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La cultura de Hallstatt recibe este
nombre por el poblado así llamado, en Austria, característico de la época.
Las novedades aportadas por esta civilización son el uso intensivo del hierro,
conocido en Europa desde el final de la Edad del Bronce, pero no usado más que
raramente.
Los emigrantes europeos (de lengua indoeuropea) representantes de la cultura de Hallstatt aportaron un tipo peculiar de bocado de caballo que después se extendió aun más (se han efectuado hallazgos en Bélgica). Sus influencias culturales se concretaron en la introducción de métodos de doma y monta de caballo, la difusión de la espada de hierro y una nueva técnica de combate a caballo; y sobre todo existía en los pueblos tracio-cimerios una casta aristocrático-feudal de caballeros (se localizan tumbas de gran riqueza con armas, joyas, monturas y todo de alto valor artístico) que cada vez se hará más poderosa (en las tumbas de una época alrededor del 600 a.C. se localizan también lujosos carros de cuatro ruedas y carros de combate de dos ruedas).
Las
regiones afectadas por las penetraciones indoeuropeas presentan un mosaico de
culturas regionales muy dispares, pero algunas de ellas presentan relaciones o
parentescos imposibles de explicar por la simple vecindad geográfica. Se ha
sugerido (es una mera hipótesis) que las grandes familias aristocráticas
fundaron dinastías y crearon Estados o Reinos cuya autoridad se extendía a
otros territorios vasallos o concedidos en una especie de feudo, a menudo
alejados unos de los otros, a semejanza de la época medieval. Los vasallos
sometidos a la misma dinastía podían ser del Norte de Francia o del Norte de
Italia, pero al estar nucleados por un mismo clan dirigente adoptaban unas
características similares sin perjuicio de las variaciones locales.
Otro
factor de asimilación de las diversas culturas indoeuropeas es el comercio
mediterráneo acreditado por hallazgos diversos, colaborando especialmente con
los etruscos y sobre todo con los griegos que establecieron itinerarios
comerciales existiendo grandes mercados, la jurisdicción de los cuales daba al
príncipe celta a quien correspondía, una extraordinaria riqueza.
La
difusión de la Cultura se desarrolla por el desplazamiento de población
durante un periodo muy largo de años (750 a 450 a.C. al menos). La llegada de
los pueblos practicantes de esta cultura es progresiva. Cada llegada se reduce a
unos cientos de individuos con un caudillo y una organización propia; hablan
una lengua indoeuropea, pero que es distinta en cada grupo, tanto llegado con
anterioridad como con posterioridad a aquel de que se trate.
Cada
grupo de emigrantes establece un poblado o un grupo de poblados. Eventualmente
con la absorción de las poblaciones locales se forman tribus con un cierto
poder comarcal. La cultura del grupo dominante en la región se impone a otros
grupos menores también integrados por indoeuropeos, probablemente a causa de la
mayor penetración en la población local anterior a su llegada.
Aunque
sus establecimientos son permanentes parece ser que después de una o dos
generaciones en un mismo asentamiento se trasladaban a otro lugar, quizás por
el aumento de la población, o por causas comerciales, creándose grupos
culturales similares.
Los
hallazgos permiten a menudo distinguir diferencias de matices que podrían
indicar un origen “nacional” o “tribal” diverso, cuando no son de orden
cronológico.
La
cultura de Hallstatt en Navarra.
Este
periodo se desarrolla aproximadamente entre el año 700 y el 500 a.C.
A
partir del 800 a.C. aproximadamente, empiezan a penetrar en la Península Ibérica
grupos indoeuropeos, comúnmente llamados Celtas, procedentes del centro de
Europa.
Los
celtas formaban en realidad solo un componente de las diversas naciones de
lengua indoeuropea que se desplazaban. Los grupos de recién llegados eran muy
distintos entre si, pero tenían prácticas comunes. Sin duda el pueblo celta,
era solo uno de los diversos pueblos que alcanzaron la Península, y no solo no
era el único, quizás ni siquiera era el mas importante. A su vez cada pueblo
indoeuropeo, como el celta, por ejemplo, se subdividía en múltiples ramas y
tribus.
Estas
prácticas comunes, agrupadas en la llamada Cultura de Hallstatt, se
caracterizaban por el sistema de incineración de los cadáveres, que eran
conservados en urnas.
Sabemos
que en esta época los grupos indoeuropeos (llamados ahora Celtas o de la
Cultura de Hallstatt, mientras anteriormente se les englobaba en la denominación
de Protoceltas o de la Cultura de los Campos de Urnas) se desplazaron hacia el
Valle del Ebro, quizás cruzando los pasos pirenaicos orientales, en nuevas
oleadas.
El
poblado de Cabezo de la Cruz, en Cortes, es indicativo de este movimiento; de la
misma época son las ruinas del Cerro de Castejón en Arguedas, a casi tres kilómetros
al Sudeste de dicha villa. La penetración de los celtas en la zona parece
remontar a una fecha alrededor del 700 a.C.
Los
celtas (los indoeuropeos) cultivaban la tierra y dominaban la fundición del
bronce y del hierro, cuya posesión les daba cierta superioridad sobre los
pueblos cuyas tierras ocupaban.
La
práctica de la incineración (generalizada después del 600 a.C.) ha impedido
realizar estudios antropológicos para determinar la incidencia étnica de estos
pueblos indoeuropeos en los pueblos Pirenaicos. Con todo, la amplitud de los
hallazgos (cerca de cuarenta yacimientos en Navarra) permite asegurar una
incidencia étnica no despreciable. No obstante, como no se sabe la cantidad de
los indoeuropeos establecidos en Navarra (pues de los llegados en varias remesas
hay que descontar los que marcharon más tarde) ni la población local
(probablemente en torno a las tres o cuatro mil personas) ni las relaciones
entre ambas comunidades, la incidencia no puede establecerse, existiendo
opiniones sobre la total celtización de la mayor parte de Navarra, mientras
otras la niegan absolutamente, arguyendo que los hallazgos celtas de Navarra son
simplemente establecimientos locales cuya población habría adoptado la religión
de los pueblos incineradores y diversos aspectos culturales, o que habrían
acogido a alguna banda o grupo de indoeuropeos, pero que raramente se habrían
mezclado.
Efectivamente
se aprecia que la cultura de la incineración penetra con cierta rapidez en los
pueblos del Oeste, Centro y Norte de la Península, pueblos de cultura neolítica
tardía, donde apenas ha penetrado el bronce y los metales para el uso general,
mientras no penetra en la zona costera mediterránea donde el uso de metales
esta extendido (los hallazgos de carácter indoeuropeo se detienen allí donde
empiezan los emparentados con la cultura metalúrgica de El Argar), ni en el
Sur, donde se desarrolla la cultura Tartesia.
Los
poblados de los Celtas o indoeuropeos de la Cultura de Hallstatt se componían,
como los precedentes, de cabañas de madera de forma circular con una sola cámara
y una única puerta de acceso. El techo esta hecho con ramaje y paja y adopta
forma cupular. Pero estas construcciones fueron pronto sustituidas por cabañas
de piedra, de planta rectangular, con un sola puerta y con techo de ramaje
plano, a imitación de las existentes en la Península.
Como
sus poblados se situaban en lugares llanos o en alturas reducidas cercanos a los
ríos, o bien en alturas abiertas y accesibles (estos últimos eran
asentamientos donde la base económica es la ganadería, estando generalmente en
zonas montañosas), se deduce la inexistencia de necesidades defensivas. Su
predominio militar les hacia superiores a los pueblos locales. Además estos
adoptaron sus mismas costumbres y su religión, de forma que si en el periodo de
los protoceltas aun puede intuirse alguna precaución defensiva en el periodo de
Hallstatt los indoeuropeos ya no temen ningún ataque local. Curiosamente
tampoco se atacan entre sí, lo que podría indicar la existencia de principados
territoriales con un área de influencia muy definida.
Los
hallazgos permiten sospechar una vida de cierta pobreza, lo que unido a la falta
de yacimientos de minerales en toda la zona al Norte del Ebro, quizás hacia
poco apetecible el engrandecimiento a costa de batallas. No parece que ninguno
de los poblados indoeuropeos dispusiera de murallas. De algunos solo se conserva
el silo donde se almacenaba el grano.
Simultáneamente
la población autóctona conserva sus hábitat en cuevas, relacionándose cada
vez mas con los pobladores celtas (ya hemos citado los rastros de la cueva de
Valtierra).
Es
muy probable que la penetración indoeuropea estuviera relacionada con un
extenso movimiento comercial relacionado con la posesión de la técnica del
hierro, y que los establecimientos celtas fueran básicamente comerciales.
Se
han estudiado detenidamente las necrópolis del periodo de Hallstatt, no solo en
Navarra, casi todas las cuales han sido localizadas casualmente (ya que ninguna
indicación permite fijar su localización). Las tumbas son poco espectaculares.
El difunto era quemado y sus cenizas y los huesos conservados después de la
incineración se introducían en una urna de barro, semejante a una olla, a
veces junto a objetos personales. Una tapa cerraba la urna y esta se enterraba
con ofrendas a su alrededor colocadas en urnas más pequeñas que contenían
comida, agua y objetos de los cuales solo se han conservado los de metal. El
enterramiento se hacia en un hoyo no muy profundo (menos de un metro) donde se
colocaban las urnas, y el hoyo era cubierto por una piedra de forma aplanada,
sobre la cual se echaba tierra hasta cubrirla. Las tumbas se localizan cercanas
la una a la otra y el conjunto forma una necrópolis conocida por Campos de
Urnas (primitivamente fue llamada por los prehistoriadores alemanes Urnenfeldern).
Cuando se producía la muerte de dos o más familiares juntos eran enterrados en
el mismo hoyo, en urnas separadas, si bien también es posible que las tumbas en
los que se observan estos dobles o múltiples enterramientos tuvieran un carácter
familiar donde una familia iba enterrando a sus muertos durante un cierto
tiempo.
Cerca
de las necrópolis se situaba el Ustrinium, un espacio plano de piedra donde se
quemaban los cadáveres.
Estando
asociadas las prácticas funerarias a las creencias religiosas, no hay que dudar
que la nueva religión, desconocida para nosotros, se impuso progresivamente a
las poblaciones locales que, después del 600 a.C., ya se habían celtizado en
el aspecto religioso, y practicaban también la incineración, sin que se
conozcan otros elementos de las prácticas religiosas adoptadas, ni que aspectos
de la antigua religión pudieron sobrevivir en épocas posteriores.
Como
ya hemos dicho los indoeuropeos conocían la técnica de la fundición del
hierro, que habían descubierto los hititas hacia el 2.500 a.C., y que se
difundió por Europa Oriental hacia el 2.000 a.C. y después por Europa Central.
No obstante su uso era muy limitado. Tampoco con los celtas de la cultura de
Hallstatt puede hablarse de una difusión generalizada de los objetos de hierro
en la península Ibérica, y las armas y utensilios que estos usaban eran
mayoritariamente de bronce.
Se
conocen diversas espadas de la época de Hallstatt, época en la que tienen la
característica de ser alargadas como las anteriores (del periodo protocelta)
pero más anchas y con pomo en forma de seta insertado en la lengüeta. Las
hachas de hierro son trapezoidales.
En
general las armas de hierro daban a sus poseedores una indudable superioridad
militar pero en los poblados celtas apenas se han encontrado armas.
Probablemente se trataría de poblados pacíficos de comerciantes, que cambiaban
de emplazamiento cuando los productos que ofrecían, antes novedosos, habían
saturado el escaso mercado (no olvidemos la longevidad de los objetos de hierro
y la escasez de la población de la época) o bien cuando los clientes
potenciales habían aprendido las técnicas para fabricarlos ellos mismos.
El
alimento básico de los indoeuropeos en esta época era el trigo, y también las
bellotas.
En
toda la zona de Navarra abundaba el roble y la encina, mientras que el pino
estaba muy poco difundido.
Por
diversos hallazgos se sabe que los indoeuropeos se afeitaban la cara con unas
navajas de doble filo. Unían sus vestidos con fíbulas (imperdibles arcaicos) y
muy ocasionalmente con botones de bronce, si bien las fíbulas encontradas en la
Península Ibérica corresponden todas al periodo de La Tène en que su uso debió
generalizarse. Las mujeres usaban agujas largas con cabeza redonda,
probablemente para el pelo, y pendientes de piezas circulares; conocían las
pinzas y los hombres usaban cinturón, pues se han localizado hebillas; la
abundancia de hallazgos de navajas de afeitar permite suponer que esta era la
practica general, mientras que hasta entonces los hombres usaban barba (casi con
toda seguridad el afeitado era desconocido en Navarra).
Los
celtas eran monógamos, buenos jinetes y aficionados a la caza. Practicaban
bailes frecuentes. La agricultura asumía a veces un carácter de practica
colectiva. Aparte de la agricultura practicaban también la ganadería, y quizás
había también grupos guerreros.
Los
celtas eran parcialmente dolicocefálicos, pero poco acusadamente, mientras otra
parte eran braquicefálicos de gran capacidad craneal. Eran altos, esbeltos, de
caballos rubios, castaños o rojizos, (aunque con porcentajes apreciables de
morenos), ojos grises, verdes o de tonos claros y de facciones más bien agudas.
El celta clásico corresponde a un hombre de buena estatura, cabello castaño o
rubio, ojos verdosos, gran capacidad craneal, braquicefalia, frente ancha y
llena y el cráneo anterior poco desarrollado. El occipucio se acerca a la
vertical y las eminencias superciliares están muy desarrolladas. El ángulo
parietal es a menudo negativo. La cara es ensanchada en relación al cráneo.
Sus pómulos son marcados y apartados, y su mandíbula inferior cuadrada. La
cara es rectangular y aplastada. Su nariz es poco saliente y la fosa nasal del
cráneo tiene el dorso ligeramente cóncavo y el extremo levantado. La cabeza en
conjunto es grande mientras el cuello es estrecho.
Como
tribus celtas establecidas en la Península, conocemos a los Berones y
Pelendones (establecidos hacia el 700 a.C.), los Sefes, Lugones y Vetones
(llegados hacia el 600 a.C.), y los belgas o Galos (llegados hacia el 500 a.C.).
La
presencia en Navarra de los celtas esta acreditada por varios poblados y necrópolis.
En cambio no esta establecido con seguridad si se trataba de asentamientos
puramente celtas (indoeuropeos) o se trataba de poblados autóctonos que habían
adoptado la cultura celta y hasta quizás su lengua. La costumbre de los celtas
de incinerar a los muertos no permite la realización de estudios antropológicos
que hubieran dado respuesta a la cuestión. Sin embargo es licito suponer que la
aportación étnica de los indoeuropeos fue débil y que aunque crearan algunas
poblaciones mayoritariamente “celtas” , la mayoría hubo de estar formada
por poblaciones autóctonas con una aportación minoritaria indoeuropea, primero
como clase dominante, y con el tiempo, y habiendo impuesto su cultura y su
lengua, fundida con la población para dar origen a un nuevo pueblo de etnia autóctona
pero de lengua y cultura indoeuropeas.
Incluso
los autóctonos que no fueron sometidos a los celtas sufrieron su influencia, y
su cultura desapareció.
Tampoco
es posible asegurar si los indígenas aceptaron voluntariamente la cultura de
los indoeuropeos o les fue impuesta, pero la superioridad militar de estos y la
ancestral hostilidad a lo externo hacen mas plausible la idea de una imposición
por la fuerza.
Es
predominante en toda la zona del Valle del Ebro la cerámica excisa ( de ex,
fuera, y cisión, cortar), mientras más al Este predominan las vasijas bicónicas
de cuello cilíndrico con decoración acanalada. La cerámica del periodo
Hallstattico es más rica que en el periodo precedente.
Además
de ser diestros jinetes, y practicar a menudo la monta como diversión, los
celtas bailaban frecuentemente, y se dedicaban a la caza y otras ocupaciones
propias de la época.
La
última oleada de los pueblos celtas de la cultura de Hallstatt se traslado
hacia el Centro de la Península, Galicia, León y Asturias, y se caracterizo
por la aparición de antenas en los pomos de las espadas, las espadas cortas y
los puñales de herradura.
Hallazgos
en Navarra.
En
Navarra se han localizado treinta y siete yacimiento célticos, entre ellos uno
muy importante en Cortes que confirma que se dedicaban a la agricultura y a la
ganadería.
Las
estaciones de túmulos con incinerados (arrespil o baratz, equivalentes a los
cromlechs) se encuentran entre Ariège y el Mar, y al Sur desde el Oeste de
Vizcaya hasta Catalunya.
Todos
los emplazamientos se sitúan en la Navarra Media y Meridional, quedando libre
de ellos el Norte y Noroeste donde se conservo mas tiempo la cultura neolítica,
y que sigue viviendo en plena edad del Bronce.
Los
arrespil o baratz.
Los
baratz o arrespil característicos del periodo celta en la zona Pirenaica, son
cromlechs que tienen en el centro una especie de urna de piedra con cenizas. Las
construcciones tipo cromlech están formadas por piedras hincadas en el suelo en
forma de circulo.
La
vida en Navarra al final del periodo céltico Hallstattico.
La
poblaciones de cultura neolítica tardía habían sido parcialmente absorbidas
por los celtas, pero una parte de la población, alrededor de unas dos mil
personas quedo en las zonas del Norte y Noroeste de Navarra, libres del dominio
celta, aunque no se sabe hasta que punto estaban libres de su influencia.
La
mayor parte de la población, quizás unas tres mil personas, fue absorbida por
los celtas, o bien se asimilo a ellos culturalmente (no siempre lingüísticamente)
y se produjo la fusión de ambos elementos.
La
cultura neolítica tardía se extendía desde Asturias a Aragón, si bien en
Asturias los celtas acabaron predominando, reduciendo la zona de pervivencia de
una cultura más propia de la edad del Bronce, a las poblaciones de Cantabria,
Euskadi, Norte de Navarra, Norte de Aragón, y algunas zonas del Pirineo
occidental catalán.
En
el Sur de Navarra, con extensión hacia Álava, se vive a base de la agricultura
y la ganadería. Se incineraban los cadáveres de los adultos, pero se seguía
con la practica de inhumación de los cadáveres de los niños.
La
celtización de los pueblos neolíticos de la Baja y Media Navarra debió ser
muy importante, así como en todo el Valle del Ebro Oriental. En cambio penetro
mucho menos en las poblaciones del Norte, que por sus vivencias comunes, su
cooperación de los últimos siglos y sus intereses coincidentes estaban
llegando a un sentimiento de unidad, iniciado ya desde el cambio climático (que
obligo a modificar las zonas de poblamiento) y el inicio de las emigraciones
indoeuropeas, contra las que estos pueblos hicieron causa común, en la mayor
parte de las veces con escaso éxito.
Estos
pueblos no tenían un nombre común para todos ellos (se cree que cada tribu
llevaba su propio nombre), pero acabaron adoptando el nombre de Barscunes.
Antonio
Tovar cree que fueron sus vecinos los celtas o los habitantes celtizados del
Sur, los que les dieron este nombre. La palabra barscunes contiene la raíz “bhars”,
netamente indoeuropea, que significa “alto”, y la palabra Barscunes (que
aparece en unas monedas cuya ceca no ha podido localizarse) significaría “Los
Altivos” (Tovar traduce por “los de las cimas” o “los de las alturas”
o “los orgullosos”). Les darían este nombre porque permanecían altivos y
orgullos en sus montañas sin aceptar la hegemonía celta. Mas tarde estos
pueblos, en periodo de unificación, pudieron adoptar este nombre como propio, o
llamarse a si mismos éuscaras, palabra que quería decir también “los de
arriba” o “los de las montañas”.
Se
formaron dos grupos claramente diferenciados: los barscunes (con subgrupos
regionales) que poblaban desde Cantabria a Urgell, en los cuales la mezcla étnica
con los celtas es insignificante o nula (aunque no los es la aportación
cultural de la que no pudieron librarse totalmente), y que conservaron su lengua
derivada de la que se hablaba 20.000 años antes; y los pueblos Pirenaicos, al
Sur de las montañas, algunos de ellos completamente celtizados lingüística y
culturalmente, y los mas asimilados culturalmente pero conservando la lengua
propia (muy parecida a la de los barscunes aunque con mucha mayor influencia
celta), donde la aportación étnica de los celtas es mucho mayor, y en algunos
casos mayoritaria.
Fuente: revista Keltoi de estudios celtas
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