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5 )  C. G. Jung. Orígenes y desarrollo de su obra.

5.1) Datos biográficos.

5.2) Contactos con el psicoanálisis, evolución clínica y contexto socio- cultural.

5.3) Conceptos fundamentales de su obra.

5.4) Aspectos técnicos del Análisis.

5.5) Consideraciones finales.

5.1Datos biográficos.

 Carl Gustav Jung nació en 1875 en Kesswil, población situada en la orilla suiza del lago Constanza. Carl Gustav era el segundo hijo de Paul A. Jung (1848-1923), Pastor de la iglesia evangélica reformada y doctor en filosofía, y de su esposa Emilie Preiswerk  (1848-1923).  Cuando apenas tenía seis meses sus padres se establecieron en Lausen, Rin arriba, junto con una preciosa cascada que se precipita sobre el lecho de piedra caliza del monte Jura. La vida en aquel lugar idílico junto a la cascada dura solo cuatro años. El pastor P. Jung es trasladado por ultima vez a Klein-Hüningen, localidad perteneciente al cantón de la ciudad de Basilea.

 Según Stevens (1994), muchos años después, Jung afirmaría que los abuelos pueden ejercer una influencia tan importante como los padres en el destino de un individuo, y es muy probable que esta afirmación se cumpliera en su caso. Lo cierto era que sus abuelos eran hombres poco corrientes. Su abuelo materno, Samuel Preiswerk, era un eminente teólogo y hebraísta, al parecer, como nos dice Stevens (1994), dedico su vida al estudio de la lengua hebrea porque pensaba que era la lengua que se hablaba en el cielo. Era un espiritista convencido que mantenía asiduas conversaciones con su primera esposa una vez fallecida esta. Su segunda esposa, la abuela de Jung, había enfermado de escarlatina en su juventud, pasó treinta y seis horas aparentemente muerta, hecho al que se atribuía su presunta capacidad para prever el futuro (Wehr, 1985).

 La influencia del abuelo paterno de Jung pudo ser aún mayor que la de su otro abuelo. Este personaje, llamado Carl Gustav, era en cierto modo una leyenda en Basilea, donde ejerció la medicina hasta su muerte en 1846, cuando contaba setenta años. Fue rector de la Universidad de Basilea, gran mestre de los masones de Suiza y autor de numerosas obras teatrales y científicas.   Se rumoreaba de él que pudo ser hijo ilegítimo de Goethe, y es posible que este rumor tuviera cierto atractivo para Jung(Wehr, 1985).

El padre de Jung, en contraposición con el famoso y extrovertido abuelo, fue un hombre más bien introvertido, modesto y bondadoso. Sus colegas lo consideraban aburrido (Ellenberger, 1971). Su hijo dice acerca de él:

Cuando actuaba como sacerdote en la aldea junto a la cascada del Rin, se sumía en un sentimiento de entusiasmo y en los recuerdos de su época de estudiante; fumaba aún, constantemente, en su larga pipa de estudiante y se sentía decepcionado por el matrimonio. Hizo muchas obras buenas, demasiadas. A consecuencia de ello estaba la mayoría de las veces de mal humor y constantemente irritado. Mis dos padres se esforzaban por llevar una vida piadosa, con el único resultado de que con mucha frecuencia se producían escenas. Como era de esperar, esa dificultad hizo más tarde que su fe se desmoronase.[1]

 La imagen que Jung tiene de su madre es mucho más impresionante e íntima que de su padre, de quien se apartó tempranamente. La elogia por haber sido una madre muy buena:

 Tenía una gran calidez, era sumamente apacible y muy corpulenta. Escuchaba a todos, le gustaba conversar, y cuando lo hacía era como un grato murmullo. Tenía un manifiesto talento literario, gusto y profundidad. Pero ello nunca llegaba a expresarse verdaderamente; permanecía oculto tras la apariencia de una anciana robusta y realmente amable, que era muy hospitalaria, cocinaba muy bien y poseía gran sentido del humor. Tenía cuantas opiniones tradicionales pueden tenerse, pero cada cierto tiempo se manifestaba en ella una personalidad inconsciente insospechadamente poderosa: una figura oscura y enorme de inviolable autoridad; de ello no hay ninguna duda. Yo estaba seguro de que en ella había dos personalidades: una era inofensiva y humana; la otra , en cambio, me parecía inquietante. Esta última se manifestaba sólo de cuando en cuando, pero siempre de forma inesperada y temible. Hablaba entonces como consigo misma, pero lo que decía se dirigía a mí y habitualmente me llegaba a lo más íntimo, de modo que yo por lo general permanecía en silencio.[2]

 Esta herencia del lado materno, posiblemente, incidió marcadamente en el futuro psicólogo, incentivando lo que sería su actitud como hombre dirigido hacia sus experiencias internas.

Los acontecimientos externos de la vida de Jung pueden referirse en pocas líneas. Carl asistió a la escuela del pueblo, de donde pasó al instituto en Basilea en 1884, el mismo año en que nació su hermana Gertrud. En 1895 se matriculó en la Universidad de Basilea para estudiar ciencias naturales y medicina. Se graduó en 1900 y decidió especializarse en psiquiatría, empezando a trabajar como ayudante de E. Bleuler, en el prestigioso hospital psiquiátrico de Burghölzli, dependiente de la Universidad de Zurich. Durante sus estudios, Jung, tubo que adaptarse a una vida modesta, pues aunque su padre era considerado una persona muy respetable, la respetabilidad no daba para vivir desahogadamente.

 Jung se casó en 1903 con Emma Rauschenbach, hija de un rico industrial de Schaffhausen, quien colabora con él en sus estudios de psicología profunda hasta su muerte en 1955 (Pascal, 1992). Juntos crearon una familia de cinco hijos.

De estas pequeñas notas biográficas quiero resaltar un sueño, sueño que el niño Carl tubo a la edad de cuatro años, y que, desde mi punto de vista, se configura en un presagio de lo que sería toda su obra posterior, obra en que solo las experiencias internas “son dignas de mención”(Jung, 1956).

 Vi una escalera de piedra que conducía a las profundidades, titubeante y asustado descendí por ella. Abajo se veía una puerta con arcada románica cerrada por una cortina verde. La cortina era alta y pesada, como de tejido de malla o de brocado, y me llamó la atención su muy lujoso aspecto. Curioso por saber lo que detrás de ella se ocultaba, la aparté a un lado y vi una habitación rectangular de unos diez metros de largo débilmente iluminada. El techo abovedado también era de piedra y el suelo estaba enlosado. En el centro había una alfombra roja que iba desde la entrada hasta un estrado bajo,  era de  piedra y también estaba enlosado. Sobre éste había un dorado sitial extraordinariamente lujoso . no estoy seguro pero quizás había encima un rojo almohadón. El sillón era suntuoso, ¡ como en los cuentos, un autentico trono real ¡. Más arriba había algo. Era una gigantesca figura que casi llegaba al techo. En un principio creí que se trataba de un elevado tronco de árbol. El diámetro medía unos cincuenta o sesenta centímetros y la altura era de cuatro o cinco metros. La figura era de extraños rasgos: de piel y de carne llena de vida y como de remate había una especie de cabeza, de forma cónica, sin rostro y sin cabellos. Únicamente en la cúspide había un solo ojo que miraba fijamente hacia arriba. La habitación estaba relativamente bien iluminada, pese a que no había luz ni ventanas. Sin embargo, allí en lo alto reinaba bastante claridad. La figura no se movía, no obstante yo tenía la sensación de que a cada instante podía descender de su trono en forma de gusano y venir hacia mí arrastrándose. Quedé como paralizado por el miedo. En tan apurado momento oí la voz de mi madre que gritaba “ si mírale es el ogro”. Sentí un miedo enorme y me desperté bañado de sudor.[3]

Este sueño preocupó durante muchos años a Jung, hasta que descubrió que la extraña figura era un Falo, un Falo ritual, como se puede encontrar en la simbología del pensamiento mitológico.

5.3. Contactos con el psicoanálisis, evolución clínica y contexto sociocultural.

El traslado  a Zurich implicaría el comienzo de la brillante carrera de Jung. La Burghölzli, que desde 1870 era la clínica psiquiátrica de la Universidad de Zurich, era considerada uno de los establecimientos más importantes dentro de su especialidad. Bajo la dirección de E. Bleuler, profesor de psiquiatría de esta Universidad y médico de un gran talante humanitario y bondadoso, su condición de clínica modelo se acrecentó (Wehr, 1985). Dentro de las actividades cotidianas de la clínica se encontraban las reuniones de trabajo, allí se discutían historias clínicas, se evaluaban informes de colaboradores o se hablaba de novedades biográficas de la especialidad. Uno de los primeros trabajos que se le asigno a Jung fue que hiciera un informe sobre  la obra de Freud, recién aparecida, La interpretación de los sueños.

 Para informarse de otros métodos de diagnostico y tratamiento, Jung viaja a París, a finales del otoño de 1902, para estudiar con Pierre Janet. Janet era “el fundador de un nuevo sistema de Psiquiatría dinámica”, según lo califica Ellenberger (1973). Jung estudia en la famosa Salpêtrière, lugar que apenas quince años antes ya S. Freud había visitado como estudiante.

 Para Jung, Janet es un científico importante, y es clara su influencia en la posterior teoría de los tipos de Jung. Janet parte de la existencia de dos tipos de neurosis fundamentales, la histeria y la picastenia, Jung habla más delante de la histeria extravertida y de la esquizofrenia introvertida (Wehr, 1985). En esta línea también es necesario citar a  A. Binet, quien en 1902 publica su Estudio experimental de la inteligencia, en donde se tratan detalladamente los conceptos tipológicos fundamentales de “introspection” y “externospection”

 De vuelta de París, Jung empezó a labrarse una reputación dentro del mundo de la psicología con sus investigaciones basadas en el test de asociación de palabras de Galton. Al publicarse esos estudios, en 1906, comenzó el contacto epistolar con S. Freud, a quien visitó en Viena en marzo de 1907. En aquella primera ocasión conversaron ininterrumpidamente durante trece horas, y parece que ambos quedaron fuertemente impresionados (Stevens, 1994). Este fue el inicio de su importante colaboración.

En sus memorias leemos:

 Freud fue el primer hombre verdaderamente importante que llegué a conocer. Ningún otro hombre de los que hasta entonces había conocido podía compararse con él. En su concepción nada era trivial. Me pareció extraordinariamente inteligente, perspicaz y notable en todos los sentidos. No obstante, las primeras impresiones que recibí de él continúan siendo para mí poco nítidas, y en parte aún no las comprendo.[4]

 En esta doble apreciación se encuentran dos aspectos que de forma clara constituirían una referencia de Jung a cerca de “su viejo profesor”, una profunda admiración y algo, que de forma incipiente, vendría a enturbiar su relación.

 A partir de los primeros contactos epistolares con Freud, el joven psiquiatra suizo se convierte en un abanderado de la causa psicoanalítica. En un congreso en Munich, que  trataba de las neurosis forzosas, se silenció de forma deliberada el nombre de Freud. Jung presenta un escrito donde defiende la vital importancia de la teoría Freudiana de las neurosis para entender las neurosis forzosas(Jung 1956).

 La relación entre estas dos grandes personalidades de la psicología se fue estrechando al punto que casi podríamos ver en ella una relación familiar, quizá la de un padre con un hijo. Wehr, en su trabajo biográfico sobre Jung (1985) nos cuenta como Freud, en la correspondencia que tiene con sus otros colegas jamas llega a la amplitud ni la profundidad humana que llegó con Jung, ni siquiera el caso de su correspondencia con Bleuler, Abraham, Groddeck, Lou Andreas-Salomé, Reik, Reich, Ferenczi o Rank.

 Pero en las reflexiones del joven Jung empezamos a ver lo que sería la semilla de su posterior separación del psicoanálisis, nos dice en su autobiografía:

 Lo que me decía a cerca de su teoría sexual, me impresionó. Sin embargo sus palabras no lograron disipar mis dudas y reflexiones. Se las planteé más de una vez, pero siempre me objetaba mi falta de experiencia. Freud llevaba razón: entonces no poseía yo la experiencia suficiente para fundamentar mis argumentos. Vi que su teoría sexual era extraordinariamente importante para él, tanto en el sentido personal como religioso. Ello me impresionó, pero no podía explicarme exactamente hasta qué punto esta valoración positiva dependía en él de premisas subjetivas y hasta qué punto de experiencias concluyentes.[5]

 Unos años más tarde Jung volvería a hablarnos del “dogma” que su maestro intentaría mantener a toda costa: “ Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual”(Jung, 1956).  Esta aseveración sonaba a los oídos del analista suizo como el reclamo de un padre para que su hijo no dejara de ir a la iglesia.

 Por otro lado, el intento de Freud de someter todo lo que la filosofía, la religión y la parapsicología de la época decían sobre el alma, a las interpretaciones psicoanalíticas, producía una suerte de malestar y un cierto escepticismo en Jung.

En 1909, Freud y Jung fueron invitados por la Universidad de Clark, en Worcester, Massachusetts, a pronunciar una serie de conferencias, Freud sobre el psicoanálisis, y Jung sobre el test de asociación de palabras. Viajaron juntos a los Estados Unidos y durante el viaje se dedicaron a analizarse los sueños mutuamente.

 Jung nos cuenta en su autobiografía (1956) como durante el trayecto de este viaje tubo sueños importantes, que el entonces su maestro no supo interpretar. Por aquel entonces el psicoanálisis interpretaba los sueños como la realización, casi en exclusiva, de deseos reprimidos (cuestionado en la actualidad por psicoanalistas como Garma 1990), para “el heredero de Freud” era demasiado reduccionista esta visión.

 Uno de estos sueños tubo vital importancia para Jung, pues en él se empieza a vislumbrar material colectivo, de donde empezaría a surgir su concepto de “inconsciente colectivo”. Este sueño constituyó una especie de introducción a su libro Transformaciones y símbolos de la libido, escrito en 1912. Tal sueño fue:

Me encontraba en una casa desconocida para mí que tenía dos plantas. Era “mi casa”. Yo me hallaba en la planta superior. Allí había una sala de estar donde se veían bellos muebles antiguos al estilo rococó. De la pared colgaban varios cuadros antiguos. Yo me admiraba de que tal casa pudiera ser la mía y pense: ¡no esta mal!. Pero entonces caí en que todavía no sabía que aspecto tenía la planta inferior. Descendí las escaleras y entre en la planta baja. Allí todo era mucho más antiguo y vi que esta parte pertenecía aproximadamente al siglo XV o XVI. El mobiliario era propio de la Edad Media y el pavimento era de ladrillos rojos. Todo estaba algo oscuro. Yo iba de una habitación a otra y pensaba: ¡Ahora debo explorar toda la casa!. Llegué a una pesada puerta, que abrí. Tras ella descubrí una escalera de piedra que conducía al sótano. Bajé y me hallé en una bella y abovedada sala muy antigua. Inspeccioné las paredes y descubrí que entre las piedras del muro había capas de ladrillos. Ahora mi interés subió de punto. En una de ellas descubrí un anillo. Al tirar de él se levantó la losa y nuevamente hallé una escalera. Era de peldaños de piedra muy estrechos que conducían hacia el fondo. Bajé y llegué a una pequeña gruta. En el suelo había mucho polvo, y huesos y vasijas rotas, como restos de una cultura primitiva. Descubrí dos cráneos humanos semidestruidos y al parecer muy antiguos. Entonces me desperté.[6]

 Para Jung, resultaba claro que la casa representaba un tipo de psiquis, es decir, el estado de conciencia de entonces con sus complementos ignorados. En la planta baja comenzaba el inconsciente y en la medida que bajaba por la gruta se encontraba vestigios del hombre primitivo que llevaba en él.

 Resultaba evidente para Jung cuan distinta era la “ actitud espiritual” de Freud de la suya propia.

En 1908 inicia su consultorio privado en su casa recientemente construida en Küsnacht, cerca de Zurich (al mismo tiempo abandona el trabajo en la Burghölzli),  consultorio que mantendría hasta su muerte, y del que extraería parte del material que fundamentaría su obra.

En 1910 se funda la Asociación Psicoanalítica Internacional, de la cual Jung es elegido presidente, en 1913 es reelegido, pero presentará su dimisión en 1914.Durante este periodo se ha ido progresivamente produciendo la separación entre Freud y su discípulo más querido, del cual se esperaba fuera el relevo del gran maestro.

 En 1913, Jung había expresado opiniones que divergían de las de Freud en unas conferencias que llevó a cabo en la Fordham University, en Nueva York, donde cuestiona la teoría Freudiana de la libido (Wehr, 1985). En ese mismo año, en Agosto, en las conferencias que pronuncia ante la Psycho-Medical-Society, utiliza por primera la definición de “psicología analítica” para definir la modalidad de investigación que practica y que marcarían de forma definitiva su separación del psicoanálisis.

 En el periodo comprendido entre 1914 y 1918 sufrió un prolongado episodio de trastornos psicológicos del que se ha dicho que fue una crisis de la mitad de la vida, una crisis nerviosa, una psicosis o una enfermedad creadora(Stevens, 1994), lo cierto es que fue una etapa vital para la fundamentación de su obra. Durante este periodo se había consolidado la separación con Freud, también había renunciado a su trabajo como docente en la Universidad, y muchas dudas aparecían en cuanto a que rumbo iba a adquirir su trabajo. En algunos momentos define su estado como con miedo, agitación y cierta opresión, así como nos describe la presencia de determinadas alucinaciones:

 En octubre cuando me hallaba solo de viaje, me sobrecogió una alucinación: vi una espantosa inundación que cubría todos los países nórdicos y bajo el nivel del mar entre el mar del Norte y los Alpes. La inundación comprendía desde Inglaterra hasta Rusia, y desde las costas del Mar del Norte hasta casi tocar los Alpes. Cuando llegó a Suiza vi cómo las montañas crecían más y más, como para proteger nuestro país. Tenía lugar una terrible catástrofe. Veía la enorme ola amarilla, los restos flotantes de la obra de la cultura y la muerte de incontables miles de personas. Esta alucinación duró aproximadamente una hora, me confundió y me hizo sentir mal. Me avergoncé de mi debilidad.[7]

 El 1 de agosto estalló la guerra mundial. Esta alucinación sirvió de un importante estímulo para que Jung se volviera a preguntarse en que medida su vida dependía de la colectividad.

 Jung utilizó las abundantes experiencias de esa etapa de su vida para avanzar en la comprensión de su psicología y anoto minuciosamente el abundante material que brotó de su inconsciente durante aquel dilatado periodo, periodo al que después llamaría su “experimento con el inconsciente”. Producto de este “experimento” fue el trabajo que titulo Septem sermones ad mortuos (1916). Durante este año también escribe La función trascendente (primera mención del método de la imaginación activa) y La estructura del inconsciente.

 En 1918 recupero parte de su tranquilidad (algunos autores hablan de “recuperación”, Stevens, 1994) y sirvió como comandante de un campamento para internados británicos en Château d´Oex.

 En 1921, escribe su libro Los tipos psicológicos, constituyéndose en una importante referencia a la hora de entender como se personalizan las funciones básicas que encontramos en el ser humano.

 Sus investigaciones sobre  la psique colectiva le llevaron a interesarse por otras culturas. Participó en expediciones antropológicas para estudiar a los indio pueblo de Nuevo México, en 1924-1925 y a los elgonis de Kenia, en 1925-1926.

   La segunda mitad de la vida de Jung se convierte en un periodo altamente creativo y productivo en el desarrollo de su obra, es como que su encuentro con el inconsciente hubiera sido un verdadero bautizo que le permitió vivificar y consolidar su ser.

  En 1928, se produce un encuentro importante en la vida de Jung, el encuentro con la Alquimia. El inconsciente colectivo se presenta como la plasmación de la mitología universal, pero ¿cómo acceder a esa mitología universal a partir de nuestro propio legado cultural?. La Alquimia se constituye en un importante legado de la tradición europea, legado donde la importancia del inconsciente emerge con claridad  para la persona que ha podido acceder al significado de su simbología. En los inicios de sus investigaciones sobre la Alquimia colabora con R. Wilhem y fruto de esta colaboración es el trabajo El secreto de la flor de oro, escrito en 1929, posteriormente, en 1944 escribiría Psicología y Alquimia, texto fundamental donde relaciona la simbología del mundo onírico con la simbología que nos proporciona el conocimiento alquímico.

  A partir de 1930, el reconocimiento a la persona y obra de Jung va en aumento, Presidente interino de la Sociedad Médica General de Psicoterapia, en 1933, nombramiento como profesor titular en la Escuela Superior Técnica Federal de Zurich, en 1935, Doctor honoris causa de las Universidades de Calcuta, Benarés y Allahabad, en 1937, Doctor honoris causa de la Universidad de Oxford, en 1938 y un buen número más de reconocimientos en el ámbito internacional.

 Pese a esa eclosión de reconocimiento, Jung fue fiel a su carácter introvertido y hasta el final de su vida, lo fundamental, fue la realización de su inconsciente. Buena prueba de ello fue el desarrollo de su obra hasta prácticamente el fin de su vida.

 En 1934 aparece Los arquetipos y el inconsciente colectivo, en 1937 Psicología y religión, en 1946 psicología y educación, en 1946, Psicología de la transferencia y en 1949, Energética psíquica y esencia del sueño, por citar algunos de sus textos más conocidos.

 Quiero hacer una especial mención a uno de sus últimos trabajos, Recuerdos, sueños, pensamientos, por ser un trabajo autobiográfico, donde Jung, con su habilidad literaria, nos conduce a través de su propia vida, una vida fascinante, donde  su propia experiencia, sus estudios, su práctica analítica y su creatividad forman un conjunto indisoluble.

 5.3. Conceptos fundamentales en la obra Jungiana

*Arquetipos e Inconsciente Colectivo.

 En la fundamentación de la obra jungiana se torna  básica la hipótesis del inconsciente colectivo. Por él debemos entender ese contenido del inconsciente que consiste por una parte en las percepciones inconscientes de procesos reales externos, y por otra en todas las reliquias de funciones de percepción y adaptación filogenéticas. El inconsciente colectivo contiene o es un espejo que refleja el mundo. Constituye, en cierta medida, un mundo también, pero un mundo de imágenes.

Jung denominó a los modelos y estructuras de comportamiento impersonales e intemporales que se encuentran en el seno del campo psíquico del inconsciente colectivo con el nombre de Arquetipos.

Arquetipo es pues sinónimo de “idea” en el sentido platónico, de prototipo, de imagen eterna primitiva, pero también lo podemos hacer compatible con el enfoque teórico adoptado por diversos biólogos que estudian el comportamiento animal en entornos naturales (etólogos). Estos científicos sostienen que cada especie está dotada de  un repertorio exclusivo de comportamientos adaptados al entorno donde han evolucionado. Este repertorio depende de los “mecanismos de activación innatos” que el animal hereda en su sistema nervioso central, y que están preparados para activarse cuando se encuentren en el entorno los estímulos apropiados, llamados “estímulos señales”. Cuando estos estímulos se encuentran, el mecanismo innato se activa y el animal responde con una “ pauta de comportamiento adaptada a la situación. Aunque podemos ver una mayor capacidad de adaptación de la especie humana, es clara la comparación que podemos hacer entre el pensamiento etológico y la concepción jungiana de la naturaleza de los arquetipos y del modo en que se activan.

 Desde esta concepción, lo que podemos decir es que lo que se fija en la estructura genética es la predisposición para determinados tipos de experiencias, no las experiencias mismas.

*Los complejos y el inconsciente personal.

 El inconsciente personal es el resultado de la interacción entre el inconsciente colectivo y el entorno donde el individuo crece. A dichos contenidos se le ha de añadir la represión de representaciones e impresiones penosas.

 Las unidades que componen el inconsciente personal son los complejos.. Al complejo lo podemos definir como un elemento central, como una especie de energía encapsulada, personal o colectiva, positiva o negativa, lanzada a la acción por estímulos específicos, tanto internos como externos. Mientras que para Freud los complejos sólo estaban presentes en la enfermedad, para Jung eran partes esenciales de la mente sana.

 La característica esencial de los complejos es su autonomía. Los complejos se comportan como seres independientes que agrupan a su alrededor, debido a su carga emocional, buen número de ideas asociadas.

 A la hora de plantearnos el contenido del elemento nuclear, que sirve de imán para aglutinar las diversas partes que circulan alrededor del complejo, Jung se convención de que siempre existe una matriz arquetípica. ¿ Pero como se convierte un arquetipo del inconsciente colectivo en complejo en la psique personal?. La respuesta nos ofrecería una indicación sobre el modo en que en todos y cada uno de nosotros se injerta la vida personal y la historia colectiva de la especie.

 Las leyes de la asociación, ley de semejanza y ley de contigüidad, nos ofrecen al menos una respuesta parcial. Aplicando estas leyes, puede formularse la hipótesis de que un arquetipo comienza a actuar en la psique cuando un individuo se halla próximo (contigüidad) a una situación o una persona cuyas características guardan semejanza con el arquetipo en cuestión. Cuando un arquetipo logra activarse, acumula ideas, percepciones y experiencias emocionales asociadas a la situación o persona responsables de su activación, y éstas se incorporan a un complejo que después funciona en el inconsciente personal.

 Un ejemplo lo podemos encontrar en el desarrollo del complejo materno en la psique, durante el proceso de maduración del niño. El complejo se forma y comienza a funcionar porque el niño vive en íntima contigüidad con una mujer (normalmente la madre) cuya conducta es semejante a la anticipación interior que el niño tiene de la maternidad (el arquetipo de la madre).

 *Estructuras psíquicas.

  El Yo:

 Aunque sus fundamentos son relativamente desconocidos e inconscientes, el Yo es un factor consciente por excelencia. Incluso es una adquisición empírica de la existencia individual. A él nos referimos cuando empleamos las palabras “yo” o “mi”. El Yo es el portador de nuestra conciencia consciente de existir, así como el sentimiento permanente de identidad personal. Es el organizador consciente de nuestros pensamientos e intuiciones, de nuestros sentimientos y sensaciones, y tiene acceso a los recuerdos que no han sido reprimidos y son fácilmente accesibles.

 Parece surgir en primer lugar de la colisión entre el factor somático y el entorno, y, una vez establecido como sujeto, se desarrolla a partir de nuevas colisiones con el entorno y el mundo interior.

  El Yo es también el portador de la personalidad.

 La Persona:

El término latino Persona remite a la máscara que llevaban los antiguos actores en los rituales del teatro clásico. Jung emplea el término para referirse a las expresiones de energía arquetípica encaminadas a una adaptación de la realidad externa y a la colectividad. Nuestras Personas representan los papeles que desempeñamos en el teatro del mundo; son las máscaras que llevamos en nuestra relación con la realidad externa.

 La Persona, también podría considerarse como el arquetipo de la adaptación social. Podría aparecer en los sueños bajo el aspecto de ropas, uniformes, máscaras y cualquiera de los emblemas externos que una sociedad determinada considera como propios.

La Sombra:

 Representa cualidades y atributos desconocidos o poco conocidos del Yo, aspectos que, en su mayoría corresponden a la esfera personal (podríamos aquí introducir las representaciones reprimidas del discurso Freudiano). Pero, en algunos aspectos, la sombra también puede constar de factores colectivos que se entroncan fuera de la vida personal del individuo.

 Cuando un individuo hace un intento por ver su sombra, se da cuenta de cualidades e impulsos que niega en sí mismo, pero que puede ver claramente en otras personas: cosas tales como pereza, intrigas, negligencias, miedo, apetito descontrolado de dinero o de sexo y un largo etc.

 Es particularmente en contacto con gente del mismo sexo cuando una persona se tabalea entre su propia sombra y la de los demás. Si vemos la sombra en una persona del sexo opuesto generalmente nos molesta mucho menos.

 Por tanto en los sueños y los mitos, la sombra aparece como una persona del mismo sexo que el soñante.

 El Anima:

El ánima es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales como vagos sentimientos y estados de humor, sospechas proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor personal, sensibilidad para la naturaleza y de una forma especial, su relación con el inconsciente. No es pura casualidad el que en los tiempos antiguos se emplearan sacerdotisas (como la sibila griega) para interpretar la voluntad divina y para establecer comunicación con los dioses.

 En su manifestación individual, el carácter del ánima de un hombre, por regla general, adopta la forma de la madre.

 Un ejemplo claro de cómo el ánima se experimenta como una figura interior en la psique masculina, se halla entre los chamanes, de un buen número de culturas, donde algunos de éstos llevan ropas de mujer o se pintan pechos femeninos.

 Jung observó cuatro etapas en su desarrollo. La figura de Eva es la mejor simbolización de la primera etapa, la cual representa relaciones puramente instintivas y biológicas. La segunda puede verse en la helena de Fausto, representando un nivel romántico y estético, pero aún caracterizado por elementos sexuales. La tercera esta representada, por ejemplo, por la Virgen María, una figura que eleva el amor a las alturas de devoción espiritual. El cuarto tipo lo simboliza la Sapiencia, la sabiduría que lo transciende todo.

El Ánimus:

Es la personificación masculina en el inconsciente de la mujer. Toma por regla general la forma de convicción “sagrada”, oculta. Cuando tal convicción es predicada con voz fuerte, insistente o impuesta a otros por escenas de intensa emotividad, es ahí, donde podemos ver al ánimus.

  Al igual que el carácter del ánima de un hombre está moldeado por su madre, el ánimus está básicamente influido por el padre de la mujer. El padre dota al, anima de su hija con el matiz especial de convicciones indiscutibles, irrecusablemente verdaderas, convicciones que jamás incluyen la realidad personal de la propia mujer tal como es realmente. Este compañero interior puede dotar de cualidades como iniciativa, arrojo, objetividad y sabiduría espiritual.

 El ánimus al igual que el ánima muestra cuatro etapas de desarrollo. La primera aparece como la mera personificación del poder físico, como puede representar la figura del atleta. En la segunda etapa, posee iniciativa y capacidad para planear la acción. En la tercera, el ánimus se transforma en la palabra, apareciendo con frecuencia como profesor o sacerdote. Finalmente, en su cuarta manifestación, el ánimus es la encarnación del significado.

El Si Mismo:

Representa el núcleo más íntimo de la psique, es el órgano psíquico de adaptación por excelencia. El Si Mismo es el encargado de organizar la vida en cada una de las fases del ciclo vital y de efectuar el mejor ajuste que las circunstancias concretas permitan. El Si Mismo tiene una función teleológica, por cuanto posee la característica innata de buscar su propia realización en la vida.

 El objetivo del Si Mismo es la totalidad. Jung llamó búsqueda de la individuación a este proceso que se prolonga durante toda la vida; la individuación es la razón de ser del Si Mismo; su propósito intrínseco es alcanzar la autorrealización más completa en la psique y en el mundo.

 En los sueños de una mujer este centro está generalmente personificado como figura femenina superior: sacerdotisa, hechicera, madre tierra o diosa de la naturaleza o del amor. En el caso del hombre, se manifiesta como iniciador y guardián, anciano sabio, espíritu de la naturaleza, etc. 

  * La tipología.

 El Yo, como portador de la personalidad, está situado en la confluencia del mundo interior y el mundo exterior. Entre las personas pueden observarse diferencias en cuanto a cuál de estos dos mundos es más importante para ellas, diferencias que determinan su tipo de disposición: para los extrovertidos, el mundo exterior es más importante, mientras que los introvertidos se orientan principalmente hacia sus experiencias interiores.

 Jung observó asimismo que las personas son diferentes en función del uso consciente que hacen de cada una de las cuatro funciones primarias: pensamiento, sentimiento, intuición y sensación. En cada individuo, una de estas funciones adquiere el rango de superior, lo cual significa que alcanza un desarrollo más elevado que las demás funciones por hacerse un uso mayor de ella. Esto determina el aspecto funcional del tipo psicológico.

  *Sincronicidad.

 Jung define la sincronicidad como un fenómeno donde se produce la presencia de dos acontecimientos, que tienen una relación de significado, de forma simultanea en el tiempo, sin que halla mediado la ley de la causa y el efecto. Sería como una relatividad del tiempo y el espacio condicionada por la mente.

 En la concepción original del mundo que tenía el hombre, tal como la encontramos en los pueblos primitivos, el espacio y el tiempo tienen una existencia precaria. Son conceptos objetivados nacidos de la actividad analítica de la mente consciente  y constituyen las coordenadas indispensables para la descripción de los cuerpos en movimiento. Pero si el espacio y el tiempo no son más que propiedades aparentes de los cuerpos en movimiento y están creados por las necesidades del observador, su relativización mediante las condiciones psíquicas deja de ser algo asombroso para entrar en los límites de la posibilidad. Esta posibilidad se presenta a sí misma cuando la psiquis observa no a cuerpos externos, sino a sí misma. 

 Estas coincidencias significativas, por tanto, hay que distinguirlas de las meras agrupaciones del azar, y siempre podríamos encontrar en ellas una base arquetípica.

 5.4.Aspectos técnicos del Análisis Jungiano.

 Cuando hablamos de un análisis de orientación Jungiana no podemos hablar de planificación. Este trabajo se basa en la escucha directa de lo que el inconsciente nos va marcando, en otros términos lo que el inconsciente quiere de nosotros.

 Si bien es verdad, que de forma bastante frecuente, hay un encuentro progresivo con determinadas “figuras” del inconsciente, que suele partir de la sombra, profundizar con el ánima o el ánimus y llegar al sí mismo, durante el camino hay un material diverso, donde el inconsciente colectivo (los arquetipos) son activados por los diversos complejos (inconsciente personal) y todo ello en una actitud de la psique inconsciente claramente compensadora de los programas unidireccionales a los que la mente consciente nos mantiene acostumbrados. Con lo cual sería imposible hablar de etapas en el proceso terapéutico.

 Ni siquiera podríamos hablar de un diagnóstico inicial, siendo la tipología Jungiana una pura descripción que nos permite entender, pero que no nos orienta en la actuación. La única orientación posible parte de la escucha del inconsciente.

 Soy consciente que estas primeras notas acerca de la praxis jungiana son tomadas del discurso jungiano ortodoxo, como el mismo Jung planteaba o alguno de sus discípulos directos, como M. L. von Franz, no siendo válido para algunos analistas neo-jungianos, como Spiegelman, que buscan una síntesis de planteamientos entre la psicología analítica y el psicoanálisis.

 Dentro de la visión ortodoxa, donde lo importante es el acceso directo a lo que el inconsciente nos dice, hemos de describir dos vías de acceso, los sueños y la imaginación activa.

 * Los sueños.

 De acuerdo con la concepción jungiana, la función de los sueños es procurar una adaptación mejor a la vida mediante compensaciones de las limitaciones parciales de la conciencia. Los sueños podrían introducir factores nuevos e inesperados en la situación global de la persona, por lo que nos permitirían ver las cosas de modo distinto y con una perspectiva más amplia. Además, merced a su acción compensadora, los sueños podrían apoyar al yo y fortalecerlo, así como favorecer el desarrollo de la personalidad.

 Es claro, que la explicación jungiana del sentido de los sueños parte de una visión finalista, la orientación de ellos hacia un objetivo, la mejor regulación de la psique (a diferencia de la visión freudiana que recalca el papel de la causalidad, el sueño como realización de deseos encubiertos).

 Jung rechaza la idea de que el sueño fuera una fachada que ocultase el verdadero significado y recalca la importante capacidad del inconsciente para crear símbolos, cuya manifestación directa se daría en los sueños(Jung plantea que el pensamiento onírico es una forma filogenética anterior d nuestro pensamiento, similar a los idiomas primitivos en los que encontramos multitud de expresiones floridas en su uso). La psique, como todo sistema homeostático eficiente, posee la capacidad de curarse a si misma, y en ese poder de autocuración reside en la función compensadora del inconsciente. Esta extraordinaria capacidad nunca dejó de fascinar e inspirar a Jung, y la llamó función trascendente. Llegó a la conclusión de que nunca podemos resolver los problemas más vitales de la vida, pero que, si somos pacientes, podemos trascenderlos, y en este sentido las imágenes oníricas nos prestarían una importante ayuda.

 Junto con la función básica de la compensación, Jung distingue una función prospectiva del sueño. Esta función consistiría en una anticipación de las futuras acciones conscientes, que se presenta en lo inconsciente, algo así como un ensayo previo, o como un esbozo o plan proyectado con antelación. Su contenido simbólico es, en ocasiones, el bosquejo de la solución de un conflicto.

 Y dentro de la función compensadora encontramos, lo que Jung denomino papel compensador negativo o también función reductora. La función reductora del sueño actúa sobre un material compuesto esencialmente por los deseos sexuales infantiles reprimidos (Freud), por los anhelos infantiles de poderío (Adler) y por residuos de instintos, pensamientos y sentimientos arcaicos y colectivos.

 Como podemos observar, la visión que tiene Jung del sentido de los sueños es una visión integradora, donde no cuestiona en que halla sueños que sean la realización de deseos de forma encubierta, lo que cuestiona es que este aspecto se convierta en el sentido general de los sueños, donde se haga de lo particular un principio general.

 El hecho de poder analizar los sueños y poder traducir a nuestro lenguaje el sentido simbólico del que son portadores sería una suerte de maduración acelerada, que nos permitiría dar pasos importantes en el camino de nuestra individuación.

 A la hora de plantear los elementos técnicos para interpretar el simbolismo de los sueños nos encontramos con muy pocas reglas fijas, dentro de estas encontramos:

1) La mayoría de los sueños pueden ser interpretados de forma subjetiva, esto quiere decir que las imágenes oníricas corresponden a figuras de la psique viva del analizado.

 

2) Es importante conocer la situación consciente del analizado, pues no podemos olvidar el importante papel compensador de las imágenes oníricas.  

 

3) La asociación libre que se lleva acabo a la hora de analizar los diversos fragmentos que configuran el sueño se realiza sin perder de vista el hilo conductor de la trama del sueño.

 

4) Se utiliza el método de la amplificación cuando aparece la dificultad por establecer asociaciones acerca de un material, y vemos que su matriz simbólica puede corresponder a una realidad arquetípica (ampliación con los significados que provienen del pensamiento mitológico).  

 

5) Se ha de interpretar el sueño tal como se presenta, sin pensar que pueda existir un material deformado por la condensación y el desplazamiento.

*La imaginación activa.

Jung denominó imaginación activa al proceso por el cual damos un nombre personal al complejo y empezamos a mantener “un dialogo” con él de forma empática, de la misma forma como si mantuviéramos una conversación con otro ser humano. Este tipo de interacción permite una toma de conciencia radical de nuestro complejo, al mismo tiempo que da la posibilidad a la psique inconsciente de expresarse, a través del lenguaje de la fantasía. Este proceso puede provocar una redistribución de energía psíquica dentro de la psique individual. Miedos, aprehensiones y susceptibilidades se pueden difuminar a través del simple proceso de hablarlos. Dentro de esta concepción de la imaginación activa también podemos incluir el trabajo creativo (pintura, escritura, escultura, etc.) que sirve para “materializar” el inconsciente, dándole una presencia clara y activa en nuestra vida.

 5.5.Consideraciones finales.

 De lo expuesto anteriormente, podemos ver como el trabajo jungiano es un trabajo donde se prima la introversión. El cocido de las emociones (por utilizar un símil que nos acerca al trabajo alquímico) y su traducción en imágenes simbólicas sería el objetivo básico del proceso.

 Comparte con la psicología psicodinámica, en su sentido genérico, la necesidad de hacer consciente los contenidos inconscientes, pero lo básico del proceso no sería la descarga, sino saber “eso que el inconsciente nos está pidiendo”.

 La vida de Jung fue la típica vida del introvertido, que miró básicamente hacia el interior de su psique, y su obra fue un vivo ejemplo de esta realidad.

 Su obra se alinea, de forma mucho más clara, con las hipótesis constructivistas, pues para Jung, el mito sería un verdadero constructor de la vida psíquica pero, a su vez, aparecería en la realidad social de forma proyectada (incluyendo las diversas tareas que el sujeto lleva adelante, como es el hacer ciencia).


[1] En Gerhard Wehr. Jung. Paidós, 1991,26

[2] En Gerhard Wehr. Jung. Paidós, 1991, 27

[3] C. G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, 1964, 24

[4] C. G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, 1964, 156

[5] C. G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, 1964, 159

[6] C. G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, 1964, 168

[7] C. G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, 1964, 183


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