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EL ACIERTO DE MADAME LENORMAND
Gustavo Büscher


Entre todas las profetisas de todos los tiempos descuella de manera especial María Ana Lenormand, la sibila de la calle Touron, que vivió en una de las épocas más grandes de la historia del hombre, a saber, durante el período de la Revolución Francesa y la entrada en escena de Napoleón. Madame Lenormand estuvo en contacto con todos los grandes acontecimientos; es más: puede decirse que ejerció una influencia nada despreciable en todos ellos. Las personas más influyentes y de más elevada alcurnia de Europa acostumbraban frecuentar su salón de París.

María Lenormand nació en Alenqon el año 1772 y fue educada en el convento de las madres benedictinas.

A los siete años hizo una profecía acertada. En efecto: cuando la silla de la abadesa del convento quedó vacante, la niña Lenormand dijo con antelación quién sería la que ostentaría el rango de nueva abadesa. Parece ser que ya en 1789 profetizó el derrumbamiento de la monarquía con todas sus consecuencias y los acontecimientos terribles que consigo había de traer la Revolución. A los hombres de los días del Terror, Robespierre, Saint-Just y Marat, les anunció su trágico fin.

Predijo que Marat sería rey y que tendría un fin sangriento. A la que después fue esposa de Bonaparte, Josefina Beauharnais, le profetizó la muerte de su primer marido, el vizconde de Beauharnais, y su casamiento con un soldado que escalaría los más altos honores.

Esta profecía impresionó a Josefina tanto más cuanto que en la isla de la Martinica la negra Eufemia David le predijo que la corona de emperatriz ceñirla sus sienes algún día.

María Lenormand tuvo su época más brillante en el año 1813, cuando las fueras aliadas vencedoras ocuparon París por primera vez. El zar Alejandro I la visitó y parece que el reservado Federico Guillermo III estuvo en su casa de incógnito.

Entre las muchas profecías acertadas de Maria Lenormand, que gozan de entero crédito, figura una particularmente asombrosa que se cumplió al pie de la letra de la forma más dolorosa del mundo. Von Malchus, el ministro real de Westfalia, la cuenta de la siguiente manera en sus memorias:

«La condesa Morio, antes de conocer al hombre con quien más adelante había de casarse, preguntó a Maria Lenormand cuál seria su destino, y la profetisa le reveló, entre otras cosas, que llegaría a contraer matrimonio hasta tres veces consecutivas. La primera vez se casó con un hombre a quien entonces aún no conocía. Esta boda le proporcionó mucha felicidad, y en lo material recibió cuanto razonablemente podía apetecer.

Cuando se creía enteramente feliz, pues incluso su mayor anhelo, el de ser madre, se había cumplido, recibió en su casa, después de un gran incendio, una visita muy principal; poco después su marido fue muerto violentamente».

Malchus conocía al cunde Morio y había trabajado frecuentemente con él, habiendo tenido ocasión de comprobar que cuando éste se hallaba alejado de su esposa durante más de una hora no tardaba en ponerse nervioso y trataba de interrumpir su trabajo con el fin de regresar a casa.

«Cuando en otra ocasión me vi obligado a retenerle durante largo rato, me instó varias veces a interrumpir el trabajo y me rogó que le acompañase para que pudiese apreciar por mí mismo la angustia que se apoderaba de su esposa durante su ausencia, y, tuviese así la oportunidad de interpretar su intranquilidad. Accedí a sus deseos, y en efecto hallé a su mujer sumamente angustiada por su marido.

Cuando ella se enteró de que éste me había puesto al corriente de todo confirmó el hecho y añadió: “¡Cómo no voy a temblar por la vida de mi marido si todo lo demás ha ocurrido hasta ahora exactamente como me lo habían predicho! Yo entonces no le conocía, ni él a mí tampoco. He sido muy afortunada en mi casamiento con él y no me falta ahora nada de cuanto podía desear razonablemente.

Tengo además la alegría de saber que voy a ser madre, tanto es así que la hora de dar a luz está ya próxima. Ha ocurrido el incendio del castillo por desgracia; no ha faltado la visita de persona muy principal, pues el rey ha venido con nosotros a Bellevue y hemos tenido que disponer para él varias de nuestras habitaciones. Por consiguiente yo deduzco de todo ello que la muerte violenta de mi buen esposo se halla muy cerca”.

»Yo la tranquilicé lo mejor que pude y le aseguré que su esposo se encontraba, al menos en mi casa, muy seguro. Añadí que sólo había de tener con él una larga entrevista.

»Uno de los días siguientes se hallaba aún Morio en mi casa a las once, después de cuya hora salió con el rey. De regreso vi pasar a los dos frente a mi casa montados a caballo. Cabalgaban hacia las caballerizas, donde Morio le estuvo explicando al rey diferentes cosas, mientras la condesa se sentía terriblemente angustiada, tanto que hubieron de acompañarla a la cama.

»Poco después el rey volvió a casa a caballo. Morio seguía allí ¡De pronto sonó un disparo! La condesa al oírlo, saltó del lecho fuera de sí y gritó: “¡Es mi marido! ¡Ha sido asesinado!”.

»Así había ocurrido por desgracia. El noble Morio fue asesinado de mala manera por un abanderado francés que, por tratarse de un libertino, había tenido que ceder su puesto a un alemán».


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