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HECHICEROS
Javier Clemente


La brujería y la magia juegan aún un papel destacado en las vidas de muchos miembros de las tribus africanas, incluso de aquellos que se han establecido modernamente en comunidades urbanas. Todavía creen que una maldición, especialmente mortal, sólo puede evitarse mediante la invocación de espíritus más fuertes y la ayuda de un hechicero aún más fuerte.

Los antropólogos afirman que la maldición simplemente crea un deseo de muerte que la víctima cumple. Sin embargo, hay ejemplos de personas que aun no mostrando predisposición psicológica a la hechicería o la magia, han sido víctimas de tales maldiciones.

Casos espectaculares

En el siglo XX se registraron dos casos espectaculares en Rhodesia.

Un hechicero compareció en 1949 ante el Tribunal supremo de Salisbury y fue encarcelado por dos años por haber practicado ilegalmente sus artes. El anciano se encogió de hombros, aceptando con fatalidad su castigo. Pero se enfureció cuando el juez ordenó la destrucción de sus amuletos y medicinas.

Entonces pronunció una maldición: los leones volverían a las calles de la ciudad.

En 1949, Salisbury era una capital asentada, moderna y próspera, y hacía 50 años que no se veían leones en sus calles.

Sin embargo, tres semanas después, una pareja de leones formada por un macho adulto y la hembra, y tres cachorros ya muy crecidos, cruzaban indiferentes una calle a sólo dos kilómetros del centro de la capital.

Matanza de animales domésticos

Pocos días después atacaron a una cabra en el jardín de una casa, a kilómetro y medio de distancia, bajo la horrorizada mirada de la familia, que se hallaba en la terraza.

La cadena de acontecimientos continuó con la muerte de perros y ganado. Se emprendió una cacería y se puso veneno, pero todo sin éxito. Tras una semana de asedio, los leones se marcharon y se les vio en Mazoe, a 25 kilómetros de distancia, donde causaron pánico entre los trabajadores de una mina de oro.

Los leones cometieron dos matanzas en una granja, a pesar de que dos cazadores habían permanecido toda la noche en vela.

Todo lo que los cazadores lograron aquella noche fue un toro que vagaba tratando de averiguar la causa de los balidos de una cabra que habían atado a una estaquilla como cebo para el león.

Después no se volvió a ver ni a oír a los leones.

Los supersticiosos miembros de la tribu

Siete años antes, Adrian Brooks, joven y entusiasta graduado adscrito a la delegación del gobierno en Kasama (Rhodesia septentrional), había tenido contactos con la hechicería.

Se trataba de la pequeña delegación administrativa existente en la tribu Wemba, profundamente supersticiosa. Para los miembros de la tribu, un espíritu acecha detrás de cada árbol, y existe una razón oculta incluso para el más cotidiano acontecimiento.

Brooks era oficial de distrito en Kasama y se adaptó rápidamente a la rutina. Gran aficionado a la fotografía, dedicaba todo su tiempo libre a buscar temas raros que pudiera vender ventajosamente a revistas y a periódicos.

A los tres meses se enteró por un miembro de la tribu de la existencia de un enterramiento sagrado para los jefes supremos Wembas. Era un cementerio secreto jamás hollado por el hombre blanco.

El ritual de la inhumación había sido confiado durante siglos de una generación a otra. El cadáver del jefe se situaba en una cabaña real, y se le vigilaba hasta que la carne se descomponía y los huesos quedaban limpios. Se enterraba entonces el esqueleto, en posición sedente, con la mano fuera de la tierra y sostenido en alto por un palo en forma de horquilla, de modo que quienes pasaran pudiesen estrechar la mano del jefe muerto.

Una imagen mortal

Dos viejos hechiceros custodiaban el bosquecillo sagrado. Desoyendo sus vehementes protestas, Brooks penetró en él y conienzó a impresionar fotografías con aire de indiferencia, lo que enfureció aún más a los guardianes del bosque. Cuando se marchó le previnieron que había encolerizado a los espíritus y que pronto moriría.

Brooks no se preocupó en absoluto, y cuando volvió a Kasama bromeó sobre la maldición con macabro gusto.

Tres días después, hallándose en el exterior de su oficina, el mástil de la bandera se rompió bruscamente y lo mató. El dictamen oficial señalaba que las termitas habían horadado la base del poste y éste había caído justamente cuando Brooks se detuvo bajo él.


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