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No
hay que creer en la existencia del espíritu del bien y del mal
haciéndolo antagónicos entre sí. Esto no lo puede admitir la ciencia
sagrada de la verdadera magia por la razón de que el bien y el mal son el
complemento de todas las cosas. Así como no hay placer sin dolor, así en
toda la creación tiene por necesidad que existir lo absoluto y lo
relativo, que es suplemento. Puede asegurarse, por lo tanto, que si el
bien está unido al mal, la dicha a la infelicidad, la pena a la alegría,
la vida a la muerte, el espíritu a la materia, el calor al frío, la luz
a la oscuridad, et.
Los
espíritus pueden ser, individualmente, buenos o malos, de luz o
tinieblas; pero todos, absolutamente, llenan su misión con arreglo a las
leyes que tuvieron en su creación. Así se comprende que los espíritus
de tentación se dediquen a tentar, etc.; los llamados celestes residen en
el cielo, los aéreos en el aire, los terrestres en la tierra y los
infernales en sus guaridas.
Aparte
de que cada uno llena una misión, como ya se ha dicho, todos, sin
embargo, deben obediencia y respeto al Espíritu Supremo, cuyo nombre es
Jehová en hebreo, Alpha y Omega en Caldeo, Alá entre los moros y Dios
entre los cristianos. En los trabajos se pueden invocar a todos, pero
deberán llamarse únicamente los de una u otra cualidad, según la clase
de petición que se desee hacer.
Es
decir, que cuando el conjuro sea de tentación, se llamará a los de
tentar; cuando sea de agrado o amor, a los de agradar; si es de bien, a
los buenos; si de mal, a los malos o de daño; y así sucesivamente.
Los
espíritus buenos dominan siempre sobre los malos; no así estos sobre
aquellos, por tenerlo así dispuesto el Soberano Hacedor, a quien todos
rinden obediencia absoluta.
El
Espíritu Supremo es el Hacedor de todo lo creado, sobre el cual nadie
tiene mando, y a quien todos deben obediencia, sumisión y respeto. Es tan
inmenso y tan grande, que no hay un solo átomo en toda la creación
adonde no llegue su misterioso fluido.
Espíritus
superiores son aquellos que se consideran primeros en categoría y que
tienen, por tanto, la potestad de mandar sobre los que se hallan en
inferior escala. El primero de todos es Adonai, llamado Ángel de luz.
Recibe directamente del Ser Supremo las órdenes que ha de transmitir a
los demás.
A
su inmediato servicio y con idéntica potestad hay dos, cuyos nombres son
Elohim y Gehovam, que tienen la misión de hacer cumplir los mandatos que
Adonai recibe y que ellos transmiten a su vez a los espíritus encargados
de su ejecución.
Luego
siguen en jerarquía, Mitraton, Azrael, Astroschio, Eloy, Milech, Ariel y
Zenaoth, que también tienen a sus órdenes otros muchos espíritus que
les rinden obediencia absoluta.
De
Aquí se deduce que van descendiendo en categoría a pesar de ser
considerados como espíritus superiores, por lo que bien podría
denominárseles de primera, segunda y tercera magnitud, siendo el
principal de todos el gran Adonai, o el Ángel de luz, como ya se ha
mencionado.
A
continuación daremos una idea aproximada de los espíritus celestes, que
puede decirse que forman verdaderos ejércitos, tanto por su organización
como por la obediencia con que ejecutan las órdenes que reciben de sus
superiores en jerarquía.
Llámanse
espíritus celestes a los que habitan el firmamento y los astros que giran
por el espacio. Sus funciones son presidir los destinos de cada mortal y
dirigir los acontecimientos que le conciernen, conforme a la voluntad del
Divino Creador. Por eso los espíritus celestes están al abrigo de todas
las emboscadas de los genios dañinos.,
Cada
espíritu celeste no pude obrar sino con arreglo al astro que les
corresponde, y según le permite la omnipotencia divina, porque Dios sólo
le da el poder de obrar. Por esa razón dichos espíritus no pueden
emprender nada sino bajo la dirección divino, y sólo cosas que conducen
a un buen fin, como lo confirma la historia del mundo desde su creación.
Hay
siete gobernantes que tienen otras tantas funciones diferentes. Sus astros
visibles son. Aretrón, Bethor, Phaley, Och, Hageth, Ophiel y Phul, a los
cuales atribuyen las condiciones siguientes:
1.º
Aretrón, tiene el poder de cambiar instantáneamente en piedras o
metales, objetos diferentes y al contrario. Por ejemplo: convierte el
carbón en oro, y viceversa; enseña la Alquimia, la Magia, la Física;
hace invisible y da larga vida.
2.º
Bethor, confiere altas dignidades, acerca del hombre a los espíritus que
le dan respuestas exactas, transporta los objetos de un lugar a otro,
proporciona piedras preciosas y prolonga la vida indefinidamente, si Dios
lo permite.
3.º
Phaley, que pertenece a los atributos de Marte, establece la paz y eleva a
las altas jerarquías militares a quienes han recibido su mar.
4.º
Och, preside los atributos del Sol, da larga vida y salud, distribuye la
sabiduría, enseña la medicina y da el poder de cambiarlo todo en oro
puro y en las piedras más preciosas.
5.º
Hageth, bajo la influencia de Venus, da muy grande hermosura a las mujeres
que se honran en su protección, les distribuye todas las gracias, cambia
el cobre en oro y al contrario.
6.º
Ophiel posee el poder de la transmutación metálica bajo el signo de
Mercurio; da el medio de transformar la plata en oro, transformación en
que se funda, según la Alquimia, la gran piedra filosofal.
7.º
Phul gobierna las regiones lunares. Su potencia se extiende a la duración
de infinitas enfermedades, cambia todos los metales en plata, protege al
hombre que navega, y da larga vida.
No
olvidar jamás que todo es posible a quien tiene fe y voluntad y que, por
el contrario, nada conseguirá quien carezca de ambas cosas. No hay
obstáculos mayores que los que oponen el aturdimiento, la ligereza, la
inconstancia o la frivolidad, el desarreglo o las pasiones desordenadas.
Quien
quiera poseer el don de la magia, tiene que ser, ante todo, hombre
honrado, virtuoso constante en sus palabra y en sus acciones, firme en
todos sus trabajos, prudente, avaro solamente de su sabiduría y creyente
leal en la empresa que acomete.
Hecha
la anterior digresión por considerarla de verdadera utilidad, pasemos a
tratar de los gnomos.
Tras
la especificación hecha de toda la clase de espíritus, detallando los
elementos que pueblan, propiedades o funciones que tienen encomendadas
según sus instintos innatos o impuestos por el Rey de los ámbitos, la
manera de suplicar su concurso en nuestras empresas mágicas, etc., vamos
a tratar ahora de otros seres también espirituales pero que, desligados
en todo de los anteriores, forman una nueva legión, obran y accionan con
libertad absoluta en relación a los demás.
Gnomos
es el nombre de estos espíritus, y están definidos por Artabel, en los
anales de las Magia, para conocimiento de sus secuaces, del siguiente
modo: los espíritus guardadores de tesoros, íntimos a la humanidad, de
la cual forman una parte integrante, siendo invulnerables a nuestros
encantamientos más sutiles.
Esta
acotación, escrita de puño y letra del gran Artabel, ha sido
generalmente mal interpretada en una de sus partes más significativas,
debido a la poca ciencia comprensiva de los genios que han tratado tan
escabrosa rama del saber, y es, en lo relativo al principio del versículo
antes mencionado pues debo advertir que las sentencias y máximas
inscritas en el libro Rojo, obra maestra de Artabel, están en árabe, y
doy la traducción para aquellos que, no impuestos de los secretos de este
arcano, no puedan por sí solos a la voz de un conjuro hacerse con el
original, libro raro escrito en hojas de pergamino, que Olimpiodoro y
Sinesio ensayaron en vano copiar, por la sencilla razón de que, a medida
que escribían se iban borrando los caracteres: sin embargo, tal fue el
empeño de ambos por conocerlo, que consiguieron retener en la memoria
algunos párrafos, los cuales le fueron muy útiles en sus experimentos de
alquimia, logrando hacer artificialmente oro y brillantes. Mas,
apartándonos de digresiones, diremos que la calificación de guardadores
de tesoros a que antes aludíamos, es hiperbólica y de sentido figurado
pues su autor no sólo se refiere a los tesoros que se hallan ocultos en
forma de minerales, piedras preciosas, monedas acuñadas, etc., sino
también a la inteligencia del hombre que, bien entendido, es la riqueza
mayor de que estamos dotados los mortales, y de la cual se convierten en
sus más fieles guardianes, dirigiéndole por el camino de la suprema
perfección.
Tenemos,
no obstante, que dar sucinta explicación a aquellos incrédulos que hacen
supeditar al libre albedrío de estos espíritus a la materia, y al efecto
les exponemos lo siguiente:
“El
espíritu –dice el doctor Herman Schefer- no es otra cosa que una fuerza
de la materia, resultando inmediatamente de la actividad nerviosa.” Mas,
objetamos con Flammarion, ¿De dónde viene esa actividad nerviosa? ¿Qué
es sino el espíritu el punto donde radica esa potencia? ¿Acaso es el
alma la que obedece y somete al cuerpo, o éste al alma? Dogmas son que
caen por su base, y a los que no debemos dar importancia, aunque hayan
sido sostenidas por eminencias como Laugel, Moleschott, Buchner y otros no
menos afamados profesores.
Téngase
presente que nuestro espíritu se halla constituido de tal modo, que en su
composición entran una inmensidad de pequeños espíritus, que trabajan
constantemente en el desarrollo de nuestras ideas, y éstos, en relación
directa con los gnomos, son los que producen en nuestra alma sensaciones
de placer, de alegría, valor, odio, cariño, simpatía, temor, tristeza y
otras muchas que, sin darnos cuenta exacta de su origen se apoderan de
nosotros de un modo absoluto.
Estos
espíritus son tan diminutos, que para hacer su comparación habríamos de
decir que parecen átomos, lo cual no es obstáculo para que sean tan
exactos en el cumplimiento de su deber, que tan pronto como aparecemos en
la faz del orbe y aspiramos al primer hálito de vida, ya somos víctimas
de su benéfica invasión que nos acompaña y dirige hacia el término del
destino que la providencia nos señaló de antemano.
Tan
complejo, amplio e importante es ese papel que desempeñan en nuestra
existencia, que casi podemos decir que dependemos de ellos sin temor a
arrepentirnos, y por razón natural son los que debiéramos conocer para
explicarnos muchos de los fenómenos que nos suceden, y que hasta ahora
han quedado sin explicación categórica.
La
residencia de los gnomos son las ondas aéreas y, como sus moradas, ellos
nunca están en reposo. Además, tienen la propiedad de penetrar por todos
los poros de la Tierra y hasta se filtran en el corazón de las montañas.
Tienen
un poder omnímodo sobre la imaginación del hombre, son su égida en los
peligros, su inspiración en la duda, su horóscopo del futuro; de ahí
vienen las preocupaciones que tenemos, las cuales suelen ser siempre
ciertas.
Es
el céfiro transmisor de las órdenes, demanda o ruego de los hombres a
los espíritus o de estos entre sí, y tal es convicción de los bueno y
lo malo, que si va en perjuicio de los seres racionales la voz que
arrastran a su destino, tratan de librarse de su pesada carga, chocando
con los obstáculos que encuentran a su paso, desbaratando de este modo el
poder los espíritus no congéneres, los cuales nada pueden hacer por
contrarrestar su impulso justiciera, pero como ya hemos dicho, los gnomos
tienen por misión principal velar por el equilibrio de los talentos,
amenazados de las fastuosas maravillas de los espíritus malignos.
También
hemos hecho notar que la influencia o acción de los gnomos es ejercida
sobre el cerebro, por lo tanto, ellos son los engendradores de la ilusión
de los sentidos. Quieren al hombre y le proporcionan una vida inmaterial,
le hacen soñar y le enseñan a sentir, porque no es verdad, como se cree,
que el sueño no sea más que una retratación de los pensamientos ya
impresos en nuestra masa encefálica, no; la imaginación es incesante
como los mismos gnomos que la incitan a funcionar, estando dispuestos a
crear en todo momento, y si faltase esta mecánica, la materia se
confundiría hasta el momento en que llegase a su transformación total,
que no sería lejana.
Únicamente
pueden existir diferentes grados de actividad mental o relativo reposo en
relación al género de células que vibran en nuestro entendimiento,
pudiendo afirmarse que, cuanto más en contacto esté el objeto o imagen
causa del movimiento fisiológico con lo material o mundano, más agitado
está el sistema nervioso, puesto que se hallan en tensión más número
de nervios de la prodigiosa fábrica de nuestro organismo.
¿Piensan
por ventura que esas inmensas moles de granito cuya geognosia son, en su
mayor parte, pequeños cristales de cuarzo, feldespato, mica y ortosa, que
se levan a infinidad de metros sobre el nivel del mar, permanecen
inmóviles y en reposo absoluto? Pues, no; ¡vibran todas sus moléculas,
por la razón de la cohesión y expansión de los átomos en que el éter
imprime sus movimientos, y vacilarán ahora si digo que la materia viva es
incesante en sus fases, hasta cuando las masas inanimadas aparentemente no
lo son! Y más aún, si confiesan que la materia organizada está
constantemente en vigor, ¿Qué dirán de los espíritus en cuya sustancia
se sintetizan estas cualidades y una poderosa de que carece el resto de
los elementos del cosmos...?
Nada
más bello que abandonarse a estos espíritus que nos proporcionan
placeres quizá platónicos, porque nuestro ser no disfrutas al unísono
del alma, pero ésta se purifica y aprende a pensar en lo divino o
sobrenatural cuando transportándonos estos graciosos espíritus en alas
del deseo a regiones ignotas nos hacen experimentar mil sensaciones que
nos sobrecogen de respeto, haciendo brotar en nuestra mente ideas vagas
como bosquejos de una felicidad anhelada que empieza a conseguirse...
Hacen
arrugar nuestra frente acreditando utopías posibles para nosotros que
empezamos a esclarecernos con su luz germinadora y gozamos de un éxtasis
embelesador, elevándola cada vez más al sol esplendente de la verdad, el
que brilla en el inmenso espacio del Bien Supremo.
Ángeles
de la fortuna luchan contra la maldad, imposibilitando su progreso, porque
no pueden destruirla, obedeciendo a las leyes de la naturaleza.
Con
facilidad observamos la ingerencia de estos espíritus en nuestros
designios, puesto que están íntimamente unidos a ellos, así que
llevamos a cabo un daño, tras la vacilación interior tenemos el
remordimiento, y si se trata de un bien, el gozo inefable de dicha unido a
la satisfacción frecuente
Que el alma manifiesta por una obra realizada: ¿Cómo podemos
explicarnos esa alegría o ese pesar sui géneris de que nos vemos
poseídos a veces sin causa visible que lo despierte, sino es por los
gnomos, que graban en el centro de nuestro sistema nervioso los ecos de un
próximo acontecimiento? Son ellos que nos avisan, no para dar margen a
nuestro desenfreno o abatimiento, sino para precavernos de una impresión
repentina, para que vayamos poco a poco familiarizándonos con la
sensación que vamos a sufrir, haciéndonos de este modo superiores a
nosotros mismos.
¿No
es verdad que, cuando hablamos de una persona a quien no hemos visto desde
largo tiempo, suele suceder que aparece ante nuestros ojos en breve
instante?
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