GEBI
GRUPO EDITORIAL BITÁCORA
Publicaciones Electrónicas

¿Quieres recibir
en tu e-mail
nuestras
novedades?

VISITA A NUESTROS PATROCINADORES

 

Terrible señal luminosa en el cielo ocurrida
el 7 de noviembre de 1605 en Nuremberg

Un enorme haz de fuego atraviesa el cielo del Ártico siberiano en una curva aplanada; amarillento, tirando al rojo, rodeada de nubes, una nítida línea verde. El gigantesco castillo de fuegos artificiales ilumina la noche fantasmagóricamente, se extiende en forma de abanico y eleva en el cielo los rayos ígneos de una corona luminosa. ¿Qué ha encendido esta luz, la luz polar, llamada aurora boreal en el Ártico y aurora austral en la Antártida? Su aparición llena temor supersticioso a las gentes medrosas y de asombro impresionante al observador desprevenido; a la ciencia la incita a reflexionar e investigar con lucidez.

Las auroras polares son producto de corrientes de partículas cargadas de electricidad que parten del Sol y que son atraídas por el campo magnético de la Tierra. Son especialmente frecuentes en las épocas de gran actividad solar y ambos fenómenos muestran una periodicidad de 11 años. Generalmente, se desarrollan a alturas superiores a los l00 km, a veces a más de 1000 km, pero nunca a menos de 70 km.

Las auroras boreal y austral despliegan su energía en las altas capas de la atmósfera en forma de rayos de fuego que se extienden sobre el cielo, de anchas cintas, arcos aplanarlos, de figuras similares a cortinas, adornadas con pliegues de luz de diversa luminosidad, que parecen temblar, de un amarillo pálido, de un verde fosforescente, de tonos rojos, azules y malva. Pero nunca le falta a este fenómeno la línea verde de la aurora boreal, que pertenece al espectro del oxigeno.

En el pasado, los fascinantes fenómenos celestes de la luz polar inspiraron un gran temor a los hombres. Se creía que eran una muestra del poder de Dios, un anuncio de malos tiempos.

Los astrónomos han investigado los cometas con bastante exactitud. Están compuestos de acumulaciones de polvo cósmico, su núcleo está formado probablemente por gránulos de polvo y fragmentos de hielo, y su envoltura neblinosa por gases (llamada coma). Si el cometa entra en el sistema solar, las radiaciones de partículas emitidas por el Sol arrancan los gases del coma. Aparece entonces una cola que se encuentra continuamente en dirección opuesta al Sol.

Se puede calcular la órbita de los cometas, basándonos en su constante cambio de posición. Una parte de los cometas conocidos describe una elipse alargada alrededor del Sol, como por ejemplo el cometa Halley, que tarda 76 años en describir su órbita, y el cometa Encke, que lo hace en 3,3 años. Sin embargo, la mayoría se mueven sobre órbitas parabólicas. Como quiera que solamente se pueden observar fragmentos de la órbita de un cometa, en las cercanías de la Tierra o del Sol, en la práctica no se pueden diferenciar claramente las parábolas de las elipses extremadamente alargadas.

Actualmente se sospecha que en casi todos los casos se trata de órbitas cerradas, o sea de elipses. Pero con ello tenemos que considerar a los cometas como partes componentes del sistema planetario, aunque sus órbitas lleguen a menudo mucho más lejos que los planetas más distanciados. El enjambre de los cometas circumsolares ( que giran alrededor del Sol) se extiende en el espacio, según esto, a una distancia hasta 150 000 veces mayor que la del Sol a la Tierra.

La masa de un cometa es extraordinariamente escasa. Oscila entre una millonésima y una billonésima parte de la masa terrestre. Su cola puede alcanzar una longitud de muchos millones de kilómetros. La densidad de sus gases alcanza solamente de l0 a l00 moléculas por centímetro cuadrado. Estos son los datos técnicos. Por término medio, la provisión de gas de un cometa es suficiente para describir de l0 a l00 órbitas. Se ha observado que cuando pasa muy cerca del Sol, es dividido en varias partes y que este proceso se repite la próxima vez que el cometa pasa a través de la corona solar.

Mediante este violento proceso, el cometa se desgaja gradualmente en un enjambre de pequeños meteoritos que, si coinciden en su órbita con la de la Tierra, originan así las estrellas fugaces cuya caída del cielo «trae buena suerte», según la opinión popular, y da ocasión a que los enamorados puedan formular un deseo.

Los astrónomos tienen una explicación sencilla para esto: cuando los pequeños meteoritos penetran en las capas superiores de la atmósfera terrestre generalmente a unos 120 a 80 km de altura y a una velocidad de hasta 70 km/seg se calientan y se volatilizan a causa del roce, entrando en incandescencía no solamente ellos mismos, sino que, ionizando el aire que rodea su trayectoria, lo vuelven también luminiscente.

Los meteoritos cuya materia no ha sido volatilizada por la atmósfera terrestre se precipitan contra la Tierra. Su masa oscila entre pocos gramos y miles de kilos. El mayor cayó en África sudoccidental. Su masa ha sido calculada en más de 50 toneladas. A los meteoritos enanos, que no se pueden ver a simple vista, se les llama polvo meteorítico.

Este polvo «llueve» en tal cantidad que, como consecuencia de ello, la Tierra aumenta diariamente su masa en unas 6 toneladas. Durante el transcurso de las más famosas «lluvias de piedras» del pasado, miles de ellas cayeron sobre nuestro planeta, procedentes del espacio. El 30 de enero de 1868, por ejemplo, cayeron cerca de 100.000 en Pultusk, y unas 14.000 en Holbrook, Arizona, el 19 de julio de 1912.

Se ha podido determinar que los meteoritos están compuestos o bien de hierro y níquel, con pequeñas cantidades de cobalto, fósforo, azufre y otros elementos, (meteoritos de hierro u holosíderos), o bien de silicatos (meteoritos pétreos), que son los más frecuentes. Los meteoritos son el único «material espacial» que puede ser utilizado regularmente en las investigaciones de laboratorio.

El examen de los isótopos radioactivos contenidos en los meteoritos ha permitido sacar algunas conclusiones sobre determinados períodos de la historia de estas piedras. Se ha comprobado, por ejemplo, que la composición isotópica del uranio de los meteoritos corresponde exactamente a la de la Tierra, lo que permite suponer que ambos iniciaron su desintegración al mismo tiempo. Sin embargo, también se han descubierto composiciones orgánicas.

¿Indican éstas la existencia de vida en el espacio o sólo se han formado durante el transcurso de reacciones químicas? Hasta ahora, no existe contestación a esta pregunta.

La mayor caída de meteoritos conocida ocurrió el 30 de junio de 1908 en la zona del Tunguska Medio (Siberia). Fue acompañada de una enorme columna de fuego, visible a varios cientos de kilómetros de distancia, y de truenos que hicieron temblar la tierra. Los árboles fueron arrancados de raíz como consecuencia de la onda de presión, quedando arrasada una zona boscosa de 40 km de diámetro. Este acontecimiento hubiera sido suficiente para destruir toda una gran ciudad.

Desde que la humanidad conoce algo sobre el espacio celeste y su mecánica, tiembla ante la posibilidad de que nuestro planeta pueda ser destruido por un tal coloso, por un «pequeño cuerpo cósmico», como le llaman los astrónomos, por una «bola de fuego».

Afortunadamente, es mínima la probabilidad de que en un tiempo previsible pueda ocurrir una catástrofe cósmica de tal magnitud.


Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora