|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
Imelda
perdió a su marido en extrañas circunstancias.
El
pobre hombre desapareció sin
dejar
rastro mientras viajaba como
representante de comercio por toda España,
y
cuando
Imelda
creyó que no lo volvería a ver nunca,
la
policía le llamó para que identificara el
cadáver.
Cosa
que no pudo hacer porque el cuerpo que le enseñaron estaba
completamente
descompuesto.
La
autopsia no reveló gran cosa y el caso se dio por cerrado, pero Imelda
sentía una opresión en el pecho que no la dejaba vivir.¿Qué había
pasado en realidad con su marido?¿Por qué había desaparecido? ¿Con
quién se había ido? ¿Cómo murió? ¿Por qué la había abandonado?
Imelda no podía conformarse con su destino así como así. Sobre todo
porque su marido le había dado reiteradas muestras de amor y cariño, pero
había algo que a Imelda siempre le había llamado la atención, aunque no
le había dado hasta entonces la mayor importancia.
-No
sé que vas a hacer si mi
cuando me muera -le decía a menudo su marido, como bromeando pero con la
cara triste-, no sé que vas a hacer sin mí...
-¿Pero
de qué hablas? -le contestaba Imelda sin tomarlo en serio- ¿Es que piensas
morirte pronto?
-Sí,
muy pronto...
-¡No
seas gafe! -bromeaba Imelda- ¡No te puedes morir hasta que termines de
pagar todas tus deudas!
Imelda
se sentía abrumada al recordar esas charlas,
y más mal se sentía al recordar las últimas palabras de su marido.
-Me
voy, cariño.
-¿Adónde?
-Tengo
que dar la vuelta a España.
-Ve
con cuidado.
-Sí,
no te preocupes, ya he pagado todas mis deudas.
-¿¡Qué!?
-Que
ya he pagado todas mis deudas...
Y
al decirlo puso en marcha el automóvil y se fue agitando la mano. Imelda,
incapaz de dormir sin tener pesadillas y presa de sus recuerdos, fue en
busca de brujas, magos, médiums, para encontrar una razón a todas sus
desgracias, pero no tuvo éxito.
Todos
los profesionales del más allá que visitó
fueron un verdadero fiasco, ninguno de ellos atinó a contestarle sus
preguntas. Le adivinaron algunas cosas, cierto, pero no le daban ninguna
respuesta al misterio.
Amigas
y familiares le aconsejaban sobre tal y cual adivino, sobre tal y cual
vidente, pero el resultado final era casi siempre el mismo: tres o cuatro
pinceladas sobre su carácter y el de su difunto marido, tres o cuatro
frases sobre sus enfermedades y
tres o cuatro vaticinios que nunca se cumplían, pero acerca de la muerte de
su esposo, sólo escuchó tonterías y deducciones totalmente equivocadas.
Los
médiums, por regla general, se cernían más sobre tópicos de darle luz al
muerto, de llevarlo al cielo, de darle amor, de limpiar su alma y demás
sensiblerías por el estilo. Unos intentaban imitar la voz de su marido, sin
conseguirlo nunca; otros entraban en ridículos trances y contactaban con
toda clase es seres celestiales; otros más intentaban "sacarle el
muerto de encima", pero nadie iba al meollo del asunto.
Un
día, en una fiesta, unos conocidos suyos se pusieron a jugar a la Ouija con
una curiosa invitada, una chica que distaba mucho de parecer una bruja o una
médium, y que parecía tomarse a broma el mundo de los muertos. Imelda, al
ver a los demás hacer preguntas sobre familiares y amigos muertos, se
alejó lo más posible del grupillo, cuando
empezó a escuchar que aquella chica estaba atinando a todas
las preguntas que le hacían, decidió que había llegado el momento
de volver a su casa. Ya había tenido bastante de todas esas ridiculeces, y
había gastado demasiado tiempo, dinero, esfuerzo y dignidad, como para
quedarse ahí a escuchar historias de muertos. Aquella chica desconocida no
cobraba nada, sólo estaba jugando, y nada le hubiera costado preguntarle
por su marido, pero, además de todo, no le gustaba el poco respeto con que
trataba a los muertos.
Cuando
Imelda estaba despidiéndose de los anfitriones, la chica gritó desde el
fondo:
-¿Quién
conoce por aquí a un tal Fernando Martínez Morales?
Imelda
sintió que el alma le daba un vuelco, de pronto se sintió víctima de una
cruel broma y se puso a llorar. Los anfitriones intentaron consolarla y
explicarle que nadie le estaba gastando broma alguna, pero Imelda, en lugar
de hacerles caso se encaró con la chica de la Ouija.
-¿¡Quién
te ha dicho el nombre de mi marido?!
-Un
espíritu que tengo de amiguete en el más allá -respondió con desenfado
la chica.
-¿¡Cómo
te atreves a mencionar su nombre?!
-¿Tú
tienes un lunar bajo el pecho izquierdo, verdad? -dijo la chica sin
inmutarse.
-¡Sí!
¿Y qué?
-Y
tu marido te decía siempre: "No sé qué vas a
hacer sin mí cuando me muera".
Imelda
se puso blanca mientras la chica de la Ouija insistía.
-Y
lo último que te dijo fue: "No te preocupes, ya he pagado todas mis
deudas" ¿Verdad que sí?
Imelda
seguía sin contestar, así que
la chica de la Ouija continuó:
-Pues
bien, tu marido no está muerto. Fernando Martínez Morales vive en
Sudamérica con otra mujer, es rico y feliz, raras veces se acuerda de ti.
Pero, si quieres saberlo, dentro de tres meses y tres días volverá hasta
ti a pedirte perdón, porque lo habrá perdido todo. Así como te
traicionó, así será traicionado.
-¡Maldita
mentirosa! -gritó Imelda desencajada y salió corriendo de aquel lugar.
Durante
tres meses estuvo enferma, con fiebre, delirios, alucinaciones y todo tipo
de terribles pesadillas. Se le aparecían fantasmas, oía gritos, ruidos
raros y se pasaba los días llorando.
Tres
meses y un día más tarde, fue a visitar
a un reputado jesuita, un exorcista en toda regla, que la riñó por
haber jugado con la Ouija y le sacó varios
demonios y espíritus malignos que la habían contaminado en la sesión, y
finalmente le aconsejó que aceptara la muerte de su marido tanto como los
misterios que habían que habían rodeado la misma, que sólo la aceptación
y la resignación podrían curarla. Le hizo una especie de ritual cristiano
y la mandó a casa mucho más tranquila.
Tres
meses y dos días más tarde, por fin pudo dormir y descansar, sin
fantasmas, pesadillas ni visiones, segura de que el jesuita la había curado
por obra de Cristo y de Dios. Tres meses y tres días más tarde, alguien
intentó abrir la puerta, pero como la cerradura había sido cambiada, tuvo
que llamar a la puerta. Imelda, todavía adorminalada, salió a abrir y,
para su sorpresa, su "difunto" marido, visiblemente acabado y
delgado, pálido y cariacontecido, como un verdadero fantasma, pero
completamente vivo, se ponía de rodillas ante ella y le pedía perdón con
la lágrimas en los ojos.
-Lo
siento -le dijo Imelda con frialdad-, pero para mí has muerto hace tiempo.
Porque, por si no lo sabías, en realidad tú ya estás muerto y enterrado
desde hace más de dos años.
Fernando
se quedó de piedra, pero no por las duras y despectivas palabras que le
había dicho Imelda, sino porque Imelda era una visión translúcida, que
sostenía el pomo de la puerta con una mano huesuda y se movía levemente de
un lado para otro sin piernas.
Cuando
supo reaccionar, corrió hasta la habitación matrimonial y en la cama se
encontró un cuerpo helado y rígido, menoscabado por tres meses y tres
días de agonía. Al girar la cara se encontró con el rostro fantasmal de
Imelda, casi tan sorprendida como él, que le dijo con su gélido aliento:
-Ya
lo ves, yo también estoy muerta, pero no te preocupes, ya he pagado todas
mis deudas...
Hoy,
en el pabellón más sórdido de un conocido manicomio nacional, hay un
hombre deformado por la más feroz de las locuras, que se pasa el día
gritando:
-¡Maldita,
maldita, no sé qué vas a hacer sin mí cuando me muera!
Mientras
que otros locos juegan a una Ouija imaginaria, preguntando por los espíritus
desencarnados de la Tierra.
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total.
Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial
Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite
autorización. |