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En el aniversario de su muerte (marzo de 1994) Bitácora desea unirse al reconocimiento de un escritor e investigador que nos enseñó la senda de lo extraño.
Trascripción: Leopoldo Fausto Montello
CIEAO – Archivos
Sin necesidad de recurrir a testigos dudosos, a textos
equívocos, a grabados de diversa interpretación, los textos que a lo largo de
los tiempos han ido reflejando los pasos de la historia de la humanidad, están
salpicados de testimonios que ilustran la existencia de objetos volantes que
evolucionan de forma inteligente a baja altura, sobre la superficie
terrestre.
Tampoco es preciso recurrir al cúmulo de leyendas y de textos religiosos que claramente hacen referencia a seres que procedentes del cielo entran en contacto con los seres humanos. No. Sólo hace falta releer los textos de historia. Así, Plinio habla de objetos volantes no identificados en el Libro II de su Historia Natural. Gaio Seutonio refiere que el 1 de enero del año 49 A. C. Julio César se topó con una aparición sobrehumana junto al río Rubicón. En el año 312 el pagano Constantino y todo su ejército contemplaron una cruz luminosa en el cielo. Beda, en su Historia Eclesiástica, afirma que en el año 664 se presentó sobre las cabezas de las monjas de un monasterio de Barking, junto al Támesis, una sabana volante luminosa. Mientras Carlomagno irrumpía en Italia, los sajones sitiaron Siegburg, hasta que hicieron acto de presencia en el aire dos escudos volantes rojizos, que les hicieron huir precipitadamente y someterse luego a Carlomagno. El 21 de febrero de 1345 una luz misteriosa procedente de las montañas de Montserrat en Catalunya se desplazó en el aire hasta detenerse encima de la población de Manresa, cuyos habitantes siguen celebrando desde entonces anualmente la "vinguda de la misteriosa Llum".
En un texto que figura en los anales de la Inquisición, el Dr. Eugenio Torralba afirma que efectuaba viajes desplazándose por el aire guiado por una nube de fuego. Bernal Díaz de Castillo, cronista de Hernán Cortés narra en su Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, capítulo CCXIII, que en el año 1527 los expedicionarios españoles observaron en el aire sobre sus cabezas una enorme espada larga que no se mudaba del cielo durante más de veinte días.
El historiador catalán Jordi Pujades escribe en su "Diari" el día 30 de septiembre de 1604 que en la madrugada de aquel día los habitantes del obispado de Urgell asistieron a un combate aéreo a baja altura. En la publicación L’Année Scientifique aparece publicada en el año 1874 la noticia del avistamiento de gran número de cuerpos negros que cruzaban la Luna. En 1885, el astrónomo José A. Bonilla publica un artículo en la publicación "L’Astronomie", en el que explica que los días 12 y 13 de agosto de 1883 observó desde el observatorio mexicano de Zacatecas, del que era Director, el paso de un total de 116 objetos volantes no identificados que en oleadas sucesivas cruzaban por delante del disco solar. En 1915, la totalidad del regimiento inglés Norfolk fue absorbida, durante una batalla contra las tropas turcas y alemanas en la "Colina 60" vecina de la bahía de Sufla, cerca de Galípoli, en Turquía, por una nube opaca, que con todo el regimiento en su interior se alejó posteriormente por el aire, junto con otras nubes más pequeñas, en dirección contraria a la del viento reinante. Esto es sólo un brevísimo muestrario. La lista real de tales sucesos y avistamientos, en todo el mundo, y en todas las épocas, se haría larga, larguísima. Como dije al principio, sólo hace falta releer los textos de historia.
Este escrito va dirigido a los maestros, a los profesores, a los catedráticos de historia. Porque ni siquiera hace falta crear asignaturas ni mucho menos facultades en donde se impartan enseñanzas referidas a las paraciencias. ¿A que santo viene tanta relegación a un plano fantasioso llamándolas paraciencias, cuando no son sino partes legítimamente integrantes de las ciencias por todos reconocidas?
Aquí hemos aportado datos. La historia bien habla de estos fenómenos. Quien no habla de ellos son nuestros educadores. Omitir estos datos no significa que estos datos no figuren en los textos históricos. Significa tan sólo que quien explica la historia a sus alumnos, les explica únicamente la parte de la historia que a él le interesa, o que su lógica particular y restringida es capaz de comprender. Si el educador explicara la historia en su totalidad, sin omisiones ni retoques, sus alumnos asimilarían con naturalidad que los fenómenos que evidencian la actuación de una inteligencia distinta a la nuestra, forman parte integrante y continuada de la historia de la humanidad. Sabríamos todos un poco mejor en dónde nos encontramos.
Salud.
Artículo
publicado originalmente en El
Dragón Invisible
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