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Terrible
señal luminosa en el cielo ocurrida |
Un
enorme haz de fuego atraviesa el cielo del Ártico siberiano en una curva
aplanada; amarillento, tirando al rojo, rodeada de nubes, una nítida línea
verde. El gigantesco castillo de fuegos artificiales ilumina la noche fantasmagóricamente,
se extiende en forma de abanico y eleva en el cielo los rayos ígneos de una
corona luminosa. ¿Qué ha encendido esta luz, la luz polar, llamada aurora
boreal en el Ártico y aurora austral en la Antártida? Su aparición llena
temor supersticioso a las gentes medrosas y de asombro impresionante al
observador desprevenido; a la ciencia la incita a reflexionar e investigar con
lucidez.
Las
auroras polares son producto de corrientes de partículas cargadas de
electricidad que parten del Sol y que son atraídas por el campo magnético de
la Tierra. Son especialmente frecuentes en las épocas de gran actividad solar y
ambos fenómenos muestran una periodicidad de 11 años. Generalmente, se
desarrollan a alturas superiores a los l00 km, a veces a más de 1000 km, pero
nunca a menos de 70 km.
Las
auroras boreal y austral despliegan su energía en las altas capas de la atmósfera
en forma de rayos de fuego que se extienden sobre el cielo, de anchas cintas,
arcos aplanarlos, de figuras similares a cortinas, adornadas con pliegues de luz
de diversa luminosidad, que parecen temblar, de un amarillo pálido, de un verde
fosforescente, de tonos rojos, azules y malva. Pero nunca le falta a este fenómeno
la línea verde de la aurora boreal, que pertenece al espectro del oxigeno.
En
el pasado, los fascinantes fenómenos celestes de la luz polar inspiraron un
gran temor a los hombres. Se creía que eran una muestra del poder de Dios, un
anuncio de malos tiempos.
Los
astrónomos han investigado los cometas con bastante exactitud. Están
compuestos de acumulaciones de polvo cósmico, su núcleo está formado
probablemente por gránulos de polvo y fragmentos de hielo, y su envoltura
neblinosa por gases (llamada coma). Si el cometa entra en el sistema solar, las
radiaciones de partículas emitidas por el Sol arrancan los gases del coma.
Aparece entonces una cola que se encuentra continuamente en dirección opuesta
al Sol.
Se
puede calcular la órbita de los cometas, basándonos en su constante cambio de
posición. Una parte de los cometas conocidos describe una elipse alargada
alrededor del Sol, como por ejemplo el cometa Halley, que tarda 76 años en
describir su órbita, y el cometa Encke, que lo hace en 3,3 años. Sin embargo,
la mayoría se mueven sobre órbitas parabólicas. Como quiera que solamente se
pueden observar fragmentos de la órbita de un cometa, en las cercanías de la
Tierra o del Sol, en la práctica no se pueden diferenciar claramente las parábolas
de las elipses extremadamente alargadas.
Actualmente
se sospecha que en casi todos los casos se trata de órbitas cerradas, o sea de
elipses. Pero con ello tenemos que considerar a los cometas como partes
componentes del sistema planetario, aunque sus órbitas lleguen a menudo mucho más
lejos que los planetas más distanciados. El enjambre de los cometas
circumsolares ( que giran alrededor del Sol) se extiende en el espacio, según
esto, a una distancia hasta 150 000 veces mayor que la del Sol a la Tierra.
La
masa de un cometa es extraordinariamente escasa. Oscila entre una millonésima y
una billonésima parte de la masa terrestre. Su cola puede alcanzar una longitud
de muchos millones de kilómetros. La densidad de sus gases alcanza solamente de
l0 a l00 moléculas por centímetro cuadrado. Estos son los datos técnicos. Por
término medio, la provisión de gas de un cometa es suficiente para describir
de l0 a l00 órbitas. Se ha observado que cuando pasa muy cerca del Sol, es
dividido en varias partes y que este proceso se repite la próxima vez que el
cometa pasa a través de la corona solar.
Mediante
este violento proceso, el cometa se desgaja gradualmente en un enjambre de pequeños
meteoritos que, si coinciden en su órbita con la de la Tierra, originan así
las estrellas fugaces cuya caída del cielo «trae buena suerte», según la
opinión popular, y da ocasión a que los enamorados puedan formular un deseo.
Los
astrónomos tienen una explicación sencilla para esto: cuando los pequeños
meteoritos penetran en las capas superiores de la atmósfera terrestre
generalmente a unos 120 a 80 km de altura y a una velocidad de hasta 70 km/seg
se calientan y se volatilizan a causa del roce, entrando en incandescencía no
solamente ellos mismos, sino que, ionizando el aire que rodea su trayectoria, lo
vuelven también luminiscente.
Los
meteoritos cuya materia no ha sido volatilizada por la atmósfera terrestre se
precipitan contra la Tierra. Su masa oscila entre pocos gramos y miles de kilos.
El mayor cayó en África sudoccidental. Su masa ha sido calculada en más de 50
toneladas. A los meteoritos enanos, que no se pueden ver a simple vista, se les
llama polvo meteorítico.
Este
polvo «llueve» en tal cantidad que, como consecuencia de ello, la Tierra
aumenta diariamente su masa en unas 6 toneladas. Durante el transcurso de las más
famosas «lluvias de piedras» del pasado, miles de ellas cayeron sobre nuestro
planeta, procedentes del espacio. El 30 de enero de 1868, por ejemplo, cayeron
cerca de 100.000 en Pultusk, y unas 14.000 en Holbrook, Arizona, el 19 de julio
de 1912.
Se
ha podido determinar que los meteoritos están compuestos o bien de hierro y níquel,
con pequeñas cantidades de cobalto, fósforo, azufre y otros elementos,
(meteoritos de hierro u holosíderos), o bien de silicatos (meteoritos pétreos),
que son los más frecuentes. Los meteoritos son el único «material espacial»
que puede ser utilizado regularmente en las investigaciones de laboratorio.
El
examen de los isótopos radioactivos contenidos en los meteoritos ha permitido
sacar algunas conclusiones sobre determinados períodos de la historia de estas
piedras. Se ha comprobado, por ejemplo, que la composición isotópica del
uranio de los meteoritos corresponde exactamente a la de la Tierra, lo que
permite suponer que ambos iniciaron su desintegración al mismo tiempo. Sin
embargo, también se han descubierto composiciones orgánicas.
¿Indican
éstas la existencia de vida en el espacio o sólo se han formado durante el
transcurso de reacciones químicas? Hasta ahora, no existe contestación a esta
pregunta.
La
mayor caída de meteoritos conocida ocurrió el 30 de junio de 1908 en la zona
del Tunguska Medio (Siberia). Fue acompañada de una enorme columna de fuego,
visible a varios cientos de kilómetros de distancia, y de truenos que hicieron
temblar la tierra. Los árboles fueron arrancados de raíz como consecuencia de
la onda de presión, quedando arrasada una zona boscosa de 40 km de diámetro.
Este acontecimiento hubiera sido suficiente para destruir toda una gran ciudad.
Desde
que la humanidad conoce algo sobre el espacio celeste y su mecánica, tiembla
ante la posibilidad de que nuestro planeta pueda ser destruido por un tal
coloso, por un «pequeño cuerpo cósmico», como le llaman los astrónomos, por
una «bola de fuego».
Afortunadamente,
es mínima la probabilidad de que en un tiempo previsible pueda ocurrir una catástrofe
cósmica de tal magnitud.
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