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El darwinismo supone
como hominización, un proceso en el cual el ser humano
a llegado a ser lo que es a partir de un simioide; otorgando le
sus seguidores a esta hipótesis la categoría de
dogma científico, saltándose las muchas dudas e
incognitas que suponen esta aceptación. Es evidente que para llegar
al estado humano ha de haber mediado un proceso de hominización,
pero no parece que el mono haya ido hominizándose paulatinamente
hasta llegar a lo que ahora somos. Voy a comenzar con fuego la
exposición de algunas de las dudas que no resuelve el darwinismo.
El fuego es en realidad uno de los enigmas más profundos del hombre. Es considerado como elemento fundamental para el desarrollo de la civilización, en cambio solo los seres que hubieran logrado un considerable nivel civilizatorio podrían acceder a su utilización, control y posterior transmisión cultural a sus descendientes.
Aquí surge una
cuestión trascendental a mi modo de ver ¿Como pudo
el hombre dominar el fuego?. Un ser en estado salvaje no podrá
controlar el fuego, ni descubrir la utilidad de algo que le inspira
temor; jamás se acercará y mucho menos se le ocurrirá
pasar un tiempo relativamente largo frotando ramas secas ó
golpeando piedras, en espera de hacer saltar la chispa; sólo
conociendo "a priori" la utilidad del fuego y como se
produce podría intentar su obtención. El animal
que se quema teme al fuego y lo evita en el futuro. Una cosa es
aceptar que un medio mono tomó una brasa encendida e hizo
maravillas con ella, porque es así y porque además
es la única manera de que un simioide cubriera etapas para
llegar hasta el ser humano; y otra bien distinta es aceptar otras
posibilidades - fruto de profundas reflexiones - que muchas veces
van en contra de la opinión dominante.
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Observamos en circos que el hombre logra enseñar al simio a montar en bicicleta, en cambio, si enviamos miles de bicicletas a la selva y parques naturales de Africa, es difícil suponer que chimpancé alguno aprenda a montar en bicicleta por si solo. La reacción del chimpancé ante tal artefacto, podría ser cualquiera - jugar con ella, colocarla ruedas arriba, saltar encima, rompería,... - pero seguramente a ninguno se le ocurriría colocarla en una posición sobre la que no se sostiene por si misma y montarla con éxito, imaginemos además que se tratase de un objeto que le inspirara temor.
Sólo un chimpancé adiestrado en un circo ó que mantuviese en el recuerdo la visión de tal hecho, tendría probabilidades de montar la bicicleta, a pesar de la gran diferencia entre el firme de la pista circense y el escenario en que habitualmente se desenvuelven.
La misma idea me hace dificil imaginar a un homínido simioide acercarse al fuego - sin un conocimiento previo de su manejo -siendo improbable que con este temor pudiera encontrarle alguna utilidad. Una llama, si no se sabe controlar, se apaga rápidamente o en poco tiempo alcanza proporciones catastróficas. Además podrá observar el fuego, pero no determinar cómo ha sido producido - en todo caso si lo generaba la caída de un rayo lo achacaría seguramente a un origen divino y misterioso -.
Con todo, le será
imposible encender y controlar una hoguera.

El ser prehumano debió hominizarse en otra época, en otro ambiente en que el fuego fuese una curiosidad más que una necesidad para el desarrollo de la civilización. Sólo en un entorno mucho menos hostil, más benigno y sociable, en el que el hombre disfrutase quizá de un mayor porte físico que le permitiera un mayor dominio sobre la naturaleza, de un elevado grado de humedad en la piel que hiciese menos lesivo y doloroso el contacto accidental con el ruego, la cercanía a medios acuáticos y una posible alternancia vital con estos que disminuyera el trágico efecto de los incendios. Sólo entonces se pudo dominar el fuego y desarrollar las primeras grandes civilizaciones humanas.
Partiendo de similares reflexiones llegué a pensar en la imposibilidad de que un antropoide simiesco descubriera como de una semilla iba a crecer un árbol que al cabo de unos años daría el fruto apetecido. Dicen algunos antropólogos que el hombre se hace sedentario cuando descubre la agricultura, pero es que si no es sedentario no tiene posibilidad de conocer la agricultura. Si es cazador, su preocupación será trasladarse continuamente en busca de caza o situarse en una vía de paso para los animales, concentrando su atención en el acecho de sus posibles víctimas; si en cambio es recolector de frutos, su mirada estará en los árboles, no en el suelo; y si por el contrario, se ha hecho sedentario por estar en una zona donde tiene abundante caza y gran cantidad de frutos a su alcance, ¿para que necesita entonces la agricultura?. Es más sencillo razonar los fundamentos de la geometría euclídea y la esfericidad de la tierra - por poner unos ejemplos - que descubrir la agricultura.
En cuanto a las posibilidades del hombre de las cavernas, además del fuego, fabricaba hachas de piedra, trabajaba los metales y confeccionaba calendarios, lo cual indica notables conocimientos sobre la resistencia de las rocas que utilizaba, mineralogía y astronomía. Técnicas, todas ellas, que responden a necesidades en orden superiores a las de un antropoide surgido de las oscuras profundidades de una sociedad simiesca. Entonces, ¿cómo pudo el hombre de las cavernas alcanzar estos conocimientos?.
Otro detalle interesante en la historia humana, es cómo llegó el hombre al conocimiento de las plantas medicinales. Las tribus indígenas dicen haber aprendido de sus antepasados las practicas curativas que utilizan. Es difícil imaginar a un pitecoide hacer un "screening" ó búsqueda de plantas al azar para colocárselas ante un dolor o herida; no solo es difícil imaginar a un antropoide en esta situación, tampoco los indígenas actuales suelen tomar la primera planta que encuentran para aliviar su dolor cuando el hechicero de la tribu es incapaz de aliviar su mal. Este conocimiento parece ser heredado ó de alguna manera revelado, y no obtenido casualmente ni por búsqueda al azar.
Al parecer, otro punto clave en el proceso de hominización fue la adopción de la postura bípeda vertical que trajo consigo la liberación de las manos ante la funión locomotora; las manos podían así especializarse en la fabricación y utilización de instrumentos dando lugar al origen de la técnica. El desarrollo del cerebro fue posterior a la adopción de la marcha bípeda.
En tal caso retrocedamos en el tiempo hasta la Era Mesozoica - ó Secundaria -, entre la fauna de la época encontramos al numeroso y variado grupo de los dinosaurios, quienes - dados los últimos estudios y superada ya la idea de torpes y estúpidos lagartos heredada del siglo pasado - tenían muchos puntos en común con los mamíferos: examinando al microscopio electrónico el fémur de estos seres, se vio que su tejido óseo poseía un excelente riego sanguíneo sólo apreciado en los mamíferos y nunca en los reptiles; John Ostrom, paleontólogo de la Universidad de Yale, asegura que, desde el punto de vista anatómico, la prueba más clara de la endotermia está en la postura erguido y en la gran distancia entre el corazón y el cerebro de los dinosaurios; en este sentido, solo un corazón como el de los mamíferos y las aves, con cuatro cámaras y una completa separación entre la sangre arterial y la venosa podría permitir la presión suficiente para bombear la sangre a la cabeza. Como demuestran sus huellas, vivían en grandes manadas, poseían categorías sociales y disponían incluso de una especie de asistencia social a las crías, en las manadas, los adultos mayores se situaban a la cabeza con las crías protegidas en el centro. La actitud bípeda y la capacidad prensil eran otras de sus peculiaridades; tenían dedos de tipo articulado, capaces de muy diversas maniobras y cerebros de gran tamaño.
De hecho, según el Dr. Dale Russell, del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Ottawa, Canadá, los cerebros de algunas de estas criaturas eran siete veces mayores que en los reptiles modernos, además, sus cerebros tenían circunvoluciones, lo que les confería una mayor superficie total. "En otras palabras" - dice el doctor Russell - "eran tan inteligentes como el hombre primitivo"; los dinosaurios poseían un oído muy perfeccionado y también sus dientes habían evolucionado, pasando de tener simplemente forma de púa - propia de muchos reptiles, como por ejemplo el cocodrilo actual - a diferenciarse en incisivos frontales para morder, caninos para desgarrar y molares de superficie plana para masticar.
Con estas características incluso podría tomarse en consideración la, idea de un ser inteligente a partir de la gran diversidad de seres bípedos de la Era Secundaria, hipótesis que adquiere consistencia lógica si tenemos en cuenta que los antecesores de aves y mamíferos de marcha bípeda puede estar entre los saurios de disposición bípeda del Mesozoico. Esta apreciación se basa en los más elementales principios físicos; la clave que permite a un animal la posición erecta es un centro de gravedad situado hacia la mitad posterior del cuerpo y una fuerte y desarrollada cola, que efectuando contrapeso permita cierto balanceo al tronco del animal para facilitarle la elevación de la parte anterior del cuerpo sobre la posterior; esta característica - propia de muchos seres del Mesozoico - le permite al canguro colocarse con facilidad en posición bípeda y sin reportarle gran esfuerzo mantenerla cierto tiempo, pudiendo utilizarla en sus desplazamientos. Otros mamíferos, aunque pueden adoptar la postura erguida - caso del oso ó el simio antropoide - les cuesta un mayor esfuerzo que impone volver a situarse sobre sus cuatro extremidades, disposición esta que les permite mayor velocidad y agilidad. Las limitaciones biomecánicas de un cuadrúpedo le impiden la locomoción bípeda.
Volviendo sobre tiempos geológicos, desde hace aproximadamente 215 millones de años - y durante al menos 150 millones de años - había ya serios candidatos que reunían las características necesarias para el desarrollo de la inteligencia. Su estado de posición bípeda junto a la liberac16n de la mano - fundamentales para el desarrollo del cerebro y la aparición de la técnica - pudo haber producido superseres de inteligencia insospechada a lo largo de todo ese periodo de proceso evolutivo; además la Era Mesozoica está considerada como una especie de paraíso climático para la vida, lo que facilita el desarrollo de facultades superiores como la inteligencia y el progreso de los grupos sociales. Como dato comparativo, al hombre actual, con todo su bagaje de conocimientos, tanto científicos como tecnológicos, se le reconocen - al menos oficialmente - unos 3,5 millones de años de marcha bípeda - intervalo de tiempo ridículo si lo comparamos con los 150 millones de años en que los dinosaurios dominaron la Tierra - . En este último millón de años el ser humano tuvo que atravesar crudos períodos glaciares y durísimas condiciones de vida.
El ser humano es quizá el mamífero menos adaptado a su entorno, esta deficiencia debió ser suplida - para poder desarrollarse como especie - por un elevado desarrollo de la inteligencia, lo cual debió tener lugar mucho antes de que el hombre tuviera que luchar por la supervivencia contra simios y otras fieras, ante las cuales se hallaba en clara desventaja en ambientes gélidos y hostiles. El simio antropoide es un animal anatómica y fisiológicamente mucho más especializado para sobrevivir en el medio en que se desarrolla, por tanto su aparición debió ser posterior a la del hombre.
La postura bípeda
pudo desarrollarse en el medio acuático y ser muy anterior
a los 215 millones de años que he fijado anteriormente.
Entre los primeros seres que colonizaron la tierra - procedentes
del hábitat marino - podrían haber seres bípedos
y con capacidad prensil que podrían haber aprovechado la
poca ó casi nula competencia que el nuevo hábitat
les ofrecía para su desarrollo.

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