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EL FANTASMA DE LA UNIVERSIDAD DE CAMBRIDGE
Ida Clyde Clarcke


Tres hombres estaban sentados hablando una tarde en una habitación del Christ's College, de Cambridge. Uno llevaba lar galones de mayor del ejército inglés, otro era capitán y el tercero era un miembro del colegio. Habían estado en el frente juntos durante los últimos días de la Gran Guerra y llevaban horas hablando de una trágica experiencia que compartieron en el último día del conflicto.

-Si al menos hubiese podido hablar antes de morir -decía el anfitrión-. Hubiéramos sabido la verdad. Quizás algún día cualquiera de nuestros camaradas regrese en espíritu y nos diga lo que tanto deseamos saber. Los muertos sí regresan -esta convicción tan firmemente proclamada, interesó a los otros dos hombres.

-¡Hablas como si estuvieras seguro! -dijeron al unísono.

-Lo estoy -respondió él-. Tenemos pruebas aquí en Cambridge.

El mayor apartó su cigarrillo a medio fumar, lo dejó en el cenicero, y, cruzando la habitación, abrió una ventana. El aire de pronto se había hecho opresivo. Tomó una profunda bocanada de aire fresco y permaneció mirando hacia la noche tranquila.

El silencio reinaba ahora en el grupo, porque habían estado hablando de la muerte de amigos a quienes apreciaron.

El jardín de la comunidad aparecía bañado por la luz de la luna llena, ya que aquella era una clara noche veraniega en la que era posible distinguir los senderos curvos y los retazos de césped esmeralda. Con sus copas recortándose en la luz del día se veían los grandes olmos, los fresnos, los tejos, y las ramas desnudas y espectrales de la antigua morera que Milton plantase siglos atrás.

Por último habló el mayor:

-Hay ahí en el jardín un viejo caballero que parece muy solitario. No sé por qué, pero me parece que está triste. Incluso a esta distancia se puede uno dar cuenta.

El anfitrión avanzó rápidamente hasta la ventana y miró al jardín. Alzó una mano.

-Silencio -susurró.

-Tiene un aspecto muy raro con ese levitón anticuado y largo -dijo en voz baja el capitán.

Su anfitrión posó con suavidad una mano en el hombro de sus dos invitados.

-Silencio -repitió-. ¡Estaos quietos, no os mováis! Esperad hasta que se vaya.

A lo lejos un reloj dio la medianoche. El aire en aquella comarca baja era húmedo y opresivo. Los tres hombres contenían el aliento fascinados por el espectáculo del hombre alto y encorvado, con las manos plegadas a su espalda, que caminaba en la soledad del viejo jardín.

El grupo de amigos no dejó de acechar la sombría figura mientras salía al césped desde debajo del gran nogal, a la izquierda. Con lentos y deliberados pasos y la cabeza inclinada avanzaba hasta otro de los árboles donde se detenía y dando media vuelta desandaba el camino esta vez de cara al jardín. Durante escasos momentos los tres hombres le contemplaron desde la ventana y creyeron que la figura había desaparecido en las sombras, pero un instante después la volvieron a ver sobre el césped.

Durante un momento alzó la cabeza y a la blanca luz de la luna vieron su rostro triste y pálido que se destacaba sobre un atuendo pasado de moda. Andando despacio la figura se movió, bordeando el césped, y luego desapareció de su vista.

Los funcionarios se volvieron y miraron a su anfitrión. Les hizo un gesto para que ocupasen sus sillas y les ofreció cigarrillos antes de hablar. Lo hizo con voz baja e intensa.

-¡Hemos visto al fantasma de Cambridge! -dijo-. Ese viejo solitario que caminaba por el Fellows Carden era el fantasma de Christopher Round, un miembro de este colegio. Vivió en este mismo cuarto hace más de setenta años.

Antes de que me contase la extraña historia del fantasma de Christopher Round, pidió a cada uno de sus amigos que escribiese un relato de lo que acababan de ver. Cuando terminaron dijo:

-El fantasma ha sido visto a raros intervalos por diversos estudiantes y miembros del colegio en numerosas ocasiones. Hemos procurado obtener el testimonio escrito de cuantos testigos del fenómeno nos ha sido posible. Esto se publicará junto con la extraña historia de Christopher Round, escrita por su propia mano.

El mayor sonrió.

-Si ahora me dices que un fantasma ha escrito su propia historia, creeré que mis ojos me han engañado esta noche. ¡Eso es demasiado!

-No, mayor -respondió el anfitrión-, no lo es. Christopher Round editó su historia cuando casi tenía setenta años, un par de años antes de su muerte. Dejó el manuscrito sellado confiándolo a la custodia de su buen amigo, Simon Goodridge, un procurador de su colegio, y la orden de que no se abriese hasta después de cincuenta años de su muerte. Los cincuenta años se Cumplieron hace poco. Abrieron el sobre y la sorprendente historia no tardará en ser publicada.

Tomó del escritorio un manuscrito y hasta bien entrada la noche nuestros hombres permanecieron sentados leyendo la notable historia del fantasma de Christopher Round.

Cuantos vieron la aparición estuvieron de acuerdo al establecer su modo de aparecer y desaparecer. Todos describían la figura como la de un "anciano alto, vestido de negro, con levitón de grandes colas y cuello alto". A veces alzaba la cara pero la súbita detención ante la gran morera nunca variaba. Tenía las manos eternamente dobladas tras la espalda. Aunque se le veía cuando hacía buen tiempo y luna llena, algunos informaron haberle visto oculto por las gruesas hojas de los dos jóvenes nogales que se hallaban en medio del jardín y únicamente se le podía identificar al principio y hacia el final de su paseo.

Cuatro testigos, que vieron al fantasma en diferentes épocas, tuvieron tan clara visión de su figura que pensaron que estaban viendo a un miembro del colegio dando un paseo por el jardín.

Uno de ellos afirmó que en una ocasión, poco después de ver a la extraña aparición en el césped, oyó un "tenebroso sonido que ascendía por la escalera lentamente hasta el primer piso. Acto seguido se oyó cómo se abría y cerraba la puerta del cuarto donde antaño viviera Christopher Round".

Así los dos funcionarios leyeron la historia escrita por Christopher Round muchos años atrás. Iba acompañada por diversos recortes de periódicos referentes a aquellos acontecimientos, junto con las declaraciones de un gran número de personas que vieron el espectro en el jardín.

Habla algo hermoso y enfermizo a la vez en las palabras de Christopher Round al dar comienzo a su extraña confesión.

Escribió: "Me planto aquí y miro en torno a mi querida y vieja habitación, en donde he pasado tantos años de mi vida, y contemplo cómo las hojas crecen en el jardín mientras el sol se pone por detrás de los nogales, me domina el sentimiento, como ocurre con frecuencia desde hace algún tiempo, de que mis horas están contadas, de que mi oscura vida debe estar hundiéndose más y más y el crepúsculo tomándose en negrura total. Y cuando se despierta en mí la emoción que una tarde en este lugar no deja invariablemente de producirme, la emoción aliada al recuerdo de una noche de verano, siento que mi vida ha morado en la negrura desde entonces. Ahora han transcurrido casi treinta años.

Me hago viejo y en unos pocos meses más habré alcanzado los setenta y seré, como me ocurre ahora, mucho más viejo de lo que parezco. Una pena interior que no se puede compartir envejece a los hombres antes de que les haya llegado la hora.

"De algún modo, también, plantado aquí en la paz de la noche, noto que los días vendrán en que otros vivan aquí, donde yo he vivido, conservando las tradiciones que yo he ayudado a transferir, y por eso me gustaría que supiesen la verdad... La verdad debe mantenerse en secreto hasta que las posibilidades de causar dolor en cualquier persona viva hayan desaparecido. Trataré de escribirlo con claridad y sencillez antes de que sea demasiado tarde y luego creo que daré mi escrito a Simon para que lo guarde".

Hijo de un rector, Round nació en Derbyshire, casi setenta años antes de que escribiera aquellas líneas. Tuvo dos hermanos, pero ninguno se casó y él decía: "Cuando yo me vaya, nuestra familia, los Round, se extinguirá". Edificó una casa agradable y tuvo una buena educación inspirada en el conocimiento de los clásicos que le inculcara su padre, que esperaba que recibiese las órdenes sagradas, a lo que él se opuso afirmando: "¡He nacido para la carrera universitaria! ¡Seré profesor!"

En su segundo día en Cambridge estaba sentado en una sala pública del Blue Boar, bebiendo vino y leyendo sobre un tema del que le iban a examinar cuando de pronto oyó la voz de un hombre joven, alegre y simpático, modulada en tonos delicados y ricos. "Lo que entonces me atrajo", escribió, "como iba a ocurrir con frecuencia en los años subsiguientes, fue la sorprendente calidad musical de la voz de aquel hombre. La oí durante algún tiempo y luego, dominado por la curiosidad, volví mi silla y, con la excusa de pedir que me volviesen a llenar el vaso, miré hacia donde estaba aquel hombre hablando con Rachel, la hija del dueño, una muchacha, alegre, amable y honesta a quien llegué a conocer bien en el transcurso de los años. Estaba apoyada en el respaldo de una silla junto a una mesita que él tenía enfrente.

Con una mano extendida sobre el pequeño diván, en una postura de fácil elegancia, se erguía un hombre de mi propia edad. Vi a Philip Collier por primera vez, y al instante él me miró y nuestros ojos se encontraron".

"Con frecuencia desde entonces me he preguntado si había algún significado oculto en el hecho de que nuestra primera reunión tuviera lugar en una taberna, con vino en la mesa y una mujer entre nosotros".

En verdad, las circunstancias de este primer encuentro podían haber sido proféticas porque fue el primer eslabón de una cadena de extraordinarios acontecimientos que entrañaron las vidas de los dos hombres. En cada instante importante de la vida y la carrera de Round tenía que competir con Philip Collier que siempre acababa siendo un obstáculo insuperable que le cerraba el camino.

Una vez tras otra trató de conseguir honores y dignidades y en cada ocasión Collier compitió con él y ganó la oposición. Cuando Round solicitó de la Bell Scholarship, uno de los honores de la subgraduación, su tutor le dijo: "Hay un elemento en St. John's que puede ser peligroso. Se llama Collier". En la prueba, Collier y otro individuo compartieron el primer lugar y Round obtuvo sólo una mención. "Cada vez", decía Round, "me derrota y se lleva el premio mientras yo tengo que contentarme con una eterna mención honorífica. Sólo en una ocasión triunfé yo y entonces nos colocaron a los dos en primer lugar... y así terminamos nuestros estudios de subgraduación dejándome con una sensación de desencanto y enojo a pesar de mis éxitos".

Por último, Round obtuvo el título de profesor en Trinity College, pero el mismo día y en el mismo lugar Collier tambiin fue elegido. Se veían últimamente muy poco, pero Round iba a encontrar a su rival una vez más en una ocasión de especial importancia. Un orador público cayó enfermo y Round tuvo la satisfacción de ver cómo le elegían para hablar ante el vice-canciller.

"Collier fue otro de los elegidos", escribió Round, "y vi que no tenía ya ninguna posibilidad. En gracia, distinción, dicción y porte él les sobrepasaba a los otros tres aspirantes y ganó la nominación sin dificultad".

Durante los años siguientes parecía que Collier preocupaba poco a Round. Había renunciado a su cátedra en St. John's por alguna dificultad con sus puntos de vista religiosos y pasó mucho tiempo en Italia. Pero el respiro de Round no iba a durar demasiado.

Escribió: "los amigos me informaron que una de las cátedras en el Christ's estaba vacante. Mientras estaba el asunto en proceso de negociaciones me vi sorprendido un día, mientras subía por King's Parade, al encontrarme a Collier. Parecía más apuesto que nunca y del mejor humor del mundo. Me invitó a un vaso de vino, acepté y nos separamos en los mejores términos. Se me concedió la cátedra en el Christ's College y en la primera reunión a la que asistí, la cuestión de llenar las vacantes restantes se puso sobre el tapete. Para mi sorpresa descubrí que ya se había lanzado el nombre de Phillip Collier como posible candidato. Nada pude hacer. Nada se podía aducir contra su elección. Lo nombraron y lo admitieron, en menos de un mes con respecto a la fecha en que yo fui elegido miembro del colegio. Así comenzó esta rivalidad de diez años que estropeó mis primeros años aquí y terminó en la tragedia que me ha acechado desde entonces".

Estaba destinado a sufrir una experiencia que destruiría su vida y tendría como remate una tragedia terrible que ahora era lo que atraía a su cansado espíritu hasta el viejo jardín en donde se produjera. Se enamoró de la hermosa Mary Clifford con todo el ardor de su alma solitaria y al final... ¡fue Philip Collier quien la conquistó! Round concibió su amor hacia Lady Clifford con pocas palabras, pero con una gran ternura. Ella era una joven viuda que contaba con medios de vida propios y durante un año vivió en Manor House, Chesterton, donde nuestro hombre pasaba varias tardes a la semana ayudándola en la preparación de los textos de su difunto esposo para su oportuna publicación.

Aquellas ocasiones eran preciosas para el joven Round. Ansiosamente espiaba en busca del más ligero signo de que su afecto era correspondido y creía en ocasiones que lo era, por lo que resolvió pedirla en matrimonio. Su aceptación significaría el final de su carrera universitaria, porque tendría que abandonar la cátedra si se casaba, pero había heredado algún dinero de su madre y estaba preparado para el sacrificio. Ella se veía muy discretamente con una prima, que actuaba como señorita de compañía, y él procuraba no presentarla a sus amigos.

Mary Clifford se fue a Italia durante seis meses en visita turística, época que supuso un lapso de tiempo en blanco de la vida para Round. Aguardó ansioso su retomo, soñando e imaginándose muy poco lo que el azar le reservaba.

En su visita después de que hubiese regresado, ella le dijo que había invitado a unos cuantos amigos a cenar.

- Uno de ellos –añadió- es amigo de usted, Philip Collier.

Sobre este incidente escribe: "recuerdo con claridad la punzada en el corazón que me produjo la mención de su nombre y el presentimiento que aquellas palabras en mí provocaron. Algunos momentos después Collier estaba mostrando a varios amigos en la "Combination Room" un libro de poemas italianos que estaba a punto de publicar y le oí decir que iba a llevárselos a Lady Clifford, para que los leyese, la tarde siguiente".

Transcurre una hora y después escribe: "tres cosas han sucedido que han llevado el asunto hasta su crisis y después a la tragedia que destruyó una vida, e incluso fue causa del fin de otra, y arruinó toda esperanza de felicidad para una tercera".

Cuenta ahora Round que recibió una petición urgente cierta tarde de que llevara un mensaje a Collier. Su hermano estaba enfermo y no pudieron encontrarle. Fue al cuarto de Collier por tercera vez casi a medianoche y se quedó horrorizado, "al verle allí sentado en un estado de alcoholismo agudo". Lleno de sorpresa y disgusto por el espectáculo dado por un miembro del Colegio "se comenzó a preguntar cómo Collier había llegado a su cuarto sin que le vieran.

Unas cuantas noches después del incidente, mientras daba su solitario y acostumbrado paseo por el jardín, entrada la noche, el misterio quedó resuelto. Vio a Collier que marchaba tambaleándose por un sendero olvidado que únicamente utilizaba en ocasiones el jardinero, y le vio pasar por una puertecita que conducía a la Segunda Sala desde el jardín y que quedaba a pocos pasos de la escalera de Collier. Al día siguiente inspeccionó aquella zona. "Como cofrade", escribe, "tenía una llave que abría la puerta al igual que la verja del jardín, y podía volver a su cuarto y encerrarse sin que nadie supiera que había salido".

Round decidió no decir nada sobre su descubrimiento ni al colegio, ni a nadie más. Transcurrió el tiempo. Una noche Collier le mostró dos estupendas miniaturas de Lady Clifford y de él mismo y Round le preguntó el nombre del artista, ante lo que Collier echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.

-¡Oh, soy yo! mejor dicho, Mary y yo… me refiero a Lady Clifford. Las hicimos juntos.

Round se sintió terriblemente desgraciado, pero una circunstancia de su vida académica volvió a animarle. El viejo profesor de griego estaba a punto de jubilarse y se sugirió a Round como su sucesor. Pero también convencieron a Collier de que optara al puesto y la elección sería fallada a favor de su rival.

De sus sentimientos hacia Collier y de los trágicos acontecimientos que bien pronto se producirían, escribió Round: "Torturado por estos pensamientos llevé una existencia miserable, en la que me mantenía distanciado de mis colegas y trabajaba poco.

No podía dormir y prolongué mis paseos nocturnos por el jardín por aquel sendero lateral, a la izquierda, bajo los grandes nogales, que sube luego por el césped y cruza ante la gran morera y el sauce llorón y sigue por el camino de hierba hasta el patio inferior, dando vuelta al árbol de Milton y luego a la piscina hasta la gran extensión de césped bajo el arce".

"Fue una noche hermosa, tranquila y silenciosa, con una luna pequeña y estrellas brillantes. Yo había paseado por el jardín como siempre. De pronto, mientras estaba plantado junto al níspero que queda frente al cerezo y a la morera me sobresalté... la pesada puerta de Christ's Pieces se cerró con algún estrépito.

Supe que era Collier. Avancé hasta un lugar desde el que a través de unos matorrales muertos disfrutaba de una buena vista de la piscina. Desde su mirador vi a Collier venir tambaleándose a través de los arbustos del lado opuesto de la piscina y plantarse en el sendero de hierba que corre a su lado. Estaba a un palmo o dos del agua. Durante un momento permaneció inmóvil, como si dudase o estuviese inseguro de dónde se encontraba; se pasó la mano por la cara y advertí que no llevaba sombrero. Luego comenzó a subir por el sendero hacia la casa del jardinero, haciendo unas eses terribles y esquivando apenas los matorrales.

De pronto se volvió en el camino, estaba ahora junto a la zona más profunda de la piscina, en donde hay dos metros de fondo.

De pronto dio un salto atemorizado hacia los matorrales, hizo un violento esfuerzo por recobrarse y entonces metió el pie derecho fuera del borde del camino. La tierra suave cedió bajo su presión.

Le vi alzar los brazos como para recuperar el equilibrio, pero fracasó y, con un grito ahogado, cayó de cabeza al agua.

Era buen nadador, pero parecía atontado y luchaba débilmente en la superficie del agua. Yo tenía dudas sobre lo que debía hacer. Si le hubiese gritado cuando estaba en el camino le habría asustado y quizás precipitara la catástrofe. No había tiempo para llegar hasta él y sacarle de aquel sendero peligroso. Pero al verle caer eché a correr por entre los arbustos y salí junto al agua. Cerca del monumento a Joseph Mede. El luchaba en las profundidades cerca de la línea marcada para el baño que estaba a unos tres metros de la orilla donde se hallan los bustos de Milton y Cudworth.

"Junto al borde de la piscina pude ver el bichero con su pesado gancho de hierro en su extremo, que se utilizaba para subir cosas caídas en el agua y para levantar la compuesta del aliviadero. Tomándolo volví con él hacia Collier, cuando advertí que sus forcejeos le impulsaban hacia la parte en la que yo estaba".

"En aquel momento una sensación de náuseas y de rabia me abrumó. No sé claramente qué intentaba hacer con el palo, pero me di cuenta de que Collier podría llegar a la orilla y escapar.

Una niebla roja pareció envolverme en la oscuridad. Después de todo, su suerte infernal iba a salvarle una vez más. Decidí que no ocurriese así. Creo que había acudido hacia él con la intención de ayudarle, pero ver la facilidad con que iba a salir del apuro por sus propios medios convirtió mi amable intención en una cólera insufrible. ¿Es que aquel hombre estaba destinado a gozar de una suerte sobrenatural? Cualquier otro se hubiese ahogado como un perro, que es lo que merecía. El pensamiento de Mary vino a mi mente, tan amable, tan buena, tan digna, y que estaba ligada a aquel borracho que forcejeaba en el agua. ¡Cualquier cosa sería mejor que seguir permitiéndolo!"

"Un rayo de luna a través de los árboles dio en el rostro de Collier. Sus ojos se fijaron en los míos mientras yo estaba con el palo extendido y en aquel instante solté el bichero. El pesado gancho del extremo le golpeó la sien izquierda. Su cabeza cayó hacia atrás y desapareció".

"Esa fue la última vez que vi a Philip Collier".

Round dice que no recuerda cómo volvió a sus habitaciones.

Se le encontró a la mañana siguiente muy enfermo y estuvo sin conocimiento varias semanas.

Mientras, la investigación del forense sobre la muerte de Collier llegó a un veredicto de "muerte por accidente".

Las pruebas demostraban que Collier había estado experimentando un nuevo tipo de anestésico, cuyo uso en América había originado grandes discusiones en Inglaterra. Lady Clifford se mostró muy interesada en estos experimentos y había alquilado una casa en donde se proponían probar estos anestésicos sin peligro para nadie. Philip Collier se ofreció como conejillo de indias para los experimentos.

Sólo cuando leyó la sentencia comprendió Christopher Round que Collier no había estado bebiendo.

El médico recomendó a Round un año de descanso en el Sur de Inglaterra. Cuando regresó, Ladv Clifford se había marchado y jamás la volvió a ver ni tuvo noticias de ella. Después de que muriese, diez años más tarde, vio en un periódico que sus pertenencias iban a ser subastadas y se fijó en la partida señalada con el número sesenta: "dos miniaturas en un estuche de cuero". Fue a la subasta y las compró. En el dorso, de puño y letra de Mary, se leía el nombre de "Philip" en una de ellas, y en la otra: "Me la regaló Philip".

"Así supe que ella le amaba", -describió.

Christopher Round concluye: "Al transcurrir los años no expliqué a nadie lo que hice. He servido con fidelidad al colegio, pero he rechazado todo ascenso, tanto en el colegio como en la universidad. No tengo amigos íntimos, excepto Simon Goodridge, e incluso ni a él puedo revelar la verdad".

"Cada día doy un paseo por la noche en el jardín hasta el extremo del gran césped. Desde hace treinta años no he bajado al jardín inferior".

Durante cuarenta años después de la muerte de Philip Collier, Round vivió en su cuarto frente al jardín del Christ's College y durante ese tiempo mantuvo su secreto.

Esta es la historia que el anfitrión narró mientras se sentaba con sus amigos en el cuarto en el que había vivido antaño Christopher Round, el cuarto en donde escribió su trágica confesión.

A veces, en las noches veraniegas, cuando hay luna llena, el fantasma de Christopher Round puede verse todavía darse un solitario paseo por el Fellows Carden.


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