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En todos los países existen leyendas sobre monstruos casi mitológicos: extraños reptiles de gena tamaño que parecen haber sido sacados de las páginas de un tratado sobre zoología primitiva. Pero, ¿sólo son fantasías? Hay testimonios que hacen pensar en algo más que imaginación.

Los últimos sobrevivientes de los gigantes animales que habitaron hace millones de años la Tierra, dejaron sus rastros en lugares muchas veces remotos e inexplorados. Para muchos zoólogos, las historias que hablan de estos monstruos son sólo el resultado de la viva imaginación de aborígenes y hombres blancos.

Pero ya son muchos los testimonios de varios testigos que en diversos sitios del globo han encontrado los rastros o han visto extraños y aterradores animales desconocidos, primos hermanos de los gigantes de la era secundaria.

Hay indicios de que la prehistoria aún respira y se halla latente. La Amazonia, es una región ideal, con sus tibios pantanos que se extienden a lo infinito y donde el hombre blanco no ha penetrado todavía.

En muchas ocasiones, indios cazadores de la baja región del río Yapura, llena de pantanos, han declarado haber percibido un extraño animal con un cuello de varios metros de longitud y una cabeza de lagarto grande. Su cola, que parecía larguísima golpeaba el agua con violencia. Esa descripción se aproxima a la de un brontosaurio, animal que existía en los pantanos de la era secundaria.

Los integrantes de otra tribu, que vivían entre el río Jurua y el río Purus en el Amazonas, percibieron al crepúsculo toda una familia de reptiles gigantes muy parecidos a los brontosaurios. Quisieron aproximarse, pero los largos cuellos de los animales cesaron de balancearse y se hundieron enseguida en las aguas pútridas. Sin embargo, esta visión de lagartos gigantes que salen del fondo de los tiempos no es algo exclusivo de la Amazonia.

Cosa curiosa: en otras tierras que presentan las mismas condiciones de clima y una flora parecida, en la selva ecuatorial africana, por ejemplo, los aborígenes cuentan en sus relatos escenas de espanto.

En la región del lago Tuvou, en los confines del Congo y el Tanganyka, se vio varias veces a un gran reptil acuático de cuerpo enorme y gris como el de un elefante y que parecía caminar sobre el agua. Tenía las enormes patas de un lagarto gigante y un cuello de cinco a seis metros de largo, con una pequeña cabeza ridícula.

Los aborígenes que lo divisaron acudieron a darle la noticia al jefe de la tribu. Este se dirigió al lugar, en compañía de los hechiceros. Pudieron comprobar que las cañas habían sido aplastadas por una masa pesadísima. El animal debió huir en dirección de los pantanos, pues en la playa de arena enormes huellas acusaban su paso, y en cada una de ellas hubieran podido sentarse sin inconveniente alguno un par de niños de seis años.

Apariciones de tal naturaleza fueron reportadas también en el Zuland, en la región de Natal, y en Angola. En diversas ocasiones se encontraron cadáveres de hipopótamos, cuya piel parecía  haber sido herida por unas garras enormes. Sin duda, habían sido atacados por otro animal más fuerte. ¿Un tigre o un león? De ningún modo, pues en tal caso habrían sido devorados en parte por esos feroces carniceros. Los cazadores que descubrieron sus cadáveres opinaron que el atacante debió ser una bestia monstruosa.

¿Existen todavía, con los brontosaurios, los pterodáctilos, esos reptiles voladores del jurásico superior (era secundaria)? ¿Los pterodáctilos de “dedos alados”, sin cola pero de cabeza desproporcionada, frecuentan aún ciertas montañas de Camerún?

El sabio francés Bernard Heuvelmans, doctor en ciencias zoológicas, cuenta al respecto una historia sorprendente. En 1933, el ilustre y malogrado investigador de lo inexplicable, Ivan T. Sanderson junto con otro compañero levantaron un campamento junto a un río en las montañas de Assumbo, en Camerún.

Ambos hombres se bañaban en el río cuando Sanderson fue arrastrado por la corriente. Trató de ganar la orilla y he aquí que vio sobre él un pájaro inmenso de por lo menos tres metros de envergadura. Colgaba su mandíbula inferior y dejaba ver una hilera de dientes blancos y acerados El pájaro tenía una especie de cola.

Los cazadores indígenas al conocer tal desventura, parecieron bruscamente aterrados y huyeron a su aldea, lanzando gritos de espanto. También ellos habían visto en varias ocasiones esa especie de reptil volador que siempre desaparecía entre los altos picos de las poco accesibles montañas de Assumbo.

En Nueva Guinea, el explorador Miller vio en 1949 otro de esos animales grotescos que parecían haber desaparecido desde fines de la era secundaria. La bestia divisada al borde de un pantano, en una región abandonada por los hombres y cubierta de vastos bosques, tenía el cuello y la cola del diplodocus. Podía tener unos 25 metros de largo y su dorso estaba protegido por enormes escamas verticales como los del estegosaurio.

En 1917, un colono inglés llamado Van Herwaarden mientras hacía exploraciones en el estado de Polembang, en Malasia, oyó hablar de un poderoso animal al que los indígenas denominaban “sedapa”. Lo describían como un monstruo de un solo ojo, colocado en medio de la frente, que caminaba con los talones dirigidos hacia delante y que trepaba los árboles. Al colono, los rumores le parecieron dignos de poco crédito no les dio importancia. Pero el animal, que parecía escapado de la imaginación siempre vivía de los indígenas existía realmente.

La prueba, vino de un lugar distante a miles de kilómetros, muchos años después. En septiembre de 1960 llegó a Río de Janeiro, Brasil, una noticia increíble: un recolector de caucho (“seringueiro”) había derribado con un machete a un gran monstruo en el bosque amazónico. El animal era del tamaño de un caballo, con grandes dientes que sobresalían de su boca, un rostro casi humano, completamente cubierto de pelos, pies redondos y un ojo en medio de la frente. Tenía cuatro patas, pero al caminar dejaba solo dos huellas, porque las de atrás se colocaban sobre el rastro de las de adelante cuando el animal avanzaba.

Este animal aparecido en Brasil, al que los zoólogos aún no han puesto nombre, era el mismo “sedapa” que el colono Van Herwaarden no había creído que existía cuando se lo describían los aborígenes malasios. El encuentro con el  trabajador brasileño cuya veracidad fue probada con el cadáver del mismo, nos demuestra que nuestro planeta esconde, en zonas aún inexploradas por el hombre, cierto número de animales extraños y desconocidos, sobrevivientes de especies prehistóricas que se creyeron desaparecidas para siempre.  


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