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En
el capítulo 7 del Génesis está escrito: «Después dijo Yavé a Noé:
"Entra en el arca tú y toda tu casa... Porque dentro de siete días voy a
hacer llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches y
exterminaré de sobre la faz del suelo todos los seres que hice" El año
seiscientos de la vida de Noé, el segundo mes, el día diecisiete del mes, en
ese día se soltaron todas las fuentes del abismo y las compuertas del cielo se
abrieron...» Esta descripción, que procede del año 600 a. de C.
aproximadamente, y que es una de las aserciones «intangibles» del Libro de los
Libros, no parece ser un relato original, sino simplemente una copia de leyendas
y sucesos babilónicos y asirios más antiguos.
Durante las excavaciones
realizadas en 1872 en Kujundschik, se descubrieron los restos de la biblioteca
real de Nínive, y entre ellos una epopeya babilónica en escritura cuneiforme
que data del año 2600 a, de C, aprox., y que ha entrado en la Historia de
Oriente con el nombre de Epopeya de Gilgames. La figura central es el héroe
Gilgames, rey de Uruk. En la onceava tablilla se lee que éste realizó un viaje
para visitar a su primer antepasado Utnapischtim, quien, como testigo que fue,
le informó sobre la gran catástrofe del diluvio. Pero Utnapischtim no es otro
que el Noé babilónico, el «padre de los hombres». De forma similar a como se
relata en la Biblia, es advertido por señales, construye para sí y para los
suyos un vehículo similar al arca en el que permanece hasta que bajan las
aguas. También él envió una paloma, una golondrina y un cuervo, y cuando este
último no regresó abandonó el arca con los suyos.
No existe ninguna duda de que
hace algunos miles de años ocurrió realmente un diluvio en el antiguo Oriente.
En Asiria también existe una leyenda sobre el diluvio, que se parece mucho a la
babilónica. El héroe Gilgames es sustituido aquí por Izdubar, su antepasado
Utnapischtim, por Hasis-Adra o Xisuthros. En contraposición a la Biblia, la cólera
de los dioses no tiene nada que ver con la destrucción de toda la humanidad,
sino solamente con la destrucción de la ciudad de Schuruppak, a medio camino
entre Babilonia-Hilla y Bagdad, situada en la actual colina de Abu-Habba.
Así pues, la base del relato
bíblico sobre el diluvio debió de ser una gran catástrofe diluvial. Pero
muchos investigadores concuerdan al opinar que en ningún caso las aguas
cubrieron toda la tierra. Sólo Mesopotamia sufrió una gran inundación. Esto
ya se desprende del hecho de que el arca de Noé no pudo posarse sobre el monte
Ararat de Armenia, ya que este nombre apareció mucho después, sino sobre una
pequeña meseta situada en la zona de la desembocadura del Eufrates y del
Tigris, llamada igualmente Ararat. Los textos babilónicos citan con mucha
exactitud el lugar donde se deberían buscar los restos del arca: en la parte
sur del Ararat.
Realmente, se encontraron allí
tres fragmentos de madera que quizá podrían indicar el lugar donde se posó el
arca.
¿Pero es que los restos de
una nave de madera que tuvo que soportar una inundación hace algunos milenios
se han podido conservar realmente hasta ahora?
También existen otras
pruebas que confirman la localización del diluvio. Pero, dejando esto aparte,
para la ciencia es inadmisible el informe del Génesis, según el cual llovió
ininterrumpidamente durante cuarenta días y cuarenta noches, apareciendo como
consecuencia de ello una inundación que alcanzó una altura superior en 15
codos a los picos más altos de las más altas montañas.
No es imaginable una inundación
que cubriera toda la tierra y que además cubriera las más altas montañas.
Sin embargo, es curioso
comprobar sobre cuántos países de la tierra se encuentra extendida la leyenda
de un diluvio que lo destruyó todo: en Asia existen 13 leyendas autónomas
sobre el diluvio, en Europa 4, en África 5, en Australia y las islas de los
Mares del Sur 9, en América un total de 37 (incluyendo la septentrional,
central y meridional).
En los informes de los
aztecas, la duración del diluvio oscila entre 5 días y 52 años. Como causas
se citan, además de las lluvias, tormentas de nieve, licuación de los
glaciares (Edda), tempestades, terremotos, ciclones y mareas.
Sin embargo, volvamos a la
Epopeya de Gilgames. Una interpretación, que no queremos dejar de citar aquí,
afirma que esta famosa epopeya no apareció en el antiguo Oriente, sino que
procede de la zona de Tiahuanaco y que los descendientes de Gilgames la habían
traído consigo desde América del Sur.
A esto se tiene que oponer
que los sumerios no tuvieron la menor duda sobre la realidad histórica de la
gran inundación, ya que en sus listas de reyes, clasificaban a los soberanos de
Mesopotamia en reyes anteriores y posteriores al Diluvio Universal. En sus crónicas
aparece una y otra vez: “Y entonces vino la gran inundación y después de ésta
descendieron los reyes del cielo” Las excavaciones efectuadas en Ur entre 1922
y 1929, dirigidas por el arqueólogo inglés Woolley, tropezaron con una capa de
arcilla de 2,5 m de espesor que, con toda seguridad, sólo podía ser la
consecuencia de una inundación de gran magnitud. Para haberla depositado allí,
el agua tuvo que haber alcanzado ocho metros de altura durante un largo tiempo,
por lo menos en este lugar. Sin embargo, esto significa que todo el territorio
se encontró inundado, desde los desiertos del Irak hasta la zona montañosa de
Elaam, desde la antigua Babilonia hasta el Golfo Pérsico. Las masas de agua
habrían inundado todos los pueblos y ciudades y solamente habrían respetado
las que se encontraran sobre altas elevaciones del terreno.
Realmente, de algunas crónicas
sumerias se desprende que algunas ciudades sólo sufrieron muy pocos daños por
la inundación.
Por lo tanto, no se ha de
dudar del Diluvio Universal como tal, a pesar de que no es aquél sobre el que
habla la Biblia. Existe una atrevida hipótesis que subraya esta afirmación. Se
ha supuesto que la Epopeya de Gilgames llegó desde Sumeria a Egipto,
transmitida por asirios y babilonios. Moisés, de quien se supone escribió en
parte los cinco primeros libros de la Biblia, creció en el palacio egipcio y,
como hombre erudito que era, tenía, sin duda alguna, libre acceso a la
biblioteca. ¿Conoció allí la Epopeya de Gilgames e incorporó parte de ella
en sus textos?
Es una especulación, desde
luego; pero es la que mejor explicaría el enigma de la transmisión bíblica
del Diluvio Universal.
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