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¿QUIÉN SABE?
Guy de
Maupassant
¡Dios
mío! ¡Dios mío! Quisiera ser capaz de descubrir lo que me ha sucedido. Pero...,
¿me atreveré? ¿Podré hacerlo?... Es una locura, tan fantástico, tan inexplicable
e incomprensible...
Si no estuviera seguro de lo que vi, completamente convencido de que en mi razonamiento no hubo ningún eslabón suelto, ni error alguno en mis investigaciones, ni lagunas en la inflexible secuencia de mis pensamientos, me hubiera creído victima de una alucinación, juguete de una visión extraña. Después de todo..., ¿quién sabe?
Me hallo ahora en un sanatorio particular, aunque entré en él voluntariamente y empujado, además, por la prudencia y el temor. Sólo un ser viviente conoce mi historia: el médico de este lugar. A duras penas sé yo mismo por qué voy a escribirla, quizá por ver si de esta forma me libro de ella, o porque llena mi mente como una pesadilla insoportable.
He aquí lo que tengo que decir:
He sido siempre un introvertido, un soñador, une especie de filósofo desarraigado, lleno de sentimientos afables, satisfecho con poco, y sin resentimiento particular alguno contra los hombres o contra el destino.
Toda mi vida viví solo porque la presencia de otras personas me producía un agudo estado de incomodidad. ¿Cómo podría explicarlo? No es que rehuyera ver a la gente, hablar con ella, o cenar con los amigos. Pero cuando llevaba un tiempo haciéndolo, incluso con aquellos con los que me sentía más compenetrado, me aburrían, me fatigaban en extremo y me ponían nervioso, invadiéndome unos deseos enormes de perderlos de vista, o de irme yo y quedar solo por completo.
Esta tendencia al alejamiento es más que un deseo; representa, en mí, una irresistible necesidad. Si hubiera persistido en frecuentar la compañía de las gentes, y no ya escucharlas durante un lapso de tiempo, sino tan sólo oírlas, me hubiera sucedido algo grave. ¿El qué?
¿Quién sabe? Quizá sólo me hubiera desmayado. Probablemente hubiera sido así.
Siento tal pasión por la soledad que no puedo soportar la idea de que otros duerman bajo mi mismo techo.
Me es imposible vivir en Paris a causa de la indefinible angustia que en esta ciudad se apodera de mí. Siento que mi espíritu muere, y notar la vasta muchedumbre de vidas a mi alrededor, aunque duerman, me produce dolores en el cuerpo y me daña los nervios, ¡Me es más insoportable la gente cuando duerme que cuando habla!
No he podido nunca descansar sabiendo que al otro lado de la pared hay vidas en suspenso, sumidas en esos períodos regulares de falta de consciencia, ¿Por qué estoy hecho así? ¿Quién sabe? El motivo quizá es muy simple. Sencillamente me aburre todo lo que existe más allá de mi mismo. Y hay muchos a quienes les ocurre lo mismo.
En el mundo viven dos especies de personas: los que necesitan a los demás, que se sienten entretenidos, ocupados y vivificados por ellos, y que se encuentran aburridos, exhaustos y enervados por la soledad como si se tratara de subir un glaciar terrible o de atravesar el desierto; y aquéllos a quienes su prójimo les resulta fastidioso y agotador, y que hallan paz en el aislamiento y son tranquilizados por la soledad y actividad imaginativa de sus cerebros.
Este es un fenómeno físico normal. Los unos están hechos para vivir de forma extravertida y los otros introvertida. Yo mismo tengo una cierta capacidad de atención para con los demás, pero en cuanto he llegado al limite de la misma, mi cuerpo y mi mente sufren una angustia intolerable. El resultado fue que me replegué en mi mismo para dedicar mi atención a las criaturas inanimadas, que adquirieron para mí la misma importancia que las vivientes. Mi casa se ha convertido, mejor dicho se convirtió, en un mundo donde yo vivía una vida solitaria y activa rodeado de objetos, muebles y chucherías, a los que me unía el mismo afecto que si se tratasen de rostros de amigos. Los había ido reuniendo poco a poco y esparcido por doquier, sintiéndome en mi hogar tan contento y feliz como si me hubiera encontrado en los brazos de una amorosa mujer, cuyas caricias familiares se convirtieran en una necesidad agradable. .
La casa se alzaba en medio de un hermoso jardín aislado de los caminos y de la ciudad por una verja, que sólo abría en las raras ocasiones en que me dejaba atraer por la vida de sociedad. Todos mis criados dormían en un edificio apartado, al extremo del huerto, rodeado por una valla alta. La melancólica llegada de la noche entre el silencio de mi escondida vivienda, perdida bajo las hojas de los grandes árboles, me era tan tranquilizante y agradable que cada noche retrasaba varias horas el momento de acostarme, para disfrutar más tiempo de aquella sensación.
Un día, en un teatro cercano representaron Sigurd. Fue la primera vez que tuve la ocasión de oír aquel maravilloso drama musical y me procuró la más grande de las delicias.
Me encaminé a pie a mi casa, con la cabeza llena de melodías y los ojos de visiones encantadoras. La noche era tan oscura, las tinieblas tan fantasmales, que más de una vez estuve a punto de desorientarme y caer en la cuneta. Desde la puerta de la verja hasta la casa habrá medio kilómetro, quizá un poco más, o sea unos veinte minutos de paseo. Era la una de la madrugada o la una y media, el cielo empezaba a mostrar una ligerísima luz y delante mío apareció la desvaída forma de la luna menguante. Cuando sale la luna creciente, a las cuatro o las cinco de la tarde, presenta una luz brillante y alegre como de plata; en cambio, después de media noche es apagada, triste y siniestra. Es una verdadera luna de noche de brujas. Esta es una impresión, la que habrán experimentado todos los paseantes nocturnos.
La luna creciente envía un rayo de luz penetrante que alegra el corazón y disuelve las sombras que envuelven la tierra, pero la menguante extiende una claridad moribunda, que apenas atraviesa la oscuridad.
Al percibir la sombría masa del jardín sentí, no sé cómo, una cierta prevención a entrar en él. Aflojé muy levemente el paso. La imponente masa de los árboles parecía formar una tumba en la que mi casa se hallaba sepultada.
Abrí la verja y me encaminé por la larga avenida de sicomoros, cuyas copas se juntaban y convertían el camino en un túnel que cruzaba los campos en sombras, donde se amontonaban las flores, cuyos colores apenas visibles lucían al pálido resplandor.
Mientras me acercaba a la casa, una extraña sensación de desasosiego se apoderó de mí. Hice alto, pero no se oyó ningún ruido y las hojas de los árboles permanecieron inmóviles. «¿Qué es lo que me pasa?», me pregunté. Durante diez años había recorrido en infinidad de ocasiones aquel camino y jamás experimenté el menor asomo de inquietud. No tenía miedo a la noche, ni nunca lo he tenido. La menor señal de presencia humana, de un ladrón o un merodeador no me hubiera atemorizado sino todo lo contrario, y le habría hecho frente sin dudar un instante. Además iba armado, con un revólver, pero no lo toqué porque pretendía vencer aquel temor irracional que se estaba apoderando de mí.
¿Qué era aquello? ¿Un presentimiento? ¿El misterioso presentimiento que se adueña de uno cuando está a punto de ocurrir algo que roza los limites de lo inexplicable? Quizá. ¿Quién sabe?
A cada paso notaba que se me ponía la piel de gallina. Cuando llegué al pie del muro de mi vasta casa, sentí la necesidad de esperar unos momentos antes de abrir la puerta y entrar.
Me senté en un banco bajo de las ventanas del salón, temblando ligeramente, con la cabeza apoyada en la pared mientras contemplaba las sombras de los árboles. De repente noté algo desacostumbrado a mí alrededor: como un zumbido en los oídos. En algunas ocasiones he creído oír trenes, o repicar campanas o pasos de gente que se acercaba. Sin embargo, aquellos ruidos pronto se hicieron indistintos, diferenciados y reconocibles. Me había equivocado, no eran los sufridos habituales en mi, y a cuyo rumor estaba ya acostumbrado, sino más peculiares y, sin duda, procedían del interior de mi casa.
Escuché a través de la pared. Más que ruido era un alboroto continuo, producido por una multitud de cosas en movimiento, como si cambiaran de lugar todos los muebles de mi casa, y los arrastraran por doquier.
Durante un buen rato estuve dudando de mis oídos, pero al acercar la oreja a la juntura de una puerta, para comprobar el extraño tumulto, me convencí de que algo muy extraño, anormal e incomprensible estaba sucediendo allí dentro. No me asusté, pero estaba... Cómo diría..., aturdido por el asombro. No hice uso del revólver, pues se apoderó de mí la extraña sospecha de que no lo necesitaría. Aguardé.
Esperé largo rato, incapaz de tomar una decisión, con el espíritu bastante lúcido, pero tremendamente dominado por la ansiedad. Mientras tanto el ruido aumentaba de volumen hasta llegar a un tremendo diapasón, como un extraño paroxismo tumultuoso de impaciente ira.
Entonces, repentinamente avergonzado de mi cobardía, saqué el manojo de llaves, cogí la de la puerta, e introduciéndola en la cerradura, di dos vueltas a la llave, abriendo con un brusco movimiento que hizo chocar la madera contra la pared.
El golpe resonó en el interior de la casa como un disparo. Ante mi asombro, una especie de rugido contestó desde la parte superior de la casa. Fue tan repentino, tan terrible y tan aterrador que retrocedí algunos pasos, pese a que no había necesidad alguna. Como medida de precaución saqué el revólver de la funda.
Tras una pausa escuché de pronto un ruido singular, un golpeteo de pasos que empezaba en lo alto de las escaleras, y seguía por las alfombras y el suelo desnudo. Sin embargo, no se trataba de zapatos o zapatillas calzados por seres humanos, sino el golpe seco de una muleta de madera o de hierro, que resonaba como címbalos. Apareció entonces en el umbral de la puerta un sillón, mi sillón de lectura, para adentrarse con paso arrogante en el jardín; tras él marcharon las sillas del salón, las tumbonas que se bamboleaban sobre sus cortas patas como cocodrilos fuera del agua, las sillas que saltaban como cabras y los pequeños taburetes corriendo como liebres.
¡Imagínense el desconcierto de mi mente! Me deslicé entre un grupo de árboles y, agazapado allí, contemplé el espectáculo de la huida de todos mis muebles, uno detrás del otro, rápida o lentamente, según su peso y tamaño. El piano, mi pieza más majestuosa, salió con trote equino produciendo un murmullo armonioso; los objetos más pequeños se deslizaron sobre la arena como hormigas, cepillos, vasos, platos, copas, todos centelleaban a la leve luz de la luna como pequeñas lámparas.
Las arañas pasaron en un remolino como medusas. Luego pasó mi mesa de escritorio, un raro ejemplar del siglo pasado, que contenía todas las canas y fotografías relativas a la historia de un viejo amor, que tanto me hizo sufrir.
De repente se desvaneció mi miedo. Me lancé contra los objetos para asirlos, como se agarra a un ladrón o a una mujer que huye. Pero prosiguieron su carrera irresistible y, a despecho de mis esfuerzos y de la ira que me embargaba, no pudo detener su marcha. En medio de tirones desesperados di con mi cuerpo en tierra al luchar con un mueble. Entonces se colocó sobre mí, aplastándome contra el suelo, mientras los de más objetos pasaban por encima de mi cuerpo, golpeándome las piernas. Al fin solté mi presa y se alejaron todos como una carga de caballería sobre un desmontado jinete.
Desesperado y temeroso, me las arreglé para apartarme del camino y esconderme de nuevo entre los árboles, observando desde allí la desaparición de todas mis pertenencias, hasta la más pequeña, la más cuidada o estimada, que hasta entonces había poseído.
Súbitamente, a lo lejos, en la casa vacía llena de ecos, se oyeron terribles sonidos de puertas que se cerraban con gran estrépito. Empezaron por el piso superior para terminar en la planta baja hasta, que la puerta principal se cerró por fin ante mí.
Huí a todo correr hacia la ciudad, y no recuperé mi dominio hasta que estuve en medio de las calles y me encontré con algunos paseantes trasnochados, tras sacudirme las ropas para quitarme el polvo que llevaba encima, me dirigí a un hotel donde me conocían y expliqué que había perdido mis llaves, y con ellas también la de la puerta del cercado del huerto, que permitía llegar al alojamiento de mis criados, y a quienes protegía, junta con mis verduras y fruta, de posibles ladrones.
Me metí en cama tapándome hasta la cabeza, pero no pude dormir. Esperé a que amaneciera oyendo los violentos latidos de mi corazón. La noche anterior había dado órdenes de avisar a mis criados por la mañana, y a las siete en punto apareció uno de ellos.
Su rostro aparecía demudado por la emoción.
-Esta noche pasada sucedió una cosa terrible, señor -exclamó.
-¿Qué es ello?
-Han robado todos los mubles de la casa, señor. Todo, todo se lo han llevado. No han dejado ni el objeto más pequeño.
La noticia me alegró. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Me dominé, y decidido a disimular, no dije nada de lo que había visto. Lo escondí, enterrándolo en mi conciencia como un espantoso secreto. Respondí:
-Habrán sido los mismos que me robaron las llaves. Debemos avisar a la policía en seguida. Me levantaré y me reuniré contigo inmediatamente.
Las investigaciones duraron cinco meses, pero la policía no halló nada, ni la más pequeña de mis pertenencias, ni el más leve rastro de los ladrones.
¡Dios mío! ¡Si les hubiera dicho lo que sabía! Si les hubiera contado... Me habrían encerrado... a mí, al hombre que había visto tal cosa, en vez de a los rateros.
Sabía lo suficiente para mantener la boca cerrada, pero no amueblé de nuevo mi casa. Hubiera sido inútil.
Hubiera sucedido otra vez lo mismo. Además no quería entrar en la casa de nuevo, y así lo hice. No volví a verla más.
Volví a Palis, a un hotel, y consulté a los médicos acerca del estado de mis nervios, que se agravaron intensamente desde aquella triste noche.
Me aconsejaron que viajara, y así lo hice.
Empecé por recorrer Italia, cuyo sol me sentó muy bien. Durante seis meses, fui de Génova a Florencia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, y de Roma a Nápoles. De allí pasé a Sicilia, región notable por su clima y sus monumentos, reliquias de la dominación griega y normanda. Salté a África, donde crucé placenteramente el desierto amarillo, por el que andaban errantes camellos, gacelas y árabes vagabundos, y donde nada alteraba la luz, el aire cristalino, ni de día ni de noche.
Regresé a Francia por Marsella, y a despecho de los atractivos de la provincia, la luminosidad menor del cielo me entristeció. Una vez más, al volver al continente, sentí la curiosa sensación de hallarme enfermo, como quien, creyéndose curado, sufre un dolor agudo como advertencia de que la llama de su dolencia no está aún extinguida.
Llegué a Paris y un mes más tarde ya estaba aburrido de la ciudad. Antes de que llegara el invierno, decidí hacer una excursión a Normandía, región desconocida para mí.
Naturalmente empecé por Ruán, y durante ocho días deambulé con un entusiasmo extasiado por la ciudad medieval, que constituye una extraordinaria colección de monumentos góticos.
Una tarde, serian alrededor de las cuatro, me aventuré por una calleja por donde corría un arroyo negro como la tinta, llamado por los naturales «agua de Robec», cuando mi atención, presa en la hermosa conservación de las antiguas casas, se vio distraída por una serie de tiendas, una al lado de la otra, de objetos de segunda mano. ¡Qué acertada era la elección de su emplazamiento hecha por esos sucios traficantes en ruinas, en aquella fantástica calle, de cara a un tenebroso curso de agua, y en unas casas sobre cuyos tejados de tejas y pizarra giraban aún las veletas de los tiempos pasados!
En el interior oscuro de aquellas tiendas podían verse confusamente maderas talladas, restos arqueológicos de Ruán, Neder y Le Moustier, loza, estatuas pintadas, algunas en roble, Cristos, Vírgenes, Santos, ornamentos de iglesia, casullas, copones e incluso cálices sacados de los altares del Señor. ¡Qué curiosos son los interiores de las casas de talos ciudades, que desde la bodega hasta la buhardilla están llenas de artículos cuya existencia parecía acabada, pero que sobrevivieron a sus antiguos dueños y a su época para que otras generaciones posteriores los compraran como objetos raros! Mi debilidad por las chucherías se despertó de nuevo y fui de tienda en tienda, cruzando a un lado y otro de la calle, los frágiles puentes, formados por unas cuantas planchas podridas sobre las nauseabundas aguas de Robec.
¡Cielos! ¿Qué veían mis ojos? Uno de mis más preciados armarios se hallaba ante mi vista, al fondo de una sala en forma de cripta, llena de objetos diversos, que parecía la entrada a un cementerio de muebles.
Me acerqué con un temblor por todo el cuerpo. Temblaba tanto que apenas me atreví a tocarlo. Aparté mi mano y vacilé. Era verdad: un armario Luis XIII, único; en su género e inconfundible para quien lo hubiera; visto una vez. Forzando la vista para atravesar las sombras que envolvían el interior de la tienda, pude distinguir tres de mis sillones cubiertos con unos tejidos a mano, y más allá mis dos mesas Enrique tan raras, que la gente venia expresamente de admirarlas.
¡Píenselo! ¡Piensen en mi estado de ánimo!
Si bien me sentí incapaz de salir, torturado por emoción, quise investigar, porque soy valiente como caballero de la Edad Media caído sin pensar en brujas. Paso a paso, fui encontrando todas las que me habían pertenecido: candelabros, libros, pinturas, arañas, armaduras..., todo excepto la mesa con cartas, que no aparecía por parte alguna.
Recorrí la casa desde los bajos hasta los pisos superiores. Estaba solo. Grité y nadie me contestó. Me hallaba completamente solo. En aquella vasta casa, como tortuosa como un laberinto, no había nadie.
Se hizo de noche. Decidí esperar y me senté en de mis propios sillones. De vez en cuando gritaba:
-¡Eh! ¡Eh! ¿Hay alguien ahí?
Llevaría alrededor de una hora allí, cuando escuché unas pisadas suaves y lentas. No sabía de dónde vertían y estuve a punto de desmayarme, pero haciendo de tripas corazón lancé un grito y vi una luz en la habitación adyacente.
-¿Quién está ahí? -preguntó una voz.
-Un comprador -repliqué.
-Es muy tarde para entrar en una tienda.
-Hace más de una hora que espero -objeté.
-¿No podría venir mañana?
-Mañana me iré de Ruán.
No me atrevía a dejar mi refugio y él tampoco se acercaba. Con el reflejo de la luz podía contemplar un tapiz en el que dos ángeles caían con los cuerpos enlazados, luchando, y que también me pertenecía. Al fin exclamé:
-¡Bien! ¿Viene o no?
-Le estoy esperando -respondieron.
Me levanté y me dirigí hacia el desconocido.
Lo encontré en medio de una amplia habitación. Se trataba de un hombre pequeño, pequeño y muy gordo, pero con una gordura odiosamente monstruosa.
Tenía una extraña barba amarillenta de pelos escasos y ralos, y era completamente calvo, ¡Ni un pelo! Mientras mantenía la lámpara tan alto como se lo permitía su brazo, su cráneo me hacia el efecto de una luna llena en medio de la habitación atestada de muebles antiguos. En su cara llena y arrugada apenas se distinguían los ojos.
Compré tres sillas, que eran mías, y pagando por ellas una reducida cantidad, dejé sólo el número de mi habitación del hotel. Convino en mandármelas al día siguiente a las nueve de la mañana.
Entonces salí y me acompañó a la puerta con grandes muestras de cortesía.
Me dirigí inmediatamente a la estación de policía más próxima y allí relaté toda la historia del robo de mis muebles y el descubrimiento que acababa de hacer.
Enviaron en seguida un telegrama al departamento que se había encargado del robo, diciéndome que aguardara la respuesta. Al cabo de una hora llegó un informe satisfactorio.
-Detendremos inmediatamente al hombre y lo interrogaremos -me aseguró el jefe de policía-. Podría ser quien se apoderó de sus pertenencias. Vaya a cenar; dentro de un par de horas, lo tendremos ya en nuestro poder y lo someteremos a un detenido interrogatorio en su presencia.
-Volveré, desde luego, señor. Mis más efusivas gracias...
Regresé al hotel y cené como no imaginaba que fuera capaz. Estaba muy satisfecho. Al fin lo habían cogido.
Dos horas más tarde irle dirigí al despacho del inspector jefe, que ya me estaba esperando.
-Bien, señor -exclamó al verme-. Ya hemos descubierto al individuo. ¡Pero mis hombres no han podido cogerle!
-¡Ah! -exclamé desfalleciendo-. Pero..., ¿han encontrado la casa?
-Por supuesto. Mis hombres están al acecho y lo cogerán en cuanto vuelva. El caso es que desapareció.
-¿Desapareció?
-Desapareció. Normalmente pasa todas las noches con su vecina, una extraña vieja, también anticuaría como él, pero afirma que esta noche no lo ha visto y que no puede decirnos nada. Tendremos que esperar a mañana.
Salí. ¡Qué siniestras, inquietantes y amenazadoras me parecieron las calles de Ruán!
Dormí mal, con pesadillas continuas que me despertaban sin cesar. Para no parecer demasiado preocupado o anhelante, esperé a que dieran las diez para presentarme en la estación de policía.
El comerciante no había aparecido y la tienda permanecía cerrada.
El inspector me explicó:
-He tomado las medidas necesarias. El departamento se encarga del caso. Iremos a esa tienda y va a mostrarme todo lo que le pertenezca.
Montamos en un carruaje y nos dirigimos a la tienda, delante de cuya puerta abierta se hallaban algunos policías y un cerrajero.
En cuanto entré no vi el armario, ni los sillones, ni las mesas, ni nada. Nada de lo que había amueblado mi casa. Absolutamente nada, a pesar de que la tarde anterior no podía dar un paso por el local sin tropezar con cosas mías.
El inspector se quedó sorprendido y me miró con expresión desconfiada.
-¡Dios mío! -exclamé-. La desaparición de los muebles coincide con la del anticuario.
El hombre sonrió.
-Es verdad. Hizo mal en pagar por sus propias cosas ayer tarde. Esto lo previno.
Repliqué:
-Lo que me parece raro es que todo lo que ayer estaba ocupado con mis cosas, esté ahora lleno con otras.
-¡Oh! -respondió el inspector-. Tuvo toda la noche para hacerlo, no lo dude. Esta casa comunica probablemente con la vecina. No se preocupe, señor. Este bribón no estará mucho tiempo fuera de nuestro alcance ¡Le cortaremos la retirada!
Pero mi corazón, mi pobre corazón, ¡cómo latía!
Permanecí en Ruán dos semanas, pero el hombre no volvió, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Podía existir algún hombre que pudiera desaparecer de aquella forma? En la mañana del día dieciséis recibí una carta de mi jardinero, que había quedado al cuidado de mi saqueada y vacía casa. Extrañamente rezaba:
«Señor:
»Tengo que informarle que la noche pasada ocurrió un hecho muy raro, que ni nosotros ni la policía acertamos a explicarnos. En la casa vuelven a estar todos los muebles, sin faltar nada en absoluto, ni el objeto más pequeño. Todo está exactamente igual como la noche anterior al robo. Esto sucedió la noche del viernes al sábado, y el camino muestra las mismas señales de que se han arrastrado los muebles desde la verja a la puerta, como aquella noche.
»Le aguardamos, señor. En espera de su retorno.
»Su obediente servidor,
"Philippe Raudin"
-¡Ah! ¡No y no! ¡Nunca volveré allí!
Le tendí la carta al inspector de policía.
-Esta restitución ha sido hecha muy hábilmente -comentó éste-. Quizá crea que ahora abandonaremos el asunto. Sin embargo, lo atraparemos uno de estos días.
Pero no lo encontraron, ni lo han hecho todavía. Y yo estoy aterrorizado, como si una bestia salvaje acechase detrás de mí. ¡No lo descubrirán! No descubrirán al monstruo de cráneo de luna. No lo cogerán nunca, porque no volverá a su casa. ¿Qué le importa? El único que le interesa soy yo, el único que le ha visto y puede presentar testimonio contra él.
Sin embargo no lo haré.
¡No lo haré! ¡No lo haré y no lo haré! Y si volviera a su tienda, ¿quién podría comprobar que mis bienes estaban allí? La única evidencia contra él la tengo yo, y sé muy bien que se me mira con sospecha.
¡Oh, no! No podía soportar una vida así. Ni tampoco guardar el secreto de lo que había visto, ni vivir como cualquier otra persona con la constante amenaza de que volvería a suceder lo mismo.
Fui a ver al médico que dirige esta institución privada y le conté toda la historia.
-¿Estaría usted dispuesto a pasar una temporada aquí? -me preguntó.
-Efectivamente.
-¿Tiene medios?
-Sí.
-¿Le gustaría una habitación separada?
-Sí.
-¿Desearía recibir visitas de amigas?
-Ni un alma. El hombre de Ruán seria capaz de venir a vengarse.
Desde entonces he estado solo, solo, completamente solo durante tres meses.
Casi he conseguido la paz. No tengo más que un temor... Supongamos que el anticuado se vuelve loco..., supongamos que lo traen aquí... Ni los mismos prisioneros están a salvo...
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