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¿CÓMO REDUCÍAN LAS CABEZAS LOS JÍBAROS?
José
Martínez Iglesias
Los
jíbaros, unos indios que habitan al norte del río Marañón, en el altiplano
ecuatoriano, tenían la desagradable costumbre de reducir al tamaño de una
mandarina las cabezas de los enemigos muertos en combate.
En una pomposa ceremonia, dirigida por el hechicero, la cabeza reducida o tsantsa pasaba a ser un trofeo, un fetiche de buena suerte para el guerrero que había derrotado a su adversario.
Según cuenta la leyenda, todo aquel que tiene en su poder una tsantsa adquiere poderes sobrenaturales, y está a salvo de los espíritus malignos.
El proceso completo de la reducción aún es un misterio para la ciencia. Después de haber pelado la cabeza recién degollada, los indios la introducían, condimentada con extraños brebajes, en un caldero con agua hirviendo. Tras la cocción, los jíbaros extraían el contenido de la calavera y, una vez limpia, era cubierta con una mezcla de tierras y rodeada con piedras calientes. Pasado un tiempo, la desenterraban y aparecía una versión reducida de la faz del guerrero del tamaño de un puño, sin alterarse su fisonomía.
Parece ser, que el secreto de esta práctica estaba en la composición de las pócimas que los chamanes jíbaros guardaron celosamente hasta que hoy se ha perdido.
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