarias del antiguo Libro de los Muertos egipcio mientras el marido con cuidado dejaba la mano sobre los troncos ardientes de la chimenea.
En aquel mismísimo instante, una gran ráfaga de viento abrió las enormes puertas que conducían al amplio porche. Allí en la oscuridad, recibiendo la luz parpadeante de la chimenea, se veía la figura de una esbelta mujer. Vestía la túnica recta del Antiguo Egipto, y llevaba una urraca en la mano y sobre su cabeza descansaba una diadema real, la corona de la serpiente. Su ceñidor enjoyado destellaba en el fulgor mientras avanzaba sin hacer ruido hasta el fuego, se agachaba sobre él y desaparecía.
"Cinco días más tarde", terminaba la carta, "leí en los periódicos que su expedición había descubierto la tumba del rey Tut. Permítame repetirle esta urgente súplica. No abra el sepulcro. Los egipcios poseían conocimiento y poderes de los cuales hoy carecemos. Su fuerza, sin embargo, persiste entre nosotros. Tenga cuidado de no ofender a sus espíritus".
Lord carnarvon no era de los que hubiesen despreciado la advertencia de Cheiro. Sus largos años en Egipto le habían inspirado una especie de fe en acontecimientos sobrenaturales y en la incapacidad de las religiones modernas para explicar una serie de hechos conocidos, lo que le había conducido al estudio de la ciencia espiritualista.
Leyó la carta y decidió evitar la violación del sepulcro funerario de Tutank-Amen. Le parecía al arqueólogo que los agitados mares del canal se calmaron un segundo después de tomar tal decisión. Un sol brillante pareció romper los negros cúmulos que -amenazaban un crucero tormentoso.
Días más tarde, cuando Lord Carnarvon llegó a la excavación, lo encontró todo preparado y esperándole. La tienda estaba llena de palas y picos, mapas y libros. Sus ropas de trabajo estaban preparadas para que se las pusiese y Carter corrió a saludarle con el entusiasmo de un jovencito en el día de Navidad.
-jBienvenido, bienvenido! Creí que jamás llegaría. Se lo contaré todo mientras se cambia de ropa.
Carnarvon escuchó sin hablar mientras su amigo volvía a narrar los acontecimientos que les condujeron a descubrir el inapreciable hallazgo.
-Y aquí -dijo Carter-, está la traducción del jeroglífico de la puerta. Acabo de recibirla hoy de El Cairo.
Carnarvon tomó la hoja de papel y leyó las palabras:
"Cualquiera que desprecie la maldición de Tutank-Amen el Rey de los Dioses, ésta caerá sobre él. La mudez afectará a su esposa. Sus parientes tendrán sed.
Las palabras parecieron arder en el cerebro de Carnarvon. Se sentó en el borde del camastro y escondió la cabeza entre las manos. Carter miró con sorpresa a la inclinada figura, completamente desconcertado por tan extraña conducta.
Por último, Carnarvon habló:
-No abriremos la tumba. Volveremos a taparla y nos marcharemos.
Carter no podía creer lo que oía. Se sentó en estupefacto silencio sin poder responder.
-¿Quiere usted decir -murmuró por último-, que después de todos estos meses y años de esfuerzos, abandona? ¿Que renuncia precisamente cuando estamos en el umbral del mayor descubrimiento de la historia? ¡Seguro que no será por esas estúpidas palabras! ¡Están pensadas para asustar al ignorante, no al arqueólogo!
-No lo sé -respondió Carnarvon muy serio-, si las palabras son estupidas o si iban dirigidas sólo a ignorantes. He tenido el presentimiento de que el rey Tut debería continuar descansando en paz.
Pero Carter no admitía negativas. Discutió con apasionada sinceridad, propia del hombre que sabe lo que se hace y que cree en su obra con fe inconmovible. A la mañana siguiente si agregó a un grupito de trabajadores y periodistas que acompañaban a los dos amigos, arqueólogos con años de experiencia, por el tunel que conducía al cárdeno acantilado del Valle del Nilo.
Aunque se habían colocado luces eléctricas a lo largo del techo de arcilla, la oscuridad apenas quedaba disiparla por el débil resplandor de las bombillas. En la puerta de la tumba, Carnarvon se detuvo y enfocó la linterna sobre las extrañas imágenes en las que se encerraba la amenaza de la maldición.
"Que sea maldito, que caiga enfermo. Que tenga sed".
Carter y los trabajadores nativos habían aflojado el sello de la puerta con sus cinceles y estaban haciendo a un lado la pesada losa.
-Estamos ante algo sumamente grande -dijo Carter-. Debe ser usted el primero que entre.
Todas las lámparas y linternas enfocaron a la oscuridad y a pesar de la escasa luz la cámara se proclamaba a sí misma como el lugar de descanso del joven rey, Tutank-Amen, y sus tesoros.
Carnarvon, sin habla por lo que veía en el interior, penetró en la sala. Apenas advirtió la ligera escocedura del pecho, como si le hubiese picado una araña, un mosquito, o si le hubieran pinchado con un alfiler.
Dos egipcios se personaron a retirar el resto de aquel alambre enrollándolo en torno a la habitación y a los pocos minutos la oscuridad dio paso a una luz reducida pero adecuada.
El esplendor que tenían ante los ojos asombró a los investigadores. Un gran sepulcro azul y dorado ocupaba casi toda la cámara. Dos literas de ceremonia, talladas en forma de dos singulares y hermosas bestias, y dos gatos momificados aparecían a ambos lados del sarcófago del monarca fallecido.
Más allá de la cámara funeraria se encontraba la estatua de Thoueris, el ser parte hipopótamo, parte cocodrilo, parte felino, del mundo religioso de hace cinco mil años. Había hermosos navíos de oro en torno a la antecámara.
El féretro en el que se hallaba el cuerpo del rey había sido cincelado amoldándose a sus propias formas y estaba chapado de oro y lapislázuli. Sobre brazos de abdomen se encontraban el buitre y la cobra, dioses del Alto y Bajo Egipto. Las alas de la diosa Isis abrazaban sus piernas, la misma Isis que registraba el mundo para encontrar las trece partes de su desmembrado esposo, Osiris, al igual que la cuñada de Tutank-Amen había buscado la mano que le mutilaron.
Mientras contemplaban estos tesoros inapreciables que habían sido forjados mil cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo, los presentes pudieron ver también relieves de oro, piedra y mármol en las paredes: la reina Anes-en-Anon, en acritud de adoración a su esposo Tutank-Amen, la reina colocando bálsamos perfumados en los brazos del rey, el rey llevando su carro y guiando a dos de sus generales al combate, y cómo la cabeza del rey estaba esculpida en una masa de oro y de cristal azul con el buitre y la cobra en su frente. El blanco de los ojos estaba hecho de una piedra cristalina y el iris de obsidiana.
Después de la primera sorpresa ante los sensacionales tesoros hallados en la tumba, Carnarvon y Carter se atrevieron a levantar la primera tapa del ataúd y mirar en el interior de la caja de oro macizo. Los restos del rey yacían casi totalmente cubiertos de amuletos de oro y de ornamentos, pero la observancia de los antiguos ritos funerarios había sido la causa de que no llegaran hasta nosotros sus restos mortales.
Los ungüentos de consagración se vertieron sobre aquel cuerpo en enormes cantidades. Al estar compuestos de material resinoso, los líquidos se secaron durante los siglos y el cuerpo quedó perfecta y permanentemente adherido al fondo de la caja de oro.
El grupo volvió a colocar la puerta de la tumba y regresó a la brillante luz del día. Allí alegres transmitieron la noticia al mundo entero y aquella noche lo celebraron de manera conveniente.
A la mañana siguiente apareció una especie de granito en la mejilla de Carnarvon. Se lo rascó inconscientemente y, con cuidado, al afeitarse, respetó la zona dolorida.
Los días siguientes fueron muy ajetreados. Vinieron arqueólogos de muchos países. El gobierno egipcio envió a sus representantes. Los periodistas parecían tan numerosos como los granos de arena en el desierto.
Era en verdad un momento de triunfo para Lord Carnarvon. Sus recursos, persistencia y actividad habían dado como resultado un hallazgo fabuloso en medio de las vastas extensiones de un enorme país.
El granito de su mejilla se hizo mayor, mostró su cabeza, reventó y formó una pequeña llaga purulenta. Mientras se afeitaba, Carnarvon, por descuido, se hizo un corte, arrancándose la corteza protectora.
Una ligera hinchazón le apareció a Carnarvon en las glándulas del cuello. Se encontró enfermo y febril, pero quedaban todavía muchos emocionantes hallazgos que examinar en la tumba del Rey Tut. El mundo daba vueltas ante sus ojos. Le dolía la cabeza. Tenía la boca seca.
El 24 de diciembre, Carter descubrió que su amigo no conseguía despertar de un profundo sueño. Carnarvon fue inmediatamente trasladado desde el campamento del desierta a un hospital en donde los médicos diagnosticaron una infección de, estreptococos en la sangre. La infección se extendió rápidamente por los conductos nasales y le llegó a los ojos. Se le infectaron Ios pulmones y tras una serie de ataques, le falló el corazón el 6 de abril de 1923.
Las palabras postreras de Carnarvon fueron:
-¡Agua, dadme agua! -pero fue incapaz de beber un sorbo del vaso que se le ofreció.
En 1929, Lord Flerbert, hermanastro de Carnarvon se suicidó, y su madrastra Elizabeth, murió de una picadura de insecto igualmente misteriosa.
¿Maldición o coincidencia? Las opiniones han estado divididas al respecto. Muchos destacan que Carter que había abierto más tumbas que cualquier otro ser vivo nunca sufrió daño alguno por tal motivo. Howard Winlock, que dirigió los trabajos en las excavaciones de Deir-el-Bahri vivió para convertirse en jefe del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y "Monsieur" Bennedict, uno de sus ayudantes, llegó a conservador de la colección egipcia en el Louvre de París.
Pero no olvidemos que ninguno de ellos fue el primer hombre en cruzar el umbral de la tumba del rey Tutank-Amen...
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