De
la pared del salón de mi casa cuelga una reproducción de un plato de cerámica
medieval procedente de Teruel, cuyo original se guarda en el Museo Cerámico
de Barcelona y que por su belleza e interés ha merecido unas líneas por
parte de los estudiosos de la cerámica tradicional:[1]
“Una peça del
Museu de Barcelona representa una torre o roc molt completa. Construïda
amb aparell decoratiu constructivamnet absurd, i amb aplicacions de color
que recorden les torres de Terol, presenta finestres clarament gòtiques
al.lusives al repertori de l’Europa cavalleresca. Per les finestres hi
veiem la feliç sensualitat, representada per dues ballarines amb els seus
cròtals, amb corones de benaurança dalt del cap. Al defora, dos ocells
paradisíacs i elements florals flanquejen la construcció.”[2]
Los
mismos autores interpretan la escena del modo siguiente:
“El roc, torre
isolada i emmartelada, símbol del poder, amb dansarines coronades que fan
sonar els cròtals, entre els paons paradisíacs”
[3]
Es
decir, consideran a la torre como un símbolo de poder, y a los pavos
reales como pájaros paradisíacos.
Se
trata, sin duda, de una simbología oriental traída a España por los árabes.
Esta simbología mágica se encarna, según los autores, en temas
procedentes de Persia y Mesopotamia, que continúan apareciendo en las
manifestaciones del arte popular después del fin del dominio musulmán en
la Península.
Ahora
bien, el tema de la torre como símbolo de poder aunado al del pavo real
nos conduce necesariamente a la secta herética musulmana de los Yezidas.
Vamos a citar íntegramente un pasaje del libro de E. Scott titulado El
Pueblo del Secreto, que resultará extremadamente ilustrativo al
respecto:
“Arkon
Daraul (A. Daraul, Sociedades Secretas, Octagon Press, Londres 1984)
describe una secta en el suburbio londinense de Putney, donde se le
permitió observar a los miembros, unos sesenta hombres y mujeres,
realizando ejercicios delante de una estatua de un pavo real de dos metros
y medio de altura. Se le informó que el culto fue traído a Londres en
1913, y ahora tenía alrededor de dieciséis logias a través del país.
Sus rituales están basados en la numerología árabe, y sus principales
objetivos son sociales, humanitarios (al igual que los masones), el
compartir una experiencia emocional como consecuencia de los movimientos
de danza[4], la expectativa de éxito en la vida ordinaria, y
el desarrollo de concentración mental
que puede conducir a una experiencia mística.
El
culto está asociado con los Yezidas o adoradores del diablo del Noroeste
de Irak y Kurdistán, quienes, ya que no pertenecían a la creencia ortodoxa del Islam, fueron etiquetados como heréticos
( y por lo tanto Adoradores del Diablo) por los turcos.
A
William Seabrook, escritor y viajero, que investigaba la secta Yezidi, se
le dijo que sus miembros conocen cierto nombre que nunca debe ser
mencionado. Daraul, al investigar la secta del Pavo Real en Londres, también
aprendió un nombre que nunca debe ser mencionado. Seabrook dedujo que el
nombre era Malek Taos, que significa “El Angel Pavo Real”. Se le dijo
que era el nombre del “Espíritu del Poder y Jefe del Mundo”.[5]
El
libro de Seabrook al que se refiere este pasaje es el titulado
“Aventuras en Arabia”, publicado en 1933, y que ha sido objeto de un
conocido comentario por parte de René Guénon en su obra sobre el
esoterismo islámico y el taoísmo.[6]
Sin
ninguna duda, lo más interesante del libro de Seabrook es la referencia a
las “siete torres de Satán”, cuya existencia fue revelada por primera
vez en Occidente por dicho autor, quien pretende, además, haber visto
una de ellas en el país de los Yezidas, en Cheik
Adi, en las estribaciones de las montañas del Kurdistán:
“Detrás,
coronando otra eminencia más elevada, había una torre blanca y
puntiaguda, parecida a la punta finamente afilada de un lápiz y de la que
partían rayos de una luz cegadora que venían a herirnos los ojos. Su
vista me provocó un escalofrío de entusiasta curiosidad, ya que,
cualquiera que fuese exactamente su objeto, sabía sin la menor
sombra de duda que se trataba de una de las “Torres de Shaitan”,
uno de esos faros fabulosos de que se habla en los mitos y los cuentos persas, árabes y kurdos”[7]
Seabrook
dice en su libro que estas siete torres formaban una cadena que se extendía
a través de Asia, desde el norte de Manchuria al Kurdistán, pasando por
el Tibet y Persia. Y en cada una de ellas, vivía permanentemente un
sacerdote de Satán que mediante la proyección de vibraciones ocultas
dirigía la acción del mal en el mundo.
René
Guénon dice en su comentario arriba citado que el hecho de que una de esas torres esté situada en tierra de los Yezidas no prueba, por
lo demás, que sean ellos mismos “satanistas” sino sólo que, como
muchas sectas heterodoxas, pueden ser utilizadas para facilitar la acción
de fuerzas que desconocen. También señala que la verdadera
naturaleza del Malak Tâwûs sigue siendo
todavía un misterio.[8]
Es decir, que Guénon no se atreve a aventurar una hipótesis acerca del
llamado “Angel Pavo Real” adorado por los Yezidas.
Para
E. Scott, estas “Torres de Satán” son como “casas de poder” que
forman una cadena a través del Asia Central. El concepto de “casa de
poder” provendría, según él, de Afganistán y lo relaciona con
ciertos monasterios secretos de dicha región.[9]
La
secta yezidi también es mencionada por Gurdjeff en su muy interesante
obra “Encuentros con Hombres Notables” en la que se facilitan de forma
velada algunas claves relativas al centro primordial oculto. Es en este
libro donde se menciona al “monasterio de las danzantes” como uno de
los centros secretos de la cofradía de los Sarmoung, cofradía que
detenta, al parecer las claves de acceso al reino de Agartha y que Abel
Posse, en su novela “El viajero de Agartha” identifica con los yezidas.[10]
Según
todo lo expuesto, ya tenemos algunas pistas para comprender mejor la
escena del plato medieval español con sus pavos reales del Paraíso, su
torre del poder y sus danzarinas coronadas. De momento me reservo una
interpretación más exacta.