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UN EXPERIMENTO CON EL TIEMPO
Carlos Eric Maine


Siempre, desde su punto de origen en la prehistoria, el hombre ha sido un soñador. Parece haber pocas dudas acerca de que esta consciencia de un "fantasma" de uno mismo que se vuelve activo durante el sueño y aún durante la vigilia, produjo el primer concepto de alma y, asociado a éste, las creencias de varias religiones paganas o de otro tipo.

Esta alma o fantasma ha sido casi siempre separada del cuerpo humano normal; en verdad, podría dejar el cuerpo durante los sueños y quizá sobrevivir al espacio final de la muerte física. De este modo, como Sir James Frazer señala en La Rama Dorada, si la vida es explicada por la presencia del alma en el cuerpo, entonces el sueño se convierte en la ausencia temporal del alma y la muerte es la ausencia permanente.

Una de las creencias más antiguas de la humanidad es que los sueños pueden predecir el futuro y, en el antiguo mundo de los asirios, egipcios y judíos, por ejemplo, se creía que los sueños eran mensajes de los dioses que daban indicaciones sobre el futuro. La Biblia es una prolífica fuente de sueños, especialmente el Antiguo Testamento, mientras que el Nuevo Testamento tiene también su cuota de sueños proféticos (así, en el Evangelio según San Mateo, José es advertido en un sueño de que su esposa está encinta y, más tarde, la vida del Niño Dios es dos veces salvada gracias a las "visiones nocturnas").

Los videntes eran personas importantes. Era su tarea traducir las oscuras imágenes de la mayoría de los sueños en comprensibles profecías. Tales interpretaciones fueron, más tarde, expresadas por escrito para formar el original "Libro de los sueños", que, lo mismo que la astrología, está firmemente de moda, incluso hoy en día. Así, de acuerdo con uno de tales libros, soñar con fuego significa la llegada de "noticias urgentes". La previsión en sueños tiene, con todo, su lado serio y una multitud de bien documentados registros están archivados en la Sociedad para la Investigación Psíquica en Londres y en su equivalente americana en Nueva York, aunque sigue siendo materia de debate el saber si tales previsiones provienen de la telepatía, la clarividencia o la percepción extrasensorial.

Con el interés despertado por el materialismo en los últimos años del siglo XIX, los atributos místicos de los sueños se volvieron objeto de un mayor escepticismo hasta que, finalmente, en los comienzos del siglo XX, toda la cuestión de la interpretación de los sueños fue revolucionada por Sigmund Freud. Freud, profesor de neurología en la Universidad de Viena, se especializó en el tratamiento de la histeria y la neurosis, y fue la publicación de su libro La Interpretación de los Sueños, en 1900, con su énfasis en el simbolismo sexual, lo que indicó al mundo de la medicina el punto en el cual el análisis de los sueños se convertía en la piedra fundamental de la técnica sicoanalista.

En parte porque sus ideas ultrajaron la moral del público de la época y en parte porque había elevado al sueño a la categoría de ciencia, Freud resultó el protagonista de una tormenta de escepticismo y ridiculizaciones, como suele suceder con tantos innovadores. No obstante, sus ideas persistieron y otros psicólogos comenzaron a considerar los sueños seria y científicamente, aunque a veces, desecharon las crípticas imágenes sexuales que dominaban la teoría del propio Freud.

En la actualidad, Freud es respetado por sus trabajos de pionero y su influencia persiste, aunque los aspectos sexuales del psicoanálisis han sido ampliamente discutidos. Durante el siglo pasado, el sueño se ha movido dentro del mundo de los laboratorios electrónicos donde los científicos, mediante el uso de técnicas informáticas, pueden ahora decir a los que estén interesados cuál es la frecuencia y duración de los sueños, por medio de mediciones en las circunvoluciones cerebrales y de los movimientos de los ojos de los que duermen.

Según los registros, el sueño es cíclico por naturaleza, tomando la forma de largas olas de aproximadamente una hora de duración o más, que desciende profundamente en el inconsciente para ascender hasta cerca de la conciencia. La curva del sueño más profundo es la primera y, a partir de éste, va volviéndose más superficial a medida que avanza la noche. En los puntos más altos de cada onda donde los sueños tienen lugar, y los mismos pueden durar desde diez minutos hasta media hora. Como se registran cuatro o cinco curvas durante un descanso ininterrumpido, experimentamos cuatro o cinco sueños durante la noche; en rigor, un veinte por ciento de nuestra vida de durmientes se cubre con sueños.

Hasta ahora todo va bien, pero, mientras tanto, la cuestión de la previsión o la premonición del futuro ha quedado postergada. Quizá porque es considerada como no científica. O porque no sabemos, ni siquiera en la actualidad, qué son los sueños precisamente, de dónde provienen las imágenes, cómo se combinan y se integran y, después de todo, por qué soñar y gastar tanto tiempo en esta aparentemente irracional e inútil actividad, cuando nuestras vidas conscientes están lo suficientemente ocupadas.

Todo lo cual nos remite al trabajo de John William Dunne, un teórico y experimentador altamente original, quien dedicó gran parte de su vida al análisis de los sueños y las premoniciones y que, al hacer esto, creó inadvertidamente una ciencia nueva del tiempo, el espacio y la conciencia, que fue llamado serialismo. Esta al ser divulgada por primera vez en 1920, causó sensación. Hoy, sus considerables esfuerzos han sido pasados por alto y, por desgracia, no parecen tener ya mayor influencia; un error que es difícil de admitir ya que estableció una serie de experimentos positivos que pueden ser fácilmente comprobados y llevaban a convalidar sus conclusiones.

Dunne fue un ingeniero (en realidad un diseñador de aviones (concretamente alas volantes) en los primeros tiempos de la aviación) y, por tanto, al no ser un psicólogo profesional ni un filósofo erudito, fue quizá tomado con menos seriedad de la que sus trabajos merecían. Por otra parte, su teoría del serialismo entró en conflicto con la científicamente aceptada metodología del día, en un mundo convulsionado por comprender la teoría einsteniana de la relatividad y otros nuevos conceptos físicos. Escribió cuatro libros, el primero de los cuales se tituló Un Experimento con el Tiempo, y dio varias conferencias sobre su controvertido tema que comenzaban con una prueba experimental de la previsión en sueños y concluían con la evidencia de la inmortalidad y de la existencia de un espíritu universal o "dios" que anima toda la materia viviente; todo esto dicho con un lenguaje equivalente al de las matemáticas y las ciencias y sin una palabra acerca de la religión o el misticismo.

Todo comenzó cuando Dunne, aceptando que algunos sueños registrados eran aceptablemente proféticos, cuestionó la anormalidad de tal previsión. ¿Por qué habría de ser prerrogativa o el privilegio de unos pocos? Podía suponerse que era una función normal del cerebro dormido irreconocible para la multitud, que, en cualquier caso, invariablemente olvida sus sueños pocos segundos después de despertarse. Consideró que los sueños podrían consistir en una combinación de pasado y futuro y se dispuso a realizar experimentos prácticos para comprobar tan extraña hipótesis, actuando el mismo como sujeto e ignorante inicialmente de la ardua naturaleza del asunto que iba a emprender. El mismo Dunne reconoció que

"la labor que debía ser acometida consiste en el aislamiento de un solo factor básico de entre la acumulación de materiales engañosos. Cualquier relato de un proceso de este tipo debe contener, por supuesto, una descripción de la sustancia de la cual la separación ha sido efectuada. Y tal sustancia es, a menudo, y mucho más en este caso, basura o tontería".

En su primer libro Dunne relata un considerable número de sueños, algunos con un indudable significado premonitorio, otros, no tanto. Penetra, además, en ciertas dificultades prácticas que describe en detalle. Dentro del espacio disponible aquí no es posible transcribir cada sueño, pero los más importantes de ellos están resumidos y el lector puede, si así lo desea remitirse al texto de Un Experimento con el Tiempo para una narración totalmente completa. Dunne, incidentalmente, como ingeniero y matemático, siempre evaluó el factor de la probabilidad en aquello que podría aparecer como una premonición en un sueño.

Por lo tanto, soñar con un hecho relativamente corriente puede imputarse a la coincidencia y, en ese caso, llevaría a un nivel bajo o de cero en cuanto a la previsión de la probabilidad. Simplificando, un sueño necesitaría ser de carácter inusual y (lo que es muy importante) no relacionado con cualquier hecho similar del pasado. Las limitaciones impuestas serían, entonces, formidables.

Los primeros dos "incidentes" no fueron exactamente del tipo que uno podría buscar, aunque encajaron bien en lo que más tarde tomaría forma como la teoría explicativa de Dunne, que incluía el serialismo. El primero ocurrió en 1899 durante una estancia en un hotel de Sussex. El sueño tenía un argumento en el cual intervenía un camarero que indicaba el tiempo correcto. Dunne sostenía que era las 4.30 de la tarde y el camarero insistía en que era las 4.30 de la madrugada.

"Con la aparente falta de lógica peculiar a todos los sueños", el Dunne del sueño concluyó que su reloj debía haberse detenido y, al verificar si era así en efecto, comprobaba que se había detenido a las 4.30. Con esto se despertó. Con curiosidad se levantó de la cama y encendió una cerilla para mirar la hora en el reloj que se hallaba depositado sobre la mesa de noche. De hecho, se había detenido: las manecillas indicaban las 4.30. Consideró que el reloj debía haberse detenido en la tarde anterior. De cualquier modo, no lo había notado o bien lo había olvidado. Sin saber la hora exacta, dio, meramente, cuerda al reloj, dejando las manecillas donde estaban.

A la mañana siguiente comprobó la hora en el reloj más cercano del hotel, esperando cabalmente que el reloj estuviera varias horas atrasado, pero "para mi absoluto asombro, me encontré con que las manecillas se habían retrasado solamente dos o tres minutos; aproximadamente el tiempo que había transcurrido entre mi despertar del sueño y la acción de dar cuerda al reloj".

¿Cómo, entonces, hizo para ver en sueños que las manecillas se habían detenido?, ¿Cómo, entonces, lo estaban a las cuatro y media?

El incidente fue lo suficientemente trivial como para darle mayor importancia y, quizá, podía ser atribuido a cierta forma de clarividencia –el ver a traves del espacio a pesar de la oscuridad y de los párpados cerrados- pero Dunne no era, en modo alguno, un “vidente”. Tiempo después, en Sorrento, Italia, estando en la cama medio despierto bajo el mosquitero, se preguntó qué hora sería y, vagamente, quiso repetir el efecto. Continúa: “Un momento después, me encontré observando el reloj. La visión que tuve del mismo era binocular, vertical, estaba suspendida en el espacio aproximadamente a un pie de mi nariz, iluminada por la correspondiente luz de la aurora y envuelta en una niebla delgada y blanquecina que llenaba el resto del campo visual. La manecilla que marcaba las horas se detuvo exactamente a las 8,00; la de los minutos oscilaba entre las doce y la una; la de los segundos era un trazo borroso.

“Para mirar con mayor intensidad, sentí que debía despertarme completamente. Así, despejé la mente para considerar a la manecilla de los minutos como uno considera la aguja de un compás prismático y traté de dividir el arco de su oscilación. Esto la fijaba como dos minutos y medio después de las ocho. Ya decidido, abrí los ojos, aparté el mosquitero, cogí el reloj, me lo aproximé y lo mantuve en alto delante de mí. Estaba completamente despierto, y las manecillas se encontraban detenidas a las ocho y dos minutos y medio”.

A continuación Dunne enumeró una cantidad de sueños experimentados en un periodo de años en los cuales “previó” hechos futuros de una única naturaleza, alcanzando con ellos un alto factor de probabilidad en términos de previsión. Una fue la llegada a Khartoum de la expedición de El Cabo a El Cairo, patrocinado por el Daily Telegraph, informando que uno de los integrantes blancos de la partida había muerto en la ruta. La historia apareció completa en la edición del Telegraph del día siguiente al sueño, la muerte de uno de los miembros había sido ignorada hasta aquel momento debido a las pobres comunicaciones (era el año 1901).

Otros incluían una premonición sobre un desastre volcánico en la isla Martinica, en las Indias Occidentales, con una pérdida de cuarenta mil vidas (en el sueño la cifra era cuatro mil); un gran incendio en una fábrica de caucho cerca de París, en el cual muchos de los miembros femeninos de la plantilla morirían sofocados antes de que pudieran ser rescatados; el descarrilamiento del Flying Scotsman sobre un terraplén, cerca de Forth Bridge en 1914, y varios sueños de naturaleza personal seleccionados de entre un grupo de aproximadamente veinte, que habían sido cuidadosamente recordados.

Hasta entonces Dunne se había confiado ampliamente en su memoria. Muchos de los sueños se referían a hechos de naturaleza trivial y, en estos casos, la premonición ocurría meramente un día o dos antes de la realidad. El mismo Dunne observa: "Estos sueños no eran representaciones mentales de acontecimientos distantes o futuros. Eran los usuales lugares comunes de los sueños, compuestos por imágenes distorsionadas de la experiencia en la vigilia, construidos todos en el corriente y peculiar estilo de los sueños, un poco sin sentido. Es decir, si se hubieran producido durante las noches posteriores a los correspondientes acontecimientos no habrían presentado nada de inusual ni siquiera en pequeño grado, y habrían aportado tanto de verdadero como de falso, lo cual los habría puesto a la altura de cualquier sueño común, que es muy poca cosa. Eran los sueños normales, apropiados y esperados; pero estaban ocurriendo en las noches equivocadas.

Y añade: "Aún los sueños del reloj fueron meramente los sueños que debí haber tenido después de haber mirado el reloj. No, no hay nada inusual en cualquiera de estos sueños considerados como sueños. Simplemente estuvieron desplazados en el tiempo. Esto, por supuesto, era demasiado frágil, pero sentí, sin embargo, que había representado un gran avance para resolver todos estos variados fenómenos agrupándolos en una sola clase de incidente: una simple, si bien misteriosa, transposición de datos. Pero en toda esta especulación había todavía un largo camino para llegar a la verdad".

Hasta aquí Dunne se había confiado a la memoria, trabajando en los fundamentos de lo que él describe como una "moda desesperanzadamente acientífica". Hasta 1917 no se planteó la pregunta clave: ¿Era posible que aquellos fenómenos no fueran anormales sino normales? Aquellos sueños, los sueños en general, los sueñas de toda la gente, estaban compuestos por imágenes de la experiencia pasada e imágenes de la experiencia futura combinados mutuamente en aproximadamente iguales proporciones. Que el universo era, después de todo, realmente extenso en el tiempo y que la visión distorsionada que tenemos de él -una visión con la parte futura incontablemente extraviada, separada de la creciente parte "pasada" por un viaje al "momento presente"- se debía exclusivamente a barreras impuestas por la mente que existían sólo cuando estábamos despiertos. De modo que, en realidad, la trama asociacional se alargaba, no meramente en un sentido u otro dentro del espacio, sino además atrás y adelante en el tiempo. Así, la atención del que sueña, siguiendo en un estilo natural y carente de obstáculos la senda más fácil entre las ramificaciones, estaría continuamente cruzando y recruzando el inexistente ecuador que nosotros, estando despiertos, disponemos bastante arbitrariamente a través del todo.

La suposición (ya que no ha sido vista como una posible explicación) fue inmediatamente rechazada por Dunne, ya que le pareció "absolutamente inconcebible que una cosa de esta suerte, si fuese verdadera, hubiera podido arreglárselas para escapar, a través de todos los siglos, a la percepción y el conocimiento universales". Sin embargo, la semilla había sido sembrada y empezaba a germinar; éste era el punto inicial del verdadero experimento científico, con su disciplina rígida y tediosa, y el comienzo de una nueva teoría del tiempo y el espacio que iba a llevar a Dunne mucho más lejos de lo meramente establecido como la naturaleza normal de los sueños premonitorios. En verdad, le conduciría hacia aquellas áreas esotéricas habitualmente consideradas como territorio de los teólogos y los místicos.

Pasó un año antes de que cualquier paso práctico hubiera sido dado. Dunne reconocía que los sueños se olvidaban con demasiada facilidad; nueve mañanas de cada diez estarían vacías de sueños, porque después de todo, uno olvida los sueños en el inmediato instante al despertar. Inclusive los detalles que recordamos de un sueño, generalmente no permanecerán mucho tiempo en nuestra memoria mientras tomamos un baño y nos vestimos. Se hacía entonces necesario escribir el sueño recordado inmediatamente al despertar, registrando todos los detalles que fuese posible, y establecer un método para rememorar los sueños ya olvidados, Además, ya que esto iba a ser una rutina diaria de recuerdos y comprobaciones retrospectivas, debía limitar el tiempo que consideraba deseable. Dunne le dio una duración de dos días a la posible evocación, pero con la condición de que podría extenderse en razón de la singularidad y la peculiaridad de un incidente dado. (Cita como ejemplo un sueño profético que ocurrió ¡veinte años antes que el hecho!).

 Otro factor era la naturaleza del trabajo y la vida de uno. Una vida monótona y aburrida con cada día exactamente igual al anterior, sería muy poco indicada para producir premoniciones identificables en poco tiempo. La variedad y el cambio ofrecían muchas mejores oportunidades. En la práctica, Dunne halló que los hechos simples tales como la concurrencia a un teatro o a un cine, o inclusive la lectura de una novela, podían llegar a ser fuente lucrativa de sueños con datos de advertencia. Además, una debía siempre estar precavido contra la mera coincidencia (es decir, una baja previsión de probabilidad).

Que el experimento demostró ser un éxito es algo que no necesita decirse. Por otra pare, los libros de Dunne nunca habrían sido escritos de no haber sido así. Para probar que no había nada de anormal o "sensitivo" en él, hubo de persuadir a amigos y colegas para que trataran de experimentar durante un período; los resultados fueron generalmente comparables. Pero todavía quedaban obstáculos, sin embargo, La mayoría de los hechos previstos eran de una naturaleza tan trivial que uno bien podía hacer caso omiso de ellos.

Además, "la mente que sueña es una mano maestra para hilvanar toda clase de falsas interpretaciones sobre todo lo que percibe; por esta razón, el registro del sueño deberá describir como hechos separados, a la apariencia actual de lo que se ha visto, y a la interpretación dada a esa experiencia". Así, por ejemplo, el suceso real de una densa lluvia de brillantes cenizas producida al avivar una roja hoguera de maderos con un fuelle, fue "prevista" en sueños como una multitud de gente arrojando los cigarrillos ya convertidos en colillas.

Finalmente, Dunne se dio cuenta en la práctica de que con la mente en vela se rehúsa, en principio, a aceptar la asociación entre el sueño y el hecho subsiguiente, porque la asociación es "el equivocado camino circular" y tan pronto como se hace percibir instantáneamente es rechazada. "La rebelión del intelecto es automática y extremadamente poderosa". Esto es comprensible porque no hay, una memoria consciente de un hecho futuro como opuesto a un suceso del pasado con el cual el sueño debe estar necesariamente ligado. Aún cuando los relatos comprobatorios por escrito registran que después del tiempo límite de dos días uno es apto para leer correctamente a través de las cosas que está buscando, puede inclusive no notar la conexión con el incidente de la vigilia. He aquí una inaceptable falla de causa y efecto.

Un modo de vencer este rechazo es pretender que los relatos que uno está por interpretar pertenecen a aquellos sueños que uno está por tener durante la noche siguiente, y luego buscar hechos en el pasado día o en el anterior que puedan legítimamente ser considerados como las causas de aquellos sueños. Esta fue una ocurrencia que Dunne halló de lo más útil.

La artimaña para rememorar sueños olvidados es bastante simple, afirma. Un cuaderno de notas y un lápiz deben guardarse debajo de la almohada e, inmediatamente, al despertarse, antes aún de abrir los ojos, es preciso ponerse a recordar cada detalle, aunque parezca sin importancia, del sueño que rápidamente se desvanece. Ignorar el resto y concentrarse en ese único punto, intentando ampliarlo. Como un chispazo, una amplia serie de sueños en los cuales ese incidente ya ha ocurrido regresan a nuestra memoria y, lo que es más importante, habitualmente se recuerda un incidente desconectado de sueños anteriores. Hay que escribir todo inmediatamente, luego concentrarse en ellos uno por uno. La mayoría de las historias soñadas serán reveladas por sí mismas gradualmente; basta con escribirlas y no intentar simplemente recordarlas. Finalmente, se debe tomar el relato abreviado hecho de esta manera y escribirlo en forma completa y acabada.

Dunne subraya, sin embargo, que toda esta práctica de experimentación es una faena fatigosa hasta el punto de que uno se inclina a abandonarla después del primer día de los dos prefijados.

Con persistencia y disciplina se transforma en algo más fácil tras un período de tiempo. Aún así, se explica por qué el experimento no ha sido nunca ampliamente realizado. Para la mayoría de nosotros, la vida es ya lo bastante agitada, con los diarios problemas prácticos, como para permitirnos ensayar durante un período regular y prolongado la recolección de sueños y el registro inmediato de los mismos apenas nos despertamos. En un bloque posterior de experimentos, Dunne tuvo en cuenta este factor y no exigió mucha dedicación agobiante a los sujetos que colaboraron con él.

Queda aún un pequeño espacio para hacer una exposición del serialismo, no porque este artículo sea el medio apropiado para lo que es una discusión científica avanzada, pero es necesario subrayar los principios básicos si es que el fenómeno del sueño ha de ser interpretado. La teoría completa está explicada en el libro de Dunne El Universo Serial, una obra de carácter remarcable a la cual el interesado puede remitirse.

Básicamente, Dunne comienza con el aceptado cuadro del universo físico, incluyendo el cuerpo humano, como un continuo cuatridimensional que ocupa las tres dimensiones familiares del espacio (largo, ancho y alto) extendidas (esto es, soportando) a la cuarta dimensión del tiempo. Todas estas dimensiones están cada una, en ángulo recto con la otra, pero la mente humana es capaz de observar solamente las tres dimensiones espaciales y es incapaz de visualizar cualquier otra dirección. El paso del tiempo, sin embargo, puede ser medido, por ejemplo, con un reloj. Para la mente observante el tiempo consiste en el punto del ahora que es inmensurable y que tiene probablemente una duración de cero y cuyo transcurso separa al creciente pasado del decreciente futuro.

Hasta aquí no estamos solamente con Dunne, sino en la buena compañía de los relativistas y los físicos de su época. Sir Arthur Eddington en su libro Espacio, Tiempo y Gravitación escribe: "Un individuo es un objeto cuatridimensional de forma muy alargada: en el lenguaje ordinario decimos que tiene una extensión considerable en el tiempo y una insignificante extensión en el espacio. En forma práctica, se le representa por una línea: su paso a través del mundo".

A lo largo de esta línea de vida corporal, desde el nacimiento hasta la muerte, viaja la mente observante (señalada por Dunne como el Observador), presta atención mientras despierta rígidamente encolada al móvil ahora. Se debe notar que ahora es el único punto en el cual el medio ambiente puede chocar con el Observador a través de los sentidos corporales, y el único punto en el que el Observador puede interferir o experimentar (o incluso observar) con el ambiente físico. Una sola fracción de segundo pasado es ya demasiado tarde y una fracción de segundo en el futuro es demasiado pronto. El cuerpo puede ser considerado como un instrumento que, a través de los sentidos, produce cambios electroquímicos y éstos son estudiados e interpretados por el Observador en viaje. Ellos son el único modo de contacto para construir un cuadro subjetivo del medio ambiente externo, y este cuadro contiene muchas cualidades que no existen en el mundo físico, tales como el color, los sonidos, el olor y el gusto que, en el ambiente exterior, son meras frecuencias o partículas o ambas a la vez, Dunne demuestra que el punto del ahora se mueve a la velocidad de la luz lo cual es así porque, para el punto de vista del Observador, la dimensión en la dirección del movimiento se contrae a cero de tal manera que el universo cuatridimensional es visto como tridimensional (este es uno de los efectos obligados de la relatividad y puede ser demostrado a la vez en forma matemática y experimental). Tenemos entonces una línea de vida física cuatridimensional a lo largo de la cual un viajero Observador (o nosotros mismos) se mueve a la velocidad de la luz desde el nacimiento hasta la muerte siguiendo el punto del ahora que presenta los hechos en sucesión.

A esto le llamamos tiempo, pero el lector perceptivo puede ya haberse anticipado al siguiente punto de Dunne, a saber, que cualquier forma de movimiento o progresión, inclusive a lo largo de la línea temporal, por necesidad toma un tiempo; en este caso de un orden dimensional más alto. Dunne designa el movimiento del Observador a lo largo de la senda de su vida como “Tiempo 1”, lo cual es en sí mensurable en términos de un “Tiempo 2” de cinco dimensiones que se mueve en ángulo derecho con las otras cuatro dimensiones; y el movimiento del “Tiempo 2”, a su vez, es mensurable en términos de un “Tiempo 3”, de seis dimensiones. Estamos en el comienzo de una serie que continúa indefinidamente y que se conoce como una regresión infinito. Esta es la ruina de los físicos y matemáticos, que la eluden como a una plaga, Constituye el "tiempo en serie" de Dunne. Sir Arthur Eddington, en una carta a Dunne, escribía: "Coincido con usted sobre el serialismo; el 'fluir del tiempo' no está en el mundo de Minkowski como se sostiene". (Con la expresión mundo de Minkowski se refería al mundo del espacio-tiempo adoptado por Einstein como fundamento de su teoría.) Hay aún otro punto de importancia. Cada orden temporal de nivel superior reclama su propio Observador del mismo nivel superior. Así, es el movimiento del “Observador 2” a lo largo del “Tiempo 2” lo que activa al “Observador 1” en el “Tiempo 1”; de otro modo, el “Observador 1” coexistiría, sin movimiento, a lo largo de toda su línea de vida desde el comienzo hasta el final. Como consecuencia, además del tiempo serial tenemos también una serie de Observadores que se extiende en infinita regresión al infinito, cada Observador por su propio movimiento activando y concentrándose sobre el Observador de nivel inferior hasta la línea del “Observador 1”.

Esto, de acuerdo con Dunne, acontece con los hombres "auto-conscientes". Tal como podría esperarse, hay ciertas conclusiones nuevas que merecen ser extraídas del serialismo. De este modo, el único observador con límites finitos en su capacidad de observación es el “Observador 1”; comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Todos los otros observadores son ilimitados, sus horizontes se extienden hasta la infinitud. Aún el “Observador 1” continúa existiendo después de la muerte aunque no haya nada que observar más que las experiencias del pasado del cuerpo extinto. Este múltiple yo es entonces eterno, indiferente al hecho de que el cuerpo físico exista o no.

Dunne va más lejos al considerar a la raza humana desde su punto de origen como un árbol genealógico, siempre creciendo y expandiéndose en términos físicos. Postula que está arrimada en el tiempo por el infinitamente último Observador o Yo Universal que se va diferenciando hacia abajo en los observadores individuales que se mueven en el “Tiempo 1”. Aunque elude cualquier connotación religiosa, es un hecho que mucha religiones orientales están basadas en el presupuesto de un Yo al que se llega a través de niveles de meditación cada vez más altos, hasta que el Yo como tal desaparece y se confunde con el Espíritu Universal, cualquiera que sea el nombre con el que pueda llamárselo.

Paul Brunton, por ejemplo, relata un diálogo con un santón en la India quien dice: "El primero y principal pensamiento de la mente de cada hombre es el pensamiento del “yo”. Es sólo después del nacimiento de este pensamiento cuando pueden formularse otros en forma acabada. Si puedes seguir mentalmente el hilo del yo, él te conducirá de regreso hasta su origen y descubrirás que, así como es el primero en aparecer, también es el último en desaparecer. Esto es una cuestión que puede ser experimentada".

Brunton: "Quiere decir que es perfectamente posible dirigir de esa manera una investigación dentro de uno mismo?"

Santón: "¡Seguramente! Es posible realizar la introspección hasta que el último pensamiento del Yo se desvanezca gradualmente. Un hombre alcanzará esta consciencia porque es inmortal y se volverá verdaderamente sabio cuando haya despertado a la verdad de sí mismo, lo que es la real naturaleza del hombre".

A la luz de lo anterior, los sueños premonitorios caen naturalmente en su lugar. Durante los períodos de sueño e inconsciencia, cuando el “Observador 1” no está sujeto a la exacta disciplina que es la concentración de la atención en el viaje por el punto del ahora, es libre de estirarse hacia adelante y hacia atrás a lo largo de la línea de vida cuatridimensional, produciendo imágenes combinadas en las cuales se mezclan e integran elementos provenientes tanto del pásalo como del futuro. El proceso es perfectamente normal y digno de ser esperado si uno acepta la teoría de Dunne del serialismo, inclusive aunque las pruebas prácticas y los experimentos con el nivel del “Observador1” sean arduos y dificultosos.

Dunne continuó con sus experimentos, a veces con muchísimos fundamentos, durante muchos años y al fin se reconoció, sobre la base de la estadística, solamente, que los sueños premonitorios no eran simplemente un arte de una minoría sensitiva sino que eran generalmente universales, aunque eso sí, difíciles de reconocer sin un largo entrenamiento y experiencia. Es una lástima que sólo haya escrito cuatro libros sobre el tema, ya que el serialista es, al menos, digno de un más de tallado examen. En la actualidad es virtualmente una ciencia olvidada en un mundo que parece estar más interesado en la conquista del espacio que en la de la mente.

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