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OCURRIÓ HACE 100 AÑOS
¿Tienen escrúpulos los espiritistas?
Francisco Máñez


Creo recordar que la frase “no hay nada nuevo bajo el Sol” la solían decir los antiguos griegos. Indiscutiblemente, existen muchos cambios técnicos y avances científicos que parecen dejar obsoleta aquella frase; no obstante, en el campo moral y ético no hemos cambiado prácticamente nada.

José Comas Solá fue un eminente científico (1868-1937) y un brillante parapsicólogo, coetáneo de otro famoso científico que también se interesó por la investigación de los fenómenos paranormales; Santiago Ramón y Cajal (1852-1936). Ambos concluyeron que no había nada de cierto en ellos, pero José Comas tuvo el atrevimiento de hacer públicos los resultados y sus conclusiones en la revista La Actualidad. Su trabajo es uno de los momentos más lúcidos de la desconocida parapsicología española.

José Comas, como buen científico, quiso saber si los fenómenos eran auténticos, sobre todo porque eran avalados por sabios de gran prestigio, y los estudió durante años. Comenzó creyendo, luego se hizo escéptico y terminó denunciando los fraudes.

Las furias espiritistas no tardaron en desatarse contra él. Ante su sorpresa y contrariamente a lo que él esperaba, la discusión no se centro en los datos, sino que los espiritistas usaron el insulto y la calumnia para defender sus engaños y mentiras, llegando a crear incluso una revista exclusivamente para atacarlo personalmente.

José Comas escribió un libro imprescindible para todo aquel interesado en la auténtica investigación paranormal, y para quien desee saber qué se esconde tras esa aparente bondad espiritista. Os incluyo aquí el prólogo de El espiritismo ante la ciencia. Estudio crítico sobre la mediumnidad.


José Comas mostrando
cómo se puede crear una fotografía de fantasma.

Hará unos diez o doce años que llegó a mis manos un libro (“La exteriorización de la motilidad” por Alberto de Rochas) en que se daba cuenta, entre otras cosas, de unas sesiones espíritas efectuadas con la médium Eusapia Paladino, sesiones entre cuyos concurrentes figuraban nombres como los de Richet, Lombroso, Schiapparelli, etc. Confieso que lo que se decía en aquel libro me asombró; tanto me asombró que lo hubiera echado de mi librería si no hubiera llevado el marchano de nombres que tenía y tengo por ilustres.

Mi sorpresa era muy lógica. Después de unos quince años de dedicar mis energías intelectuales al estudio de las ciencias físicas, matemáticas y naturales en la Universidad, en mi casa, en Observatorios, etc., hostigado por mi amor a la Verdad, me encontraba súbitamente con una categoría de fenómenos que superaba quizás en importancia, caso de ser cierta, a mis leyes físicas, a mis ecuaciones, diferenciales, a mis estudios del Cielo. Y mi sorpresa debía ser tanto mayor por cuanto ni en los libros más superiores de Física, ni en todo cuanto había leído de Filosofía, en el terreno experimental y científico, no se decía palabra siquiera de manifestaciones de exteriorización de la fuerza psíquica. Yo no sabía que esta exteriorización existiese (y conste que me refiero solamente a lo mas elemental de esta clase de fenómenos), a pesar de cuanto había leído; por lo más, nunca había descubierto en mí, ni en ninguna de mis relaciones, la más remota señal de esta clase de fenómenos. En atención a estas consideraciones, no negué lo que leí en aquel libro, porque juzgo un error y un desprestigio para todo hombre de Ciencia el volver la cara ante hechos ionopinados; pero me permití dudar. Y dudé, en parte impulsado por el criterio que en aquel entonces me había podido formar personalmente de los adeptos a la religión espiritista, individuos que resaltaban, por lo común, por su ligereza y por la poca solidez de sus conocimientos.

Pasaron años sin tener jamás ocasión de presenciar ningún fenómeno de mediumnidad, hasta que por especial coyuntura, a mediados de 1906, se me presentó la ocasión de ver algo sobre este particular, gracias a una médium que llamaré Z.

Los fenómenos que pude observar me afectaron profundamente, impresión que, dicho sea de paso, contrastaba con la tranquilidad y frescura con que algunos compañeros de sesión se ocupaban del asunto. No doy a este fenómeno otra importancia que la diferencia de alma que existe entre unos y otros ciudadanos. De todos modos, me convencí, que una cuestión en principio de tanta importancia era tratada, por lo menos, torpemente por la mayoría de los titulados experimentadores u observadores. Asistí a una serie bastante larga de sesiones, no sé, si doce o quince; al propio tiempo, leí, estudié y reflexioné bastante sobre el asunto.

De esta primera serie, saqué in mente las siguientes conclusiones provisionales: 1º existe un fondo de realidad en tan sorprendentes fenómenos; 2º la experimentación es, por lo común, sobre todo para los más importantes fenómenos, defectuosísima por las condiciones en que se efectúa y por las exigencias (necesarias o no) del médium; 3º el fraude es el enemigo más temible de esas experiencias, por cuanto resulta fácil en las condiciones exigidas generalmente, máxime teniendo en cuenta que la honorabilidad del médium no puede ni debe tomarse en consideración en fenómenos de este carácter; 4º la mayoría de experimentadores, y muy especialmente los espiritistas, son poco escrupulosos en sus experimentos y afirmaciones.

Yo he ensayado sesiones falsas de mediumnidad y he quedado sorprendido de mi habilidad y hubiera engañado a cualquier experimentador apacible si le hubiese impuesto mas condiciones que, por lo común, se me imponían a mí por los médiums supuestos verdaderos. Me he convencido posteriormente de que las ataduras de las manos, de los pies, los sellos de lacre, etc., no ofrecen ninguna garantia ante la habilidad de un individuo que dedica todas sus facultades a trampear y a quien se le permite hacer lo que mejor le acomode, como ocurre casi siempre en esta clase de experimentaciones.

Terminada la primera serie de sesiones con la médium Z, intenté obtener algo con otros pretendidos médiums. Los resultados fueron o cero o bien reconocí en el acto la superchería.

Era a mediados de 1907 cuando se me presentó la ocasión de experimentar con la propia médium Z, y en que los concurrentes nos obligamos a publicar el resultado de nuestras experiencias. Aun cuando estábamos facultados para exigir controles, éstos fracasaron ante las exigencias de la mediumnidad, por cuyo motivo bien pronto me convencí de la imposibilidad de obtener ningún resultado absolutamente definitivo, conforme así sucedió, según mi criterio. Así es que las actas que firmamos y que se quemaron de aquellas sesiones no presuponen la autenticidad absoluta de ningún fenómeno; no son más que crónicas de lo que observamos y las copias que se publiquen de las mismas no tienen otra garantía que la del autor de la copia.

Por mi parte, jamás daré un fenómeno mediúmnico como cierto, observado por mí, si no cuento con mi absoluta autoridad para controlarlo. Si las observaciones tienen que hacerse defectuosamente, vale más no hacerlas. Es un consejo que me atrevo a dirigir a todos, a los más conspicuos hombres de Ciencia inclusive.

Esta segunda serie terminó como el Rosario de la Aurora, es decir, con un escándalo mayúsculo, que constituyó un digno rematé a las supercherías de la médium Z. En el texto explico lo que resultó de estas sesiones y doy algunos antecedentes sobre el descubrimiento de la superchería.

Publiqué mis ideas y mis observaciones sobre el particular en la revista La Actualidad de Barcelona (desde 1º de noviembre hasta 20 de diciembre de 1907). Se ve, por los resultados, que puse bien el dedo en la llaga, pues varios señores sabían más que yo sobre asuntos de ultra tumba; yo creí que iban a revelarme algo del más allá, que iban a darme luz sobre el problema inmenso de nuestra existencia. Pero he visto con tristeza que sus argumentos se reducían a pretendidas correcciones de terminología espiritista, cuando no consistían sencillamente el falsear mis frases o en dar muestras de ignorar más que yo ¡un neófito!, y casi todo ello escrito con estilo de libelista, saturado de falsedades y mala fe, y de una odiosidad impropia del religioso espíritu que pretende perfeccionarse en sucesivas reencarnaciones.

Principalmente para combatir mis artículos de La Actualidad se creó un semanario espiritista titulado La Voz de la Verdad (¿no es modesto, que digamos, el titulo?) D. Jacinto Esteva Marata, espiritista, secretario que fue de nuestro Grupo, me ha combatido en dicho semanario espiritista, escogiendo como arma de discusión los desplantes y las injurias contra mi esposa y contra mí. Creo inútil decir que a caballeros de esta clase no les concedo otra contestación que mi más profundo desprecio.

Se me ha dicho que he abusado de mi autoridad científica para echar entre el público el descrédito de las ideas espiritistas... ¿Pues qué? ¿Cuándo se me invitó a asistir a tales sesiones, no fue por el crédito (según ellos afirmaban y por lo cual les doy las gracias) de mi autoridad científica? ¿Es que mi nombre tenía que servir nada más que de salvoconducto a las ideas espiritistas?

Héteme aquí que por haber dicho sencillamente lo que pienso y lo que siento, sin prejuicios, sin aceptar anticipadamente ninguna condición (cosa que jamás he aceptado), héteme aquí, repito, a mí, el sabio, el investigador concienzudo, según ellos, transformado en monstruo, como diría Balmes. Y se ha pretendido quitarme toda autoridad cuando he cantado las del barquero, cuando he dicho lo que mejor me parecía. ¿Me habríais dicho, insignes comentadores míos, que abusaba de mi autoridad si hubiera firmado lo que vosotros decís ser lo bueno? No han abusado de su autoridad para vosotros Croques, Zollmer, Porro (físicos y astrónomos, y no psicólogos ni naturistas), cuando se han declarado más o menos encubiertamente espiritistas o más o menos creyentes de ciertos fenómenos de mediumnidad.

En fin, he podido ver la función entre bastidores y he podido formarme cargo de la maquinaria, de los actores y de la claque. Y me he decidido a publicar mis conceptos sobre la mediumnidad por tres motivos: 1º Para poner de manifiesto que, en mi opinión, son muy dignos de estudio ciertos fenómenos mediumnicos; 2º Para afirmar que el Espiritismo no se apoya más que en la fantasía y la ilusión, cuando no en el fraude y la mentira; 3º Para poner en guardia al público contra los embaucadores y charlatanes.


Fraude presentado por José Comas de un fantasma aparecido en una sesión.
¿Cómo no se iba a hacer escéptico el hombre ante estas imágenes?

Como veis este prólogo no tiene desperdicio, como tampoco lo tiene el resto del libro. Lo único interesante que José Comas descubrió fueron los extraños procesos mentales desconocidos prácticamente hace 100 años.

“No hay nada nuevo bajo el Sol” y hoy los espiritistas vuelven a defender sus ideas en los modernos medios de comunicación, manteniendo el espíritu moral que tenían hace un siglo; en otras palabras, sin ninguna honestidad, sólo a base de insultos, calumnias y mentiras.

 Breve reseña de José Comas Solá:

Astrónomo español nacido en Barcelona. Director del Observatorio Fabra y fundador de la Sociedad Astronómica de España y América, descubrió el cometa periódico n.º 39, que lleva su nombre, y once asteroides (Hispania, Alphonsina, Barcelona y ocho más). Recibió numerosos galardones internacionales y publicó notables trabajos científicos y obras de divulgación como El Cielo y Astronomía, con una teoría personal en esta última en la que explica el corrimiento hacia el rojo de los espectros de astros muy lejanos.

P. D.

 José Coma Solá ha pasado a la historia como un gran científico, su detractor Jacinto Esteva Marata, como un gran farsante.


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